Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Posts Tagged ‘apéndices anales’

Casi sin papeles

Posted by Pele Camacho en 19 septiembre, 2016

Podría decirse que la protagonista de hoy, la  Aeshna affinis – Vander Linden, 1820, vuela por ahí casi “como sin papeles”.  El nombre del género Aeshna, puesto en 1775 por el naturalista danés Johan Christian Fabricius (1745-1808), tiene un origen desconocido, como si Fabricius o alguien posterior hubiera “perdido los papeles” descriptores  donde estarían los motivos o razones para ese nombre del género, del que derivaría el de la familia Aeshnidae, o de los ésnidos,  definido por J.P. Rambur en 1842. Quizás el eslabón perdido lo fue por la juventud de Fabricius en 1775, porque se conservan como joyas otros muchos documentos suyos posteriores, como el que definió el orden de los odonatos en 1793.

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Un macho de Aeshna affinis, descansando, por fin…

Algunos investigadores modernos dicen que Aeshna podría derivar de una fusión de dos palabras griegas  –α, prefijo privativo y ισχνós, extenuado, cansado- con el significado final de “incansable”, un adjetivo que encaja perfectamente con su vuelo patrullador y cansa-fotógrafos.

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Macho de Aeshna affinis, patrullando y retando a fotógrafos 

Y con respecto al nombre específico de “affinis”, no puede decirse que Vander Linden estuviese muy inspirado para nominar su Aeshna cuando dijo para ella que era “afín”, o sea, “parecida” a la Aeshna mixta -Latreille, 1805. Si el parecido es en las características comunes, todas las especies de Aeshna serían affinis, pero quizás Vander Linden desconocía en 1820 que había otras Aeshnas identificadas con anterioridad a su affinis  y todas ellas tienen rasgos específicos suficientemente diferentes, o sea, que el “papel” descriptor de affinis, como irrelevante o inútil; miren, si no, la foto siguiente de un macho de Aeshna mixta, en su pose característica como colgando de la ramita que le vino bien.

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Macho adulto de Aeshna mixta-Latreille 1805, en una pose típica de esta especie

Solamente hay cinco Aeshnas celtibéricas, pero con una distribución geográfica muy irregular: únicamente la Aeshna mixta tiene cobertura peninsular; la Aeshna affinis ha sido vista mayormente en la mitad norte, en zonas disjuntas y, ocasionalmente, algún fotógrafo ha tenido la suerte de verla por Despeñaperros el pasado Julio.

Para no entrar en las “afinidades” mixta-affinis,  yo resaltaría una diferencia que pude constatar: los machos de Aeshna affinis retienen a sus parejas de cópula hasta que efectúan la oviposición, mientras que las hembras de otras Aeshnas realizan las puestas aisladamente, según afirman los expertos y observadores, es decir, sus machos se desentienden de ellas después de la fecundación.

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Pareja de Aeshna affinis, en descanso post-fecundación, pendientes de oviposición

En la foto anterior puede verse, con un pequeño esfuerzo, el detalle de la pinza que montan los cercoides del macho para agarrar la cabeza de la hembra: el cercoide central que se observa en la primera foto -llamado lámina supraanal-  se sitúa entre los ojos de la hembra sujetando por delante, mientras los cercoides laterales, también llamados apéndices anales superiores, sujetan por detrás de los ojos haciendo una pinza de precisión que, normalmente, no daña los ojos de la hembra.

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Volando hacia atrás, en un intento de desenganche con más fuerza que éxito

Pero una cosa es que la presa ocular no dañe los ojos -que alguna vez, sí- y otra que sea cómoda para ellas porque, a veces, se ve como ellas intentan desengancharse volando y tirando hacia atrás, doblando el abdomen del macho pero no su voluntad de mantener el tándem. Después de ver la duración de tales agarres “oculo-occipitales” y sus arrastres en vuelos supuestamente sincronizados, no extraña que sea difícil ver hembras a su libre albedrío: posiblemente, se esconden y sólo salen para comer o por el puro instinto de perpetuar la especie, porque en aquel arroyo solo eran visibles machos patrullando o parejas con hembra prisionera.

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Los Trinacria

Posted by Pele Camacho en 13 julio, 2014

Los Trinacria tienen algo en común con los Soprano y los Corleone: sus orígenes sicilianos, por lo menos.

Hollywood y la interné han difundido ampliamente, hasta un nivel exotérico, las historias de las dos últimas familias, pero no ha ocurrido lo mismo con la primera, aunque su nombre toponímico es tan antiguo como las culturas mediterráneas en las que surgió lo de Trinacria que, según dicen, significa “con tres esquinas o picos”, como algo triangular. Eso fue así porque, ya en aquellos tiempos remotos de hace más de veinte siglos, sin satélites ni instrumentos sofisticados, los tres cabos o abombamientos en la geografía de Sicilia fueron detectados por los navegantes de entonces: el situado al sur no tiene ciudades o parajes relevantes, pero sí los tienen el occidental, donde está Marsala -“Scallopini Marsala”-  y el oriental de Mesina, que da nombre al estrecho que la separa de Calabria, la punta de la peninsular bota italiana donde residen los calabreses, algunos de los cuales compiten con los sucesores de Sopranos y Corleones.

IMGP9771_1200_1047KNUn capo di capi: Un macho en plenas facultades

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Los trinacrias de esta entrada -a nivel odonatológico Orthetrum trinacria, (Selys, 1841)– fueron identificados por primera vez en Sicilia y de ahí les cayó el nombre que, aparte de biensonante, les da matices esotéricos más o menos creíbles. Sus tamaños destacan por encima de la media libelulera; son superestilizados, con un abdomen delgado y  largo, y unas alas que, por el contrario, son largas y relativamente anchas, lo que les confiere una capacidad de vuelo sobresaliente. En cuanto a su aspecto, sobre todo el de los machos, y el color azul oscuro de todo su cuerpo, les da un matiz algo siniestro, como de matones o de “pistoleros libeluleros”…

IMGP9744_1200_936KNUna mamma:  “Se adivina con mirarla que no la han querido bien… ” (Tango porteño)

Las hembras, como en la mayoría de las especies de libelúlidos, permanecen en un “segundo plano”, apartadas de las exhibiciones de vuelo de sus machos. Son más difíciles de ver -y no digamos de fotografiar- porque apenas se las ve si no es en los momentos de cópulas o sus “desenganches”; son más claritas, tienen manchas amarillentas en sus libreas y sus ojos más glaucos, aunque no menos bellos que los impresionantes ojos azules de los machos.

IMGP8132_1200_797KN Il ragazzo:  Jovencito mostrando aún parte de sus colores marfileños

Como en casi todos los odonatos jovencitos, hembras y machos de la misma especie se parecen, dejando aparte los detalles de las genitalias secundarias -los apéndices anales– que marcan diferencias desde sus emergencias.

Y retomando aquello de los matices esotéricos de las Trinacrias, se podría empezar por el símbolo o icono –la Trinacria– que figura en la actual bandera de Sicilia: una cabeza femenina que parece ocultar un cuerpo del que surgen tres piernas que apuntan un triángulo superpuesto a los triángulos rojo y gualda de la bandera. Indudablemente, el icono tiene “gancho”, porque también figura en la bandera de la isla de Man, pero con menos gracia que en la siciliana, “como-no podía-ser-de-otra-manera”

IMGP9821_1200_1024KNOcchi sbarrati di capo:  ojos descomunales de un jefe. De su visión dependen muchas cosas…

Más allá en la simbología relacionada a “trinacrias” y triángulos, están los “ojos que todo lo ven”, donde se mezclan dioses, mitologías y sectas que la literatura esotérica ha utilizado con no poco éxito comercial, aunque con dudosa veracidad, pues por y para eso es esotérica.

IMGP9750_1200_896KNOjos glaucos de una mamma:  “Ojos claros, serenos, si de un dulce mirar…  (Gutierre de Cetina)

Yo no sé cuánto, cómo y qué ven los ojos de los trinacria, pero cuando veo sus colores y sus facetas,  se me quedan cortas las ópticas con las que yo los miro y los guardo para recuerdo.

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Pinzas

Posted by Pele Camacho en 10 octubre, 2011

El sistema reproductor de los machos de odonatos es tan exclusivo que no existe nada parecido en el reino animal: aunque la ubicación de la genitalia primaria al final del abdomen es similar al de la mayoría de insectos,  la situación casi al principio del abdomen de la genitalia secundaria  -la operativa en el acoplamiento- hace que el tándem tan característico de los odonatos  sea también exclusivo y sorprendente.

  Macho de Trithemis annulata mostrando sus atributos

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Tras unos orígenes que se remontan a 250 millones de años, no se conoce un proceso evolutivo de los odonatos que explique ese extraordinario detalle anatómico de la genitalia secundaria y las consecuencias de su función en los acoplamientos, realizados con la ayuda de otros elementos de su anatomía que no son parte activa en la reproducción: los apéndices anales o pinzas con las que los machos sujetan la cabeza de las hembras de libélulas o el protórax de las hembras de caballitos.  Es de suponer que las formas de los apéndices son también resultados de ese desconocido proceso evolutivo de las especies originales en las que, al no haber genitalia secundaria, tampoco habría unos apéndices adaptados a la función que desarrollan en las especies que conocemos.

    Macho de Anax ephippiger,  ejercitando sus apéndices anales

En los machos de anisópteros, o libélulas, existen dos apéndices anales superiores o cercoides y uno inferior, cerco o lámina supraanal, situado detrás del poro genital que corresponde a la genitalia primaria, situada en el segmento 9, anterior al segmento 10 del que salen los apéndices anales. La forma de los apéndices es casi específica:  Selys, el padre de la Odonatología moderna, describe en su libro “Monographie des libellulides d’Europe” que los apéndices pueden ser  “ lanceolés, pointus, arrondis, cylindriques, coniques, contournés, filiformes, tuberculés, dentelés, fourchus, ciliés, hérissés, glabres, courts, allongés , semi-circulaires, etc.”  Tillyard,  en su magnífico libro “The biology of dragonflies”, sin entrar en más detalles, dice que la diversidad de formas es inmensa y que, salvo en un par de excepciones genéricas, las especies pueden ser identificadas de manera inconfundible por la forma de los apéndices que, además, al servir como elementos de acoplamiento preciso en la precópula, hacen que la hibridación sea muy rara entre diferentes especies de odonatos.

Apéndices superiores presionando en el occipucio de una hembra de Sympetrum fonscolombii

La forma en que los machos sujetan la cabeza de las hembras es casi inimaginable por la precisión que implica un evento que, normalmente, se realiza en pleno vuelo de los dos protagonistas. Considerando la probable dificultad o incapacidad del macho para dirigir visualmente la acción de los apéndices, hay que admitir como cierto que son las hembras las que, después de aceptar al macho, acercan sus ojos y su cabeza a los apéndices que van a sujetarla: los dos apéndices superiores o cercoides se sitúan detrás de la cabeza, en el occipucio, y presionan hacia delante en la hendidura que tiene la cabeza sobre el cuello que la une al tórax.

Vista trasera de la cabeza de una hembra de Sympetrum fonscolombii

La pinza se completa con el apéndice inferior, o cerco, que se sitúa por la parte delantera, entre los ojos, presionando hacia atrás en sentido opuesto a como lo hacen los apéndices superiores, al tiempo que los segmentos finales del abdomen del macho, aprovechando su carácter invertebrado,  se curvan casi 180º de manera inverosímil, causando una aprensión casi dolorosa en cualquier vertebrado homosapiens que observe el ejercicio…

El apéndice inferior del macho, presionando entre los ojos de un hembra de Anax ephippiger

Imagino que no es fácil hacer una estadística de los ojos de hembras que pueden resultar dañados en el intento, pero en eso, supongo, reside el éxito del supuesto proceso evolutivo y, además, los ojos compuestos de las libélulas, quizás, se pueden permitir el dispendio de perder la visión de una pequeña fracción de sus omatidios, como refería Philip Corbet, otro gurú de la Odonatología moderna, en su libro “A biology of dragonflies”, en un dibujo ilustrativo que copié en la entrada que titulé “La pequeña sirena”.

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Con divisa verde y oro

Posted by Pele Camacho en 20 agosto, 2011

Las Lestes viridis (Vander Linden, 1825) pertenecen a uno de esos géneros que componen un grupo amplio, los Lestes (Leach, 1815), y como en otras familias numerosas,  las diferencias que siempre existen entre los distintos parientes han provocado a más de un experto investigador para encontrar diferencias que justificaran el desgajamiento de un nuevo género y la creación de un nuevo cisma taxonómico; y en esas estamos, con un nuevo género denominado Chalcolestes que se acuñó casi exclusivamente para acoger a las Lestes viridis y a sus casi gemelas Lestes parvidens, aunque el asunto sigue en espera de reconocimiento por la comunidad odonatológica internacional que, de momento y hasta donde yo sé, ha dictaminado que los datos aportados y los estudios realizados son insuficientes para hacer la movida, así que, con la confusión servida, oficialmente siguen siendo Lestes. Eso de los “cismas” es algo que  mola mazo a ciertos homosapiens

Vista dorsal de una hembra de Lestes viridis (Vander Linden, 1825)

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Según se las mire, hembras y machos adultos tienen un aspecto muy parecido: grandes, casi 50 mm de envergadura, estilizados, posando con las alas separadas del cuerpo, mostrando ese precioso dorsal verde metálico característico y común a los adultos de ambos sexos y que sirvió de base al cismático nombre propuesto para el género, Chalcolestes, asociado al brillo del cobre –chalco, en griego clásico romanizado- ya que su carácter predador  –lestes, también en griego clásico- no los diferencia de otros lestidos, o de la familia Lestidae, predadores ellos como todos los miembros del orden Odonatos.  Lo del cobre  -o lo del oro- depende del ángulo de inspección y de la imaginación del inspector, pero también vale pensar que todos los oros dorados de menos de 24 quilates llevan cobre, o dicho de otra manera: ”Nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal -o del ángulo- con que se mira”.

Vista dorsal de un macho de Lestes viridis

Si bien en las vistas dorsales se pueden diferenciar machos y hembras por la forma final del abdomen y de los cercoides o apéndices anales –un par de pinzas arqueadas y blanquecinas en los machos, frente a unas puntas cortas en las hembras-  las vistas de perfil permiten apreciar mucho mejor las diferencias entre hembras y machos: el abdomen de ellos es muy estilizado, mientras los de ellas son proporcionalmente algo más gruesos, aparte de los relieves propios de las genitalias secundarias de ellos y los abombamientos de los segmentos finales que contienen los ovipositores de ellas.

Vista lateral de una hembra de Lestes viridis

Otra característica identificadora de la especie es la forma de “punta afilada” con que termina la parte inferior de la zona verde-metalizada en los laterales del tórax, tanto en las hembras como en los machos.

Vista lateral de un macho de Lestes viridis


Las vistas macro siempre sorprenden con algo nuevo que a simple vista no podemos apreciar, por ejemplo, esa especie de flequillo erizado que se observa en la siguiente foto, recordando aquellos mechones de los toros llamados melenos por la pelambrera que tienen en la testuz.

 “Meleno” alado, con divisa verde y oro y mirada azulada

Y si podría haber cisma con lo del cobre o lo del oro, ¿por qué no montarlo también con los ojos?… porque si la mirada del meleno dejó dudas, miren ustedes la siguiente y – si no tienen nada mejor que hacer- lean aquellas reflexiones que hice y miren las que se veían en las entradas que titulé “Ojo, que la vista engaña” y “Jugando con el espectro”

 Una mirada azul con un cuerpo verde y oro

Y después de esta entrada con reflejos de los fiestorros taurinos típicos de Agosto, solo me queda desearles que sigan ustedes disfrutando de un tranquilo y feliz Agosto, con o sin vacaciones…

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Popotitos

Posted by Pele Camacho en 28 julio, 2011

Para los rockeros de los 70’s,   “Popotitos”  fue una canción que enganchó, quizás tanto por su nombre como por su ritmo, figurando en el repertorio de famosos rockeros celtibéricos e hispanoamericanos.  La protagonista, Popotitos, tenía unas piernas flacas  -unas patitas, vamos- como un par de palillitos o carricitos en la letra del cancionero americano, y la canción salía de la gracia de aquellas piernas bailonas.

Como si de una Popotitos se tratara, todos los nombres de la Platycnemis latipes (Rambur, 1842) cantan o hacen referencia a sus patitas blancas, incluso los nombres populares o vernáculos: Caballito patiblanco, en castellano, Pale White-legged Damselfly o White featherleg en inglés,  Agrion blanchâtre en francés, Weiße Federlibelle en alemán… vienen a fijarse y coincidir en las patitas apuntando especialmente a su color casi blanco, cosa lógica, porque no es frecuente el color blanco -casi blanco- en las libélulas, ni tampoco la forma de las tibias o pantorrillas del 2º y 3er par de patas, lanceoladas y anchas -pues eso es lo que significa Platycnemis, tibias o pantorrillas anchas- , además, están erizadas de abundantes espinas que les dan aspecto de plumas  -¿?-, según indican esos nombres que les pusieron los que tal cosa imaginaron. Sin duda, las patitas de las Platycnemis tienen un encanto, una personalidad especial…


Macho de Platycnemis latipes (Rambur, 1842), al solecito

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Como todos los zigópteros, en general, las Platycnemis son muy esbeltas, aunque tal vez su delgado abdomen y su longitud de unos 35 mm., algo por encima de la media de zigópteros, le dan un aspecto peculiar. Les gusta posar al solecito y, aunque su cuerpo no tiene zonas brillantes, su color blanco mate, como de cerámica, refleja la luz de forma tal que hace difícil conseguir buenas fotos de ellas, porque los blancos suelen salir “saturados”, que equivale a decir “quemados”, o con falta de las escasas tonalidades azuladas que se aprecian  en el  exoesqueleto de los machos, a tono con el color de sus ojos.


Hembra de Platycnemis latipes, con tonos anaranjados que indican su madurez

Las hembras de Platycnemis son algo menos esbeltas que los machos, un pelín más feúchas que ellos -diría yo- blanquecinas, pero con unos tonos terroso-anaranjados que aumentan a medida que van madurando y poniéndose más guapas, diría yo, también.


  ¿Cuál de los dos cooperó en mayor grado para que el enganche fuera exitoso?

En cuanto a sus comportamientos en pareja, las Platycnemis no desmerecen de otros odonatos y tienen esa increíble capacidad de agarrarse en vuelo, ya sea por habilidad, o puntería, de los machos al abrir y cerrar sus elementos de agarre –apéndices anales o cercoides– o de las hembras, a las que supongo, tal vez, más mérito en la precisión del agarre, ya que sus ojos quedan mucho más cerca de la zona del enganche, y por tanto, de posicionar o acercar  su pronoto -protuberancia tras el cogote- de forma que los cercoides del macho acierten en su intento de enganche “a ciegas”.


 Una fase intermedia de colocación, iniciada por el macho, que permite ver la forma de las pantorrillas

Después de hacer ese simpático numerito con figura de corazón, es típico verlas en tándem a la hora de hacer las puestas, quedando el macho erguido mientras sujeta por el pronoto  a la hembra ponedora, que sumerge en el agua el extremo de su abdomen mientras oviposita u ovoposita, pero de esas escenas aún no he conseguido una foto medio-presentable…


 Fase final,  corazoncito a media luz  (¡Flashes no, por favor!)

Tanto ovopositar como ovipositar deben ser palabras bárbaras –barbarismos– que la RAE desconoce o desprecia, y que los bárbaros entomólogos usan a su aire, con poco miramiento, como ovopositor u ovipositor, los supuestos órganos con los que se llevan a cabo las correspondientes acciones de puesta de huevos.  Algún día, posiblemente, sabremos cual es la más adecuada para escribirla sin que el corrector ortográfico nos la subraye de rojo, pero mientras tanto, no debemos ponernos rojos porque pasen cosas así…

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Inmaduros madurando

Posted by Pele Camacho en 18 mayo, 2011

¿Cuánto viven los bishos, si ninguna incidencia rompe, más o menos bruscamente, el progresivo declive natural hacia el fin de sus vidas?

En el caso de los odonatos, desde su emergencia, más o menos primaveral, hasta su muerte, menos o más otoñal, pueden transcurrir varios meses, aunque haya especies que tienen procesos más largos que se inician, por ejemplo, en el verano y evolucionan lentamente, pasando el invierno como “inmaduros” y haciéndose adultos en la siguiente primavera, cuando alcanzan su madurez sexual.  Otros apenas viven más allá de dos o tres meses y, en consecuencia, su proceso de maduración se alcanza en un periodo breve, apenas una semana, adquiriendo muy pronto la capacidad reproductora que les acredita como adultos.

Macho infantil de Orthetrum cancellatum, con pocos minutos de vuelo  (30-04-2010)

Una de las primeras especies en aparecer y hacer patente su ser por el Sur peninsular es la Orthetrum cancellatum (Linnaeus, 1758).  Un día del año pasado tuve la suerte -que no se repite todos los años- de presenciar varias emergencias de ellas y obtener algunas fotos para el recuerdo. Con esas compuse la entrada que titulé “Eclosión de una ninfa”

Hembra jovencita de Orthetrum cancellatum,  con uno o dos días de edad   (04-05-2011)

Este año llegué uno o dos días tarde y me perdí las eclosiones y los vuelos iniciáticos; cuando vi las primeras ya volaban con cierta soltura, aunque se notaba su impericia, su bisoñez y su juventud, marcada por los colores de sus cutículas quitinosas, brillantes en las hembras y libres de pruina en los machos, aunque ya apuntaba el peculiar recubrimiento celeste de algunos de ellos.

Macho jovencito, al inicio de su pubertad,  quiero decir,  pruinosidad  (8-05-2011)

Pocos días después, ya era claramente visible el recubrimiento azul pruinoso de algunos machos y el ennegrecido extremo de su abdomen, aunque aún se veían muchos de los amarillos que fueron el color inicial de su cutícula, cuando para diferenciar machos de hembras era casi necesario mirar la forma de sus apéndices anales o cercoides.


Precoz parejita del paraje, mostrando su juvenil energía y su sorprendente madurez   (08-05-2011)

La sorpresa de aquel día fue ver que, los que aún parecían inmaduros adolescentes, a efectos prácticos y reproductivos, se comportaban plenamente como adultos y que, con pleno dominio del vuelo y de las acrobacias de enganches que les caracterizan, ellos eran ya capaces de enganchar los cogotes de ellas que, para no ser menos, sabían ya flexionar su abdomen con maestría y enganchar su espina vulvar a la genitalia secundaria de ellos. No habían transcurrido ni diez días desde que dejaron las exuvias vacías y… ya habían madurado, ya eran adultos y, al menos, en esas artes del enganche, ya lo parecían.

Joven macho, ya con “muescas” en su pruina, como marcas de adulto experto  (14-05-2011)

Una semana después fui de nuevo al mismo paraje y, como en años anteriores, las hembras habían desaparecido, ni una se dejaba ver, mientras los machos azulones, pruinosos y negrotes, con ligeros restos de manchas amarillas sin pruinar, volaban nerviosos, sobrados de fuerza y de potencia, quizás buscando a las adultas ausentes y esquivando con estilo los ataques de unos cuantos Anax imperator que, como siempre, ejercían su papel dominante de Terminator, dejando claro quién mandaba en la charca.

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Gomphus con plus

Posted by Pele Camacho en 24 agosto, 2010

Hay un plus que destaca en este género en cuanto se le echa la vista encima;  sí, eso que, junto a los amarillos y negros de su cuerpo, le da un aspecto que recuerda alguna de esas estrambóticas maquinarias de mover peñascos y ñoscos.

Onychogomphus forcipatus, macho adulto, mostrando su genitalia secundaria y apéndices

De esos tres apéndices anales -por su proximidad a ese orificio final- les viene el primer medio nombre: Onycho, en griego clásico latinizado, que en sentido amplio quería decir “uña”, admitiendo que uñas son también las garras de cualquier rapaz, por ejemplo. Por  tamaño relativo al abdomen, en el mundo odonatero no hay otras parecidas ni de lejos  y, si el uso exclusivo de tales pinzas es agarrar entre los ojos a las hembras de su especie a modo de “abrazo amoroso”, con machos tan bien dotados, probablemente los de estas especies sean de los abrazos más temibles, a menos que sean también de los más precisos.

En nuestra geografía hay tres especies de Onychogomphus:  la más escasa en tiempo  -apenas dos meses al año-  y en espacios es la Onychogomphus costae, sin ningún trazo negro, casi toda ella en colores amarillos y pardos claros, según dicen los libros, porque yo no he tenido la suerte de verla todavía por mis espacios de ojeo.

Onychogompus forcipatus, macho adulto, sobre floripondio de Datura stramonium

Más frecuentes, fáciles de encontrar y confundir a primera vista, son los Onychogomphus forcipatus, cuyo tórax tiene líneas o zonas amarillas más anchas que las negras, así como en los últimos segmentos del abdomen donde predominan los amarillos y, finalmente,  amarillas son las “tenazas” – forceps en latín- que dan nombre a la especie: las dos superiores, o cercoides,  hacen un par simétrico y la inferior,  o lámina supraanal,  angulosa en su inicio y terminada en punta torcida en su final, con un tono amarillo-ambarino. La subespecie hispana es la “unguiculatus”, con esos amarillos predominantes que se han descrito.

Onychogomphus uncatus, macho adulto, mostrando sus zonas negras características

La tercera especie de nuestras  latitudes es la Onychogomphus uncatus, que tiene más negros y menos amarillos que la forcipatus spp. “unguiculatus”, tanto en las suturas del tórax como en los últimos segmentos del abdomen. La “uña” inferior  es negra y su forma de gancho curvado, –uncatus, en latín- , sin ángulo inicial ni torcimiento final, es el origen de su nombre específico. Esta especie está catalogada VU –vulnerable- en el Libro Rojo de los Invertabrados de España.

Onychogomphus uncatus, macho adulto, mostrando los ojos separados y abdomen típicos de “Gomphus”

Las vistas cenitales de las dos especies son casi idénticas, con su forma de clavo –gomphus-, con las diferencias de anchura y abundancia de los trazos negros, que en los uncatus interrumpen la continuidad del “collar” amarillo que tienen en la parte delantera del tórax dorsal, mientras que en los forcipatus la línea del “collar” es continua.  Además, éstos tienen una pequeña mancha amarilla en el vertex -zona más o menos trapezoidal entre los ojos, sobre la frente-  que no existe en el vertex totalmente negro de los uncatus.

Aunque los odonatos sean invertebrados y sea normal en ellos hacer unas flexiones que pocos vertebrados pueden imitar, resulta difícil imaginar cómo, en pleno vuelo, son capaces de doblar su largo abdomen en un ángulo de casi 180º y acoplar la uña inferior, por delante, entre los ojos de la hembra y las dos uñas superiores por detrás de cada ojo, sin que los resultados del “pinzamiento” sean un elevado número de hembras tuertas después de tales proezas, tanto más cuanto mayor es el tamaño de esos apéndices anales. Quizás las hembras, al ver lo que se les viene encima, coloquen su cabeza, o sea, sus ojos, en la posición adecuada para que el agarrón sea todo lo correcto y efectivo que la evolución de 250 millones de años ha permitido a estos artistas del vuelo acrobático y la cópula en vuelo, o al vuelo.

Onychogomphus forcipatus, hembra adulta, mostrando sus reducidos apéndices anales

Las hembras, por el contrario, tienen unos apéndices anales de lo más normales, si así se admite que es el procedimiento de acoplarlos a los ganchos y cavidades que los machos tienen cerca del tórax, al inicio de su abdomen,  para que la genitalia de la hembra  -en su segmento abdominal S8-  entre en contacto con el segmento S2 del macho, donde están los órganos de su genitalia secundaria, un detalle exclusivo del que no se encuentra nada similar en todo el reino animal.  El proceso previo que habrá realizado el macho para la “recarga” de  la genitalia secundaria -en el segmento S2-  con el esperma generado en el poro espermático de la genitalia primaria  -en el segmento S9-  resulta, tal vez, más fácil de imaginar ya que no requiere la participación de la hembra, aunque la flexión del abdomen para que S9 contacte y transfiera el esperma a S2 requiere un esfuerzo de flexión aún mayor que el de la cópula.  Como la reproducción de los odonatos es un proceso complejo, solo hago una reflexión simple acerca de unas flexiones complejas.

Hay también matices “negros” en ese posadero-floripondio azul-lila clarito a punto de abrir, al que no se le puede negar atractivo visual, pero sí olfativo. Es una flor de estramonio -Datura stramonium- , también conocida como “higuera del infierno”,  donde estaban felices como diablillos algunos forcipatus.  Como muchas otras plantas tóxicas, ha tenido usos medicinales y veterinarios de los que se han derivado otros menos ortodoxos y mucho menos recomendables. Entre las historias “negras” que se oían por los pueblos de la España profunda, había una de alguien que fumó hojas secas de estramonio, a modo de sucedáneo del tabaco; parece que “lo contó”, pero que no le quedaron ganas para repetir y, desde eso, cómo no,  a las brujerías o “aliños” propios del “vudú” europeo y mediterráneo de tiempos pasados, en los que las solanáceas tóxicas dieron mucho juego y disgustos, por envenenamientos de toda índole y condición.

Entre el cocktail de alcaloides tóxicos que contiene esa mata que puede matar, está la atropina, cuyo nombre deriva de aquella Parca de las tijeras que los griegos temían nombrar, y también la escopolamina, utilizada como primer “suero de la verdad”, alias “burundanga” en Sudamérica, donde se cita su uso y abuso en refinados actos delictivos de malajes y malevos. Como para plantarla en el jardín…

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