Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Posts Tagged ‘Fabricius’

Vanessa volcánica

Posted by Pele Camacho en 2 abril, 2014

La Vanessa vulcania (Godart, 1819) es una especie endémica, es decir, exclusiva, de las islas Canarias y Madeira, pero como las verdades absolutas y tan puntuales son algo bastante raro, hay expertos que dicen que las “vulcanias” son una variante de la Vanessa indica a la que llaman Vanessa indica vulcania, a pesar de que no hay “vulcanias” en esa India donde abundan las “indicas”, como tampoco hay “vulcanias” en todas las islas Canarias, por muy volcánico que sea el aspecto de alguna de ellas. Y como en el mundo científico siempre hay opiniones múltiples, también otros expertos han estudiado las cuatro fases de la metamorfosis de las “vulcanias”, concluyendo que es una especie aparte. Y punto.

IMGP4252_1200_1044KN Buscando contrastes cromáticos, sería difícil mejorar las alas y la pose de esta Vanessa vulcania

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

El origen del nombre genérico de las mariposas Vanessa (Fabricius, 1807) no está nada claro; dicen las crónicas que el nombre Vanessa apareció por primera vez en 1726, en un poema de Jonathan Swift (1667-1745), autor de los fantásticos “Viajes de Gulliver”. Swift creó el nombre como pseudónimo del de una alumna por la que estuvo profundamente “colado”. Desde el lado entomológico, parece raro -pero no imposible- que el danés Johan Christian Fabricius (1745-1808) pudiera conocer en 1807 el libro de Swift, ya que las ediciones y traducciones de libros no eran frecuentes por aquellos tiempos; él solía asignar nombres mitológicos originales a los bishos que iba clasificando y lo más parecido a Vanessa era Phanessa, derivada de Phanes, un padre de todos los dioses relativamente desconocido y creado por la corriente órfica, una especie de secta religiosa de la antigua Grecia. Para saber más de esto habría que adentrarse en los arcanos documentos entomológicos de Fabricius, cosa difícil, así que pasamos al nombre específico de las vulcania, que parece más fácil.

IMGP4929_1200_1060KNRojos de fuego volcánico sobre un resto de lava fría

Cuando se observa la orografía y aspecto de las Islas Canarias, es fácil imaginarse las enormes vomiteras volcánicas que por allí se dieron. Las últimas llamaradas fueron las del volcán Teneguía en 1971, en la isla de La Palma y, recientemente -algo más suaves, por ser submarinas- las de la isla de El Hierro, en 2011.  Viendo y pisando los restos de lava que llaman “malpaís”, queda claro que las Islas Afortunadas fueron en sus orígenes unas muestras de la fragua de Vulcano, dios latino del fuego, la fragua, los metales fundidos y los enfriados. Vulcano asumió las funciones de Hefesto, el dios griego feo y cojo que hizo pareja con la bella y sensual Afrodita que, lógicamente, no se conformó con el fuego de Hefesto y provocó los ardores de Ares, alias Marte latino, que dio nombre al planeta rojo. Rojo y fuego, se mire por donde se mire. Así pues, está más que justificado el nombre especifico que el lepidopterólogo francés Jean Baptiste Godart (1775-1825) les asignó en 1819, a la vista de sus manchas de un rojo fuerte, como de lava ardiente, sobre un fondo negro, como de lava fría. Sus congéneres Vanessa atalanta tienen rojos anaranjados y las Vanessa indica, muy parecidas a las Vanessa cardui, ocres anaranjados, que envidian al rojo vivo de las “vulcanias”… ¿Que cómo o cuándo aparecieron las Vanessa vulcania en las Islas Canarias?  Como con tantos endemismos de aquellas islas, esa es una pregunta “de millón”…

IMGP4808_1200_1201KNEndemismo sobre endemismo: Vanessa vulcania  sobre un penacho de Echium callithyrsum, o tajinaste azul 

Si las lectoras o lectores de esta entrada desean ver en vivo y en directo la belleza de las Vanessa vulcania, tendrán que intentarlo, por ejemplo, en la isla de Gran Canaria, donde yo las vi muy cerca de Las Palmas de Gran Canaria. Por allí vuelan, al parecer, durante casi todo el año: ventajas de un clima excepcional que, a veces, los vientos alisios matizan con unas nubes bajas que algunos llaman “panza de burra o de burro” que ocultan el espléndido sol de aquellas latitudes, suavizan la temperatura  y hacen la vida más agradable, aunque con menos luz. Cuando se observa ese fenómeno -espectacular al hacerlo desde las alturas de sus montañas salpicadas de “roques”-  los que quieran más sol pueden coger el coche -o la guagua- y viajar algo más al sur para hartarse de sol y ponerse rojos, como los guiris, como algunos godos, como los metales de la fragua de Vulcano o las manchas de las Vanessas volcánicas.

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Blancas, verdes y gualdas

Posted by Pele Camacho en 27 abril, 2012

Las 50 danaides y sus 150 nombres fueron una fuente generosa para denominar mariposas y otros bichejos que, a mediados del siglo XVIII, entraron en el horizonte etiquetable de Linneo y de los seguidores del nuevo sistema para poner nombres y diferenciar animales y plantas. 

Pontia daplidice amaneciendo en una rama de Phlomis purpurea

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La mariposa de esta entrada lleva el nombre de Daplidice, una de aquellas danaides a las que puso nombre Gaius Julius Hyginus, un escritor latino que, según algunos estudiosos de aquella época, nació en una de las provincias romanas de la península a la que los fenicios habían llamado Hispania.  Higynus recopiló en sus Fabulae -una colección de relatos cortos- los escritos de otros autores griegos y latinos que citaban a unos trescientos personajes míticos, entre los que estaban las 50 danaides.  Puestos a poner nombres, alguien puso el nombre de Hyginus a un cráter lunar y a un asteroide cercano al planeta Marte, porque el supuesto hispano Hyginus también escribió una especie de Astronomía poética, lo que no era poco para aquellos tiempos del siglo I en que vivió.

Atardeciendo en unos restos de Agosto

La denominación original de Linneo fue Papilio (Danaus) daplidice, que pasó a ser Pontia daplidice (Linnaeus, 1758) cuando  Fabricius, discípulo de Linneo, definió el género de las Pontia (Fabricius, 1807) que agrupa casi una veintena de especies, de las que solo la Pontia daplidice tiene presencia en toda España, ya que su congénere Pontia callidice (Hübner, 1800) es observable solo en los Pirineos y zonas aledañas a la cordillera.

Los anversos blanquinegros de la Pontia daplidice sobre los amarillos de una Dytrichia viscosa

Pontia es, cómo no, otro nombre de origen griego, un nombre de mucha altura y matices divinos, pues está relacionado nada menos que con Afrodita, que al ser diosa de tantas y tantas cosas tenía advocaciones múltiples, como esta de Pontia, nombre de un templo en honor del mar mitológico de cuya espuma surgió la diosa de la belleza y la sensualidad.

Escamas verdes sobre un lecho de escamas blancas

Las blanquiverdosas son de las pocas mariposas con un nombre vulgar que podemos considerar apropiado a su aspecto: en el reverso de sus alas posteriores, sobre todo, y algo menos en el de las anteriores, predominan zonas de escamas verdosas, distribuidas con cierta regularidad entre zonas blancas, mientras que los anversos son fundamentalmente blancos, con manchas negras y grises que recuerdan a otras mariposas de la familia Pieridae.

Blancos y verdes sobre gualdas de Pallenis spinosa

Entre las plantas nutricias preferidas de esta especie están las Resedas, plantas con una cierta fama popular por haber sido consideradas plantas curativas, de donde viene su nombre derivado del verbo latino resedo, con el significado de curar. Para algunos hispanos, la Reseda lutea y la Reseda luteola son plantas con matices y colores nacionales: son conocidas popularmente como gualdas, porque de sus raíces se obtiene el gualdo, un tinte amarillo asociado al color de la enseña nacional.

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De amarillo-paella

Posted by Pele Camacho en 30 marzo, 2012

De manera algo informal, dentro de la numerosa familia Pieridae se hicieron dos grupos: las blancas y las amarillas, aunque ya dije en la entrada anterior que en todas ellas hay matices y manchas multicolores. De manera más formal, la subdivisión es en cuatro subfamilias, si bien en las subfamilias Pierinae (Duponchel, 1835) -la de blancas-  y  Coliadinae (Swainson, 1827)  -la de amarillas- están casi el 90% de los géneros de la familia. Como es habitual, dentro de cada subfamilia hay tribus y, así, dentro de las amarillas están la tribu de los Goniopterygini –que contiene las Gonepteryx de alas con “Piquitos” y la tribu Coliadini, que toma nombre de las Colias (Fabricius, 1807), el género más representativo de la tribu.

Hembra de Colias crocea, una rubia de ojos verdes

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El género Colias lo integran algo más de 80 especies distribuidas por todo el mundo, aunque solo una docena de ellas vuela por Europa y apenas cuatro de ellas tienen representantes más abajo de los Pirineos que-nos-separan-de-Francia.

Así pasó la noche, agarrada a un tallo de Phlomis purpurea

El origen del nombre Colias está algo difuso o, quizás, confuso: parece que se perdieron los apuntes de Fabricius que fue quien hizo la subdivisión en “blancas” y “amarillas”. Lo que se considera como más probable es que Colias proviene del nombre de un promontorio en la costa de Ática -la península donde está Atenas- porque allí existía un templo de Afrodita, diosa de la belleza, y en eso creo que la referencia es acertada, pues aunque el tema de la belleza sea subjetivo y relativo, las Colias son unas mariposas de gran belleza.

Macho joven, con todo el color de su amarillo azafrán

Probablemente, la más amarilla de nuestras mariposas es la Colias crocea (Fourcroy, 1785), toda una belleza que fascina tanto por su color como por su vuelo rápido, casi acelerado, en el que apenas deja ver las manchas negras que bordean los anversos de sus alas, que casi nunca muestra abiertas mientras liba o descansa de sus vuelos. El apelativo crocea  -que antes fue edusa y croceus– es un derivado de crocus, género de plantas bulbosas cuya representante más famosa y cara es la Crocus sativus, el azafrán, joya gastronómica con delicadas flores violáceas, de las que se extraen sus estigmas rojos para obtener la especia que da ese color amarillo-paella tan característico.

Sobre unas flores de Trachelium caeruleum, la flor de la viuda

Para los británicos, la Colias crocea es una especie inmigrante en sus islas a la que dan el nombre vernáculo Clouded yellow, cuya traducción correcta no sé si debería ser Nublado amarillo -que no me suena bien- o Nube amarilla, que me suena a “Gran jefe piel-roja”.  El origen de la británica denominación son las  “cloud of yellows” que se ven algunos años en que las emigrantes continentales hacen agrupamientos masivos, como “enjambres amarillos”, para cruzar pacíficamente el Canal de la Mancha que, con su tradicional e imperial punto de vista, los británicos llaman “The English Channel”. Parece que, en años de especial bonanza climática, suele haber generaciones que después de emerger en las islas, al igual que algunos de sus habitantes, vuelan hacia el sur en busca de ambientes otoñales más agradables.

Una hembra de la variación  forma “helice” con reversos pálidos

Las hembras de Colias crocea –como en la mayoría de las mariposas- son ligeramente más grandes que los machos y tienen una serie de manchas blancas dentro de los gruesos márgenes negros de los anversos de sus alas, márgenes que en los machos no tienen manchas. Aunque no suelen mostrar los anversos, algo de esas manchas se transluce cuando se observan sus reversos, pero no siempre, por lo que la distinción de sexos se hace difícil para profanos.

Y si entre las “blancas” había una especie minoritaria y parecida, entre las “amarillas” también existe una variación importante cuyo número se estima en algo más de un 10% de su población femenina. Se las denomina forma helice y la variación consiste en que el amarillo-azafrán de los reversos cambia a un crema-pálido que les hace parecer de otra especie, pero solo es un cambio de color que podía imaginarse equivalente a la existencia de Colias crocea “rubias” y “albinas”, simplemente. Los anversos también son diferentes pero, como apenas los enseñan, pues no tengo fotos en esa pose.

¿Colias alfacariensis  o Colias crocea f.helice?   La confusión está servida…

Una especie diferente es la Colias alfacariensis (Ribbe, 1905) cuyo nombre específico proviene de Alfacar, municipio muy próximo a Granada, famoso por la alta calidad de sus aguas y de su pan artesano, una delicia gastronómica que, en muchos sitios, ha bajado en calidad mientras ha subido en precio, argucia de algunos para aprovecharse con eso de “Todo necio, confunde valor con precio”.  Por otros motivos, es fácil confundir a la Colias alfacariensis con la Colias crocea helice, sobre todo observando los reversos; por los anversos es más fácil diferenciarlas, pero como no acostumbran a mostrarlos, el asunto con reversos queda para expertos.

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Chocolate con naranja

Posted by Pele Camacho en 18 marzo, 2012

Es fácil ser pecador chocolatero, engolosinarse con algunas de las combinaciones y recetas del chocolate -el derivado del cacao, por supuesto- porque el chocolate es una de esas cosas buenas que, además de casi cumplir las tres condiciones de “engorda, es pecado o está prohibido”, tiene un plus de “rico” hasta en el colesterol. El toque mágico del chocolate -“alimento de dioses”, para los aztecas- está en la teobromina, un alcaloide similar a la cafeína del café y la teofilina del té, estimuladores todos ellos del sistema nervioso central a unos niveles agradables y tolerables para los humanos, si no se pasan mucho de dosis.

Por esa afición casi pecaminosa, me encantan, por ejemplo, en plan rápido y sin ir más lejos, unas onzas de Orange intense -no digo marca- que suelo tener en el cajón de mi escritorio para dar buen sabor a los momentos cibernáuticos y fotográficos.  Chocolate y naranja combinan bien, tanto al gusto como a la vista, porque el “pardo-chocolate” puede considerarse un “naranja subexpandido”, pues en análisis cromático se dice que los pardos no son más que unos naranjas mal iluminados que en fotografía se denominarían subexpuestos. Así que, con ese dulce amargor de sabor anaranjado en mi subconsciente, considero casi normal que algún que otro bishejo me recuerde esos placeres casi prohibidos, cuyos efectos, de vez en cuando, me encienden algunas alarmas en las analíticas.

Una hembra de Pyronia bathseba (Fabricius, 1793), con pardos claros en las bases de sus alas delanteras

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En el mundillo mariposil hay una especie que es casi puro chocolate con naranja: la Pyronia bathseba (Fabricius, 1793), con una distribución que se extiende a casi toda la península ibérica, Francia mediterránea y una franja estrecha del Magreb. Los británicos -que no disfrutan de ella en sus islas de la metrópoli- la llaman “spanish gatekeeper”, un apelativo cuyo sentido no he podido averiguar, pero que refuerza el hecho de esa territorialidad mayormente hispana. El británico Mr. Tolman, en su libro “Guía de mariposas de Europa”, le endosa el nombre vernáculo de “lobito listado”, que no sé si algún paisano hispano asocia a la anaranjada criatura, que no es licénido, sino ninfálido satirino, como indican sus cuatro patitas.

En el reverso de la Pyronia bathseba se funden chocolates, naranjas, cremas, burbujas con ocelos…

El nombre específico de bathseba es honor de Betsabé, el gran amor de David, rey de Israel. La historia cuenta que el amor prendió en un pecador rey David cuando éste presenció ¿casualmente? como Betsabé se bañaba. Muchos años después, el histórico baño encendió la ardorosa imaginación de varios pintores, como Rembrandt, y de rebote inspiró a  entomólogos como Fabricius, llegando hasta Hollywood que, a su manera, fundió la historia que empezó en aquel baño en un peliculón con Gregory Peck y Susan Hayward encarnando a David y Betsabé. Una delikatesse para el caso puede ser la cáscara de naranja recubierta de chocolate fundido: la preparación de la cáscara puede ser más o menos almibarada o caramelizada y el recubrimiento más o menos dulce o amargo, suave o intenso… dando resultados, claro está, más o menos conseguidos, como los de aquellos peliculones históricos.

Al contemplar los anversos de las alas de bathsebas, resulta relativamente fácil distinguir machos de hembras: éstas suelen tener colores más suaves, mientras aquellos muestran tonos más contrastados, sobre todo en las alas delanteras, donde las manchas androconiales de las androconias las emisoras de las feromonas que encienden sus pasiones- tienen un intenso color achocolatado, destacando sobre el fondo anaranjado en el que parecen flotar los ocelos casi negros haciendo guiños con sus diminutas pupilas blancas.

Un macho jovencito de Pyronia bathseba, con toda su fuerza y colores a tope

Cuando son jovencitos, los machos de Pyronia suelen mostrar colores más vivos, como anunciando su ardor juvenil: sus chocolates son casi negros y sus naranjas casi sanguinas, con tonos “incendiarios”, que es lo que en griego antiguo significaba πυρόν (pyron); colores fuertes, como el sabor de “Cherry & Chili”, una variante gourmet de onzas rellenas de crema de cereza con un ligero toque de chile picante, para reforzar el sabor del chocolate y dejar un regustillo más duradero…

Un macho veterano de Pyronia bathseba, con pardos amortiguados después de una vida intensa

Como el tiempo no perdona, en las pocas semanas que duran sus vuelos, las Pyronias van perdiendo escamas, colores y consistencia, como le pasa a la fondue de chocolate después de una sesión en la que familias o amigos han rebozado en chocolate fundido, espeso y calentito, múltiples bolas de melón, trozos de frutas… o tacos de naranja -siempre cortados, nunca en gajos-  pasando un rato agradable de sabor, calor y color… ¡Placer de dioses para humanos pecadores!

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En espera… de la primavera

Posted by Pele Camacho en 9 diciembre, 2010

El género Aeshna (Fabricius, 1775) lo integran libélulas de tamaño grande, aunque algo más pequeñas que las del género Anax, sus hermanas mayores dentro de la familia Aeshnidae o de los ésnidos. No se sabe por qué Fabricius les puso ese nombre; algunos especialistas suponen y razonan que deriva del griego, para indicar una capacidad de volar sin cansancio aparente; otros dicen que el nombre original, antes de un supuesto error de imprenta,  fue Aeschna o Aechma, alfabetización de la palabra griega para “lanza” o “arpón”, alternativa etimológica que no me convence mucho.

Los angloparlantes las llaman Mosaic hawkers, porque tienen sus abdómenes cubiertos de manchas con patrones que se repiten, más o menos, a modo de teselas de mosaicos sobre fondos generalmente oscuros, y lo de “hawkers” por considerar que su vuelo es similar al de los halcones -los “hawks”-, que patrullean alto y de modo casi permanente, para buscar las presas que cazan al vuelo.  Aparte de sus puestas en zonas pantanosas y aguas salobres, raramente posan, y cuando lo hacen, en alguna rama que suele estar alta, quedan como suspendidas en posición vertical. No se lo ponen fácil a los fotógrafos, ni en tiempo ni en distancia.

El género Aeshna es amplio y sus especies tienen aspectos parecidos, pero hay diferencias significativas entre ellas, tanto en el tamaño como en la venación de las alas y, por supuesto, en las teselas de sus “mosaicos”.

Hembra adulta de Aeshna mixta, en su pose más típica sobre una rama

La Aeshna mixta (Latreille, 1805) es la más pequeña de la familia, aunque su tamaño sea algo más de 60mm. Lo de mixta le viene porque su aspecto es una mezcla de aquellos de las Aeshnas juncea y cyanea, sus “primas” peninsulares más conocidas. Uno de los rasgos identificadores más característicos de su “mosaico” es esa mancha amarilla que tiene en el dorso del segmento S2 de su abdomen, con forma de copa, de clavo, y para algunos anglosajones, de porra de un palo de golf que yo no identifico, porque ese es otro deporte británico al que nunca he jugado.

Las Aeshna mixta son de las especies europeas más extendidas geográficamente y, además, suelen hacer migraciones –Migrant hawker las llaman, también, por el norte-  que permiten observar su presencia en el sur peninsular hasta avanzado el mes de Noviembre, no solo en las zonas boscosas de los montes donde suelen veranear y ocultarse en los meses calurosos, sino incluso en ciudad, a donde parece que vienen a resguardarse de las frías temperaturas de la montaña, y así las he visto volar entre los coches, pululando como perdidas, despistadas, sin rumbo y en dirección prohibida.

Ésta fue la última que he visto en este año, porque ellas son de las que cierran la temporada libelulera por estas latitudes, de las últimas, de las que “apagan la luz”, de las que parecen decirnos que perseveremos, como dijo Machado,  en  “… espera … hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera”.

Por el PN Montes de Málaga, el 13 de Noviembre de 2010 pululaban ella y otra amiga suya, con escasa compañía de alguna mariposilla tan perdida como ellas.

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Azuleante, pero con matices

Posted by Pele Camacho en 29 noviembre, 2010

La especie Orthetrum coerulescens (Fabricius, 1798) fue una de las primeras libélulas catalogadas y, además, le cabe el honor de haberlo sido por Johan Christian Fabricius (1745-1808), el discípulo de Carlos Linneo que fijó las bases para la clasificación de insectos y acuñó el término de la orden Odonata, separándola de la Neuroptera donde había estado previamente.

En aquellos tiempos, cuando casi “todo estaba por hacer” en Odonatología, podemos imaginar que los primeros nombres de especies que se asignaron lo fueron por alguna razón de anatomía, comportamiento, origen, etc., etc.; más tarde, posiblemente, cuando muchos de esos aspectos y nombres estaban ya asignados, se acudió a nombres mitólogicos, topónimos y asociaciones de ideas de origen múltiple que, en el mundillo de las libélulas, ha generado nombres tan peculiares como imperator, haemorhoidalis, torridus, sinaiticum, etc., etc.

El apelativo coerulescens, como los caerulescens y caeruleum también utilizados, derivan del vocablo latino caeruleus, relativo al color azul cielo –caelum– del que surgieron en castellano las palabras cielo, celeste y cerúleo, entre otras. Coerulescens podría tentar a una traducción macarrónica como “cerulescente” o “azulescente”, inadmisibles en el castellano actual, aunque se parezcan a luminiscente, fluorescente y algún otro adjetivo similar que suponga una emisión de luz que no viene al caso; nuestros vecinos franceses la llaman bleuissant, algo así como azuleante, que azulea o se vuelve azul, como ocurre a los machos que, poco a poco, se van recubriendo de la pruina que les da veteranía. Podría ser una denominación vernácula gramaticalmente aceptable, pero ya se ha visto en otras entradas que, más o menos, todos los machos de Orthetrum azulean, así que ya vale que se confundan en el aspecto y mejor no confundirlas también por el nombre de un azul indeterminado, o por cualquiera de los cientos de azules que se encuentran en cualquier diccionario de colores.

Macho joven de Orthetrum coerulescens, huso Rspl sin celdas dobles y pterostigmas anchos y claros

Independientemente del nombre y sus raíces, la especie coerulescens es bastante parecida a la brunneum y, a menudo, se confunden, pero menos si se observan juntas, porque la brunneum es suficientemente más grande que la coerulescens, un detalle relativo no evidente en una foto; sin embargo, si el ángulo de la foto lo permite, se puede apreciar que el tamaño del pterostigma en relación al del ala es más ancho en la coerulescens y de un tono amarillento-anaranjado, más claro siempre que el pardo del brunneum que, tal vez, por eso tiene ese nombre.

Macho joven de Orthetrum coerulescens, con dos celdas dobles sobre Rspl y bandas antehumerales

Aunque haya una cierta controversia en el asunto, parece que en los coerulescens ibéricos, al menos, el huso comprendido entre la vena Rspl -radial suplementaria- y la IR3 -interradial 3- contiene celdillas que suelen ser simples o, como mucho, dos o tres dobles, mientras que en la mayoría de las brunneum suele haber de 5 a 9 celdillas dobles, como mostraba la entrada anterior. En la parte dorsal del tórax de los machos jóvenes se pueden apreciar dos bandas antehumerales blanquecinas que suelen desaparecer en los veteranos por el recubrimiento de pruina. Esas bandas no existen en los brunneum.

Macho veterano de Orthetrum coerulescens, con ojos y morrete en azul más oscuro

Otro rasgo diferenciador, si está visible en la foto, es el morrete o zona frontal que en los coerulescens es pardo verdoso, mientras que en los brunneum es siempre de un azul clarito. También se puede apreciar un oscurecimiento pardo en los ojos de los brunneum veteranos, mientras que en los coerulescens permanecen azules, aunque de tono más oscuro que en los ojos juveniles.

Finalmente, aunque no tenga ningún valor identificador, parece que a los coerulescens de estas fotos les gustaba posar en “juncos churreros”, aquellos de ensartar las “roscas de churros” para llevar, una costumbre castiza, colorista y en desuso, tal vez, perdida en aras de la higiene alimentaria, supongo yo…

Los coerulescens de esta entrada convivían en buena armonía con sus parientes brunneum de la entrada anterior, entre juncos y charcas del PN Despeñaperros, Santa Elena, Jaén, en Agosto 2010

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