Sorpresas y paisajes

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Veneno en la piel

Posted by Pele Camacho en 31 marzo, 2011

“Dicen que tienes veneno en la piel
y es que estás hecha de plástico fino.
Dicen que tienes un tacto divino
y quien te toca se queda con él… “

Así empezaba “Veneno en la piel”,  “top-hit” en los 90 de Radio Futura, uno de los grupos rompedores de aquellos tiempos, como la canción que puedes escuchar si haces “click” aquí →“Veneno en la piel”

Uno de los venenos más tóxicos es el ácido cianhídrico o ácido prúsico, el cianuro de hidrógeno de fórmula HCN que algunos homosapiens usan en las cámaras de gas; pero no hay que irse tan lejos para olerlo peligrosamente, pues se huele moderadamente en las almendras amargas, por ejemplo, donde está presente.  Y también en las Zygaenas que, aunque no sé si huelen, gracias a un metabolismo sui generis tienen en su cuerpo ese ácido prúsico que tomó nombre de un tinte llamado “azul Prusia” o “Blau Berlin”, porque allí se descubrió, casualmente, mientras se buscaban otros colores, como se descubrió América mientras se buscaban otras tierras. También fue casual el hallazgo del cianuro en las Zygaenas, cuando algunos entomólogos intentaron gasear a unas cuantas para llevar a cabo sus estudios, pero al tener las Zygaenas el producto como propio, se quedaron tan panchas y los entomólogos tan estupefactos.

Zygaena sarpedon  (Hübner, 1790), alas parcialmente transparentes y cíngulo rojo abdominal

Las Zygaenas son como brujitas en el mundo mariposil, unas preciosas y vivarachas mariposillas del suborden Heterocera, nombre que suena menos mal que el de polillas, incorrectamente usado por algunos como sinónimo de heteróceros;  pequeñitas ellas, apenas 20mm de longitud alar, con unos colores vivos  que van más allá de una simple casualidad cromática: son combinaciones aposemáticas, es decir, una mezcla de colores llamativos, fáciles de ver y recordar como una advertencia de “Peligro, mantenerse lejos”.  El aposematismo es como un antónimo del mimetismo: unos animales se protegen mimetizándose, confundiéndose con el entorno, mientras que otros se “aposematizaron” en su evolución adoptando unos colores que resaltan su presencia alarmante -la RAE me puede anatematizar por decir eso-;  es una estrategia relativamente frecuente en el reino animal, como mecanismo de defensa de algunas especies ante posibles predadores que, supuestamente, recuerdan desagradables experiencias previas al atacar a individuos “aposematizados“. Parece que esa alarma se transmite por los genes, es decir, que los supuestos atacantes saben de nacimiento eso de “nene, caca” con algunas combinaciones aposemáticas. Aunque la RAE no reconoce lo aposemático ni sus derivados, muchos depredadores sí reconocen sus efectos.  La inteligencia de los seres inferiores es así de simple.

Posiblemente, Zygaena fausta (Linnaeus, 1767), con rojos-anaranjados, pálidos, quizás, por vejez

El color más llamativo de las Zygaenas es el rojo, más o menos vivo, del naranja al grana, porque varía entre las 22 especies de Zygaenas que hay nominadas en España, aunque la diferenciación de algunas de ellas sea casi imposible sin ayuda de un microscopio para observar sus genitalias.  Los lunares, manchas y bandas distribuidas por las alas y abdómenes de las diferentes especies destacan sobre fondos oscuros, algunos con brillos azulados más o menos patentes.  No se debe pensar que los colores azulgranas o blaugranas sean tóxicos per se, aunque últimamente parezcan serlo, al menos,  en ambientes deportivos, pero eso son otras historias…

Zygaena fausta (Linnaeus, 1767),  mostrando ligeros tintes azulgranas

“… Te crees que eres una bruja consumada
y lo que pasa es que estás intoxicada;
y eso que dices que ya no tomas nada,
pero me dicen por ahi: “Que sí, que sí, que sí, que sí”…

Y así terminaba “Veneno en la piel”, antes del pegadizo estribillo…

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La evolución en colores

Posted by Pele Camacho en 15 noviembre, 2010

Cuando las libélulas se liberan de las estrecheces de sus exuvias -los exoesqueletos que las protegían en su fase de ninfas o larvas en el medio acuático-, es difícil determinar si son hembras o machos mirando solo el color de sus cuerpos, pero pocos días después de la emergencia, machos y hembras empiezan a diferenciarse de manera vistosa, simplemente, por sus colores.

La cutícula del exoesqueleto de las libélulas consiste de varias láminas quitinosas generadas sucesivamente por secreciones de las células de la hipodermis, la capa viva más externa. Las coloraciones de las capas cuticulares son inicialmente claras, casi transparentes;  pero, en poco tiempo, las capas más externas evolucionan a un color más tostado, de amarillento a pardo, mientras adquieren una fina rugosidad en la que se abren diminutos poros. En las capas quitinosas quedan incrustadas partículas a las que se denomina “gránulos pigmentados”, generados en capas ectodérmicas en contacto con la cutícula y con los poros que transportan los pigmentos a las capas externas de la cutícula, donde permanecen incluso después de la muerte del animal por estar aislados de la hipodermis y del exterior. Suelen ser colores negros o pardos que se pueden considerar permanentes, aunque con el tiempo pueden debilitarse. En las mismas capas externas, cuando los gránulos se agrupan de manera específica,  puede ocurrir una mezcla de interferencias, absorciones y reflexiones selectivas de componentes del espectro de la luz blanca, dando lugar a los colores metálicos de ciertas especies.  Tanto a unos como a otros se les denomina colores cuticulares permanentes.

 Hembra madura de Orthetrum chrysostigma, mostrando sus colores cuticulares

Existen otros colores vivos y brillantes, sin aspecto metálico, debidos a pigmentos generados también en la hipodermis, pero que permanecen en ella o justo sobre ella, debajo de la cutícula. Son colores que se alteran al degradarse la hipodermis con la muerte de la libélula, a menos que se actúe para preservarlos de algún modo.  A éstos se les denomina colores subcuticulares o hipodérmicos.

Finalmente, los colores pruinosos, o de la pruina, son causados por pigmentos de secreción interna que se expulsan a través de los poros de la cutícula, quedando como capas externas que causan una coloración supracuticular  que puede eliminarse o rayarse fácilmente, como comentaba en la entrada “Pruina y pruinosos”, allá por Mayo (*). La acumulación de pruina evoluciona lentamente y puede observarse su variación en el tiempo.  Su aparición se asocia a la maduración sexual de los individuos, sobre todo en machos, pues su recubrimiento pruinoso se inicia en los segmentos abdominales dos y nueve  -donde se sitúan las genitalias-, extendiéndose desde ellos al resto del individuo y mezclándose con otros pigmentos para dar evoluciones y colores diferentes según la especie.

Macho inmaduro de Orthetrum chrysostigma, mostrando los inicios de su recubrimiento pruinoso

A veces, el recubrimiento pruinoso es tan intenso que oculta detalles típicos en la identificación de algunas especies, por ejemplo,  las famosas charreteras que son la base del nombre popular  –Epaulet–  que le dan en Gran Bretaña a las chrysostigmas, y que a más de uno habrá confundido porque… ¿Qué parte de la anatomía de esta libélula crees tú que puede asociarse a una charretera?


 Macho maduro de Orthetrum chrysostigma, con un recubrimiento casi completo de pruina supracuticular

Las charreteras, nombre no muy utilizado en la jerga habitual del mundo castellano-hablante, son esa especie de plataformas que suelen llevar sobre el hombro los uniformes militares y donde, según la categoría o graduación del uniformado, van más o menos estrellas, espadas, laureles, tiras doradas o multicolores, etc. etc. y, a veces, hasta penden flecos de ellas para que el conjunto resulte todavía más llamativo y ostentoso de lo que ya es con todo lo que suelen llevar bordado, prendido o colgado.
La primera vez que leí lo de “epaulet” -que también ha sido la única y sólo por mi afición a las libélulas-,  fui al diccionario para buscar lo que significaba y, al mirar la foto de la chrysostigma, supuse que las correspondientes charreteras serían esas dos prominencias casi ovaladas que se ven al final del tórax, inmediatamente antes de las musculaturas que mueven las versátiles alas; pero no, porque esas “crestas ante-alares”, que así se llaman, las tienen muchas libélulas y, por tanto, no son identificativas de las chrysostigmas.

 
Macho inmaduro de Orthetrum chrysostigma, mostrando las”charreteras” y las crestas ante-alares

Las charreteras de las chrysostigmas, según los anglosajones, son esas ostentosas tiras blancas que hembras y machos tienen y muestran en los laterales del tórax cuando son jovencitos, porque cuando son machos maduros y pruinosos a tope, las charreteras pueden ser inapreciables, a menos que se sepa donde están y se las busque, si la pose deja verlas.  En fin, que los machos chrysostigmas solo pueden presumir  de charreteras cuando su graduación y sus méritos son menores y no tienen nada encima, o sea, lo repito, cuando son jovencitos. Paradojas del mundo natural.

(*)  https://bishoverde.wordpress.com/2010/05/14/pruina-y-pruinosos/

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No es bueno que estén solos…

Posted by Pele Camacho en 27 septiembre, 2010

Después de la entrada anterior, solo de machos, me dije que la siguiente debía ser solo de hembras, porque las hembras, sean de libélula o no, son tan importantes como los machos en la naturaleza, o incluso más, si se piensa en la partenogénesis o los inventos y clones de la biología moderna.

Pensé un “Falta algo si los machos están solos…” y me acordé de aquella frase bíblica “No es bueno que el hombre esté solo…del origen de la creación, según dice el Génesis, libro anónimo y primero del Antiguo Testamento, cimiento común de la religión hebrea y la cristiana.  La frase, supuestamente pronunciada por el creador del hombre, parece decir que el creador hubiese dejado algo pendiente en su primera faena –como el autor de estas entradas-  aunque  ¿le dijo alguien a los anónimos autores que la frase fue dicha por el creador o se lo inventaron ellos? ¿Por qué el hombre fue creado antes que la mujer? con lo fácil que habría sido que la primera mujer pariera al primer hombre o hacer a los dos de una tacada y del mismo barro, en lugar de aquello de la costilla de Adán de la que salió Eva… pero como no quiero meterme en barrizales dejó el asunto bíblico aquí. Amén.  Pero la famosa frase tiene su aquel y se ha “clonado” en novelas, películas, canciones…como aquella de Víctor Manuel que decía:

No es bueno que el hombre esté solo
se vuelven igual que los lobos
que caigan, que crezcan, que sangren, que duela
que no se sometan, que escapen, que metan.


Y parece que a los libélulos también les va la letrilla de la canción porque, cuando están solos, se enredan en grescas que, probablemente, no serían tantas si por allí tuvieran compañeras con las que hacer sus “ruedas del amor”, esos tándems únicos en la naturaleza conocida desde los tiempos del Génesis. Por cierto, menos mal que la RAE define tándem como “Conjunto de dos elementos que se complementan”, porque antes de leer eso solo me sonaba a bicicleta de dos plazas.

Si es fácil la confusión de machos al intentar identificarlos por sus colores, no lo es menos con las hembras, pues ellas suelen tener colores menos intensos que los machos maduros de sus respectivas especies.  Compare el lector algunas fotos de la entrada anterior con las respectivas de ésta y verá…

Crocothemis erythraea, hembra adulta, mostrando su espina vulvar en el extremo del abdomen

Así surge de nuevo la relevancia identificadora de las genitalias, prominencias que los machos muestran en los bajos de sus segmentos S2, mientras que las hembras parecen ocultar las suyas, las espinas vulvares, entre S8 y S9.

Crocothemis erythraea, hembra de emergencia reciente, mostrando ya su espina vulvar prominente

Algunas hembras, como las de Crocothemis erythraea,  muestran su espina prominente desde muy jovencitas. Casi recuerda un gatillo disparador. Podría decirse que es una espina vulvar “conspicua”, muy conspicua…

Hembra adulta de Sympetrum meridionale, con espina vulvar apenas visible

En otras especies, como la Sympetrum meridionale, apenas se aprecia en sus hembras un mínimo relieve de sus genitalias, lo que también es suficiente para identificar “por omisión” u “ocultación”. Tienen una espina vulvar “inconspicua”, o sea, casi inapreciable, como si no tuvieran…

Hembra adulta, vieja, de Sympetrum striolatum, mostrando una espina vulvar de tamaño mediano

Y entre esos máximos y mínimos, toda una gama de espinas vulvares con tamaños, formas y colores difícilmente apreciables a simple vista y, muchas veces, invisibles en las fotos.

Hembra joven, de  Sympetrum striolatum, muy diferente de la anterior, pero casi igual espina vulvar

Pero dado que parecen conservar la forma y el tamaño relativo de la espina vulvar, desde sus primeros días hasta su vejez, aunque sus colores difieran de manera que induzcan a pensar que son especies diferentes, la observación de ese apéndice, junto con algún otro dato de color o forma, puede ser la clave complementaria para identificar la especie, sobre todo en fases juveniles que es cuando más despistan.

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Rojos con Morse

Posted by Pele Camacho en 20 septiembre, 2010

Cómo son
En este post no están todos los que son, porque son una familia numerosa con bastantes géneros; pero son todos los que están: todos son Sympetrums, odonatos todos ellos con unas características, tamaño, colores, etc. que permiten identificar con relativa facilidad su pertenencia a la familia, pero no tanto al preguntarse de qué especie son, pues según la época en que se les ve, es decir, el momento de su desarrollo, tienen colores muy similares y sutiles diferencias entre ellos que pueden llevar a errores de identificación.  Recuerdo a los abueletes del pueblo que, a veces, preguntaban a los críos que les incordiaban con un “¿De quién eres tú?”, muy aplicable también a los Sympetrums.

Después de las emergencias, en sus fases juveniles, no solo se parecen bastante algunas especies, sino que incluso también hay parecido entre los sexos y las identificaciones se hacen difíciles si las observaciones de los individuos recentales o tenerales -en el argot anglofilo generalmente aceptado- no permiten ver con claridad las genitalias. Luego, a medida que evolucionan, la diferencia de color es suficiente para distinguir machos adultos, cuando éstos adquieren un color rojo predominante, más o menos intenso,  por la pruina que recubre progresivamente el color marfileño de la cutícula del exoesqueleto, que apenas sufre un ligero oscurecimiento. Son Sympetrums y son machos, pero ¿de qué especie?.

El problema y la alternativa
La identificación de especies más fiable, tanto de machos como de hembras, es la que se deduce al examinar sus genitalias pero, aunque de forma inconsciente por su parte, en la fotografía de campo no suelen dejar  ver el detalle de sus partes.  Entonces, dado que los colores de ojos, cuerpos y extremidades pueden confundir, imaginé la posibilidad alternativa de buscar caracteres secundarios acromáticos que proporcionen información “aproximada” de la especie que es. Entre tales detalles acromáticos podríamos decir  -imaginar, más bien-  que los individuos maduros llevan encima una especie de mensajes Morse de rayas y puntos que “podrían” ayudar a su identificación como si fueran “códigos de barras”.  Lo importante no es el “mensaje”,  que varía con la imaginación que se eche  en la lectura del supuesto “código”, sino la presencia o ausencia en él de ciertas rayas o puntos. Veamos algunos ejemplos que, por supuesto, varían ligeramente con la edad de los rojillos y la capacidad discriminante del examinador.

Sympetrum sinaiticum. Rayas negras laterales en S2 y S3,  raya negra en S8 y punto al comienzo de S9

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

En el Sympetrum sinaiticum, que tantos años costó nominar, se observan dos rayitas laterales en los segmentos S2 y S3 del abdomen. Eso en Morse es la “m”. Luego, también lateral en el segmento S8 se ve otra rayita aislada, que sería la “t” Morse, pero si se fuerza un poco el examen, se podría decir que al principio de S9 hay un punto. En ese caso, podría decirse que sobre S8 y S9 hay una “n”.

Sympetrum meridionale.  Raya negra en S3 y puntos negros en S4, S5, S6 y S7

El Sympetrum meridionale tiene una rayita aislada en S3. Una “t”. Luego, de S4 a S7 hay cuatro puntitos, uno en cada segmento, que podrían interpretarse como  cuatro “e” o, si los imaginamos como un grupo de cuatro puntos, darían una “h”.


Sympetrum striolatum. Rayas negras laterales en S7 y S8, punto gordo en S9. Rayas dorsales en S8 y S9

El Sympetrum striolatum no porta ningún mensaje en S2-S3, solo lleva rayitas en S7 y S8, a veces muy tenues, seguidas de una mancha  -o punto gordo- en S9. Esos hacen una “g”.  Pero, además, en la parte dorsal de S8 y S9 lleva dos rayitas, una “m” dorsal, que no llevan los sinaiticum ni los meridionale.

Sympetrum fonscolombii. Rayas negras laterales en S6, S7, S8 y S9.  Rayas negras dorsales en S8 y S9

Finalmente, Sympetrum fonscolombii porta las rayitas dorsales en S8-S9, igual que  el striolatum, pero además lleva una serie de dos, tres y hasta cuatro rayas laterales que empiezan en S9. Para el ejemplar de la foto de esta especie he elegido uno de cuatro rayas, la “ch”, un código que, como la “ñ”, solo se usaba en Morse español, donde esas letras son imprescindibles en algunas palabras de uso frecuente y castizo.

Breve apunte histórico

Samuel Morse (1791-1872), considerado inventor del telégrafo, no era un científico, ni mucho menos, pero supo aprovechar las ideas de alguno como Joseph Henry (1797-1878),  que en 1835 había tenido, demostrado y perfeccionado la idea del telégrafo, pero que no tuvo la de patentarlo.  Morse, que aunque no fuera científico debía de ser muy listo, aplicó su famoso código de puntos y rayas a unos cachivaches eléctricos de los que sabía poco, desarrollados por Henry, uno de los padres del electromagnetismo y los electroimanes, es decir, las bobinas eléctricas que fueron el soporte físico de los primeros telégrafos. Henry, aunque no fuera tan listo como Morse, fue un científico muy trabajador y muy inteligente, con un prestigio mundialmente reconocido. Precisamente, en su honor se llama “henrio” o “henry” a las unidades físicas que indican la inductancia de las bobinas.   La idea de los puntos y las rayas es tan antigua que no se sabe qué  homosapiens fueron los primeros en utilizarla; se sabe, por ejemplo, que en la antigua Grecia utilizaron escudos con superficie pulida para reflejar el sol y enviar mensajes a larga distancia. Se puede decir que fueron los primeros “heliógrafos”.  Y también unos contemporáneos de Morse y Henry, los “pieles rojas” de las pelis del oeste, transmitían señales de humo largas y cortas, con una fogata  y una manta.  A saber si no fueron ellos los que dieron a Morse la idea de los puntos y las rayas…

Pero Morse fue quien hizo la patente, la número 1647 de USA, en Junio de 1840. Y como era muy listo,  se forró con la explotación de la misma. El telégrafo clásico se usó durante más de cien años, siendo reemplazado con los teletipos y la red de “telex”, hace unos cincuenta años.  Pero eso ya es otra historia.

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Gomphus con plus

Posted by Pele Camacho en 24 agosto, 2010

Hay un plus que destaca en este género en cuanto se le echa la vista encima;  sí, eso que, junto a los amarillos y negros de su cuerpo, le da un aspecto que recuerda alguna de esas estrambóticas maquinarias de mover peñascos y ñoscos.

Onychogomphus forcipatus, macho adulto, mostrando su genitalia secundaria y apéndices

De esos tres apéndices anales -por su proximidad a ese orificio final- les viene el primer medio nombre: Onycho, en griego clásico latinizado, que en sentido amplio quería decir “uña”, admitiendo que uñas son también las garras de cualquier rapaz, por ejemplo. Por  tamaño relativo al abdomen, en el mundo odonatero no hay otras parecidas ni de lejos  y, si el uso exclusivo de tales pinzas es agarrar entre los ojos a las hembras de su especie a modo de “abrazo amoroso”, con machos tan bien dotados, probablemente los de estas especies sean de los abrazos más temibles, a menos que sean también de los más precisos.

En nuestra geografía hay tres especies de Onychogomphus:  la más escasa en tiempo  -apenas dos meses al año-  y en espacios es la Onychogomphus costae, sin ningún trazo negro, casi toda ella en colores amarillos y pardos claros, según dicen los libros, porque yo no he tenido la suerte de verla todavía por mis espacios de ojeo.

Onychogompus forcipatus, macho adulto, sobre floripondio de Datura stramonium

Más frecuentes, fáciles de encontrar y confundir a primera vista, son los Onychogomphus forcipatus, cuyo tórax tiene líneas o zonas amarillas más anchas que las negras, así como en los últimos segmentos del abdomen donde predominan los amarillos y, finalmente,  amarillas son las “tenazas” – forceps en latín- que dan nombre a la especie: las dos superiores, o cercoides,  hacen un par simétrico y la inferior,  o lámina supraanal,  angulosa en su inicio y terminada en punta torcida en su final, con un tono amarillo-ambarino. La subespecie hispana es la “unguiculatus”, con esos amarillos predominantes que se han descrito.

Onychogomphus uncatus, macho adulto, mostrando sus zonas negras características

La tercera especie de nuestras  latitudes es la Onychogomphus uncatus, que tiene más negros y menos amarillos que la forcipatus spp. “unguiculatus”, tanto en las suturas del tórax como en los últimos segmentos del abdomen. La “uña” inferior  es negra y su forma de gancho curvado, –uncatus, en latín- , sin ángulo inicial ni torcimiento final, es el origen de su nombre específico. Esta especie está catalogada VU –vulnerable- en el Libro Rojo de los Invertabrados de España.

Onychogomphus uncatus, macho adulto, mostrando los ojos separados y abdomen típicos de “Gomphus”

Las vistas cenitales de las dos especies son casi idénticas, con su forma de clavo –gomphus-, con las diferencias de anchura y abundancia de los trazos negros, que en los uncatus interrumpen la continuidad del “collar” amarillo que tienen en la parte delantera del tórax dorsal, mientras que en los forcipatus la línea del “collar” es continua.  Además, éstos tienen una pequeña mancha amarilla en el vertex -zona más o menos trapezoidal entre los ojos, sobre la frente-  que no existe en el vertex totalmente negro de los uncatus.

Aunque los odonatos sean invertebrados y sea normal en ellos hacer unas flexiones que pocos vertebrados pueden imitar, resulta difícil imaginar cómo, en pleno vuelo, son capaces de doblar su largo abdomen en un ángulo de casi 180º y acoplar la uña inferior, por delante, entre los ojos de la hembra y las dos uñas superiores por detrás de cada ojo, sin que los resultados del “pinzamiento” sean un elevado número de hembras tuertas después de tales proezas, tanto más cuanto mayor es el tamaño de esos apéndices anales. Quizás las hembras, al ver lo que se les viene encima, coloquen su cabeza, o sea, sus ojos, en la posición adecuada para que el agarrón sea todo lo correcto y efectivo que la evolución de 250 millones de años ha permitido a estos artistas del vuelo acrobático y la cópula en vuelo, o al vuelo.

Onychogomphus forcipatus, hembra adulta, mostrando sus reducidos apéndices anales

Las hembras, por el contrario, tienen unos apéndices anales de lo más normales, si así se admite que es el procedimiento de acoplarlos a los ganchos y cavidades que los machos tienen cerca del tórax, al inicio de su abdomen,  para que la genitalia de la hembra  -en su segmento abdominal S8-  entre en contacto con el segmento S2 del macho, donde están los órganos de su genitalia secundaria, un detalle exclusivo del que no se encuentra nada similar en todo el reino animal.  El proceso previo que habrá realizado el macho para la “recarga” de  la genitalia secundaria -en el segmento S2-  con el esperma generado en el poro espermático de la genitalia primaria  -en el segmento S9-  resulta, tal vez, más fácil de imaginar ya que no requiere la participación de la hembra, aunque la flexión del abdomen para que S9 contacte y transfiera el esperma a S2 requiere un esfuerzo de flexión aún mayor que el de la cópula.  Como la reproducción de los odonatos es un proceso complejo, solo hago una reflexión simple acerca de unas flexiones complejas.

Hay también matices “negros” en ese posadero-floripondio azul-lila clarito a punto de abrir, al que no se le puede negar atractivo visual, pero sí olfativo. Es una flor de estramonio -Datura stramonium- , también conocida como “higuera del infierno”,  donde estaban felices como diablillos algunos forcipatus.  Como muchas otras plantas tóxicas, ha tenido usos medicinales y veterinarios de los que se han derivado otros menos ortodoxos y mucho menos recomendables. Entre las historias “negras” que se oían por los pueblos de la España profunda, había una de alguien que fumó hojas secas de estramonio, a modo de sucedáneo del tabaco; parece que “lo contó”, pero que no le quedaron ganas para repetir y, desde eso, cómo no,  a las brujerías o “aliños” propios del “vudú” europeo y mediterráneo de tiempos pasados, en los que las solanáceas tóxicas dieron mucho juego y disgustos, por envenenamientos de toda índole y condición.

Entre el cocktail de alcaloides tóxicos que contiene esa mata que puede matar, está la atropina, cuyo nombre deriva de aquella Parca de las tijeras que los griegos temían nombrar, y también la escopolamina, utilizada como primer “suero de la verdad”, alias “burundanga” en Sudamérica, donde se cita su uso y abuso en refinados actos delictivos de malajes y malevos. Como para plantarla en el jardín…

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