Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

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Como Marcial

Posted by Pele Camacho en 29 junio, 2014

Una cosa es que me gusten los pasodobles toreros y otra sería que me gustara el espectáculo taurino que, respetando el gusto de los que sepan apreciarlo, solo me gusta en sus comienzos, cuando lo único rojo son los colores de los capotes; después me resulta difícil soportar la mezcla de sentimientos con otros rojos. Y así las cosas, al cuento de lo que va esta entrada, la letra de uno de los pasodobles más populares y escuchados en tardes de toros empieza así:

Voy a los toros

porque esta tarde Marcial torea,

que es el más grande…

 

Pues como Marcial, el maestro Marcial Lalanda, el más grande, los Anax imperator (Leach, 1815)  son los odonatos más grandes de por aquí, con alas y cuerpos de unos 8 cm. de longitud, de lo más largo que se ve en el orden Odonata y en la clase Insecta. A veces, cuando me encuentro con ellos me traen recuerdos de momentos musicales inolvidables, con personas que siempre recordaré, porque con bandurria, guitarra y voces, me enseñaron el estribillo del pasodoble que repite:

Marcial, eres el más grande…

rítmico y marchoso, pegadizo y hasta “marcial”, forzando la acepción del adjetivo e imaginando el paseillo de las cuadrillas.

IMGP8197_1200_983KNEl encuentro más frecuente con los Anax imperator

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

El vuelo de los Anax imperator, por su envergadura y filigranas, es un espectáculo de acrobacia y maestría difícil de explicar: rápido, con quiebros bruscos o paradas imprevisibles y “reprises” sorprendentes, de duraciones inimaginables y desesperantes para el fotógrafo que desea llevarse el recuerdo de esos ases del vuelo acrobático. No es fácil apuntar, enfocar y disparar con resultados fotográficos medianamente presentables, pero algunas veces hay suertecilla y se quedan medio parados en el aire, décimas de segundo, y si estabas preparado y esperando, algo queda para recordar.

IMGP4527_1200_974KNOjos claros, serenos… en un descanso cercano

Pero también descansan, algunas veces en un sitio cercano y accesible al que intenta llegar el fotógrafo sin dejar de mirarlos, echando los pies a ciegas, tropezando con pedruscos y agujeros hasta llegar a ellos con el máximo sigilo que el entorno permite, para empezar a disparar 10, 20, 30 fotos… las que nos deje hacerle, desde un ángulo, desde otro que parece mejor, hasta que se cansa de descansar y se va. Se acabó la suerte y la sesión de fotos, quizás hasta el año que viene y, mientras tanto, ¿qué es de ellos y ellas?

IMGP8044_1200_1212KNPuesta de una hembra de Anax imperator: el posible comienzo de una vida

A los Anax imperator les cabe el honor de haber sido objeto de amplio estudio, por ejemplo, la publicación “The Life-History of the Emperor Dragonfly Anax Imperator”, de Philip S. Corbet, una autoridad en odonatos, con publicaciones de referencia mundial, como “Dragonflies: Behavior and Ecology of Odonata” y “A Biology of  Dragonflies”, donde también dedica muchas páginas al emperador de las libélulas. Sus vidas empiezan con una puesta de huevos en medio acuático, donde estarán hasta dos años como ninfas devoradoras de bichejos, cambiando varias veces de cutícula en procesos de muda o ecdisis, hasta que la naturaleza les pide la emergencia necesaria para salir al medio aéreo.

IMGP7572_1200_876KN Una exuvia de Anax imperator: donde terminó una vida acuática y empezó otra aérea

Como recuerdo de la vida acuática, en alguna parte queda “el último traje”, la exuvia vacía de la que salió la libélula en algún amanecer, para estar apenas un par de horas estirando sus alas, como “calentando motores”, para iniciar sus impresionantes vuelos que pueden durar hasta poco más de dos meses, una corta vida aérea si se compara con la que tuvieron en la charca donde su madre hizo la puesta.

IMGP5521_1200_1139KNEl final de una hembra de Anax imperator

En los estudios de Philip Corbet se dice que los Anax imperator tienen escasos predadores; sus vidas terminan muchas veces por hambre, por no poder alimentarse en condiciones atmosféricas adversas que no les permitan cazar las presas que necesitan para subsistir, o en las luchas que tienen entre ellos, casi siempre relacionadas con los “enganches” de sus procesos reproductivos, por ejemplo, cayendo al agua de donde salieron y de la que les resulta muy difícil escapar cuando son adultos: cuatro alas grandes y un cuerpo en proporción requieren mucho esfuerzo para despegarse de la tensión superficial del líquido que les retiene. De adultos vuelan de manera maravillosa, pero de nadar, nada de nada…

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Brujas y sirenas

Posted by Pele Camacho en 5 septiembre, 2013

La influencia de la mitología en la Biología se remonta a los comienzos de la nomenclatura de Linneo,  que utilizó nombres de personajes mitológicos para nominar a las especies con el sistema binomial que propuso. No había entonces más razones para usar aquellos nombres que las que haya hoy para hacerlo -como se ha hecho- con personajes de ”La guerra de las galaxias” o “El señor de los anillos”: el objetivo era, y es, clasificar organismos asignándoles un nombre que, normalmente, no detalla características del género o la especie nominada. Los detalles prolijos son objeto de la clasificación taxonómica, que supone conocimientos profundos de las especies y de sus agrupamientos dentro del reino animal o vegetal.

En uno de mis recientes safaris  -fotográficos, se entiende-  encontré, por azar, unas criaturas cuyos nombres recuerdan a personajes fabulosos que oí por primera vez, hace ya muchos años, en películas que ya no se hacen: Ulises, Circe, las sirenas… unas fantasías que, después de 25 siglos, siguen hechizando a científicos que igual ponen sus nombres a estrellas y constelaciones que a mariposas.

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Brintesia circe,  posando en tierra, sin miedo,  a cuatro patas

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Primero me salió al paso -quizás, la espanté- una Brintesia circe (Fabricius, 1775), una mariposa espectacular, grande, de vuelo rápido con sus alas de colores blancos y grises o pardos oscuros, que resaltan sus contrastes frente a los pálidos secarrales del campo de Agosto. Y recordé las odiseas de Ulises y sus compañeros con Circe, la diosa hechicera que encontraron en su viaje de vuelta a casa, después de pasar diez años en la guerra de Troya, según imaginaron sus mitógrafos.  Circe, como buena bruja que era, preparaba pócimas con fórmulas secretas -como la Coca Cola- con las que convertía a sus visitantes en animales más o menos domésticos, hasta que se le escapó uno y se chivó a Ulises que, provisto de un antídoto que le regaló Hermes, obligó a Circe a reconvertir a sus compañeros de cerdos a humanos. Pero Circe debía ser una bruja con muchos recursos, como ilustra una pintura de J.W. Waterhouse, porque Ulises y sus compañeros se quedaron por allí unos cuantos años, dejando descendientes y sentimientos antes de partir hacia su casa, donde Penélope le esperaba haciendo punto. Circe, que por ser bruja debía saber de muchas cosas, dijo a Ulises cómo debía actuar para librarse del embrujo de los cantos de las sirenas.

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Posando en las alturas, ocelo avizor, agarrada a una hoja de encina con sus cuatro patas

La Brintesia circe, también, como cualquier buena bruja, no suele mostrar sus secretos: es muy difícil ver sus anversos, que solo muestra durante sus vuelos, muy llamativos por el tamaño de sus alas. Es una mariposa relativamente confiada, que casi siempre posa con las alas plegadas, pero cuando nota que algo se aproxima a ella, suele desplazarlas para mostrar el ocelo apical de sus alas delanteras, como si observara con ellos o quisiera asustar al intruso. Entre sus dotes de pequeña bruja está su capacidad de emitir sonidos –estridular– otro secreto que muy pocas mariposas tienen.

 Las Brintesias pertenecen a la familia Nymphalidae, o de los ninfálidos, en la que hay clasificadas casi 6000 especies, aunque no todas son “ninfas”, porque en la última ordenación taxonómica se le añadieron las especies de la antigua familia Satyridae, o de los “sátiros”, quedando algo revueltos sátiros y ninfas, como en un famoso cuadro de Bouguereau.  Así, podría decirse -por aquello de las ninfas- que en la nueva familia hay muchas bellezas, “salvo algunos casos” que se dice últimamente, -por aquello de los sátiros- y, por cierto, todos los ninfálidos que se muestran en esta entrada, antes de “ninfálidos” fueron “satíridos”, pero como la Taxonomía es una ciencia en constante evolución…

IMGP0217_1200_786KNLa belleza de una ninfa aérea: Nymphalis polychloros (Linnaeus, 1758)

Las sirenas mitológicas eran unas ninfas marinas a las que muchos artistas han imaginado con su medio cuerpo inferior en forma de cola de pez, en lugar de las piernas que tenían las ninfas normales. En ese detalle, las sirenas imitan una de las características de los ninfálidos, que tienen dos patitas atrofiadas, aunque esa falta pasa desapercibida ante la belleza del resto que en nada recuerda a los peces. Las sirenas, entre otros encantos, tenían el de sus cantos; con ellos hechizaban a los navegantes, o sea, los embrujaban, atrayéndolos hacia unos arrecifes y acantilados donde encallaban y eran devorados por las sirenas. Mal asunto era, y sigue siendo, ese de los cantos de sirenas.

_IGP2574_1200_1256KNNymphalis polychloros, en su papel de sirena asomada al acantilado de una pequeña roca 

Ninfas mitológicas había para todos los gustos: algunas eran buenas y muy bellas, por lo que hacían como de azafatas en las reuniones de dioses y diosas mayores. Modernamente, aquellas reuniones han pasado a ser eventos que, con el nombre de asambleas, congresos, comisiones, etc., etc.,  siguen montando algunos homosapiens que se creen semidioses y gustan de amenizarlos con azafatas a las que suelen vestir  con uniformes de poco gusto, para que no les quiten protagonismo a los semidioses, supongo yo…

IMGP0877_1200_1094KNCoenonympha dorus, una de las ninfas bellas, con su banda plateada que recuerda a Misses o billetes

Entre las ninfálidas normales de nuestros campos, cabe mencionar las Coenonymphas, nombre que indica eso, que son ninfas comunes, que están casi en cualquier parte y son fáciles de ver, como la Coenopnympha dorus (Esper, 1782), nominada así en honor de una bella ninfa oceánica , o la Coenonympha pamphilus (Linnaeus, 1758), cuyo nombre de especie no indicaba que fuera “pánfila”, sino “bondadosa”, “siempre amistosa”, lo que derivó en el genuino significado de “pánfilos” que se da a aquellos que se pasan de bondadosos a cándidos.

IMGP5119_1200_1314KNCoenonympha pamphilus,  pequeña e inocente, polivoltina, cándida y amigable

En nuestras latitudes apenas hay ninfálidos dañinos, que lleguen a ser plaga de especies vegetales, un aspecto negativo que se llevan casi en exclusiva las orugas, que algunos llaman ninfas, de ciertas especies de la familia Pieridae o de mariposas heteróceras  o polillas.  Los ninfálidos  y sus ninfas son inofensivos, pacíficos y se limitan a llamar la atención de los que gustan de mirar la naturaleza y admirar la belleza de algunas de sus criaturas, aunque tengan nombres de sirenas, de ninfas o de brujas, porque…  ¿quién no conoce alguna bruja buena, aunque de vez en cuando se enfurezca?

Hace unos cuantos siglos, inquisidores y guardianes de la ortodoxia hicieron pasar muy malos ratos a las brujas, quemándolas en vivo y en directo en eventos que montaban con hogueras en las plazas públicas para librar al pueblo de hechizos y malaventuras. En los tiempos modernos surgieron otras brujas y hechiceros que, con modernos cantos de sirenas, engañaron al pueblo de manera directa y siguen intentándolo, también, en forma diferida. Está por ver si los inquisidores modernos serán capaces de librar al pueblo de tales encantadores, antes de que los hechos diferidos prescriban como resultado de las modernas técnicas de embrujo, miento y encantamiento. Pero esas son otras historias…

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Adjetivos subjetivos

Posted by Pele Camacho en 4 mayo, 2012

Es difícil substraerse a la sensación que algunos animales pueden producirnos, y así, en algunos casos o con algunas criaturas, se pierde la objetividad y se cae en la subjetividad provocada porque su aspecto sea, como resumió un famoso, “en dos palabras, Im Presionante”.

Ooteca de mantodeo: no todo en aquella oliva eran aceitunas…

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Uno puede ir por tierra olivarera, por ejemplo, y encontrarse algo como una especie de aceituna rara, con aspecto poroso, esponjoso, hojaldrado, incitante… y equivocarse, claro, al confundir objetos botánicos con sujetos zoológicos de aspecto pastelero, como son las ootecas de mantodeos, o de Mantodea, un orden de insectos con aspecto de Mantis, aunque no todos los mantodeos son mántidos, por ejemplo, pues hay algunos que son empúsidos…

Ninfa de Empusa pennata, colgada de una flor de Scorzonera hispanica

La Empusa pennata (Thunberg, 1815) es una criatura objetivamente impresionante, desde esas ootecas de las que pueden salir docenas de ninfas, pero… ¿puede haber ninfas de Empusa? pues sí, porque así llaman a las pequeñas criaturas que salen de las ootecas. Las ninfas mitológicas eran “diosas menores”, hijas del todopoderoso Zeus, presentes como animadoras en las reuniones de los dioses del Olimpo y asociadas a la naturaleza, donde hacían de ayudantes o azafatas de dioses y diosas mayores. Los artistas las imaginaron siempre como seres felices, alegres y de belleza singular, tan singular como subjetiva pueda ser la belleza de una ninfa de Empusa o de una Empusa adulta.

Belleza singular de una hembra adulta de Empusa pennata… con “lifting” de garganta pendiente

La Empusa mitológica era una criatura polimórfica, una especie de bruja que cambiaba de aspecto, de perro, de vaca, de mujer con una pata de bronce, de “vampira”… porque se dedicaba a camelar jovenzuelos y a “vampirearlos” a tope, hasta devorarlos… era una guardiana del Hades, el inframundo que incluía los Campos de asfódelos a donde iban las almas después de la muerte, y el Tártaro, una especie de infierno para un castigo eterno frío y desangelado, a diferencia del infierno que algunos enseñaron en nuestra cultura, con ángeles malos y llamas inextinguibles, posiblemente más cálido, pero no más confortable que el Tártaro, por lo que de uno y otro contaban sus creyentes.

 Hembra adulta de Empusa pennata , sobre unos frutos de asfódelo o gamón,  Asphodelus spp.

Las Empusas de seis patas pertenecen y dan nombre a la familia Empusidae, o de los empúsidos, dentro del orden Mantodea. Son criaturas subjetivamente fascinantes: hay por ahí foros donde se compran, cambian y crían mántidos de todo tipo, hay quienes disfrutan contemplándolas… y nada hay que objetar si no las dañan, aunque no estoy seguro de que las ninfas que surjan de esas ootecas “de criadero” se sientan felices y alegres; supongo que algún día las llevarán a alguna parte y las liberarán antes de ser adultas, supongo…

Bajo la “peineta” característica, la tímida mirada vidriosa y unas garras en guardia amenazadora

Y, sin embargo, a pesar de su aspecto impresionante y -subjetivamente- terrorífico y del proceso mental que nos lleve a imaginar a la criatura mitológica que les dio nombre, las empusas de nuestros campos de asfódelos son insectos totalmente inofensivos para los humanos, cosa que no podrían decir muchos otros insectos que son víctimas de sus instintos carnívoros y de la efectividad de sus patas delanteras, certeras y veloces garras con las que cazan a sus presas, como hacen tantas y tantas criaturas de la naturaleza.

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Rey moro

Posted by Pele Camacho en 6 septiembre, 2011

En el reino animal hay muchos reyes y reinas; unos son “Reales”, o sea, de verdad, y otros son inventados que, en realidad,  de “realeza” solo tienen el nombre. Como ejemplos, en la última entrada presenté una mari a la que algunos llaman reina de España, y aquí va otra a la que otros llaman rey moro sin estar claro en honor de qué Real personaje la llamaron así, porque reyes o reyezuelos moros hubo muchos, sobre todo con aquello de los reinos de taifas, parecidos a las autonomías, pero a lo bestia, pues todas las taifas tenían reyezuelos.

     Rey moro macho, con tonos pardo-oscuros y banda clara, sobre roca con líquen soleado

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Si hubo su aquel con los nombres de la mari reina de la España mariposil, con los del rey moro pasa lo mismo o más, aunque este nombre vernáculo, al parecer, es de origen y extensión pura y exclusivamente hispana, porque esa denominación no se usa ni traducida en los países de nuestro entorno, quizás, porque en ellos fue escasa o nula la influencia de la cultura árabe que afectó a la antigua Hispania durante ocho siglos y dejó en la nueva España muchas palabras y recuerdos.

En realidad, el nombre actual del rey moro es Brintesia circe (Fabricius, 1775), una mariposa de tamaño grande, por encima de la media, que suele volar en Julio-Agosto cuando más calor hace, descansando en la sombrita de algún árbol después de revolotear sobre los matorrales donde las hembras dejan caer los huevos fecundados mientras vuelan, de forma que la oviposición recuerda un bombardeo aéreo. Las peculiares hembras del rey moro suelen estridular, es decir, producir un sonido audible frotando las alas que hacen vibrar cuando se les acerca algún macho y ellas no están receptivas por estar ya fecundadas; a la estridulación siguen empujones con sus patas mesotorácicas, como “dándole patadas” al macho insistente, según se ha observado en estudios científicos de tal fenómeno. Por lo demás, la diferencia entre machos y hembras es más bien poca, muy difícil de distinguir en el campo y no muy fácil de adivinar en las fotografías que se dejan hacer, raramente con las alas abiertas que dejan ver una ancha banda blanca sobre un fondo casi negro, de donde viene el nombre vernáculo más internacional: Great banded grayling.

Hembra de rey moro, algo más clara que los machos y con colores menos contrastados

Con los nombres científicos de la Brintesia circe ha habido un buen baile: sus primeros nombres fueron Aulocera circe (Fabricius, 1775) y Brintesia proserpina (Denis and Schiffermüller, 1775), renombrado el género como Kanetisa (Moore 1893) y de nuevo redefinido como Brintesia (Fruhstorfer, 1911); en cualquier caso, siempre han sido géneros monoespecíficos, porque la criatura debe tener detalles que la diferencian del resto de la familia Satyridae, donde siempre estuvo hasta que pasó a integrarse como subfamilia Satyrinae en la gran familia Nymphalidae, o sea, que actualmente la subfamilia de los “sátiros” es parte de la gran familia de las “ninfas”… , no obstante, en libros tan modernos como el Tolman,  “Guía de mariposas de España y Europa“, editada en 2002,  se sigue usando Kanetisa, aunque los orígenes de todos los nombres de géneros por los que ha pasado la especie están igual de oscuros. Como ninfálidos que son, se puede observar en estas fotos que los reyes moros parecen ir  a cuatro patas, pues el par delantero que les corresponde como insectos o hexápodos lo tienen atrofiado, siendo las patas delanteras que muestran las mesotorácicas utilizadas por las hembras para alejar machos muy “sátiros”.

Sin embargo, parece que el nombre de la especie siempre fue en honor de la bella maga Circe, salvo el citado sinónimo específico de Proserpina, nombre latino de la griega Perséfone, reina del inframundo a donde fue llevada por Hades o Plutón, el dios mitológico de lo subterráneo en esas fascinantes historias del Olimpo…

   Macho de rey moro, posando al sol sobre otros líquenes

Circe, diosa menor, hechicera de argonautas, pintores y escultores, fue quien engatusó a Odiseo cuando volvía a su reino de Ítaca, mientras la reina consorte Penélope tejía y destejía para mantener a raya a los moscones que la acosaban creyendo que Ulises estaba muerto… y no estaba muerto, que no, que estaba con Circe, con la que tuvo tres hijos. Un mito fabuloso, una odisea fantástica, de película, vamos…

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Pequeña ninfa de cuerpo rojo

Posted by Pele Camacho en 4 julio, 2011

Algo parecido al título de esta entrada podría ser la traducción de Pyrrhosoma nymphula (Sulzer, 1776), posiblemente, uno de los primeros nombres que, utilizando el sistema binomial de Carl Linnaeus, acudió a dioses y semidioses famosos de la mitología griega para denominar con ellos a libélulas y otros semovientes, pues Johann Heinrich Sulzer (1735-1813), contemporáneo de Linnaeus,  fue un entomólogo suizo que adoptó el sistema binomial en dos libros que escribió sobre insectos, dándole el visto bueno al sistema y el paso a la fama futura a Linnaeus, por haber ideado un sistema para nombrar a toda clase de bishos y yerbas.

Nymphulo, aburrido sin nymphula,  posando sobre unas yerbas en el borde de un arroyo

Nymphula es una especie de diminutivo cariñoso que Sulzer empleó para denominar binomialmente a unos simpáticos bichejos que debieron recordarle a aquellas diosas menores, las ninfas, que en la imaginación de los antiguos griegos, alegraban la naturaleza con sus danzas, sus cantos y otros encantos; la imaginación de artistas, escritores y, por lo que parece, también la de entomólogos, se desbordó especialmente con ellas y, desde tiempos remotos, las ninfas han sido imágenes de la belleza y la sensualidad. Todo un honor para la Pyrrhosoma nymphula haber sido etiquetada con ese nombre.

  Por una mirada, un mundo…

En el campo, cerca de los arroyos por donde merodean, es fácil confundirlas con la Ceriagrion tenellum de la entrada anterior: las dos se suelen ver por las mismas fechas y los mismos sitios, ambas son rojillas y casi de igual tamaño -algo más grandecitas y agresivas las Pyrrhosomas –literalmente, cuerpo rojo- pero cuando se las enfoca con el macro enseguida se aprecian los identificadores de las Pyrrhosomas: los anillos negros que separan los segmentos del abdomen y las marcas en los segmentos finales de los machos;  en las hembras destaca la mirada enigmática de sus ojos rayados con líneas contrastadas, que también tienen los ojos de los machos, pero no tan llamativos como en las hembras.

  Por una sonrisa,  un cielo…  (Gustavo Adolfo Becquer)

Como los rojillos de la entrada anterior, se lo pasaban pipa mientras confundían al fotógrafo frente al fondo pardo de un arroyo, un día del último fin de semana de Junio, cerca de Despeñaperros, en Santa Elena, Jaén.

Y mientras tanto, también, los pobres griegos contemporáneos nuestros lo pasan mal, posiblemente, por olvidar algunos personajes de su mitología y algunas enseñanzas de sus antiguos filósofos… ojalá salgan pronto del arroyo donde están o los han metido, echando una imaginación como la que echaron sus antepasados con los mitos…  ¡Suerte, griegos!

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La del alba sería…

Posted by Pele Camacho en 12 mayo, 2011

“La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.”
                                                                                                    “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”    Capítulo IV

La del alba sería -gracias, Don Miguel- cuando las primeras libélulas empezaron a salir contentas, gallardas y alborozadas por verse ya libres, gozosas después de reventar el caparazón quitinoso de sus ninfas y dejar sus exuvias vacías. Precisamente, una de las primeras trazas libeluleras que he visto este año por aquí han sido las gigantescas exuvias de las Anax imperator, mientras ellas me veían a mi intentando hacerles alguna foto al vuelo.


Una exuvia de Anax imperator, casi 5 cm de camisa quitinosa

Es curioso -o a mi me lo parece- el sincronismo que creo observar en la aparición de los individuos de algunas especies, como si fueran la consecuencia lógica de una evolución perfectamente temporizada a lo largo de uno o, tal vez, dos años de una metamorfosis que inició algún día una de esas hembras a las que se ve volar y poner huevecillos rítmicamente, unas veces solas y otras “acogotadas” por algún macho preocupado de que fueran sus genes los que se propagaran en las futuras generaciones. Así, después de las pasadas lluvias de Abril y los primeros soles de Mayo, algunos días he visto esa rápida evolución de “recentales” de algunas libélulas -me resisto a escribir “teneral”- y parecía como si en algunos de aquellos días fuera cuando “tocaba” salir a una nueva especie: las primeras que vi fueron las Orthetrum cancellatum, que estaban casi solas, aunque las Anax imperator ya las marcaban de cerca; días después he visto las primeras Trithemis kirbyi, temblorosas y lentas, precisamente ellas, que pocos días después huyen nerviosas cuando uno se les aproxima a poco más de tres metros… y, finalmente, en el último safari fotero, el pasado 8 de Mayo pude ver como empezaba el baile de las Trithemis annulata, con su leeeentoooo abandono de la exuvia…


Exuvia de Trithemis annulata, recién abandonada por una bella “recental”

En algún caso me pudo la impaciencia y, cuando ya estaba claramente fuera de la exuvia, cogí a la libe suavemente y la observé de cerca mientras posaba en mis dedos, pero ni siquiera me dejó hacerle una foto: pocos segundos después inició su primer vuelo a una hierba cercana.


Recental de Trithemis annulata, una bella hembrita descansando después de su primer vuelo

Una vez perdido el miedo, el segundo vuelo es, en muchos casos, casi inmediato: basta con aproximarse a algunas de ellas o mover ligeramente la rama que las soporta para que su instinto las impulse a volar hacia algún lugar aparentemente más seguro… ¡Suerte, criatura!

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Primeras de primavera

Posted by Pele Camacho en 5 mayo, 2011

Según el calendario y a la vista del tiempo atmosférico reciente -salvo en sábados, domingos y festivos- se puede decir que estamos en mitad de la primavera de 2011. Hace un año, semana más o menos, había visto unas cuantas eclosiones de ninfas o emergencias de libélulas, pero este año la cosa va rara, rara, rara… retrasada, retrasada, retrasada… porque las borrascas atlánticas parecen mantener agazapados a muchos bishos vivientes y futuros.

Pero parece que las contracciones y la presión de la hemolinfa de algunas ninfas –náyades, dicen también por ahí- incapaces de aguantar más, terminaron dejando que algún bisho saliera a la tímida luz que hubo entre chaparrón y chaparrón, quizá ilusionado como aquellos penitentes que anhelaban procesionar con sus picudos capirotes.  Fue el caso de esta hembra de Libellula depressa (Linnaeus, 1758), que emergió resuelta y potente por las estribaciones del PN de Despeñaperros, como si el clima no le importara lo más mínimo y quisiera ver procesiones, el pasado 21 de Abril de 2011. La vi en un juncal, ella sola, pues por más que miré y remiré no pude encontrar ninguna otra, ni en aquel juncal ni en otros cercanos, nada de nada, ni emergencias ni restos de exuvias, como si ella hubiera sido la primera de esta húmeda primavera.

 Libellula depressa hembra, goteando aún la hemolinfa que le hizo emerger apenas dos horas antes…

En el entorno del mundo libelulero, las hembras de Libellula depressa son unas criaturas bellas y hermosotas, con un amarillo-verde limón y un porte o tamaño que sería suficiente para diferenciarlas de cualquier otra libélula, aunque se las podría confundir con algún joven machito de su especie si no se puede ver bien la forma del extremo de su abdomen -los cercoides- más cortitos en ellas que en ellos, quizás porque ellos los necesitarán para realizar esos alucinantes “enganches” de cogotes con los que llevan a cabo sus tareas reproductoras. Como se podía ver en una entrada reciente que titulé “Ojos de caramelo”, los abdómenes de ellos se “pruínan” y resultan azulones, mientras que los de ellas se mantienen amarillentos, aunque con su vejez tienden a recubrirse parcialmente de tonos pardos.

Mientras sus alas adquieren consistencia para volar, sus patas se agarran a la exuvia de la ninfa capaz de nadar…

Los expertos en odonatos -tengo la suerte de conocer a algunos- son capaces de distinguir las especies viendo las exuvias, a las que miran y admiran con tanta o más atención que si fueran adultos. Los detalles de los cercoides ya se dejan ver en el extremo de las exuvias, el último “traje” de la ninfa o larva que, después de varias mudas, abandonan cuando pasan del mundo acuático al aéreo: en las exuvias de los machos se pueden apreciar las fundas, como si fueran moldes de los agudos apéndices -como diminutos capirotes- próximos y relativamente largos, que no se ven de forma tan patente en las exuvias de las hembras. De momento, no puedo decir que me parezcan bellas las exuvias, pero no dejo de admirar y sorprenderme con los recursos de la naturaleza, que después de 250 millones de años de evolución -año más o menos- es capaz de liberar un ingenio volador tan impresionante de un ingenio nadador tan poco agraciado estéticamente, diría yo…

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La evolución en colores

Posted by Pele Camacho en 15 noviembre, 2010

Cuando las libélulas se liberan de las estrecheces de sus exuvias -los exoesqueletos que las protegían en su fase de ninfas o larvas en el medio acuático-, es difícil determinar si son hembras o machos mirando solo el color de sus cuerpos, pero pocos días después de la emergencia, machos y hembras empiezan a diferenciarse de manera vistosa, simplemente, por sus colores.

La cutícula del exoesqueleto de las libélulas consiste de varias láminas quitinosas generadas sucesivamente por secreciones de las células de la hipodermis, la capa viva más externa. Las coloraciones de las capas cuticulares son inicialmente claras, casi transparentes;  pero, en poco tiempo, las capas más externas evolucionan a un color más tostado, de amarillento a pardo, mientras adquieren una fina rugosidad en la que se abren diminutos poros. En las capas quitinosas quedan incrustadas partículas a las que se denomina “gránulos pigmentados”, generados en capas ectodérmicas en contacto con la cutícula y con los poros que transportan los pigmentos a las capas externas de la cutícula, donde permanecen incluso después de la muerte del animal por estar aislados de la hipodermis y del exterior. Suelen ser colores negros o pardos que se pueden considerar permanentes, aunque con el tiempo pueden debilitarse. En las mismas capas externas, cuando los gránulos se agrupan de manera específica,  puede ocurrir una mezcla de interferencias, absorciones y reflexiones selectivas de componentes del espectro de la luz blanca, dando lugar a los colores metálicos de ciertas especies.  Tanto a unos como a otros se les denomina colores cuticulares permanentes.

 Hembra madura de Orthetrum chrysostigma, mostrando sus colores cuticulares

Existen otros colores vivos y brillantes, sin aspecto metálico, debidos a pigmentos generados también en la hipodermis, pero que permanecen en ella o justo sobre ella, debajo de la cutícula. Son colores que se alteran al degradarse la hipodermis con la muerte de la libélula, a menos que se actúe para preservarlos de algún modo.  A éstos se les denomina colores subcuticulares o hipodérmicos.

Finalmente, los colores pruinosos, o de la pruina, son causados por pigmentos de secreción interna que se expulsan a través de los poros de la cutícula, quedando como capas externas que causan una coloración supracuticular  que puede eliminarse o rayarse fácilmente, como comentaba en la entrada “Pruina y pruinosos”, allá por Mayo (*). La acumulación de pruina evoluciona lentamente y puede observarse su variación en el tiempo.  Su aparición se asocia a la maduración sexual de los individuos, sobre todo en machos, pues su recubrimiento pruinoso se inicia en los segmentos abdominales dos y nueve  -donde se sitúan las genitalias-, extendiéndose desde ellos al resto del individuo y mezclándose con otros pigmentos para dar evoluciones y colores diferentes según la especie.

Macho inmaduro de Orthetrum chrysostigma, mostrando los inicios de su recubrimiento pruinoso

A veces, el recubrimiento pruinoso es tan intenso que oculta detalles típicos en la identificación de algunas especies, por ejemplo,  las famosas charreteras que son la base del nombre popular  –Epaulet–  que le dan en Gran Bretaña a las chrysostigmas, y que a más de uno habrá confundido porque… ¿Qué parte de la anatomía de esta libélula crees tú que puede asociarse a una charretera?


 Macho maduro de Orthetrum chrysostigma, con un recubrimiento casi completo de pruina supracuticular

Las charreteras, nombre no muy utilizado en la jerga habitual del mundo castellano-hablante, son esa especie de plataformas que suelen llevar sobre el hombro los uniformes militares y donde, según la categoría o graduación del uniformado, van más o menos estrellas, espadas, laureles, tiras doradas o multicolores, etc. etc. y, a veces, hasta penden flecos de ellas para que el conjunto resulte todavía más llamativo y ostentoso de lo que ya es con todo lo que suelen llevar bordado, prendido o colgado.
La primera vez que leí lo de “epaulet” -que también ha sido la única y sólo por mi afición a las libélulas-,  fui al diccionario para buscar lo que significaba y, al mirar la foto de la chrysostigma, supuse que las correspondientes charreteras serían esas dos prominencias casi ovaladas que se ven al final del tórax, inmediatamente antes de las musculaturas que mueven las versátiles alas; pero no, porque esas “crestas ante-alares”, que así se llaman, las tienen muchas libélulas y, por tanto, no son identificativas de las chrysostigmas.

 
Macho inmaduro de Orthetrum chrysostigma, mostrando las”charreteras” y las crestas ante-alares

Las charreteras de las chrysostigmas, según los anglosajones, son esas ostentosas tiras blancas que hembras y machos tienen y muestran en los laterales del tórax cuando son jovencitos, porque cuando son machos maduros y pruinosos a tope, las charreteras pueden ser inapreciables, a menos que se sepa donde están y se las busque, si la pose deja verlas.  En fin, que los machos chrysostigmas solo pueden presumir  de charreteras cuando su graduación y sus méritos son menores y no tienen nada encima, o sea, lo repito, cuando son jovencitos. Paradojas del mundo natural.

(*)  https://bishoverde.wordpress.com/2010/05/14/pruina-y-pruinosos/

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Percances de estiramiento

Posted by Pele Camacho en 9 mayo, 2010

Por sus colores de juventud, a primera vista podía parecer una hembrita de su especie pero cuando el macro permite ver la esbeltez de su abdomen, con su genitalia secundaria -o “paquete”- y sus cercoides, no quedan dudas: es un joven machito de Orthetrum cancellatum dispuesto a iniciar su vuelo inaugural.

Cerca de la charca donde su madre debió hacer la puesta había algunos cardos y sospecho que, fuera por la sombra de sus hojas,  algún aroma de sus flores, o vaya usté a saber qué,  varias ninfas se fueron al cardo para hacer allí el “alumbramiento”. Y creo que no fue una buena idea, pues me pareció que más de un recental como el que se ve algo difuso en primer plano, se dañó con los pinchos del cardo durante sus procesos de estiramiento y quedó malparado. El mismo pibe de la foto, aunque quede la duda de si el estiramiento estaba terminado, mostraba un ala “diferente”.

La naturaleza es dura con las criaturas. El estiramiento de las alas de los odonatos es clave fundamental para conseguir la autonomía que les permite alimentarse y vivir;  sin embargo, cualquier enganchón u obstáculo para ese desarrollo alar termina por dejar a la criatura en un estado en el que, probablemente, no sea capaz de sobrevivir por mucho tiempo.

De las que nacieron en cardos próximos a la charca, encontré a éste cuyas alas eran un auténtico gurruño, una penosa muestra de lo que pudo ser y no fue.  Observándolo a él no me fijé en la otra criatura a la que parecía estar mirando: una hembra de Lixus angustatus, con su característica trompa negra. Tampoco sé si la fuerza de las jóvenes mandíbulas de odonato serían capaces de quebrar los élitros del gorgojo, pero no creo que su voracidad predadora tuviera muchas más oportunidades alimenticias en el cardo.

Del mismo día también, las escenas siguientes fueron, quizás, las más espeluznantes y trágicas: la criatura estaba dando tirones violentos, con balanceos bruscos, como si le costara desprenderse de la exuvia; pero el problema eran dos o tres hormigas que le pellizcaban o, como poco, le hacían cosquillas con sus mandíbulas.

Conseguí espantar a las hormigas con una brizna de hierba, pero cuando reanudé la sesión de fotos observé esa “sangrante” gota verde de hemolinfa, cerca de sus morros y sus ojos verdes, y me acorde de la “Barbi superstar” de Joaquín Sabina:  “Tenía los pies diminutos y unos ojos color verde marihuana…” y, a cambio de aquello de “… pezón de fresa, lengua de caramelo, corazón de bromuro…”, con menos arte que Sabina, a esta se le podía cantar algo como “…labios de menta, patas pinchosas, sangre de pipermint…”

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Eclosión de una ninfa

Posted by Pele Camacho en 3 mayo, 2010

Todo empezó cuando aquella serpiente, me trajo una manzana y dijo ¡¡¡Prueba!!! …
Así cantaba Joaquín Sabina el “pecado original” que desencadenó el castigo bíblico, el “Parirás con dolor” que, por lo que se ve, no es exclusivo de la especie humana; hay variantes según el caso o el bisho y las maldiciones van desde aquella para la madre hasta un ”nacerás con dolor” para los hijos, mezcladas en un porcentaje difícil de evaluar. El caso de las libélulas es uno más, tan fascinante y asombroso como cualquier nacimiento, con toda la dureza y el aparente dolor que los bishos vivientes parecen llevar en su currículum por aquel pecado de “morder una manzana” a destiempo.

El episodio final, la última fase de la metamorfosis hemimetábola propia de las libélulas, comienza con la salida de la ninfa del medio acuático donde se ha desarrollado tras varias mudas o ecdisis de su exoesqueleto rígido. Las ninfas de libélulas, a pesar de sus mudas y en contra de lo que cabía esperar de su nombre mitológico, tienen un aspecto más bien feo que en nada recuerda a la gracia y belleza de las ninfas que pintores y escultores imaginaron; son bichejos parduzcos, de apenas un par de centímetros, que al salir del agua se mueven lentos y torpes. Algunas se alejan pocos centímetros de la superficie del agua de la charca donde vivían y allí se quedan quietas, a tiro de cualquier rana hambrienta que ponga fin al proceso evolutivo cuando menos se espera. Otras, no sé por qué, más andarinas ellas, se aventuran por tierra firme y se las ve vagar, impregnadas de arena, hacía algún sitio que no sé si sabrán como debe ser antes de que eclosionen.

Los casos supuestamente favorables muestran la emergencia, sin prisa y con pausas, del cuerpo de la libélula que empieza a mostrar su cabeza y tórax de bellos colores, saliendo de la espalda rota de la ninfa parduzca. Es como el comienzo del “parto” de la libélula que, por lo que se puede ver en la naturaleza, en un porcentaje apreciable no tiene un final feliz, como si faltara la asistencia de una madre con experiencia que ayudara al trance de la eclosión de un ser débil e inexperto que surge de otro que se extingue.

El nuevo individuo se esfuerza en salir, da empujones hacia fuera y, con descansos o paradas intermedias termina por emerger y se agarra a los restos de la exuvia, el “traje protector” de la ninfa en el agua que, enganchado a la pared que escaló, queda vacio y seco mientras la libélula comienza una serie de estiramientos de alas y abdomen, donde ya se puede apreciar el sexo de la criatura, por la presencia o no de la genitalia secundaria característica de las libélulas y la forma de sus cercoides o pinzas en el extremo del abdomen.

En los siguientes 30-45 minutos tiene un proceso de adaptación al medio aéreo en el que, ahora sí, se moverá con la gracia y maestría que cabría imaginar en una ninfa mitológica, pero la protagonista ha dejado de ser y llamarse ninfa, y como por arte de magia o de imaginación, de “imagia”, tal vez, se ha hecho un imago. Aunque sea un recental –teneral, en palabra inglesa frecuentemente usada en castellano- ya se aprecian los colores del individuo adulto y se la puede identificar: es una hembra de Orthetrum cancellatum. Poco después de ese momento en que estira totalmente sus alas y su exoesqueleto adquiere la consistencia y los colores del individuo joven, empezará a volar.

Sus primeros vuelos son torpes, lentos y sin la fuerza que todavía no tienen los recién estrenados “turbos” de su tórax; unos cuantos metros y un “aterriza como puedas” en algún arbusto cercano donde, como esos paneles solares de los satélites que posiblemente ideó algún observador de libélulas, con sus alas extendidas, parecen acumular la energía que recogen del sol. Tienen apenas un par de meses por delante para preparar las promesas de la siguiente generación. ¡Suerte, superninfas!

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