Sorpresas y paisajes

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Protocolos de mojaculos

Posted by Pele Camacho en 14 octubre, 2014

Odonata es el nombre científico acuñado por Johan Christian Fabricius (1745-1808) al final del siglo XVIII para el “orden” que, dentro de la “clase” Insecta, engloba a libélulas y caballitos, nombres vernáculos ampliamente aceptados que surgieron por asociaciones de ideas con raíces muy antiguas. Aún así, es posible que haya sitios cercanos donde no sepan qué es “un caballito” ni, tal vez, qué es “una libélula”, pero tendrán otros nombres vernáculos para referirse a esos llamativos animalejos que son acuáticos en la mayor parte de sus vidas: frente a  las pocas semanas -pocos meses, como mucho- que dura su vida aérea como adultos o imagos, las primeras etapas de sus vidas son acuáticas y comienzan con la puesta de huevos u oviposición que, salvo escasas excepciones, las hembras de los odonatos llevan a cabo en medio acuático o muy cerca de él (*).

IMGP3867_1200_877KNUna pareja de Platycnemis acutipennis, iniciando una nueva generación

Frente a los nombres científicos de la nomenclatura binomial, utilizados en la ordenación o clasificación biológica de las especies, algunos nombres vernáculos son apelativos de rango corto y su significado suele perderse poco más allá de la zona donde surgieron. Son nombres antiguos, casi motes o apodos, transmitidos “localmente” de generación en generación y, solamente aquellos “mejor puestos”, los que casi no necesitan explicación, llegan a sobrepasar los límites geográficos del lugar donde surgieron. Este es el caso de “mojaculos”, un nombre poco científico que quizás usted conozca y, probablemente, bastante más antiguo que el de Odonata, además de ser mucho más comprensible y comunicativo.

IMGP3791_1200_1223KNUna pareja de Sympetrum fonscolombii, mostrando la presa inicial del protocolo reproductor

En el reino Animalia, término que acuñó Carlos Linneo (1707-1778) -maestro de Fabricius- para englobar a todos los animales, no hay ningún orden con especies dotadas de genitalias secundarias como las que tienen y usan los machos de odonatos. Como consecuencia de ello, el protocolo reproductor de los odonatos es único en la naturaleza y se desconoce completamente su evolución; es un “completo misterio”, como decía R.J. Tillyard , el gran experto en odonatos, en su obra “The Biology of Dragonflies”.

IMGP0967_1200_1219KNEl “tándem” exclusivo del Orden Odonata, mostrado con una pareja de Sympetrum fonscolombii

Pero, aunque todos los odonatos hacen ese peculiar “tándem copulativo”, no es única la forma de llevar a cabo las puestas de huevos: unas son endofíticas, es decir, los huevos se insertan en el tejido vegetal de algunas plantas, otras son epifíticas, y ponen los huevos en la superficie de plantas acuáticas y, finalmente, las exofíticas depositan los huevos en la tierra o el agua.

IMGP2011_1200_1398KNRefracción y reflexión de la luz, con una pareja de Anax parthenope, haciendo una puesta con presa

Las puestas más vistosas y espectaculares son, sin duda, las acuáticas: en algunas especies, el macho suele sujetar a la hembra hasta que deposita los huevos fecundados, evitando que otro macho haga tándem con ella y anule la fecundación anterior. Hay especies que hacen puestas en estado de reposo que, todo sea dicho, favorece la tarea de apunte y enfoque fotográfico…

IMGP2553_1200_802KNPareja de Sympetrum fonscolombii, mojando el final del abdomen con ritmo marchoso…

Otras veces, la puesta es dinámica y la pareja vuela dando una exhibición de ritmo y una precisión con la que intentan competir algunos aficionados a la fotografía de naturaleza viva…

IMGP1370_1200_1265KNHembra de Anax imperator, haciendo una puesta tranquila

En algunas especies, la hembra sigue ovipositando después de verse libre de la presa del macho, sumergiendo su ovipositor que está pocos milímetros más arriba que su apertura anal… pero eso es un detalle accidental, aunque sea el que les da ese nombre vernáculo de “mojaculos”, bien puesto donde los haya…

(*) Después de la oviposición, en algunas especies se inicia una diapausa o retraso del desarrollo embrionario que puede durar hasta cinco meses, para adaptarse a las estaciones y a una climatología favorable. En otras especies la maduración del embrión se inicia de modo inmediato, con una duración variable de 1 a 8 semanas que determina el inicio de la fase larvaria, cuando surge la prolarva al eclosionar el huevo.  Las prolarvas de aquellas especies que hacen puestas fuera del agua, buscan inmediatamente el medio acuático para desarrollarse como larvas y evolucionar en estadios sucesivos, con más de 10 mudas de cutículas o ecdisis que permiten el crecimiento de las larvas, en periodos que van desde 1 año hasta 3 en regiones frías, con excepciones de especies polivoltinas en zonas cálidas, donde puede haber más de una generación al año.

 

 

 

 

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Pinzas

Posted by Pele Camacho en 10 octubre, 2011

El sistema reproductor de los machos de odonatos es tan exclusivo que no existe nada parecido en el reino animal: aunque la ubicación de la genitalia primaria al final del abdomen es similar al de la mayoría de insectos,  la situación casi al principio del abdomen de la genitalia secundaria  -la operativa en el acoplamiento- hace que el tándem tan característico de los odonatos  sea también exclusivo y sorprendente.

  Macho de Trithemis annulata mostrando sus atributos

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Tras unos orígenes que se remontan a 250 millones de años, no se conoce un proceso evolutivo de los odonatos que explique ese extraordinario detalle anatómico de la genitalia secundaria y las consecuencias de su función en los acoplamientos, realizados con la ayuda de otros elementos de su anatomía que no son parte activa en la reproducción: los apéndices anales o pinzas con las que los machos sujetan la cabeza de las hembras de libélulas o el protórax de las hembras de caballitos.  Es de suponer que las formas de los apéndices son también resultados de ese desconocido proceso evolutivo de las especies originales en las que, al no haber genitalia secundaria, tampoco habría unos apéndices adaptados a la función que desarrollan en las especies que conocemos.

    Macho de Anax ephippiger,  ejercitando sus apéndices anales

En los machos de anisópteros, o libélulas, existen dos apéndices anales superiores o cercoides y uno inferior, cerco o lámina supraanal, situado detrás del poro genital que corresponde a la genitalia primaria, situada en el segmento 9, anterior al segmento 10 del que salen los apéndices anales. La forma de los apéndices es casi específica:  Selys, el padre de la Odonatología moderna, describe en su libro “Monographie des libellulides d’Europe” que los apéndices pueden ser  “ lanceolés, pointus, arrondis, cylindriques, coniques, contournés, filiformes, tuberculés, dentelés, fourchus, ciliés, hérissés, glabres, courts, allongés , semi-circulaires, etc.”  Tillyard,  en su magnífico libro “The biology of dragonflies”, sin entrar en más detalles, dice que la diversidad de formas es inmensa y que, salvo en un par de excepciones genéricas, las especies pueden ser identificadas de manera inconfundible por la forma de los apéndices que, además, al servir como elementos de acoplamiento preciso en la precópula, hacen que la hibridación sea muy rara entre diferentes especies de odonatos.

Apéndices superiores presionando en el occipucio de una hembra de Sympetrum fonscolombii

La forma en que los machos sujetan la cabeza de las hembras es casi inimaginable por la precisión que implica un evento que, normalmente, se realiza en pleno vuelo de los dos protagonistas. Considerando la probable dificultad o incapacidad del macho para dirigir visualmente la acción de los apéndices, hay que admitir como cierto que son las hembras las que, después de aceptar al macho, acercan sus ojos y su cabeza a los apéndices que van a sujetarla: los dos apéndices superiores o cercoides se sitúan detrás de la cabeza, en el occipucio, y presionan hacia delante en la hendidura que tiene la cabeza sobre el cuello que la une al tórax.

Vista trasera de la cabeza de una hembra de Sympetrum fonscolombii

La pinza se completa con el apéndice inferior, o cerco, que se sitúa por la parte delantera, entre los ojos, presionando hacia atrás en sentido opuesto a como lo hacen los apéndices superiores, al tiempo que los segmentos finales del abdomen del macho, aprovechando su carácter invertebrado,  se curvan casi 180º de manera inverosímil, causando una aprensión casi dolorosa en cualquier vertebrado homosapiens que observe el ejercicio…

El apéndice inferior del macho, presionando entre los ojos de un hembra de Anax ephippiger

Imagino que no es fácil hacer una estadística de los ojos de hembras que pueden resultar dañados en el intento, pero en eso, supongo, reside el éxito del supuesto proceso evolutivo y, además, los ojos compuestos de las libélulas, quizás, se pueden permitir el dispendio de perder la visión de una pequeña fracción de sus omatidios, como refería Philip Corbet, otro gurú de la Odonatología moderna, en su libro “A biology of dragonflies”, en un dibujo ilustrativo que copié en la entrada que titulé “La pequeña sirena”.

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Con divisa verde y oro

Posted by Pele Camacho en 20 agosto, 2011

Las Lestes viridis (Vander Linden, 1825) pertenecen a uno de esos géneros que componen un grupo amplio, los Lestes (Leach, 1815), y como en otras familias numerosas,  las diferencias que siempre existen entre los distintos parientes han provocado a más de un experto investigador para encontrar diferencias que justificaran el desgajamiento de un nuevo género y la creación de un nuevo cisma taxonómico; y en esas estamos, con un nuevo género denominado Chalcolestes que se acuñó casi exclusivamente para acoger a las Lestes viridis y a sus casi gemelas Lestes parvidens, aunque el asunto sigue en espera de reconocimiento por la comunidad odonatológica internacional que, de momento y hasta donde yo sé, ha dictaminado que los datos aportados y los estudios realizados son insuficientes para hacer la movida, así que, con la confusión servida, oficialmente siguen siendo Lestes. Eso de los “cismas” es algo que  mola mazo a ciertos homosapiens

Vista dorsal de una hembra de Lestes viridis (Vander Linden, 1825)

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Según se las mire, hembras y machos adultos tienen un aspecto muy parecido: grandes, casi 50 mm de envergadura, estilizados, posando con las alas separadas del cuerpo, mostrando ese precioso dorsal verde metálico característico y común a los adultos de ambos sexos y que sirvió de base al cismático nombre propuesto para el género, Chalcolestes, asociado al brillo del cobre –chalco, en griego clásico romanizado- ya que su carácter predador  –lestes, también en griego clásico- no los diferencia de otros lestidos, o de la familia Lestidae, predadores ellos como todos los miembros del orden Odonatos.  Lo del cobre  -o lo del oro- depende del ángulo de inspección y de la imaginación del inspector, pero también vale pensar que todos los oros dorados de menos de 24 quilates llevan cobre, o dicho de otra manera: ”Nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal -o del ángulo- con que se mira”.

Vista dorsal de un macho de Lestes viridis

Si bien en las vistas dorsales se pueden diferenciar machos y hembras por la forma final del abdomen y de los cercoides o apéndices anales –un par de pinzas arqueadas y blanquecinas en los machos, frente a unas puntas cortas en las hembras-  las vistas de perfil permiten apreciar mucho mejor las diferencias entre hembras y machos: el abdomen de ellos es muy estilizado, mientras los de ellas son proporcionalmente algo más gruesos, aparte de los relieves propios de las genitalias secundarias de ellos y los abombamientos de los segmentos finales que contienen los ovipositores de ellas.

Vista lateral de una hembra de Lestes viridis

Otra característica identificadora de la especie es la forma de “punta afilada” con que termina la parte inferior de la zona verde-metalizada en los laterales del tórax, tanto en las hembras como en los machos.

Vista lateral de un macho de Lestes viridis


Las vistas macro siempre sorprenden con algo nuevo que a simple vista no podemos apreciar, por ejemplo, esa especie de flequillo erizado que se observa en la siguiente foto, recordando aquellos mechones de los toros llamados melenos por la pelambrera que tienen en la testuz.

 “Meleno” alado, con divisa verde y oro y mirada azulada

Y si podría haber cisma con lo del cobre o lo del oro, ¿por qué no montarlo también con los ojos?… porque si la mirada del meleno dejó dudas, miren ustedes la siguiente y – si no tienen nada mejor que hacer- lean aquellas reflexiones que hice y miren las que se veían en las entradas que titulé “Ojo, que la vista engaña” y “Jugando con el espectro”

 Una mirada azul con un cuerpo verde y oro

Y después de esta entrada con reflejos de los fiestorros taurinos típicos de Agosto, solo me queda desearles que sigan ustedes disfrutando de un tranquilo y feliz Agosto, con o sin vacaciones…

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Con pocos vuelos

Posted by Pele Camacho en 2 junio, 2011

La Trithemis annulata  (Palisot de Beauvois, 1807) es una especie multivoltina: tiene varias generaciones en el mismo año, siendo una de las primeras especies en aparecer por los paisajes malagueños y, también, una de las que más tardan en desaparecer. El hecho de ser multivoltina permite que algunos días del verano se puedan contemplar ejemplares muy veteranos, con claros signos de haber tenido una vida intensa, al tiempo que se pueden observar individuos muy jóvenes -“recentales” o “tenerales“- recién emergidos, que posan lánguidamente mientras sus alas adquieren la consistencia que les permitirá ejercer sus acrobacias.

 Hembra recién emergida de Trithemis anulata, en el proceso de estiramiento de sus alas, sobre una rama de granado

Quizás, por ser multivoltinas, parece lógico que ambos sexos aparezcan en escena simultáneamente, frente a los casos de protandria y protoginia -aparición de machos antes que hembras o viceversa- que se observan en algunas especies, aunque éstas sean una minoría cuyo comportamiento y maduración sexual encaja perfectamente con esos retrasos de un sexo respecto al otro; en la Naturaleza las cosas no pasan porque sí, o parafraseando a Einstein, “La Madre Naturaleza no juega a los dados”.

Macho de Trithemis annulata con pocas horas de vuelo, descansando casi agotado en un brote de coscoja

Al principio de la temporada -que puede tener variaciones de más de un mes por causa de la climatología- cuando aparecen las primeras generaciones se encuentran ejemplares de ambos sexos con coloraciones casi idénticas que, a veces, apenas recuerdan a la de los individuos adultos, especialmente en los machos que son los que suelen tener variaciones de aspecto más acusadas por los recubrimientos de pruina que afectan a muchos de ellos. Cuando ese recubrimiento no se ha producido aún, la coloración de machos y hembras puede ser tan parecida que podría dar pie a errores de identificación si no se atendiera a otros detalles de su anatomía.

 De las hojas del granado al capullo de granada recién abierto, con casi la misma vida que ella

Los detalles que permiten una diferenciación más fácil de ambos sexos son, lógicamente, los relacionados directamente a sus genitalias: la forma de los apéndices abdominales superiores, los cercoides, relativamente cortos, paralelos y laterales en las hembras de Trithemis, cuyo abdomen carece de la protuberante genitalia secundaria observable en los jóvenes machos -según el ángulo de observación, claro- , o los cercoides más largos y la lámina supraanal que utilizarán con maestría casi increíble para agarrar con precisión el cogote de sus parejas.

Solo se ven sus cercoides alargados, pero las venas doradas de sus alas son una marca inconfundible

No obstante, los ángulos de observación y la incidencia de la luz en sus anatomías ponen de manifiesto otros detalles que también serían suficientes para diferenciar sexos: los jovencísimos machos de Trithemis, cuando apenas tienen unas horas de vida y sus cortos vuelos delatan su inexperiencia, ya muestran un precioso tono dorado en las principales venas de sus alas recién estiradas, como anticipo del color cobrizo del que empezarán a presumir pocos días más tarde, toda una exhibición de brillos metálicos alares que no abundan en el orden de los Odonatos.

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Inmaduros madurando

Posted by Pele Camacho en 18 mayo, 2011

¿Cuánto viven los bishos, si ninguna incidencia rompe, más o menos bruscamente, el progresivo declive natural hacia el fin de sus vidas?

En el caso de los odonatos, desde su emergencia, más o menos primaveral, hasta su muerte, menos o más otoñal, pueden transcurrir varios meses, aunque haya especies que tienen procesos más largos que se inician, por ejemplo, en el verano y evolucionan lentamente, pasando el invierno como “inmaduros” y haciéndose adultos en la siguiente primavera, cuando alcanzan su madurez sexual.  Otros apenas viven más allá de dos o tres meses y, en consecuencia, su proceso de maduración se alcanza en un periodo breve, apenas una semana, adquiriendo muy pronto la capacidad reproductora que les acredita como adultos.

Macho infantil de Orthetrum cancellatum, con pocos minutos de vuelo  (30-04-2010)

Una de las primeras especies en aparecer y hacer patente su ser por el Sur peninsular es la Orthetrum cancellatum (Linnaeus, 1758).  Un día del año pasado tuve la suerte -que no se repite todos los años- de presenciar varias emergencias de ellas y obtener algunas fotos para el recuerdo. Con esas compuse la entrada que titulé “Eclosión de una ninfa”

Hembra jovencita de Orthetrum cancellatum,  con uno o dos días de edad   (04-05-2011)

Este año llegué uno o dos días tarde y me perdí las eclosiones y los vuelos iniciáticos; cuando vi las primeras ya volaban con cierta soltura, aunque se notaba su impericia, su bisoñez y su juventud, marcada por los colores de sus cutículas quitinosas, brillantes en las hembras y libres de pruina en los machos, aunque ya apuntaba el peculiar recubrimiento celeste de algunos de ellos.

Macho jovencito, al inicio de su pubertad,  quiero decir,  pruinosidad  (8-05-2011)

Pocos días después, ya era claramente visible el recubrimiento azul pruinoso de algunos machos y el ennegrecido extremo de su abdomen, aunque aún se veían muchos de los amarillos que fueron el color inicial de su cutícula, cuando para diferenciar machos de hembras era casi necesario mirar la forma de sus apéndices anales o cercoides.


Precoz parejita del paraje, mostrando su juvenil energía y su sorprendente madurez   (08-05-2011)

La sorpresa de aquel día fue ver que, los que aún parecían inmaduros adolescentes, a efectos prácticos y reproductivos, se comportaban plenamente como adultos y que, con pleno dominio del vuelo y de las acrobacias de enganches que les caracterizan, ellos eran ya capaces de enganchar los cogotes de ellas que, para no ser menos, sabían ya flexionar su abdomen con maestría y enganchar su espina vulvar a la genitalia secundaria de ellos. No habían transcurrido ni diez días desde que dejaron las exuvias vacías y… ya habían madurado, ya eran adultos y, al menos, en esas artes del enganche, ya lo parecían.

Joven macho, ya con “muescas” en su pruina, como marcas de adulto experto  (14-05-2011)

Una semana después fui de nuevo al mismo paraje y, como en años anteriores, las hembras habían desaparecido, ni una se dejaba ver, mientras los machos azulones, pruinosos y negrotes, con ligeros restos de manchas amarillas sin pruinar, volaban nerviosos, sobrados de fuerza y de potencia, quizás buscando a las adultas ausentes y esquivando con estilo los ataques de unos cuantos Anax imperator que, como siempre, ejercían su papel dominante de Terminator, dejando claro quién mandaba en la charca.

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Morena clara

Posted by Pele Camacho en 22 noviembre, 2010

Por nuestras latitudes ibéricas, casi todas las libélulas de color azul suelen ser machos de alguna especie del género  Orthetrum, nombre que hace referencia a su abdomen recto, tieso…  según se mire y si están en condiciones de reposo porque, como libélulos que son, primero lo arquean para recargar la genitalia secundaria con el esperma generado en la primaria, y después, para agarrar a sus parejas de tándem por el cogote, o por la nuca, si se asocia la anatomía de la libélula a la humana.

Tándem de Orthetrum brunneum

Una de esas especies de machos azules es la Orthetrum brunneum (Fonscolombe, 1837), con un nombre que viene a indicar una morenez cuya posición, tono y origen no están claras. No he podido encontrar ningún documento que dijera de forma explícita por qué uno de los primeros libeluleros que en el mundo han sido, Monsieur  Etienne Laurent Joseph Hippolyte Boyer de Fonscolombe (1772-1853), le puso tan oscuro nombre a la criatura.  Otros libeluleros posteriores, merecidamente y en su honor, nominaron fonscolombii a una SympetrumBoyeria al género de una irene que, al menos,  muchos conocemos.

Macho joven de Boyeria irene

Los machos de Orthetrum brunneum, al contrario de lo que dice su nombre, son los que llegan a tener un azul más pálido; parece como si la pruina exterior de sus exoesqueletos, además de llegar a recubrirlos casi por completo, venas alares incluidas, perdiese coloración a medida que alcanzan su etapa de machos veteranos.

Macho veterano de Orthetrum brunneum

Detrás de su morrete azul muy claro, casi blanco, los ojos seniles pierden los tonos azulados juveniles  y adquieren una coloración oscura, achocolatada, quizás lo único que deviene moreno en sus anatomías, donde el contraste de tonos parece darles un empaque y belleza sobresalientes, como las de aquella “Morena clara” que puedes oír en:

Morena clara… Plácidamente

Para la caracterización e identificación de las libélulas se recurre frecuentemente a la estructura de sus venas alares,  y en muchos glosarios y documentos de Odonatología suelen incluir a las Rspl, unas venas que, a veces, permiten identificar diferencias entre especies parecidas.  La abreviatura Rspl corresponde a Radial suplementaria, una denominación que me recuerda a esas autopistas radiales de peaje, a cuyas concesionarias, de manera solidaria, parece que vamos a tener que pagarles entre todos un “peaje suplementario”,  por el arte de la mala gestión y la gracia de la buena ingeniería financiera.   En la familia de los libelúlidos hay cuatro venas Rspl, una en cada ala, a las que podríamos llamar R2, R3, R4 y R5, como las cuatro autopistas radiales de los madriles, aunque no son ésas las únicas suplementarias de concesionarias deficitarias, pues aún hay más dislates viarios y dispendios innecesarios que, salvo milagros o remilgos eurocomunitarios, puede que acabemos pagando usuarios y no-usuarios, víctimas propiciatorias de avaricias bancarias y especulatorias .

Estructura alar de los géneros  Libellulidae

Macho adulto de Orthetrum brunneum, mostrando ostentosamente todas sus venas alares, Rspl incluidas

Saliendo de las autovías y volviendo a las alas de los odonatos, las venas Rspl subtienden  -verbo rarillo-, es decir, abarcan o rodean por abajo a unos conjuntos de celdillas alares que en algunas especies son dobles o múltiples, por ejemplo, en el centro del tercio extremo de cada ala de las Orthetrum brunneum,  cada Rspl forma una especie de huso  cuyo vértice final parece apuntar al comienzo del pterostigma del ala.  Dentro de tal huso, limitado arriba por la vena interradial 3 -abreviada IR3-, se puede apreciar una sucesión de celdillas dobles, en número variable entre 5 y 9, que en los extremos del huso vuelven a ser celdillas simples. Aunque hay discrepancias, parece que las celdillas dobles son un identificador de la especie cuando se puede observar el plano de sus alas, cuyos pterostigmas son algo más oscuros -morenos-  y también algo más pequeños que los anaranjados de sus primos Orthetrum coerulescens, con los que frecuentemente se confunden.  Tal vez, de aquellos pterostigmas surgiera lo de brunneum, pero no apuesto nada en el supuesto. Otro identificador en una vista dorsal, es el ensanchamiento-aplastamiento de los segmentos centrales de su abdomen, ausente en los coerulescens.

Las Orthetrum brunneum de esta entrada fueron vistas por algún paraje de Despeñaperros, en Santa Elena, Jaén, donde suelen ser fruta de agosto en los escasos arroyos y charcos que quedan a esas alturas del verano.

Salud y cálido disfrute de los tiempos fríos.

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Percances de estiramiento

Posted by Pele Camacho en 9 mayo, 2010

Por sus colores de juventud, a primera vista podía parecer una hembrita de su especie pero cuando el macro permite ver la esbeltez de su abdomen, con su genitalia secundaria -o “paquete”- y sus cercoides, no quedan dudas: es un joven machito de Orthetrum cancellatum dispuesto a iniciar su vuelo inaugural.

Cerca de la charca donde su madre debió hacer la puesta había algunos cardos y sospecho que, fuera por la sombra de sus hojas,  algún aroma de sus flores, o vaya usté a saber qué,  varias ninfas se fueron al cardo para hacer allí el “alumbramiento”. Y creo que no fue una buena idea, pues me pareció que más de un recental como el que se ve algo difuso en primer plano, se dañó con los pinchos del cardo durante sus procesos de estiramiento y quedó malparado. El mismo pibe de la foto, aunque quede la duda de si el estiramiento estaba terminado, mostraba un ala “diferente”.

La naturaleza es dura con las criaturas. El estiramiento de las alas de los odonatos es clave fundamental para conseguir la autonomía que les permite alimentarse y vivir;  sin embargo, cualquier enganchón u obstáculo para ese desarrollo alar termina por dejar a la criatura en un estado en el que, probablemente, no sea capaz de sobrevivir por mucho tiempo.

De las que nacieron en cardos próximos a la charca, encontré a éste cuyas alas eran un auténtico gurruño, una penosa muestra de lo que pudo ser y no fue.  Observándolo a él no me fijé en la otra criatura a la que parecía estar mirando: una hembra de Lixus angustatus, con su característica trompa negra. Tampoco sé si la fuerza de las jóvenes mandíbulas de odonato serían capaces de quebrar los élitros del gorgojo, pero no creo que su voracidad predadora tuviera muchas más oportunidades alimenticias en el cardo.

Del mismo día también, las escenas siguientes fueron, quizás, las más espeluznantes y trágicas: la criatura estaba dando tirones violentos, con balanceos bruscos, como si le costara desprenderse de la exuvia; pero el problema eran dos o tres hormigas que le pellizcaban o, como poco, le hacían cosquillas con sus mandíbulas.

Conseguí espantar a las hormigas con una brizna de hierba, pero cuando reanudé la sesión de fotos observé esa “sangrante” gota verde de hemolinfa, cerca de sus morros y sus ojos verdes, y me acorde de la “Barbi superstar” de Joaquín Sabina:  “Tenía los pies diminutos y unos ojos color verde marihuana…” y, a cambio de aquello de “… pezón de fresa, lengua de caramelo, corazón de bromuro…”, con menos arte que Sabina, a esta se le podía cantar algo como “…labios de menta, patas pinchosas, sangre de pipermint…”

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Eclosión de una ninfa

Posted by Pele Camacho en 3 mayo, 2010

Todo empezó cuando aquella serpiente, me trajo una manzana y dijo ¡¡¡Prueba!!! …
Así cantaba Joaquín Sabina el “pecado original” que desencadenó el castigo bíblico, el “Parirás con dolor” que, por lo que se ve, no es exclusivo de la especie humana; hay variantes según el caso o el bisho y las maldiciones van desde aquella para la madre hasta un ”nacerás con dolor” para los hijos, mezcladas en un porcentaje difícil de evaluar. El caso de las libélulas es uno más, tan fascinante y asombroso como cualquier nacimiento, con toda la dureza y el aparente dolor que los bishos vivientes parecen llevar en su currículum por aquel pecado de “morder una manzana” a destiempo.

El episodio final, la última fase de la metamorfosis hemimetábola propia de las libélulas, comienza con la salida de la ninfa del medio acuático donde se ha desarrollado tras varias mudas o ecdisis de su exoesqueleto rígido. Las ninfas de libélulas, a pesar de sus mudas y en contra de lo que cabía esperar de su nombre mitológico, tienen un aspecto más bien feo que en nada recuerda a la gracia y belleza de las ninfas que pintores y escultores imaginaron; son bichejos parduzcos, de apenas un par de centímetros, que al salir del agua se mueven lentos y torpes. Algunas se alejan pocos centímetros de la superficie del agua de la charca donde vivían y allí se quedan quietas, a tiro de cualquier rana hambrienta que ponga fin al proceso evolutivo cuando menos se espera. Otras, no sé por qué, más andarinas ellas, se aventuran por tierra firme y se las ve vagar, impregnadas de arena, hacía algún sitio que no sé si sabrán como debe ser antes de que eclosionen.

Los casos supuestamente favorables muestran la emergencia, sin prisa y con pausas, del cuerpo de la libélula que empieza a mostrar su cabeza y tórax de bellos colores, saliendo de la espalda rota de la ninfa parduzca. Es como el comienzo del “parto” de la libélula que, por lo que se puede ver en la naturaleza, en un porcentaje apreciable no tiene un final feliz, como si faltara la asistencia de una madre con experiencia que ayudara al trance de la eclosión de un ser débil e inexperto que surge de otro que se extingue.

El nuevo individuo se esfuerza en salir, da empujones hacia fuera y, con descansos o paradas intermedias termina por emerger y se agarra a los restos de la exuvia, el “traje protector” de la ninfa en el agua que, enganchado a la pared que escaló, queda vacio y seco mientras la libélula comienza una serie de estiramientos de alas y abdomen, donde ya se puede apreciar el sexo de la criatura, por la presencia o no de la genitalia secundaria característica de las libélulas y la forma de sus cercoides o pinzas en el extremo del abdomen.

En los siguientes 30-45 minutos tiene un proceso de adaptación al medio aéreo en el que, ahora sí, se moverá con la gracia y maestría que cabría imaginar en una ninfa mitológica, pero la protagonista ha dejado de ser y llamarse ninfa, y como por arte de magia o de imaginación, de “imagia”, tal vez, se ha hecho un imago. Aunque sea un recental –teneral, en palabra inglesa frecuentemente usada en castellano- ya se aprecian los colores del individuo adulto y se la puede identificar: es una hembra de Orthetrum cancellatum. Poco después de ese momento en que estira totalmente sus alas y su exoesqueleto adquiere la consistencia y los colores del individuo joven, empezará a volar.

Sus primeros vuelos son torpes, lentos y sin la fuerza que todavía no tienen los recién estrenados “turbos” de su tórax; unos cuantos metros y un “aterriza como puedas” en algún arbusto cercano donde, como esos paneles solares de los satélites que posiblemente ideó algún observador de libélulas, con sus alas extendidas, parecen acumular la energía que recogen del sol. Tienen apenas un par de meses por delante para preparar las promesas de la siguiente generación. ¡Suerte, superninfas!

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