Sorpresas y paisajes

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Asuntos espinosos

Posted by Pele Camacho en 8 noviembre, 2014

Hay temas muy relacionados con creencias y sentimientos que, según la vehemencia con la que se plantean o discuten, podrían calificarse como temas “espinosos”, porque “pinchan” la sensibilidad de ciertas personas y les hacen “saltar”. Uno de esos temas es el relacionado al origen y evolución de las especies.

La evolución biológica de las especies es un hecho constatado e incontestable, formulada como una teoría por algunos filósofos griegos hace más de veinte siglos y, más recientemente, planteada como una hipótesis por científicos de los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, el “evolucionismo” surge con la publicación en 1859 de la obra “El origen de las especies” de Charles Darwin (1809-1882), que considera causas naturales para la evolución de las especies por fenómenos que podrían resumirse en mutaciones genéticas. De esos conceptos se deriva la actual teoría científica de la evolución biológica, que colisionó frontalmente con los planteamientos religiosos englobados en lo que se denomina “creacionismo” que, ante cualquier asunto con origen desconocido o sin una explicación científica convincente, atribuye la acción divina de un Ser superior que crea seres o cosas. Crea usted  lo que le parezca mejor y no intente discutirlo conmigo, porque no voy a entrar aquí en ese asunto espinoso. Punto.

IMGP7046_1200_1183KNOruga de Zerynthia rumina con una mutación particular: es hipocrómica ¿por qué? ¿cómo afectó al imago que surgió de ella?

Una especie de evolución biológica evidente y en corto plazo es la que se puede observar en las metamorfosis, unos cambios profundos que, a partir del desarrollo embrionario, afectan a muchísimas especies conocidas: en los insectos hay ejemplos de metamorfosis hemimetábola -en tres etapas- como es el caso de los odonatos, y de metamorfosis holometábola o completa, con las cuatro fases que se observan en los lepidópteros. Hasta donde yo sé -muy poco, realmente-  hay fases cuyos cambios no tienen aún ninguna teoría científica que justifique o explique los procesos de esa evolución o transformación, pero el reto atrae como moscas a muchos científicos ávidos de descubrimientos que en el futuro serán, probablemente, merecedores de algunos premios Nobel.

IMGP4919_1000_1021KNCrisálida de Zerynthia rumina: apenas se intuye la forma de la larva y, mucho menos, de la mariposa

Resulta especialmente enigmática la transformación que se produce en la tercera fase de las metamorfosis holometábolas, es decir, el cambio que tiene lugar dentro de una crisálida que, en un estado de aparente reposo, sin alimentarse siquiera, transforma una voraz larva u oruga con aspecto poco amigable, en un imago o individuo adulto de admirable belleza dotado de espiritrompa chupadora.

IMGP0566_1200_1068KNImago de Zerynthia rumina: ¿Qué fue de aquellas espinas,  patas y aparato masticador de su oruga?

Dentro de la crisálida tienen lugar complejos y desconocidos procesos de apoptosis, palabra moderna con raíces griegas antiguas, para referirse a destrucciones celulares programadas o previstas dentro de ciertas células que desaparecen porque en la nueva fase son innecesarias, siendo absorbidos sus restos de manera natural para constituir nuevas células con funciones completamente diferentes pero necesarias en la fase sucesiva.

IMGP6775_1200_658KNLarva de Nymphalis polychloros, erizada de agudas púas que no invitan a acercarse a ella

Muchas orugas o larvas de lepidópteros están recubiertas de espinas o agudas púas que les dan un aspecto amenazador: es su única defensa ante predadores que podrían atacarles o devorarlas si no tuvieran esa apariencia. Sin embargo, la mariposa en la que se transforman después de su fase de crisálida es una criatura de aspecto frágil e inocente, sin ninguna clase de espinas ni elementos defensivos: las células de las espinas o púas han desaparecido, se han disuelto, han muerto y han sido absorbidas para transformarse ordenadamente en no se sabe qué órganos, células o elementos del nuevo individuo que vuela en lugar de arrastrarse…

IMGP1729_1200_997KNReverso de un individuo adulto de Nymphalis polychloros

La apoptosis puede entenderse como una muerte celular con beneficio, necesaria para el éxito de la evolución y continuidad de la vida: las células de los seres vivos no son de vida ilimitada, necesitan renovarse de manera ordenada, sin que la desaparición de unas dificulte la acción de las nuevas.

IMGP1508_1200_1374KNEl éxito de una evolución con apoptosis: anverso de un imago de Nymphalis polychloros

El avance del conocimiento, en su acepción o sentido más amplio, es el resultado del estudio, la observación, la investigación… después de muchos años de relacionar ideas y, a veces, también, de serendipias, de encuentros casuales, de descubrir algo que no se buscaba pero de lo que se supo ver su relevancia porque ya se tenían otros conocimientos para juzgarlo de interés. El premio Nobel de Medicina de 2002 fue concedido a los científicos Sydney Brenner, Robert Horvitz y John Sulston por sus descubrimientos en relación al “desarrollo de órganos y muerte celular programada”.

Otro asunto espinoso es, también, la reducción de recursos para la investigación. No hace falta ir muy lejos para ver gobiernos y ministros erizados de púas y enrocados como crisálidas, que redujeron los presupuestos de investigación para sufragar los derroches y corrupciones de sus afines. Pero esas son otras historias que ustedes ya conocen…

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La herencia griega

Posted by Pele Camacho en 18 febrero, 2012

Mientras lo que actualmente se llama Occidente vivía aún en su prehistoria, casi en una barbarie de la que apenas quedaron recuerdos, en una zona algo más extensa de lo que ahora se llama Grecia nació una cultura amplia que perdura en nuestros días: filosofía, ciencia, arte, literatura, religión mítica, deporte… y muchas otras manifestaciones culturales que Occidente asimiló, tanto como base de sus culturas como en los idiomas donde centenares de palabras conservan su raíz griega y hasta la palabra entera. Los antiguos griegos de aquello que entonces no era Grecia, nos legaron algo intangible, pero de un valor enorme, casi incalculable, salvo en lo matemático que ellos también innovaron, dejando recuerdos como Pitágoras y Π, un número de infinitos decimales.

Así la historia de hasta hace más de 2500 años, podría decirse que Occidente tiene una deuda pendiente con Grecia, una deuda cultural que no se valora en euros o dólares, aunque se podría estimar si se quisiera, como se valoran los derechos de autor o la propiedad intelectual de cualquier obra artística. Por bajos que fueran el valor original del legado y el tipo de interés de la deuda, el valor acumulado en tantos años sería una cifra casi impagable. Pero en Occidente parece estar de moda la injusticia, aquello de “los perros que muerden a sus amos”, y ahí están los griegos de hoy, deudores ellos bajo el acoso insaciable de algunos bárbaros.

En el ámbito de la Biología -empezando por su nombre- las palabras de origen griego son multitud, y con los artrópodos -otra que tal-  es difícil meterse sin tocar dos de esas palabras con un “meta” común: metamorfosis, que se aplica a la transformación profunda que sufren los individuos de ciertas especies desde su nacimiento hasta ser adultos, y el metabolismo de los procesos con que cada especie transforma las sustancias de su alimentación en otras que asimila o desecha su organismo.

Larva de Papilio machaon (Linnaeus, 1758), la segunda fase de su metamorfosis

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

En los Lepidópteros -doble raíz griega- la primera fase de su metamorfosis holometábola o completa, es un huevo diminuto, difícil de ver y fotografiar. Cuando el huevo eclosiona, la oruga inicia su periplo devorando el “cascarón” que la protegió mientras completaba su transformación a diminuto semoviente.  A partir de ese momento, en su segunda fase, la oruga es un bisho que parece nacido para comer, devorando de manera insaciable, con un metabolismo de alta eficiencia que transforma la sustancia vegetal que engulle en sustancia animal que crece y crece para transformarse de nuevo, acumulando energía y materia para que la mariposa adulta tenga unas reservas que apenas podrá aumentar con las libaciones de su grácil espiritrompa.

Imago de Papilio machaon, intentando libar algo en un cardo de Septiembre

En el individuo adulto de la cuarta fase se aprecian detalles que ya aparecían en la oruga: Tres pares de patas, una serie de anillos abdominales, ojos… pero otros elementos se pierden en la transformación al modo de vida del adulto: las “pseudopatitas” de los segmentos finales de la oruga desaparecen como un proceso más de la apoptosis -una muerte celular programada como una parte más del desarrollo del adulto-,  el aparato masticador de la oruga que se transforma en espiritrompa… la mariposa solo puede absorber néctares y líquidos más o menos sustanciosos para mantener un nivel energético que soporte la elegancia de sus vuelos y lo necesario para perpetuar la especie.

El anverso de la Papilio machaon, una belleza que gusta contemplar

La crisálida de la tercera fase es el estadio en el que hibernan los individuos de alguna de las generaciones de la Papilio machaon;  es la fase menos espectacular, difícil de encontrar en esta especie y la más enigmática en todas las mariposas, pues bajo la aparente quietud de la pupa, como por arte de magia, de la inimaginable transformación interna que ocurre en ella surgirá el imago, el individuo adulto que en esta especie lleva el nombre de Machaon, médico mitológico en la guerra de Troya, como su hermano Podalirius, que dió nombre, también, a otra hermosa mariposa con un vuelo cadencioso que realza la elegancia que tiene de sobra, la Iphiclides podalirius (Linnaeus, 1758).

Iphiclides podalirius (v. feisthamelii), libando en unas flores de zarzamora

Machaon y Podalirius eran hijos de Asclepio, también médico y dios de la Medicina, representado entre las numerosas esculturas griegas que lucen en los museos de Occidente como un anciano barbudo, con un bastón en el que se enrolla una serpiente. Bastón y serpiente han quedado como un símbolo en la Medicina occidental. Quizás Asclepio sea más conocido bajo el nombre de Esculapio con el que pasó a la cultura romana, heredera inmediata del legado cultural griego. Los romanos cambiaron los nombres, pero no el fondo ni las ideas de la mitología, que también dejó su recuerdo en religiones más modernas que asimilaron algunas figuras de los mitos griegos.

Umbela de Asclepias curassavica, la asclepia de Curaçao

Aunque no haya una mariposa cuyo nombre evoque a Asclepio -al menos yo no lo sé- su nombre se asocia a la Asclepias curassavica, planta nutricia preferida de la mariposa Danaus plexippus (Linnaeus, 1758), la famosa mariposa Monarca, emigrante por multitudes de millones de individuos y en vuelos de miles de kilometros cada año, yendo desde Canadá a México y desde México a Canadá, y hasta mucho más acá, donde su carácter migratorio nos permite disfrutar de su belleza.

La Monarca, Danaus plexippus, libando néctar en flores de Asclepias curassavica

Danaus y Plexippus también son nombres de la mitología griega, pero de esa preciosidad de mariposa ya dije algo hace casi dos años, en la entrada  “¿De dónde … y a dónde?”  y, si Asclepio me mantiene la salud con la Medicina de sus herederos, volveré a hablar de él, de sus hijos, de sus paisanos griegos, de mariposas y de otras criaturas alucinantes que recuerdan esa cultura milenaria.  Las bellezas de ellas lo merecen y las historias mitológicas de ellos ayudan a olvidar parte de nuestras congojas, mientras nos recuerdan las de los griegos de hoy, acreedores de Occidente por la inolvidable herencia que sus antepasados nos dejaron.  Que Asclepio y todos los dioses del Olimpo les ayuden a salir de la trampa en que cayeron.

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Bishoverde 100

Posted by Pele Camacho en 1 enero, 2012

Dando por buenos los contadores de categorías del margen izquierdo, con este suman 100, aunque no todos los bishos fueron verdes…

Así pues, buscando algún representante suficientemente verde para esa circunstancia tan redonda, recordé a una criatura injustamente olvidada en los recovecos del disco duro: la Callophrys rubi  (Linnaeus, 1758), una verdosa con un bonito nombre genérico, casi tanto como ella, pues significa “de bellas cejas”, que en su caso serían esos bordes blancos de sus negros ojos. El apellido específico se refiere al género de una de sus plantas nutricias, las “Rubus”, plantas de la familia de las rosáceas, con tallos espinosos como las zarzamoras, frambuesos y otras de estilo pinchoso. Aunque con ese verdor no lo parezca, es una auténtica “todoterreno”: su área de distribución es una de las más extensas de los Lepidópteros, cubriendo toda Europa, Norte de África y parte de Asia, tal vez, porque su gama de plantas nutricias es tan amplia como su geografía, adaptándose a tantos sitios con una especie de “donde quiera que fueres, come lo que hubieres”.  Por nuestra geografía más cercana solo existe otra “de bellas cejas”, la Callophrys avis, que tiene las cejas rubias, de un color ladrillo, pero es muy escasa ella, tal vez por ser muy melindrosa, pues parece que sus plantas nutricias se reducen al madroño Arbutus unedo y muy pocas más.

Callophrys rubi  (Linnaeus, 1758),  vista por babor

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Siempre posan con las alas plegadas, dejando ver ese color verde casi exclusivo del género Callophrys y ocultando sus anversos mucho menos vistosos, de un pardo casi uniforme que apenas se ve cuando revolotean. Los angloparlantes, aficionados ellos a dar un nombre popular a cualquier bisho, la llaman Green Hairstreak, es decir, “pelijosa verde”, o “mechones verdes”, aunque los pelillos de sus mechones sean blanquecinos y lo verde sean escamas. Ese color verde del que presumen y muestran en las fotos, suele cambiar de tono con la edad y con el ángulo de incidencia de la luz que las ilumina o la que reflejan, porque las escamas que recubren sus alas tienen una estructura semitransparente que da lugar a efectos ópticos de refracción y reflexión, dependientes de esos ángulos de la luz que permite observarlas.

Callophrys rubi  (Linnaeus, 1758) , vista por estribor

A pesar de su amplia distribución y su pertenencia a la extensa familia Lycaenidae o de los licénidos, famosos en su mayoría por su peculiar mirmecofilia o simbiosis con hormigas, las larvas u orugas de Calloprhys no tienen esa característica en común con otras especies de la familia de remembranza lobuna; sin embargo, parece que la crisálida o pupa sí tiene una extraña relación con ciertas hormigas por estridulación  -generación de sonidos chirriantes y, posiblemente, desgradables- y por la secreción de sustancias dulzonas que atraen a unas hormigas golosas que, después de rechupetearlas, entierran a las crisálidas, tal vez para que dejen de dar el “cante”, al tiempo que les proporcionan así una especie de protección frente a posibles predadores.  Verdaderamente, qué complicado es todo eso del equilibrio ecológico, mucho más que el económico… pero esas son otras historias.

Libres de predadores de cualquier clase, disfruten felices en este bisiesto 2012 recién iniciado y, si algún bisho malo aparece en lontananza, no olviden ni pierdan aquel bishito verde que quedó en la caja de Pandora que, también, hasta el nombre tenía bonito: Esperanza

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Tres fases y una flor

Posted by Pele Camacho en 7 abril, 2011

Se podría decir que la reproducción de aves, reptiles y peces pasa por dos fases, utilizando el huevo como fase previa. Sin embargo, no se habla de metamorfosis en esos animales, aun siendo innegable que entre las dos fases hay una profunda transformación, que es lo que quiere decir metamorfosis. Tal vez, solo se merece la palabra cuando al menos hay tres fases o estadios, como en los Odonatos, a los que se denomina hemimetábolos para indicar que su metamorfosis es incompleta, frente a los holometábolos que tienen metamorfosis completa, es decir, cuatro fases que culminan en la de adulto o imago con la capacidad bíblica del “Creced y multiplicaos”, reiniciando esa primera fase que algunos llaman “ovoposición” y otros “oviposición”, aunque ni la RAE ni los diccionarios ingleses recogen palabras con ese sentido, como si fuera suficiente con lo de “ovíparo”.
Los lepidópteros son insectos holometábolos y sus huevecillos son diminutos, difíciles de ver y encontrar, si no se tiene la suerte y referencia de alguna hembra en la típica actitud de puesta con el abdomen curvado. Muchas de ellas suelen hacerlo en horas y lugares impropios para la fotografía. Son, por tanto, infrecuentes los encuentros con la primera fase; por el contrario, los individuos de la segunda fase suelen ser fáciles de ver y llamativos, tanto en su aspecto como en su comportamiento.

Oruga de  Zerynthia rumina (Linnaeus, 1758), sobre una hoja de Aristolochia, su planta nutricia

Las orugas o larvas de lepidópteros se desplazan con relativa lentitud, siendo presa fácil de sus depredadores. Es una fase en la que se alimentan vorazmente de sus respectivas plantas nutricias, para alcanzar en poco tiempo el tamaño y madurez necesarios para cambiar a la siguiente fase; mientras tanto, muchas de ellas suelen adoptar formas repelentes, cubriéndose de pelos urticantes, de espinas múltiples y, frecuentemente, mostrando coloraciones aposemáticas que ahuyentan a posibles depredadores, como se comentó en la entrada anterior, “Veneno en la piel“. No se puede negar que su aspecto parece anunciar posibles disgustos gastronómicos y digestivos.

“Candilillo”, flor de Aristolochia baetica, planta nutricia de muchas Zerynthias hispanas

En la protección aposemática, además del color está el sabor y, quizás, hasta el olor adquirido de algunas plantas nutricias que contienen sustancias tóxicas que la oruga metaboliza manteniendo la toxicidad que, supuestamente, debe producir algún disgusto a más de un predador potencial. Es el caso de las orugas de Zerynthia rumina (Linnaeus, 1758), cuyas plantas nutricias casi exclusivas son las del género Aristolochia, ricas en aristoloquina, un tóxico irritante de mucosas que, probablemente, desagrade a más de un pajarillo aficionado a incluir orugas en sus dieta. Y, por si fuera poco, también tienen alcanfor, esa sustancia de olor fuerte que ahuyenta a perros y gatos “meones” y, posiblemente, a más de un pajarillo.

Crisálida de Zerynthia rumina (Linnaeus, 1758), entre hojas de Aristolochia baetica

Los encuentros con la tercera fase son infrecuentes; antes de transformarse en crisálidas, las oruguitas suelen esconderse en algún lugar al abrigo de sol intenso, lluvias o, simplemente, depredadores. “Encuentros en la tercera fase” fue la traducción de título que aquí dieron a la segunda película de Steven Spielberg, con un tema también infrecuente por aquella época. Luego lo completó, más o menos, con “ET”, para mi gusto, mucho mejor película, aunque nos dejó con la duda de cuantas fases tenía la especie de ET. La crisálida de las Zerynthias es, como todas las de mariposas, sorprendentemente pequeña para contener, aunque sea muy bien plegado, el imago que saldrá de ella. Observándola cuando falta poco para la eclosión, a través de esa especie de tapadera traslúcida se perciben detalles del futuro imago.

Zerynthia rumina (Linnaeus, 1758), la Arlequín, un nombre popular tan bello como ella

Los imagos de Zerynthia rumina -mariposa Arlequín, la llaman por ahí- tienen una aspecto aposemático indudable. De hecho, parece que no le atacan los pájaros insectívoros. Pero, dejando aparte matices nutricionales, la mariposa Arlequín es, además de hermosota, sobre todo las hembras, una de las más bellas de nuestras latitudes. Hace pocas semanas han empezado a volar las primeras. La de la foto lo hacía el pasado 1 de Abril, en el PN Montes de Málaga.

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¿De dónde… y a dónde…?

Posted by Pele Camacho en 4 abril, 2010

La expresión-título de la última entrada –¿Qué fue antes…?– es, posiblemente, una derivación de la pregunta-duda existencial ¿De dónde venimos y a dónde vamos? a la que todas las culturas y religiones han intentado dar respuestas. La antigua Grecia, por supuesto, las tenía en los conocidos como “mitos de la creación” que Robert Graves relata con detalle en su libro “Los mitos griegos”. Uno de ellos, resumido, diría algo así:

En el principio Eurínome, la Diosa de Todas las Cosas, surgió desnuda del Caos, pero no encontró nada sólido en qué apoyar los pies y, en consecuencia, separó el mar del firmamento y danzó solitaria sobre sus olas. Danzó hacia el sur y el viento puesto en movimiento tras ella pareció algo con que poder empezar la creación. Se dio la vuelta y se apoderó de ese viento, lo frotó entre sus manos y surgió la gran serpiente Ofión. La Diosa bailó para calentarse, cada vez más agitadamente, hasta que Ofión se sintió lujurioso, se enroscó alrededor de los miembros divinos y se ayuntó con la Diosa, que quedó encinta y a su debido tiempo puso el Huevo Universal. De ese huevo salieron todas las cosas que existen: el sol, la luna, los planetas, las estrellas, la tierra con sus montañas y ríos, sus árboles, hierbas y criaturas vivientes.

¿De dónde vienen y a dónde van las Danaus plexippus? A principios del otoño, en procesos migratorios que afectan a tres generaciones, decenas de millones de ellas bajan desde Canadá y Estados Unidos hasta Michoacán, en Méjico. Allí hibernan y desde allí suben al comenzar la primavera, en una sucesión de generaciones similar a la que tuvieron al bajar. Pero algunas de ellas imitaron a la Diosa de Todas las Cosas y, en un no-se-sabe-cómo, aprovechando vientos favorables y buscando zonas cálidas, danzaron sobre las olas del océano y llegaron a los archipiélagos atlánticos y a España, donde establecieron colonias en las que cada año repiten sus ciclos reproductivos y así, en un par de semanas, aquellas voraces orugas de cuerpo rayado evolucionan a crisálidas de un verde intenso que parecen anunciar la eclosión de algún “bicho verde”, pero no…

Al cabo de unos 10-12 días, de las cápsulas de poco más de 2cm de largo, de manera casi increíble, como si de un parto se tratara, surge lentamente una mariposa que, entre temblores, estira su cuerpo y despliega sus alas de casi diez centímetros, hasta que se siente con fuerza e instintivamente inicia su vuelo, como una diosa capaz de cruzar un océano.

Su vida como adultos, o imagos, parece que raramente supera las 6 semanas, pero pronto empiezan sus ciclos reproductivos, depositando diminutos huevecillos blancos sobre las plantas nutricias de las futuras orugas, preferentemente una originaria de America tropical, la Asclepias curassavica, o Asclepias “de Curaçao“, que también se adaptó a muchas regiones de climas cálidos y tropicales. A la derecha se ve una vaina abierta de la Asclepias, con sus múltiples semillas provistas de sutiles penachos pilosos, o vilanos, dispuestos para que cualquier viento las disperse. Y allí había también unas chinches ayudando a ello.

Asclepias, monarcas y chinches disfrutaban del calorcito del otoño tropical de la Costa del Sol malagueña

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