Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Posts Tagged ‘cercoides’

Casi sin papeles

Posted by Pele Camacho en 19 septiembre, 2016

Podría decirse que la protagonista de hoy, la  Aeshna affinis – Vander Linden, 1820, vuela por ahí casi “como sin papeles”.  El nombre del género Aeshna, puesto en 1775 por el naturalista danés Johan Christian Fabricius (1745-1808), tiene un origen desconocido, como si Fabricius o alguien posterior hubiera “perdido los papeles” descriptores  donde estarían los motivos o razones para ese nombre del género, del que derivaría el de la familia Aeshnidae, o de los ésnidos,  definido por J.P. Rambur en 1842. Quizás el eslabón perdido lo fue por la juventud de Fabricius en 1775, porque se conservan como joyas otros muchos documentos suyos posteriores, como el que definió el orden de los odonatos en 1793.

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Un macho de Aeshna affinis, descansando, por fin…

Algunos investigadores modernos dicen que Aeshna podría derivar de una fusión de dos palabras griegas  –α, prefijo privativo y ισχνós, extenuado, cansado- con el significado final de “incansable”, un adjetivo que encaja perfectamente con su vuelo patrullador y cansa-fotógrafos.

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Macho de Aeshna affinis, patrullando y retando a fotógrafos 

Y con respecto al nombre específico de “affinis”, no puede decirse que Vander Linden estuviese muy inspirado para nominar su Aeshna cuando dijo para ella que era “afín”, o sea, “parecida” a la Aeshna mixta -Latreille, 1805. Si el parecido es en las características comunes, todas las especies de Aeshna serían affinis, pero quizás Vander Linden desconocía en 1820 que había otras Aeshnas identificadas con anterioridad a su affinis  y todas ellas tienen rasgos específicos suficientemente diferentes, o sea, que el “papel” descriptor de affinis, como irrelevante o inútil; miren, si no, la foto siguiente de un macho de Aeshna mixta, en su pose característica como colgando de la ramita que le vino bien.

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Macho adulto de Aeshna mixta-Latreille 1805, en una pose típica de esta especie

Solamente hay cinco Aeshnas celtibéricas, pero con una distribución geográfica muy irregular: únicamente la Aeshna mixta tiene cobertura peninsular; la Aeshna affinis ha sido vista mayormente en la mitad norte, en zonas disjuntas y, ocasionalmente, algún fotógrafo ha tenido la suerte de verla por Despeñaperros el pasado Julio.

Para no entrar en las “afinidades” mixta-affinis,  yo resaltaría una diferencia que pude constatar: los machos de Aeshna affinis retienen a sus parejas de cópula hasta que efectúan la oviposición, mientras que las hembras de otras Aeshnas realizan las puestas aisladamente, según afirman los expertos y observadores, es decir, sus machos se desentienden de ellas después de la fecundación.

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Pareja de Aeshna affinis, en descanso post-fecundación, pendientes de oviposición

En la foto anterior puede verse, con un pequeño esfuerzo, el detalle de la pinza que montan los cercoides del macho para agarrar la cabeza de la hembra: el cercoide central que se observa en la primera foto -llamado lámina supraanal-  se sitúa entre los ojos de la hembra sujetando por delante, mientras los cercoides laterales, también llamados apéndices anales superiores, sujetan por detrás de los ojos haciendo una pinza de precisión que, normalmente, no daña los ojos de la hembra.

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Volando hacia atrás, en un intento de desenganche con más fuerza que éxito

Pero una cosa es que la presa ocular no dañe los ojos -que alguna vez, sí- y otra que sea cómoda para ellas porque, a veces, se ve como ellas intentan desengancharse volando y tirando hacia atrás, doblando el abdomen del macho pero no su voluntad de mantener el tándem. Después de ver la duración de tales agarres “oculo-occipitales” y sus arrastres en vuelos supuestamente sincronizados, no extraña que sea difícil ver hembras a su libre albedrío: posiblemente, se esconden y sólo salen para comer o por el puro instinto de perpetuar la especie, porque en aquel arroyo solo eran visibles machos patrullando o parejas con hembra prisionera.

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Alegrías de Cádiz

Posted by Pele Camacho en 29 junio, 2013

Tirititrán, tran, tran

Tirititrán, tran, tran

Tiritrán, tran, trero, ¡¡¡ aaa…ay!!!

Tirititrán, tirititrán...

Con esos versos o “tercios de salida” arrancan algunos palos o cantes flamencos cuyo nombre copia esta entrada, en prosa y sin música.

Cádiz es una tierra que me gusta una “jartá” -que se dice por aquí abajo- porque tiene cantidá de cosas güenas: güena comía, güena bebía, güen paisaje y güen paisanaje… y “alegrías de vivir”, algo difícil de explicar y que hay que ver para entenderlo, aunque podría resumirse como buen rollo, buen ambiente y disposición para ser y hacer feliz al personal con poco más, que no es poco en los tiempos que corren…

Entre el buen paisaje que se puede disfrutar en Cádiz, yo resaltaría “Los Alcornocales”, unos pedazos de naturaleza monumental que rebosan esa majestuosidad y hermosura que, de vez en cuando, paran a los homosapiens como diciéndoles: “¿Pero… te has fijao bien? ¿Has visto lo que te rodea, o es que el bosque no te deja ver los árboles…?”  Y entre el buen paisanaje tengo que resaltar a mi amigo Arturo, libelulero admirable y conocedor de múltiples rincones -reliquias, diría yo- en esos trozos del Paraíso que hay en “Los Alcornocales”. Con él he ido ya unas cuantas veces por aquellos parajes y en todas he tenido la alegría de ver algún bichejo que desconocía, casi reliquias, también, porque algunos de ellos son criaturas en estado vulnerable, amenazados por la moderna civilización de los homosapiens que han limitado sus biotopos a reductos de acceso difícil, que parecen reservados para el disfrute de personas que saben apreciar la esencia, el néctar de la naturaleza.  Arturo es una de esas personas.

IMGP9589_1200_1011KNMacho de Gomphus graslinii, en espera de un estiramiento de sus cercoides ocultos

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Como ya comenté en una entrada lejana sobre “Los Gomphus”, quizás por su exigencia de naturaleza limpia de ruidos, humos y miasmas, una de esas criaturas amenazadas es la Gomphus graslinii (Rambur, 1842), una libélula de tamaño hermoso, aunque no llegue a estar entre las “grandes” de tamaño, pero sí entre las que podrían catalogarse como con más “estilo”, con más belleza en las marcas o dibujos de su “librea” y más elegancia en sus formas y proporciones. Sin duda, es un subidón -que se dice últimamente- ver volar de cerca una de estas criaturas y seguir su evolución esperando que se pose en algún sitio cercano. Y una enorme alegría, si eso ocurre, llegar cerca de ella después de algunos tropezones con zarzas o pedruscos fuera de atención, por tener la vista fija y la mente absorta en la escena de un bisho poco acostumbrado a intrusos que se le aproximen con pasos que pretenden ser sigilosos.

IMGP9574_1200_1010KN Hembra de Gomphus graslinii, mostrando sus ojos separados

En muchas especies de odonatos, parece que las hembras esperaran unas condiciones o circunstancias de galanteo, mientras los machos vuelan o patrullan como si estuvieran vigilando o manteniendo su territorio libre de competidores, con una táctica similar a la que siguen muchas otras especies del reino animal. Es relativamente frecuente ver más machos que hembras, sea porque aquellos pretenden hacer patente su presencia mostrando su superioridad sobre otros, o porque las hembras se reservaran sabiendo que no faltarán candidatos aspirantes cuando ellas decidan hacer sus “llamadas feromónicas“. Por eso, suele ser mayor la alegría cuando el macro deja ver que se ha tenido la suerte de coincidir, en el tiempo y en el espacio, con la protagonista de uno de esos encuentros que pronto acaban en un enlace o un enganche que, visto con ojos románticos, tiene forma de corazón, aunque no deja de ser una presa bestial con unos cercoides enganchados en las cervicales, si se recuerda la anatomía de cualquier vertebrado.

IMGP9852_1200_950KNLa precisión de un enganche rodeando unos ojos

El momento de mayor alegría -para el fotógrafo, claro- es cuando la pareja enlazada se deja ver y fotografiar a una distancia razonable. La duración del enlace varía de unas especies a otras y, mientras en algunos casos no va más allá de 10 segundos, en otras especies se prolonga varios minutos, manteniéndose el enlace incluso para cambiar de posadero, lo que fuerza a la pareja a volar en tándem con un extraño batido de alas cuyo sonido parece confirmar que las condiciones aerodinámicas van muy forzadas.

IMGP9836_1200_1001KNUnos ojos colgados de unas hojas

En tales casos, los vuelos son cortos y la pareja suele dejarse caer en algún posadero -percha, dicen algunos- donde parecen quedar más colgados que posantes, pero esas son sus posturas y lo que ha dado de sí su evolución en más de 250 millones de años, según dicen algunos expertos en fósiles del Cámbrico al Pérmico.

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Con sexo confuso

Posted by Pele Camacho en 23 febrero, 2013

Muchos insectos siguen “patrones” de colores que parecen inmutables cuando entran en su fase de imagos. Es el caso, por ejemplo, de los lepidópteros. Los odonatos, por el contrario, evolucionan con relativa rapidez y sus colores cambian no sólo al pasar a adultos, sino que algunos, incluso una vez en ese estadio, siguen cambiando sus colores hasta llegar a otros que marcan o indican su veteranía. Muchas libélulas tienen”patrones” de colores que pueden inducir -a algunos humanos, claro- a una confusión de sexos, al olvidar que algunos caracteres sexuales secundarios, como los colores libeluleros son, a veces, un identificador poco fiable.

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Macho adulto de Libellula depressa (Linnaeus, 1758) mostrando sus cercoides puntiagudos

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Los machos adultos de Libellula depressa (Linnaeus, 1758), por ejemplo, son difíciles de confundir por su abdomen ancho y de un intenso color azul pruinoso y, quizás por eso, cuando se ve algo parecido de lejos -o de cerca- pero con la atención puesta en el encuadre de la escena y el enfoque de la cámara, es posible que el color confunda hasta que una mirada más tranquila frente al ordenata, dirigida a los caracteres sexuales primarios, nos da la sorpresa.

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Hembra adulta de Libellula depressa, mostrando sus diminutos cercoides

La causa de la cosa, tal vez, está relacionada a la escasez de referencias previas -por no decir inexperiencia- o en la infrecuente observación de las hembras de esta especie que, como algunas de otras, suelen esconderse lejos de paparazzis, sea por vergüenza, miedo o, simplemente, porque a éstas no les gusta estar al sol que, poco a poco, “pruiniza” a los machos y, también, a hembras veteranas que engañan así a paparazzis con poca veteranía.

IMGP3951_1200_1044KNJoven macho recental de Libellula depressa, mostrando sus cercoides puntiagudos

El caso opuesto también puede ocurrir, cuando falta esa “pruinización” que se supone a los machos pero ausente en los “libélulos” jovencitos, cuando muestran aún el color marfileño de una cutícula recental que los hace parecer hembras, hasta que los agudos picos de sus cercoides saltan a la vista con el zoom del ordenata. Es otro ejemplo para diferenciar “sensaciones” y “percepciones“, porque una cosa es “ver” -o creer que se ha visto- y otra es “mirar”, cuando no se cree lo que se ha visto.

Cuando lo que se ve y se oye es algo que parece increíble, como lo que ocurre en este país de nuestros dolores y vergüenzas, se pasa de las sensaciones y percepciones a las indignaciones y maldiciones… pero eso son otras historias -y ojalá no me confunda en esto- que no pasarán a la Historia si en la Justicia nacional queda algún vestigio de vergüenza para lavar la que rebosa por la impunidad y chulería de tantos sinvergüenzas.

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Caballitos multicolores

Posted by Pele Camacho en 9 diciembre, 2011

Son la mínima expresión odonatera peninsular. Zigópteros o “caballitos“, con unos cuerpecillos en forma de alfiler de unos 25 mm que apenas rebasan, los Ischnura graellsii (Rambur, 1842)  son como miniaturas difíciles de ver por su tamaño, aunque los contrastes de sus colores más vivos ayudan a detectar su presencia. Lo del color en nada desmerece de las variaciones cromáticas que pueden tener otros miembros de la comunidad odonatera, pero en este género de las Ischnuras son las hembras las que presentan más diferencias, más vistosidad y variedad, lo que no quita que los machos evolucionen desde el marfileño tostado que tienen al eclosionar de sus ninfas, pasando después por un verde azulado que terminará siendo azul al tener apenas dos semanas de vida. Ese color azul es el que les da el nombre popular anglosajón, bluetail, porque casi todas los machos de Ischnura tienen un anillo azul en el segmento S8, casi al final de sus abdómenes.

 Macho de Ischnura graellsii (Rambur, 1842), mostrando sus cercoides separados

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Las hembras de Ischnura tienen tres morfotipos o coloraciones que se han denominado tipos o formas A, B y C.  La coloración A es relativamente similar a la de los machos, aunque presenta tonos algo verdosos en el tórax, mientras suelen mantener el azul típico del segmento S8. A estas hembras A se las etiqueta también como andromorfas o androcromas.

Ischnura graellsii,  mostrando tonos verdosos en el tórax…  ¿macho joven o hembra tipo A, andromorfa?

Es difícil distinguir a las hembras andromorfas de sus machos, a menos que se observe lateralmente el perfil final de su abdomen, abultado por la forma de su genitalia y ovipositor. Desde una perspectiva dorsal -si la foto lo permite- puede observarse que los cercoides del macho son como dos pequeñas uñas separadas, para agarrar el pronoto de las hembras en sus acrobáticos tándems; por el contrario, los cercoides de las hembras son más pequeños y están más próximos entre sí que en los machos.

 Hembra de Ischnura graellsii tipo B o infuscans, con “pasajeros a bordo”, ácaros, al comienzo del abdomen

Las hembras tipo B, denominadas infuscans, presentan en su tórax un color violáceo algo claro, de tonos lilas en su juventud, aunque esa coloración evoluciona pronto hacia verdes violáceos que terminan en tonos marrones cuando la hembra B alcanza la madurez.

Hembra de Ischnura graellsii tipo B, infuscans, mostrando los colores oscuros de la madurez

Finalmente, la hembra de morfotipo C, conocida como aurantiaca, tiene en su juventud un color anaranjado que provoca errores de identificación con la especie Ischnura pumilio. Cuando alcanzan la madurez, las hembras tipo C evolucionan hacia tonos naranjas más oscuros, que acaban siendo marrones cuando se hacen adultas maduras.

Hembra de Ischnura graellsii tipo C, aurantiaca, con sus colores juveniles

Las graellsii son una especie observable solo en parte de la península ibérica y norte de África. Curiosamente, su distribución peninsular parece complementar la ausencia de su “prima” Ischnura elegans, a la que se puede ver  en áreas más restringidas de la península, aunque su distribución en Europa sea casi general. Todos los ejemplares de esta entrada fueron vistos en el Parque Natural de Despeñaperros, cerca de Santa Elena, en la provincia de Jaén.

Lo de Ischnura, como no, tiene raíces griegas y viene a significar “de cuerpo grácil”, por la estilizada delgadez del mismo. El apelativo de la la especie, graellsii, por una vez tiene un origen hispano del que hay que sentirse orgulloso: Mariano de la Paz Graells (1809-1898), fue uno de los pocos entomólogos que en España han sido. Riojano él, ejerció como médico, destacó como naturalista y hasta llegó a ser político, posiblemente con más derecho, mérito y honor que muchos de los que hoy tienen la etiqueta de político -o política, claro- habiendo sido incapaces de hacer algo mejor. Pero esas son otras historias.

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Con divisa verde y oro

Posted by Pele Camacho en 20 agosto, 2011

Las Lestes viridis (Vander Linden, 1825) pertenecen a uno de esos géneros que componen un grupo amplio, los Lestes (Leach, 1815), y como en otras familias numerosas,  las diferencias que siempre existen entre los distintos parientes han provocado a más de un experto investigador para encontrar diferencias que justificaran el desgajamiento de un nuevo género y la creación de un nuevo cisma taxonómico; y en esas estamos, con un nuevo género denominado Chalcolestes que se acuñó casi exclusivamente para acoger a las Lestes viridis y a sus casi gemelas Lestes parvidens, aunque el asunto sigue en espera de reconocimiento por la comunidad odonatológica internacional que, de momento y hasta donde yo sé, ha dictaminado que los datos aportados y los estudios realizados son insuficientes para hacer la movida, así que, con la confusión servida, oficialmente siguen siendo Lestes. Eso de los “cismas” es algo que  mola mazo a ciertos homosapiens

Vista dorsal de una hembra de Lestes viridis (Vander Linden, 1825)

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Según se las mire, hembras y machos adultos tienen un aspecto muy parecido: grandes, casi 50 mm de envergadura, estilizados, posando con las alas separadas del cuerpo, mostrando ese precioso dorsal verde metálico característico y común a los adultos de ambos sexos y que sirvió de base al cismático nombre propuesto para el género, Chalcolestes, asociado al brillo del cobre –chalco, en griego clásico romanizado- ya que su carácter predador  –lestes, también en griego clásico- no los diferencia de otros lestidos, o de la familia Lestidae, predadores ellos como todos los miembros del orden Odonatos.  Lo del cobre  -o lo del oro- depende del ángulo de inspección y de la imaginación del inspector, pero también vale pensar que todos los oros dorados de menos de 24 quilates llevan cobre, o dicho de otra manera: ”Nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal -o del ángulo- con que se mira”.

Vista dorsal de un macho de Lestes viridis

Si bien en las vistas dorsales se pueden diferenciar machos y hembras por la forma final del abdomen y de los cercoides o apéndices anales –un par de pinzas arqueadas y blanquecinas en los machos, frente a unas puntas cortas en las hembras-  las vistas de perfil permiten apreciar mucho mejor las diferencias entre hembras y machos: el abdomen de ellos es muy estilizado, mientras los de ellas son proporcionalmente algo más gruesos, aparte de los relieves propios de las genitalias secundarias de ellos y los abombamientos de los segmentos finales que contienen los ovipositores de ellas.

Vista lateral de una hembra de Lestes viridis

Otra característica identificadora de la especie es la forma de “punta afilada” con que termina la parte inferior de la zona verde-metalizada en los laterales del tórax, tanto en las hembras como en los machos.

Vista lateral de un macho de Lestes viridis


Las vistas macro siempre sorprenden con algo nuevo que a simple vista no podemos apreciar, por ejemplo, esa especie de flequillo erizado que se observa en la siguiente foto, recordando aquellos mechones de los toros llamados melenos por la pelambrera que tienen en la testuz.

 “Meleno” alado, con divisa verde y oro y mirada azulada

Y si podría haber cisma con lo del cobre o lo del oro, ¿por qué no montarlo también con los ojos?… porque si la mirada del meleno dejó dudas, miren ustedes la siguiente y – si no tienen nada mejor que hacer- lean aquellas reflexiones que hice y miren las que se veían en las entradas que titulé “Ojo, que la vista engaña” y “Jugando con el espectro”

 Una mirada azul con un cuerpo verde y oro

Y después de esta entrada con reflejos de los fiestorros taurinos típicos de Agosto, solo me queda desearles que sigan ustedes disfrutando de un tranquilo y feliz Agosto, con o sin vacaciones…

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Popotitos

Posted by Pele Camacho en 28 julio, 2011

Para los rockeros de los 70’s,   “Popotitos”  fue una canción que enganchó, quizás tanto por su nombre como por su ritmo, figurando en el repertorio de famosos rockeros celtibéricos e hispanoamericanos.  La protagonista, Popotitos, tenía unas piernas flacas  -unas patitas, vamos- como un par de palillitos o carricitos en la letra del cancionero americano, y la canción salía de la gracia de aquellas piernas bailonas.

Como si de una Popotitos se tratara, todos los nombres de la Platycnemis latipes (Rambur, 1842) cantan o hacen referencia a sus patitas blancas, incluso los nombres populares o vernáculos: Caballito patiblanco, en castellano, Pale White-legged Damselfly o White featherleg en inglés,  Agrion blanchâtre en francés, Weiße Federlibelle en alemán… vienen a fijarse y coincidir en las patitas apuntando especialmente a su color casi blanco, cosa lógica, porque no es frecuente el color blanco -casi blanco- en las libélulas, ni tampoco la forma de las tibias o pantorrillas del 2º y 3er par de patas, lanceoladas y anchas -pues eso es lo que significa Platycnemis, tibias o pantorrillas anchas- , además, están erizadas de abundantes espinas que les dan aspecto de plumas  -¿?-, según indican esos nombres que les pusieron los que tal cosa imaginaron. Sin duda, las patitas de las Platycnemis tienen un encanto, una personalidad especial…


Macho de Platycnemis latipes (Rambur, 1842), al solecito

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Como todos los zigópteros, en general, las Platycnemis son muy esbeltas, aunque tal vez su delgado abdomen y su longitud de unos 35 mm., algo por encima de la media de zigópteros, le dan un aspecto peculiar. Les gusta posar al solecito y, aunque su cuerpo no tiene zonas brillantes, su color blanco mate, como de cerámica, refleja la luz de forma tal que hace difícil conseguir buenas fotos de ellas, porque los blancos suelen salir “saturados”, que equivale a decir “quemados”, o con falta de las escasas tonalidades azuladas que se aprecian  en el  exoesqueleto de los machos, a tono con el color de sus ojos.


Hembra de Platycnemis latipes, con tonos anaranjados que indican su madurez

Las hembras de Platycnemis son algo menos esbeltas que los machos, un pelín más feúchas que ellos -diría yo- blanquecinas, pero con unos tonos terroso-anaranjados que aumentan a medida que van madurando y poniéndose más guapas, diría yo, también.


  ¿Cuál de los dos cooperó en mayor grado para que el enganche fuera exitoso?

En cuanto a sus comportamientos en pareja, las Platycnemis no desmerecen de otros odonatos y tienen esa increíble capacidad de agarrarse en vuelo, ya sea por habilidad, o puntería, de los machos al abrir y cerrar sus elementos de agarre –apéndices anales o cercoides– o de las hembras, a las que supongo, tal vez, más mérito en la precisión del agarre, ya que sus ojos quedan mucho más cerca de la zona del enganche, y por tanto, de posicionar o acercar  su pronoto -protuberancia tras el cogote- de forma que los cercoides del macho acierten en su intento de enganche “a ciegas”.


 Una fase intermedia de colocación, iniciada por el macho, que permite ver la forma de las pantorrillas

Después de hacer ese simpático numerito con figura de corazón, es típico verlas en tándem a la hora de hacer las puestas, quedando el macho erguido mientras sujeta por el pronoto  a la hembra ponedora, que sumerge en el agua el extremo de su abdomen mientras oviposita u ovoposita, pero de esas escenas aún no he conseguido una foto medio-presentable…


 Fase final,  corazoncito a media luz  (¡Flashes no, por favor!)

Tanto ovopositar como ovipositar deben ser palabras bárbaras –barbarismos– que la RAE desconoce o desprecia, y que los bárbaros entomólogos usan a su aire, con poco miramiento, como ovopositor u ovipositor, los supuestos órganos con los que se llevan a cabo las correspondientes acciones de puesta de huevos.  Algún día, posiblemente, sabremos cual es la más adecuada para escribirla sin que el corrector ortográfico nos la subraye de rojo, pero mientras tanto, no debemos ponernos rojos porque pasen cosas así…

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Con pocos vuelos

Posted by Pele Camacho en 2 junio, 2011

La Trithemis annulata  (Palisot de Beauvois, 1807) es una especie multivoltina: tiene varias generaciones en el mismo año, siendo una de las primeras especies en aparecer por los paisajes malagueños y, también, una de las que más tardan en desaparecer. El hecho de ser multivoltina permite que algunos días del verano se puedan contemplar ejemplares muy veteranos, con claros signos de haber tenido una vida intensa, al tiempo que se pueden observar individuos muy jóvenes -“recentales” o “tenerales“- recién emergidos, que posan lánguidamente mientras sus alas adquieren la consistencia que les permitirá ejercer sus acrobacias.

 Hembra recién emergida de Trithemis anulata, en el proceso de estiramiento de sus alas, sobre una rama de granado

Quizás, por ser multivoltinas, parece lógico que ambos sexos aparezcan en escena simultáneamente, frente a los casos de protandria y protoginia -aparición de machos antes que hembras o viceversa- que se observan en algunas especies, aunque éstas sean una minoría cuyo comportamiento y maduración sexual encaja perfectamente con esos retrasos de un sexo respecto al otro; en la Naturaleza las cosas no pasan porque sí, o parafraseando a Einstein, “La Madre Naturaleza no juega a los dados”.

Macho de Trithemis annulata con pocas horas de vuelo, descansando casi agotado en un brote de coscoja

Al principio de la temporada -que puede tener variaciones de más de un mes por causa de la climatología- cuando aparecen las primeras generaciones se encuentran ejemplares de ambos sexos con coloraciones casi idénticas que, a veces, apenas recuerdan a la de los individuos adultos, especialmente en los machos que son los que suelen tener variaciones de aspecto más acusadas por los recubrimientos de pruina que afectan a muchos de ellos. Cuando ese recubrimiento no se ha producido aún, la coloración de machos y hembras puede ser tan parecida que podría dar pie a errores de identificación si no se atendiera a otros detalles de su anatomía.

 De las hojas del granado al capullo de granada recién abierto, con casi la misma vida que ella

Los detalles que permiten una diferenciación más fácil de ambos sexos son, lógicamente, los relacionados directamente a sus genitalias: la forma de los apéndices abdominales superiores, los cercoides, relativamente cortos, paralelos y laterales en las hembras de Trithemis, cuyo abdomen carece de la protuberante genitalia secundaria observable en los jóvenes machos -según el ángulo de observación, claro- , o los cercoides más largos y la lámina supraanal que utilizarán con maestría casi increíble para agarrar con precisión el cogote de sus parejas.

Solo se ven sus cercoides alargados, pero las venas doradas de sus alas son una marca inconfundible

No obstante, los ángulos de observación y la incidencia de la luz en sus anatomías ponen de manifiesto otros detalles que también serían suficientes para diferenciar sexos: los jovencísimos machos de Trithemis, cuando apenas tienen unas horas de vida y sus cortos vuelos delatan su inexperiencia, ya muestran un precioso tono dorado en las principales venas de sus alas recién estiradas, como anticipo del color cobrizo del que empezarán a presumir pocos días más tarde, toda una exhibición de brillos metálicos alares que no abundan en el orden de los Odonatos.

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Inmaduros madurando

Posted by Pele Camacho en 18 mayo, 2011

¿Cuánto viven los bishos, si ninguna incidencia rompe, más o menos bruscamente, el progresivo declive natural hacia el fin de sus vidas?

En el caso de los odonatos, desde su emergencia, más o menos primaveral, hasta su muerte, menos o más otoñal, pueden transcurrir varios meses, aunque haya especies que tienen procesos más largos que se inician, por ejemplo, en el verano y evolucionan lentamente, pasando el invierno como “inmaduros” y haciéndose adultos en la siguiente primavera, cuando alcanzan su madurez sexual.  Otros apenas viven más allá de dos o tres meses y, en consecuencia, su proceso de maduración se alcanza en un periodo breve, apenas una semana, adquiriendo muy pronto la capacidad reproductora que les acredita como adultos.

Macho infantil de Orthetrum cancellatum, con pocos minutos de vuelo  (30-04-2010)

Una de las primeras especies en aparecer y hacer patente su ser por el Sur peninsular es la Orthetrum cancellatum (Linnaeus, 1758).  Un día del año pasado tuve la suerte -que no se repite todos los años- de presenciar varias emergencias de ellas y obtener algunas fotos para el recuerdo. Con esas compuse la entrada que titulé “Eclosión de una ninfa”

Hembra jovencita de Orthetrum cancellatum,  con uno o dos días de edad   (04-05-2011)

Este año llegué uno o dos días tarde y me perdí las eclosiones y los vuelos iniciáticos; cuando vi las primeras ya volaban con cierta soltura, aunque se notaba su impericia, su bisoñez y su juventud, marcada por los colores de sus cutículas quitinosas, brillantes en las hembras y libres de pruina en los machos, aunque ya apuntaba el peculiar recubrimiento celeste de algunos de ellos.

Macho jovencito, al inicio de su pubertad,  quiero decir,  pruinosidad  (8-05-2011)

Pocos días después, ya era claramente visible el recubrimiento azul pruinoso de algunos machos y el ennegrecido extremo de su abdomen, aunque aún se veían muchos de los amarillos que fueron el color inicial de su cutícula, cuando para diferenciar machos de hembras era casi necesario mirar la forma de sus apéndices anales o cercoides.


Precoz parejita del paraje, mostrando su juvenil energía y su sorprendente madurez   (08-05-2011)

La sorpresa de aquel día fue ver que, los que aún parecían inmaduros adolescentes, a efectos prácticos y reproductivos, se comportaban plenamente como adultos y que, con pleno dominio del vuelo y de las acrobacias de enganches que les caracterizan, ellos eran ya capaces de enganchar los cogotes de ellas que, para no ser menos, sabían ya flexionar su abdomen con maestría y enganchar su espina vulvar a la genitalia secundaria de ellos. No habían transcurrido ni diez días desde que dejaron las exuvias vacías y… ya habían madurado, ya eran adultos y, al menos, en esas artes del enganche, ya lo parecían.

Joven macho, ya con “muescas” en su pruina, como marcas de adulto experto  (14-05-2011)

Una semana después fui de nuevo al mismo paraje y, como en años anteriores, las hembras habían desaparecido, ni una se dejaba ver, mientras los machos azulones, pruinosos y negrotes, con ligeros restos de manchas amarillas sin pruinar, volaban nerviosos, sobrados de fuerza y de potencia, quizás buscando a las adultas ausentes y esquivando con estilo los ataques de unos cuantos Anax imperator que, como siempre, ejercían su papel dominante de Terminator, dejando claro quién mandaba en la charca.

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Primeras de primavera

Posted by Pele Camacho en 5 mayo, 2011

Según el calendario y a la vista del tiempo atmosférico reciente -salvo en sábados, domingos y festivos- se puede decir que estamos en mitad de la primavera de 2011. Hace un año, semana más o menos, había visto unas cuantas eclosiones de ninfas o emergencias de libélulas, pero este año la cosa va rara, rara, rara… retrasada, retrasada, retrasada… porque las borrascas atlánticas parecen mantener agazapados a muchos bishos vivientes y futuros.

Pero parece que las contracciones y la presión de la hemolinfa de algunas ninfas –náyades, dicen también por ahí- incapaces de aguantar más, terminaron dejando que algún bisho saliera a la tímida luz que hubo entre chaparrón y chaparrón, quizá ilusionado como aquellos penitentes que anhelaban procesionar con sus picudos capirotes.  Fue el caso de esta hembra de Libellula depressa (Linnaeus, 1758), que emergió resuelta y potente por las estribaciones del PN de Despeñaperros, como si el clima no le importara lo más mínimo y quisiera ver procesiones, el pasado 21 de Abril de 2011. La vi en un juncal, ella sola, pues por más que miré y remiré no pude encontrar ninguna otra, ni en aquel juncal ni en otros cercanos, nada de nada, ni emergencias ni restos de exuvias, como si ella hubiera sido la primera de esta húmeda primavera.

 Libellula depressa hembra, goteando aún la hemolinfa que le hizo emerger apenas dos horas antes…

En el entorno del mundo libelulero, las hembras de Libellula depressa son unas criaturas bellas y hermosotas, con un amarillo-verde limón y un porte o tamaño que sería suficiente para diferenciarlas de cualquier otra libélula, aunque se las podría confundir con algún joven machito de su especie si no se puede ver bien la forma del extremo de su abdomen -los cercoides- más cortitos en ellas que en ellos, quizás porque ellos los necesitarán para realizar esos alucinantes “enganches” de cogotes con los que llevan a cabo sus tareas reproductoras. Como se podía ver en una entrada reciente que titulé “Ojos de caramelo”, los abdómenes de ellos se “pruínan” y resultan azulones, mientras que los de ellas se mantienen amarillentos, aunque con su vejez tienden a recubrirse parcialmente de tonos pardos.

Mientras sus alas adquieren consistencia para volar, sus patas se agarran a la exuvia de la ninfa capaz de nadar…

Los expertos en odonatos -tengo la suerte de conocer a algunos- son capaces de distinguir las especies viendo las exuvias, a las que miran y admiran con tanta o más atención que si fueran adultos. Los detalles de los cercoides ya se dejan ver en el extremo de las exuvias, el último “traje” de la ninfa o larva que, después de varias mudas, abandonan cuando pasan del mundo acuático al aéreo: en las exuvias de los machos se pueden apreciar las fundas, como si fueran moldes de los agudos apéndices -como diminutos capirotes- próximos y relativamente largos, que no se ven de forma tan patente en las exuvias de las hembras. De momento, no puedo decir que me parezcan bellas las exuvias, pero no dejo de admirar y sorprenderme con los recursos de la naturaleza, que después de 250 millones de años de evolución -año más o menos- es capaz de liberar un ingenio volador tan impresionante de un ingenio nadador tan poco agraciado estéticamente, diría yo…

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Rojo y gualdas

Posted by Pele Camacho en 19 febrero, 2011

El rojo es un color que abunda en los odonatos.  Hay varias especies cuyos machos tienen un intenso color rojo que les hace destacar entre los colores del entorno donde se mueven. De todos ellos, quizás, el más notable es el macho de Crocothemis erythraea (Brullé, 1832) que, con un abdomen ancho y una envergadura que se acerca a los 45mm, luce un rojo intenso y vivo, extenso “de cabo a rabo”, es decir, de cabeza a patas y cercoides anales.  Como si fueran conscientes de su tamaño, suelen tener un vuelo “suficiente”, agresivo, rápido… como muy seguro de sus capacidades. Para darles un toque aún más atractivo, en la parte posterior de sus ojos resalta una fina línea azul clarita, que contrasta agradablemente con los rojos circundantes, y en la base de sus alas hialinas tienen unas transparencias azafranadas no muy extensas, pero suficientes para ser visibles a simple vista y para darles nombre: “crocus” es el nombre latino del azafrán que, en griego latinizado, fue “crocos”; lo de “themis”, como en las otras especies de odonatos con ese mismo sufijo que ya comenté, es la evocación del equilibrio en el aire de las libélulas, del signo Libra, de la balanza de dos brazos símbolo de una diosa de la Justicia… en fin, un animal precioso hasta en el nombre.  Los angloparlantes les llaman “scarlet”, escarlata, un nombre bien puesto, tan bello como su color.

Rojo a tope,  un macho maduro de Crocothemis erythraea  (Brullé, 1832)

Como en otras especies de odonatos, las hembras de Crocothemis tienen colores más discretos, marcando diferencia con sus machos en un dimorfismo sexual que sería casi increíble si no lo demostraran con sus rápidos tándems amorosos, que ejecutan en vuelo con una maestría asombrosa y que, en su combinación de colores, recuerdan los ”rojo y gualda de la enseña nacional”.  Si yo tuviera que ponerles un nombre vernáculo y celtibérico, posiblemente, les llamaría “españolas”, por evocación y porque sí.

“Gualdas” en evolución, amarillos en una hembra adulta de de Crocothemis erythraea

Lo de “gualda” es un color que, mayormente, los hispanos asociamos al amarillo de nuestra bandera, pero antes que el de la bandera,  “gualda” era, como-todo-el-mundo-sabe, el nombre vernáculo de la Reseda luteola, una planta silvestre de la que, al parecer, se sacaban tintes amarillos antes de que la síntesis química arrasara las costumbres ancestrales… De suyo, luteola, como el adjetivo lúteo, viene del latín “luteus”, que significaba amarillo, y es una raíz latina que se aplica a muchas palabras y conceptos relacionados al amarillo, por ejemplo, la “mácula lútea” que aloja la fóvea con la que distinguimos los colores.  El amarillo de nuestra bandera, sin tonos ni detalles, se definió allá por tiempos de Carlos III, a finales del siglo XVIII, pero en lo de “gualda” me “pieldo”, o sea, que no sé a quién se le ocurrió…

“Gualdas pálidos”,  en una hembra jovencita de Crocothemis erythraea

Pero, sabido es, el color de los odonatos es algo cambiante, normalmente, más en ellos que en ellas, que también.  Los “gualdas” de las hembras de Crocothemis son unos amarillos que, de jovencitas, como en tantas otras libélulas, son pálidos, unos tonos marfileños que,  poco a poco, evolucionan a medida que sus cutículas se tintan con los pigmentos que generan en su hipodermis y van oscureciéndose, de forma que, cuando pasan a ser Crocothemis muy maduras y veteranas, cuando en castizo se dice que “saben latín”, parece que aumentara su belleza;  sus colores son más intensos, sus ojos más azules, y después de tanto sol veraniego parecen haberse bronceado y su color cuticular pasa a ser un amarillo tostado, un color indefinido que habría que identificar por alguna referencia del catálogo Pantone, para no confundir.

La culminación de los “gualdas”, amarillos oscuros en una hembra veterana de Crocothemis erythraea

De manera inconfundible, a simple vista, lo que desde jovencitas permite identificar a cualquier hembra de Crocothemis y distinguirlas de otra hembra de libélula que pudiera parecérsele, es su prominente lámina o apéndice vulvar, casi perpendicular al segmento S9 donde acaban.  En castizo, se podría decir también que las hembras de Crocothemis, son unas hembras “de bandera”.

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