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Rojo y gualdas

Posted by Pele Camacho en 19 febrero, 2011

El rojo es un color que abunda en los odonatos.  Hay varias especies cuyos machos tienen un intenso color rojo que les hace destacar entre los colores del entorno donde se mueven. De todos ellos, quizás, el más notable es el macho de Crocothemis erythraea (Brullé, 1832) que, con un abdomen ancho y una envergadura que se acerca a los 45mm, luce un rojo intenso y vivo, extenso “de cabo a rabo”, es decir, de cabeza a patas y cercoides anales.  Como si fueran conscientes de su tamaño, suelen tener un vuelo “suficiente”, agresivo, rápido… como muy seguro de sus capacidades. Para darles un toque aún más atractivo, en la parte posterior de sus ojos resalta una fina línea azul clarita, que contrasta agradablemente con los rojos circundantes, y en la base de sus alas hialinas tienen unas transparencias azafranadas no muy extensas, pero suficientes para ser visibles a simple vista y para darles nombre: “crocus” es el nombre latino del azafrán que, en griego latinizado, fue “crocos”; lo de “themis”, como en las otras especies de odonatos con ese mismo sufijo que ya comenté, es la evocación del equilibrio en el aire de las libélulas, del signo Libra, de la balanza de dos brazos símbolo de una diosa de la Justicia… en fin, un animal precioso hasta en el nombre.  Los angloparlantes les llaman “scarlet”, escarlata, un nombre bien puesto, tan bello como su color.

Rojo a tope,  un macho maduro de Crocothemis erythraea  (Brullé, 1832)

Como en otras especies de odonatos, las hembras de Crocothemis tienen colores más discretos, marcando diferencia con sus machos en un dimorfismo sexual que sería casi increíble si no lo demostraran con sus rápidos tándems amorosos, que ejecutan en vuelo con una maestría asombrosa y que, en su combinación de colores, recuerdan los ”rojo y gualda de la enseña nacional”.  Si yo tuviera que ponerles un nombre vernáculo y celtibérico, posiblemente, les llamaría “españolas”, por evocación y porque sí.

“Gualdas” en evolución, amarillos en una hembra adulta de de Crocothemis erythraea

Lo de “gualda” es un color que, mayormente, los hispanos asociamos al amarillo de nuestra bandera, pero antes que el de la bandera,  “gualda” era, como-todo-el-mundo-sabe, el nombre vernáculo de la Reseda luteola, una planta silvestre de la que, al parecer, se sacaban tintes amarillos antes de que la síntesis química arrasara las costumbres ancestrales… De suyo, luteola, como el adjetivo lúteo, viene del latín “luteus”, que significaba amarillo, y es una raíz latina que se aplica a muchas palabras y conceptos relacionados al amarillo, por ejemplo, la “mácula lútea” que aloja la fóvea con la que distinguimos los colores.  El amarillo de nuestra bandera, sin tonos ni detalles, se definió allá por tiempos de Carlos III, a finales del siglo XVIII, pero en lo de “gualda” me “pieldo”, o sea, que no sé a quién se le ocurrió…

“Gualdas pálidos”,  en una hembra jovencita de Crocothemis erythraea

Pero, sabido es, el color de los odonatos es algo cambiante, normalmente, más en ellos que en ellas, que también.  Los “gualdas” de las hembras de Crocothemis son unos amarillos que, de jovencitas, como en tantas otras libélulas, son pálidos, unos tonos marfileños que,  poco a poco, evolucionan a medida que sus cutículas se tintan con los pigmentos que generan en su hipodermis y van oscureciéndose, de forma que, cuando pasan a ser Crocothemis muy maduras y veteranas, cuando en castizo se dice que “saben latín”, parece que aumentara su belleza;  sus colores son más intensos, sus ojos más azules, y después de tanto sol veraniego parecen haberse bronceado y su color cuticular pasa a ser un amarillo tostado, un color indefinido que habría que identificar por alguna referencia del catálogo Pantone, para no confundir.

La culminación de los “gualdas”, amarillos oscuros en una hembra veterana de Crocothemis erythraea

De manera inconfundible, a simple vista, lo que desde jovencitas permite identificar a cualquier hembra de Crocothemis y distinguirlas de otra hembra de libélula que pudiera parecérsele, es su prominente lámina o apéndice vulvar, casi perpendicular al segmento S9 donde acaban.  En castizo, se podría decir también que las hembras de Crocothemis, son unas hembras “de bandera”.

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La evolución en colores

Posted by Pele Camacho en 15 noviembre, 2010

Cuando las libélulas se liberan de las estrecheces de sus exuvias -los exoesqueletos que las protegían en su fase de ninfas o larvas en el medio acuático-, es difícil determinar si son hembras o machos mirando solo el color de sus cuerpos, pero pocos días después de la emergencia, machos y hembras empiezan a diferenciarse de manera vistosa, simplemente, por sus colores.

La cutícula del exoesqueleto de las libélulas consiste de varias láminas quitinosas generadas sucesivamente por secreciones de las células de la hipodermis, la capa viva más externa. Las coloraciones de las capas cuticulares son inicialmente claras, casi transparentes;  pero, en poco tiempo, las capas más externas evolucionan a un color más tostado, de amarillento a pardo, mientras adquieren una fina rugosidad en la que se abren diminutos poros. En las capas quitinosas quedan incrustadas partículas a las que se denomina “gránulos pigmentados”, generados en capas ectodérmicas en contacto con la cutícula y con los poros que transportan los pigmentos a las capas externas de la cutícula, donde permanecen incluso después de la muerte del animal por estar aislados de la hipodermis y del exterior. Suelen ser colores negros o pardos que se pueden considerar permanentes, aunque con el tiempo pueden debilitarse. En las mismas capas externas, cuando los gránulos se agrupan de manera específica,  puede ocurrir una mezcla de interferencias, absorciones y reflexiones selectivas de componentes del espectro de la luz blanca, dando lugar a los colores metálicos de ciertas especies.  Tanto a unos como a otros se les denomina colores cuticulares permanentes.

 Hembra madura de Orthetrum chrysostigma, mostrando sus colores cuticulares

Existen otros colores vivos y brillantes, sin aspecto metálico, debidos a pigmentos generados también en la hipodermis, pero que permanecen en ella o justo sobre ella, debajo de la cutícula. Son colores que se alteran al degradarse la hipodermis con la muerte de la libélula, a menos que se actúe para preservarlos de algún modo.  A éstos se les denomina colores subcuticulares o hipodérmicos.

Finalmente, los colores pruinosos, o de la pruina, son causados por pigmentos de secreción interna que se expulsan a través de los poros de la cutícula, quedando como capas externas que causan una coloración supracuticular  que puede eliminarse o rayarse fácilmente, como comentaba en la entrada “Pruina y pruinosos”, allá por Mayo (*). La acumulación de pruina evoluciona lentamente y puede observarse su variación en el tiempo.  Su aparición se asocia a la maduración sexual de los individuos, sobre todo en machos, pues su recubrimiento pruinoso se inicia en los segmentos abdominales dos y nueve  -donde se sitúan las genitalias-, extendiéndose desde ellos al resto del individuo y mezclándose con otros pigmentos para dar evoluciones y colores diferentes según la especie.

Macho inmaduro de Orthetrum chrysostigma, mostrando los inicios de su recubrimiento pruinoso

A veces, el recubrimiento pruinoso es tan intenso que oculta detalles típicos en la identificación de algunas especies, por ejemplo,  las famosas charreteras que son la base del nombre popular  –Epaulet–  que le dan en Gran Bretaña a las chrysostigmas, y que a más de uno habrá confundido porque… ¿Qué parte de la anatomía de esta libélula crees tú que puede asociarse a una charretera?


 Macho maduro de Orthetrum chrysostigma, con un recubrimiento casi completo de pruina supracuticular

Las charreteras, nombre no muy utilizado en la jerga habitual del mundo castellano-hablante, son esa especie de plataformas que suelen llevar sobre el hombro los uniformes militares y donde, según la categoría o graduación del uniformado, van más o menos estrellas, espadas, laureles, tiras doradas o multicolores, etc. etc. y, a veces, hasta penden flecos de ellas para que el conjunto resulte todavía más llamativo y ostentoso de lo que ya es con todo lo que suelen llevar bordado, prendido o colgado.
La primera vez que leí lo de “epaulet” -que también ha sido la única y sólo por mi afición a las libélulas-,  fui al diccionario para buscar lo que significaba y, al mirar la foto de la chrysostigma, supuse que las correspondientes charreteras serían esas dos prominencias casi ovaladas que se ven al final del tórax, inmediatamente antes de las musculaturas que mueven las versátiles alas; pero no, porque esas “crestas ante-alares”, que así se llaman, las tienen muchas libélulas y, por tanto, no son identificativas de las chrysostigmas.

 
Macho inmaduro de Orthetrum chrysostigma, mostrando las”charreteras” y las crestas ante-alares

Las charreteras de las chrysostigmas, según los anglosajones, son esas ostentosas tiras blancas que hembras y machos tienen y muestran en los laterales del tórax cuando son jovencitos, porque cuando son machos maduros y pruinosos a tope, las charreteras pueden ser inapreciables, a menos que se sepa donde están y se las busque, si la pose deja verlas.  En fin, que los machos chrysostigmas solo pueden presumir  de charreteras cuando su graduación y sus méritos son menores y no tienen nada encima, o sea, lo repito, cuando son jovencitos. Paradojas del mundo natural.

(*)  https://bishoverde.wordpress.com/2010/05/14/pruina-y-pruinosos/

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