Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Paquito

Posted by Pele Camacho en 24 enero, 2011

La clasificación taxonómica para identificar y denominar algunas especies recorre, a veces,  caminos largos y tortuosos; parece como si un perfeccionismo etiquetador pretendiera alcanzar un grado de precisión cuestionable, intentando diferenciar especies que, si no son la misma, se parecen muy mucho, quizás mucho más de lo que se parecen, por ejemplo,  un galgo y un podenco, que no dejan por ello de ser específicamente perros.

 Macho joven de Brachythemis leucosticta

La Brachythemis leucosticta (Burmeister, 1839), así bautizada por Don Germán,   de quien ya hice algún comentario en la entrada  Doña Chrysostigma,  es una especie de gran belleza, con un marcado dimorfismo sexual y evolución de aspecto a medida que sus machos van alcanzando la madurez. Es de origen africano y, consecuentemente, en ese continente se encuentra ampliamente distribuida.  Los vientos, las aguas y las gentes  -a saber cómo, cuáles y en qué momento-  ayudaron a que algunas de ellas cruzaran las cortas distancias que separan África de Sicilia, Cerdeña y Andalucía, y aquí las tenemos, como muchas otras especies,  aclimatadas, felices y sin causar daño, aunque en un delicado equilibrio que, de vez en cuando, las miasmas de alguna multinacional química rompen por el lado más débil, es decir, el de ellas. A veces, cuando se habla de especies autóctonas y alóctonas, sin decir cuando algunas de ellas cambiaron de adjetivo, parecen mezclarse conceptos “positivos”, propios de lo autóctono, y “negativos”, asociados a lo alóctono.  La península ibérica, paso entre mares y continentes, desde la noche de los tiempos ha sido y será lugar de cruce de especies y culturas que terminaron, o terminarán, naturalizándose como lo hicieron las patatas en Europa y los caballos en América.  Dicho en castizo: “No se pueden poner puertas al campo”, aunque algunos lo intenten.

Macho joven de  Brachythemis leucosticta, balanceándose en una pose de observación de posibles presas

Volviendo al asunto nominativo, lo de “brachy” les viene por el tamaño de su abdomen relativamente corto y lo de “themis”, del nombre de  aquella diosa de la Justicia que mantenía una balanza de dos platos en equilibrio horizontal. De ahí, al parecer, les viene el nombre a todas ellas: balanza, en latin, era libra –nombre y dibujo mantenidos en la constelación zodiacal de La Balanza- y sus diminutivos “libella” y “libellula” se asociaron a esas fascinantes escenas de las libes que permanecen como quietas en el aire; un ejemplo de esa cultura popular que puso nombres a las cosas muchos siglos antes de que la ciencia se preocupara de ponerle esos nombres latinos, tan complejos, rimbombantes y difíciles de recordar.

La denominación de la especie “leucosticta” se refiere al color lechoso de sus pterostigmas y, por tanto, es un identificador cromático que parecía idóneo, aunque no lo suficiente, pues  Dijkstra y Matushkina, dijeron en 2009 que, en vez de una especie, son dos, la “leucosticta” y la “impartita”, porque vieron en algunos machos adultos diferencias suficientes para preparar un documentado artículo científico que soporta su propuesta. En las hembras, sin embargo, aún no habían encontrado las correspondientes diferencias, o sea, que son indistinguibles y parece que a ellas les da igual hacer tandems y “corazoncitos” con “leucostictos” o con “impartitos”.  Dentro de esa supuesta nueva especie, la “impartita”,  están incluidas las que cruzaron el Mediterráneo tiempo ha, y aquí estamos, esperando que algún día una autoridad odonatológica de orden superior se decante y ponga a cada uno y a cada una en su sitio o sitios.

 

Macho de  Brachythemis leucosticta, con sus colores de ejemplar adulto y maduro

Mientras tanto, quizás por su menor base latina, los angloparlantes que fueron a África a ver y estudiar libélulas  les llamaron  “banded groundling”, uno de esos nombres populares que siempre tienen algo de cierto, pues aunque no se basen en profundos estudios, se apoyan en algo fácilmente observable: las bandas alares que se empiezan a apreciar en los machos jóvenes y que resaltan de forma llamativa en los maduros, y por sus vuelos bajos, cerca del suelo, el “ground”,  por donde patrullean esperando que algún bichejo más pequeño levante vuelo para cazarlo sobre la marcha.

Los castellanoparlantes han prestado poca atención a eso de los nombre populares, y hasta parece que haya escaso apego a los asuntos de “bishos y yerbas” si no hay algún interés más allá del económico o, coyunturalmente, del científico.  Pero, de vez en cuando,  con el calor del verano la imaginación se nos desmanda y, por ejemplo,  ese color pardo-achocolatado de sus manchas alares y del cuerpo de sus machos veteranos, nos trae gratos recuerdos de algo castizo y verbenero que -digo yo-  justificaría un nombre alegre y marchoso, como el de aquel pasodoble “Paquito, el chocolatero”, que aunque tenga poco de científico, tiene sabor, olor, color y… hasta el calor de personas y sitios inolvidables.  Quizás así, también por aquí, leucostictas o impartitas tendrían un nombre popular, sabrosón  y fácilmente recordable.

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6 comentarios to “Paquito”

  1. Geniales Pele. El texto y las fotos. Es verdad que en España no hay tradición, más bien no hay interés por los insectos y no se les ponen esos nombres populares que ayudan a saber de las especies. Quizá hay más tradición con las plantas y me encantan esos nombres…zurrón de pastor, pelosilla, pamplina, hierbas con nombres de los santos de la fecha en que florecen. Los british nos llevan muchos años de adelantos, y muchos años también de exploradores e investigadores. Un abrazo.

    • P. Camacho said

      Hola, Ángel
      Llevas razón: no debía haber puesto en el mismo zurrón a la Botánica y la Zoología. A nivel popular, y también a nivel naturalista, las plantas ibéricas han escapado mejor a lo largo de los tiempos que los bishos… Hubo y sigue habiendo muchos amigos del “bisho muerto”. Ahí está esa campaña de “El Mundo” & NatGeographic regalando todavía bishos muertos… Necesitaríamos varios Félix Rodriguez de la Fuente para intentar cambiar el instinto bichicida de muchos paisanos. Lástima ¿no?
      Gracias por tu comentario.
      Un abrazo

  2. Gloria said

    ¡Fantástico trabajo!
    Esta especie es de mis preferidas… ¿Será porque luce tonalidades achocolatadas?
    Un fuerte abrazo, Pele.

    • P. Camacho said

      Hola, Gloria
      Sí, es posible que esos colores rasquen algo por el subsconciente y nos recuerden muchos ratos buenos que suelen terminar con “chocolate con churros”…
      Este año pasado desaparecieron de un sitio donde las vi en 2009, quizás porque unos humanoides, a quienes vi disfrazados con trajes de astronauta y etiqueta de multinacional contaminante, desinsectaron la zona para no-sé-qué, con las bendiciones y permisos de la autoridad “competente”.
      Gracias por tu comentario
      Un abrazo

  3. Miguel said

    Enhorabuena por perfección técnica y belleza de tus imágenes. Son realmente impactantes. La taxonomía es una disciplina dinámica, hay especies que saltan de un género a otro cuando son estudiadas con mayor perspectiva. Pero no hay mejor instrumento para avanzar en el conocimiento del mundo que nos rodea.

  4. P. Camacho said

    Hola, Miguel
    Gracias por tu comentario. Sí, sin duda, la taxonomía debe ser la base del avance en el estudio de las especies; pero desde mi desconocimiento de todo lo que debe implicar un estudio profundo de estos asuntos, sospecho que, a veces, el deseo de encontrar nuevas especies lleva a los naturalistas olvidar lo que pueden ser subespecies o, simplemente, variedades…y, así, hay especies, o variedades, que se llevan más de un siglo dando tumbos 😉 ;-), por ejemplo, la libélula Sympetrum sinaiticum. Normal, pues no era lo mismo la capacidad investigadora con un microscopio de hace 150 años que con los recursos de que disponen los investigadores actuales.
    Agradezco, sinceramente, tu acertada aportación al tema.
    Saludos

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