Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

La evolución en colores

Posted by Pele Camacho en 15 noviembre, 2010

Cuando las libélulas se liberan de las estrecheces de sus exuvias -los exoesqueletos que las protegían en su fase de ninfas o larvas en el medio acuático-, es difícil determinar si son hembras o machos mirando solo el color de sus cuerpos, pero pocos días después de la emergencia, machos y hembras empiezan a diferenciarse de manera vistosa, simplemente, por sus colores.

La cutícula del exoesqueleto de las libélulas consiste de varias láminas quitinosas generadas sucesivamente por secreciones de las células de la hipodermis, la capa viva más externa. Las coloraciones de las capas cuticulares son inicialmente claras, casi transparentes;  pero, en poco tiempo, las capas más externas evolucionan a un color más tostado, de amarillento a pardo, mientras adquieren una fina rugosidad en la que se abren diminutos poros. En las capas quitinosas quedan incrustadas partículas a las que se denomina “gránulos pigmentados”, generados en capas ectodérmicas en contacto con la cutícula y con los poros que transportan los pigmentos a las capas externas de la cutícula, donde permanecen incluso después de la muerte del animal por estar aislados de la hipodermis y del exterior. Suelen ser colores negros o pardos que se pueden considerar permanentes, aunque con el tiempo pueden debilitarse. En las mismas capas externas, cuando los gránulos se agrupan de manera específica,  puede ocurrir una mezcla de interferencias, absorciones y reflexiones selectivas de componentes del espectro de la luz blanca, dando lugar a los colores metálicos de ciertas especies.  Tanto a unos como a otros se les denomina colores cuticulares permanentes.

 Hembra madura de Orthetrum chrysostigma, mostrando sus colores cuticulares

Existen otros colores vivos y brillantes, sin aspecto metálico, debidos a pigmentos generados también en la hipodermis, pero que permanecen en ella o justo sobre ella, debajo de la cutícula. Son colores que se alteran al degradarse la hipodermis con la muerte de la libélula, a menos que se actúe para preservarlos de algún modo.  A éstos se les denomina colores subcuticulares o hipodérmicos.

Finalmente, los colores pruinosos, o de la pruina, son causados por pigmentos de secreción interna que se expulsan a través de los poros de la cutícula, quedando como capas externas que causan una coloración supracuticular  que puede eliminarse o rayarse fácilmente, como comentaba en la entrada “Pruina y pruinosos”, allá por Mayo (*). La acumulación de pruina evoluciona lentamente y puede observarse su variación en el tiempo.  Su aparición se asocia a la maduración sexual de los individuos, sobre todo en machos, pues su recubrimiento pruinoso se inicia en los segmentos abdominales dos y nueve  -donde se sitúan las genitalias-, extendiéndose desde ellos al resto del individuo y mezclándose con otros pigmentos para dar evoluciones y colores diferentes según la especie.

Macho inmaduro de Orthetrum chrysostigma, mostrando los inicios de su recubrimiento pruinoso

A veces, el recubrimiento pruinoso es tan intenso que oculta detalles típicos en la identificación de algunas especies, por ejemplo,  las famosas charreteras que son la base del nombre popular  –Epaulet–  que le dan en Gran Bretaña a las chrysostigmas, y que a más de uno habrá confundido porque… ¿Qué parte de la anatomía de esta libélula crees tú que puede asociarse a una charretera?


 Macho maduro de Orthetrum chrysostigma, con un recubrimiento casi completo de pruina supracuticular

Las charreteras, nombre no muy utilizado en la jerga habitual del mundo castellano-hablante, son esa especie de plataformas que suelen llevar sobre el hombro los uniformes militares y donde, según la categoría o graduación del uniformado, van más o menos estrellas, espadas, laureles, tiras doradas o multicolores, etc. etc. y, a veces, hasta penden flecos de ellas para que el conjunto resulte todavía más llamativo y ostentoso de lo que ya es con todo lo que suelen llevar bordado, prendido o colgado.
La primera vez que leí lo de “epaulet” -que también ha sido la única y sólo por mi afición a las libélulas-,  fui al diccionario para buscar lo que significaba y, al mirar la foto de la chrysostigma, supuse que las correspondientes charreteras serían esas dos prominencias casi ovaladas que se ven al final del tórax, inmediatamente antes de las musculaturas que mueven las versátiles alas; pero no, porque esas “crestas ante-alares”, que así se llaman, las tienen muchas libélulas y, por tanto, no son identificativas de las chrysostigmas.

 
Macho inmaduro de Orthetrum chrysostigma, mostrando las”charreteras” y las crestas ante-alares

Las charreteras de las chrysostigmas, según los anglosajones, son esas ostentosas tiras blancas que hembras y machos tienen y muestran en los laterales del tórax cuando son jovencitos, porque cuando son machos maduros y pruinosos a tope, las charreteras pueden ser inapreciables, a menos que se sepa donde están y se las busque, si la pose deja verlas.  En fin, que los machos chrysostigmas solo pueden presumir  de charreteras cuando su graduación y sus méritos son menores y no tienen nada encima, o sea, lo repito, cuando son jovencitos. Paradojas del mundo natural.

(*)  https://bishoverde.wordpress.com/2010/05/14/pruina-y-pruinosos/

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2 comentarios to “La evolución en colores”

  1. Este verano, paseando con Ángel por Valsaín, tuve ocasión de ver de cerca varias exuvias y me parecieron uno de los fenómenos de la Naturaleza más mágicos que he visto. A simple vista, mi ojo se quedaba corto para apreciar su detalle y belleza, pero con las fotos macro de Ángel pude apreciar muchos más detalles. Ahora que las reservas de serotonina las tenemos por los suelos y teniendo en cuenta que se acercan los Reyes Magos me voy a pedir una exuvia, a ver si hay suerte y me la traen. Puestos a pedir y por si eclosiono a destiempo también pediré unas cantimploras bien repletas de triptófano adosadas a los laterales. Así, seguro que la próxima primavera me resultará un completo éxito. Por cierto, y por si las moscas, una vez rota la “cascarita”, cuando asome mi cabeza, ¿podré volver a recomponerla para tirarme una temporada más ahí dentro? Eso sí que sería un seguro a todo riesgo. Un abrazo y gracias por compartir tus conocimientos y escribir tan bien. ISABEL PÉREZ

    • P. Camacho said

      Hola, Isabel
      Imagino que los Magos, si tú te empeñas en pedirles eso y ellos son prácticos, te traerán un saco de dormir de Gore-tex o similar, con el que podrás quedarte en casa o ir a la alta montaña y sentirte en tu saco como si estuvieras en un hotel de cinco estrellas. Poniéndote en el caso peor, suponiendo que el reloj biológico te falla y se te ocurre asomarte al exterior en cualquier momento antes de las próximas elecciones -da igual, las que sean-, visto y oído lo que llevamos desde Marzo 2008, tus niveles de serotonina y los posibles chutes de triptófano serían siempre insuficientes. Lo único que serviría serían unos taponcillos para los oídos de algún material “high-tech” que no te provoque alergias y un propósito firme y decidido de no mirar los telediarios, ni ver los periódicos, etc. etc. Y si no eres capaz, pues tiras de la cremallera y ¡hala!, a la exuvia otra vez. No sé lo que puede opinar Ángel. Poneros de acuerdo… 😉 😉 😉
      Muchas gracias, Isabel, por tu comentario y por recordarme tiempos de Química orgánica y Biología.
      Un abrazo para ti y otro para Ángel

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