Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Eclosión de una ninfa

Posted by Pele Camacho en 3 mayo, 2010

Todo empezó cuando aquella serpiente, me trajo una manzana y dijo ¡¡¡Prueba!!! …
Así cantaba Joaquín Sabina el “pecado original” que desencadenó el castigo bíblico, el “Parirás con dolor” que, por lo que se ve, no es exclusivo de la especie humana; hay variantes según el caso o el bisho y las maldiciones van desde aquella para la madre hasta un ”nacerás con dolor” para los hijos, mezcladas en un porcentaje difícil de evaluar. El caso de las libélulas es uno más, tan fascinante y asombroso como cualquier nacimiento, con toda la dureza y el aparente dolor que los bishos vivientes parecen llevar en su currículum por aquel pecado de “morder una manzana” a destiempo.

El episodio final, la última fase de la metamorfosis hemimetábola propia de las libélulas, comienza con la salida de la ninfa del medio acuático donde se ha desarrollado tras varias mudas o ecdisis de su exoesqueleto rígido. Las ninfas de libélulas, a pesar de sus mudas y en contra de lo que cabía esperar de su nombre mitológico, tienen un aspecto más bien feo que en nada recuerda a la gracia y belleza de las ninfas que pintores y escultores imaginaron; son bichejos parduzcos, de apenas un par de centímetros, que al salir del agua se mueven lentos y torpes. Algunas se alejan pocos centímetros de la superficie del agua de la charca donde vivían y allí se quedan quietas, a tiro de cualquier rana hambrienta que ponga fin al proceso evolutivo cuando menos se espera. Otras, no sé por qué, más andarinas ellas, se aventuran por tierra firme y se las ve vagar, impregnadas de arena, hacía algún sitio que no sé si sabrán como debe ser antes de que eclosionen.

Los casos supuestamente favorables muestran la emergencia, sin prisa y con pausas, del cuerpo de la libélula que empieza a mostrar su cabeza y tórax de bellos colores, saliendo de la espalda rota de la ninfa parduzca. Es como el comienzo del “parto” de la libélula que, por lo que se puede ver en la naturaleza, en un porcentaje apreciable no tiene un final feliz, como si faltara la asistencia de una madre con experiencia que ayudara al trance de la eclosión de un ser débil e inexperto que surge de otro que se extingue.

El nuevo individuo se esfuerza en salir, da empujones hacia fuera y, con descansos o paradas intermedias termina por emerger y se agarra a los restos de la exuvia, el “traje protector” de la ninfa en el agua que, enganchado a la pared que escaló, queda vacio y seco mientras la libélula comienza una serie de estiramientos de alas y abdomen, donde ya se puede apreciar el sexo de la criatura, por la presencia o no de la genitalia secundaria característica de las libélulas y la forma de sus cercoides o pinzas en el extremo del abdomen.

En los siguientes 30-45 minutos tiene un proceso de adaptación al medio aéreo en el que, ahora sí, se moverá con la gracia y maestría que cabría imaginar en una ninfa mitológica, pero la protagonista ha dejado de ser y llamarse ninfa, y como por arte de magia o de imaginación, de “imagia”, tal vez, se ha hecho un imago. Aunque sea un recental –teneral, en palabra inglesa frecuentemente usada en castellano- ya se aprecian los colores del individuo adulto y se la puede identificar: es una hembra de Orthetrum cancellatum. Poco después de ese momento en que estira totalmente sus alas y su exoesqueleto adquiere la consistencia y los colores del individuo joven, empezará a volar.

Sus primeros vuelos son torpes, lentos y sin la fuerza que todavía no tienen los recién estrenados “turbos” de su tórax; unos cuantos metros y un “aterriza como puedas” en algún arbusto cercano donde, como esos paneles solares de los satélites que posiblemente ideó algún observador de libélulas, con sus alas extendidas, parecen acumular la energía que recogen del sol. Tienen apenas un par de meses por delante para preparar las promesas de la siguiente generación. ¡Suerte, superninfas!

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2 comentarios to “Eclosión de una ninfa”

  1. Klaus said

    Estupendo artículo, Pele, muy interesante y bien escrito, y buenas las fotos. Un abrazo – Klaus

  2. guadarramistas said

    Para ver esta maravilla hay que madrugar ¿Verdad?. Y saber ver, y saber hacer estas fotos. Una maravilla. Al final, trabajar, madrugar. Ya lo dice mi admirado Serrat, “así ha sido desde que Dios echó al hombre del Edén, por confundir lo que está bien con lo que le conviene”… ello a propósito de lo de la manzana.
    Un regalo de texto e imágenes. Más esquivo el macho que la hembra, al menos en mi primera experiencia con ellos el año pasado en el embalse que tengo aquí cerca. A ver si el tiempo mejora, hasta nieve hemos tenido hoy, y me acerco a redescubrirlas. Un saludo, y a ver si el trabajo, las circunstancias y las coincidencias me dan algo más de tiempo para disfrutar de lo que merece la pena. (como este blog) y compartir buenas experiencias con los amigos.

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