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Vanessa volcánica

Posted by Pele Camacho en 2 abril, 2014

La Vanessa vulcania (Godart, 1819) es una especie endémica, es decir, exclusiva, de las islas Canarias y Madeira, pero como las verdades absolutas y tan puntuales son algo bastante raro, hay expertos que dicen que las “vulcanias” son una variante de la Vanessa indica a la que llaman Vanessa indica vulcania, a pesar de que no hay “vulcanias” en esa India donde abundan las “indicas”, como tampoco hay “vulcanias” en todas las islas Canarias, por muy volcánico que sea el aspecto de alguna de ellas. Y como en el mundo científico siempre hay opiniones múltiples, también otros expertos han estudiado las cuatro fases de la metamorfosis de las “vulcanias”, concluyendo que es una especie aparte. Y punto.

IMGP4252_1200_1044KN Buscando contrastes cromáticos, sería difícil mejorar las alas y la pose de esta Vanessa vulcania

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

El origen del nombre genérico de las mariposas Vanessa (Fabricius, 1807) no está nada claro; dicen las crónicas que el nombre Vanessa apareció por primera vez en 1726, en un poema de Jonathan Swift (1667-1745), autor de los fantásticos “Viajes de Gulliver”. Swift creó el nombre como pseudónimo del de una alumna por la que estuvo profundamente “colado”. Desde el lado entomológico, parece raro -pero no imposible- que el danés Johan Christian Fabricius (1745-1808) pudiera conocer en 1807 el libro de Swift, ya que las ediciones y traducciones de libros no eran frecuentes por aquellos tiempos; él solía asignar nombres mitológicos originales a los bishos que iba clasificando y lo más parecido a Vanessa era Phanessa, derivada de Phanes, un padre de todos los dioses relativamente desconocido y creado por la corriente órfica, una especie de secta religiosa de la antigua Grecia. Para saber más de esto habría que adentrarse en los arcanos documentos entomológicos de Fabricius, cosa difícil, así que pasamos al nombre específico de las vulcania, que parece más fácil.

IMGP4929_1200_1060KNRojos de fuego volcánico sobre un resto de lava fría

Cuando se observa la orografía y aspecto de las Islas Canarias, es fácil imaginarse las enormes vomiteras volcánicas que por allí se dieron. Las últimas llamaradas fueron las del volcán Teneguía en 1971, en la isla de La Palma y, recientemente -algo más suaves, por ser submarinas- las de la isla de El Hierro, en 2011.  Viendo y pisando los restos de lava que llaman “malpaís”, queda claro que las Islas Afortunadas fueron en sus orígenes unas muestras de la fragua de Vulcano, dios latino del fuego, la fragua, los metales fundidos y los enfriados. Vulcano asumió las funciones de Hefesto, el dios griego feo y cojo que hizo pareja con la bella y sensual Afrodita que, lógicamente, no se conformó con el fuego de Hefesto y provocó los ardores de Ares, alias Marte latino, que dio nombre al planeta rojo. Rojo y fuego, se mire por donde se mire. Así pues, está más que justificado el nombre especifico que el lepidopterólogo francés Jean Baptiste Godart (1775-1825) les asignó en 1819, a la vista de sus manchas de un rojo fuerte, como de lava ardiente, sobre un fondo negro, como de lava fría. Sus congéneres Vanessa atalanta tienen rojos anaranjados y las Vanessa indica, muy parecidas a las Vanessa cardui, ocres anaranjados, que envidian al rojo vivo de las “vulcanias”… ¿Que cómo o cuándo aparecieron las Vanessa vulcania en las Islas Canarias?  Como con tantos endemismos de aquellas islas, esa es una pregunta “de millón”…

IMGP4808_1200_1201KNEndemismo sobre endemismo: Vanessa vulcania  sobre un penacho de Echium callithyrsum, o tajinaste azul 

Si las lectoras o lectores de esta entrada desean ver en vivo y en directo la belleza de las Vanessa vulcania, tendrán que intentarlo, por ejemplo, en la isla de Gran Canaria, donde yo las vi muy cerca de Las Palmas de Gran Canaria. Por allí vuelan, al parecer, durante casi todo el año: ventajas de un clima excepcional que, a veces, los vientos alisios matizan con unas nubes bajas que algunos llaman “panza de burra o de burro” que ocultan el espléndido sol de aquellas latitudes, suavizan la temperatura  y hacen la vida más agradable, aunque con menos luz. Cuando se observa ese fenómeno -espectacular al hacerlo desde las alturas de sus montañas salpicadas de “roques”-  los que quieran más sol pueden coger el coche -o la guagua- y viajar algo más al sur para hartarse de sol y ponerse rojos, como los guiris, como algunos godos, como los metales de la fragua de Vulcano o las manchas de las Vanessas volcánicas.

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