Sorpresas y paisajes

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Ponerse coloradas

Posted by Pele Camacho en 26 septiembre, 2016

Hace pocas semanas, mientras miraba y enfocaba algunos bishos que muestro más abajo, recordé una cancioncilla pegadiza y marchosona que, hace ya unos pocos años, con cimbreos y acordes andalusíes, media docena de danzarinas requeterepetían en la tele:

“…aunque parezca mentira 
me pongo colorada cuando me miras
me pongo colorada cuando me miras
me pongo coloraaaaada”

(puedes requeteescuchar la cancioncilla si requetepicas →“aquí” )

Ponerse colorao  como un tomate”, ruborizarse, es algo que pasa a personas vergonzosas, pero el colorao desaparece pronto, como si fuera mentira, y poco después de parecer un piel roja vuelven a tener el rostro pálido. Todo lo contrario pasa en algunas libélulas que “se ponen coloradas” de manera permanente porque, marchosas ellas y amantes del sol, consiguen cambios de color por la pruina que generan sus cuerpos con la calor, como una capa protectora que progresa adecuadamente y les dura hasta el fin de sus días. De la pruina trataba la entrada  “Pruina y pruinosos”picar para ver– que ahí se enlaza por si fuera de interés.

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Macho recental de Trithemis kirbyi- Selys 1891, con pálida cutícula sin mancha de rojo alguno

La mayoría de los odonatos emergen de su fase de ninfas con una cutícula de un lustroso color marfileño y algo reluciente, como el que muestra la foto de ese recental de Trithemis kirbyi – Selys 1891 .  A las pocas semanas de eclosionar rompiendo la cutícula de sus larvas,  según la especie y el sexo, evolucionan hacia unos colores céreos que varían en tono e intensidad, según su edad y el tiempo que han pasado al sol.

Generalmente, con su continuo “patrulleo” en busca de comida y pareja, los machos están al sol mucho más tiempo que las hembras y, en consecuencia, necesitan una mayor protección solar que ellas. A lo largo de millones de años, la evolución les ha dotado de un mecanismo de autogeneración de la pruina, una capa polivalente que actúa como filtro solar con el factor de protección adecuado. El color de la pruina varía de unas especies a otras, pero en esta entrada elegí como fundamental el rojo-colorado, para ser coherente con la canción y el título.

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Un adulto colorado de Trithemis kirbyi – Selys 1891: un color conseguido con mucha calor

Para ver lo que supone “ponerse colorada”, se pueden comparar las fases de adulto y recental de un macho de la libélula Trithemis kirbyi – Selys 1891: lo único que casi no ha cambiado de una etapa a la siguiente es el color casi negro de los pterostigmas, la forma de las celdillas de sus alas y las posiciones de las manchas ambarinas de las bases alares que, junto con las venas frontales, también han evolucionado hacia colorados más intensos.

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Macho recental de Crocothemis erythraea – Brullé 1832, con muy pocos días de vuelo

Quizás el enrojecimiento más brutal en la familia Libellulidae o de los libelúlidos, es el que se observa en los machos de Crocothemis erythraea – Brullé 1832.  Sus recentales, a los que no es fácil ver ni distinguir de las hembras jóvenes por el color,  son también de tonos marfileños que se van poniendo acaramelados a los pocos días de vuelo, pero se ponen rojos hasta los ojos al completar la fase de adulto, como muestra la foto de abajo. Parece que mientras son jóvenes suelen estar lejos de los adultos: no se les ve cerca de las charcas donde revolotean los veteranos.

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Macho adulto de Crocothemis erythraea – Brullé 1832, un veterano con muchas horas de vuelo

Entre las hembras de los odonatos no hay muchas que se “pruinicen” poniéndose coloradas, pero siempre hay excepciones, por ejemplo, en algunas especies de zigópteros  -caballitos- hay hembras que tienen trazos de algún color que les hace parecerse a los machos de su especie y, por eso, se las denomina andromorfas, es decir, con aspecto de machos. En relación a formas, colores y comportamientos, entre las hembras de Homo sapiens con rostro pálido también hay excepciones: algunas nunca se ponen coloradas como dice la cancioncilla ut supra, ni aunque a veces se “pongan de rojo” con chaqueta, falda, bolso… posiblemente, porque no son vergonzosas y, por eso, como no tienen vergüenza, el rubor no va con ellas. Son criaturas excepcionales en muchas cosas y casos.

Como en el orden de los odonatos los hay de muchos colores, también hay especies que de jovencitos son casi blancos y de adultos se ponen verdes. Un ejemplo está en el caballito Lestes viridis – Vander Linden 1825, quizás uno de los caballitos más grandes dentro de ese suborden con reminiscencias hípicas poco justificadas.

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Hembra jovencísima de Lestes viridis – Vander Linden 1825, apenas una hora después de eclosionar su ninfa-madre

La pruina es de tonos céreos en muchas especies, pero también hay ejemplos suficientes en los que muestran un brillo metálico que -no me extrañaría- puede suponer una reflexión de la luz y la calor solar que los ilumina, abrillanta y acalora. Desconozco si hay estudios que hayan analizado cómo puede disminuir la temperatura de tejidos anatómicos subyacentes, recubiertos por una pruina metalizada o por otra cérea de igual espesor y densidad. Yo los hubiera hecho, desde luego, pero dejando aparte tendencias científicas frustradas, en la foto siguiente se muestra una hembra madura de Lestes viridis, con su impresionante y resplandeciente verde metalizado. Por cierto, es otro ejemplo más, como aquellos de la reciente entrada “Una de caballitos”, donde se puede ver que muchos zigópteros posan con las alas separadas del cuerpo, pero casi siempre juntitas. Excepciones aparte, claro.

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Hembra madura de  Lestes viridis – Vander Linden ,1832,  vestida de verde y oro, con finura y elegancia torera

Recordando otros ambientes y colores, me viene a la memoria cierta clase -que algunas tribus llaman “casta”- de la especie Homo sapiens, que suelen pasar la mayor parte de su tiempo remunerado en “poner verdes” a otros de su clase y condición, citando operaciones que van desde el “blanqueo” hasta otras que suponen operar en o con algo “black” -o sea, negro – referencias, en fin, que a la mayoría de los “paganos” que les remuneran para parlotear menos y trabajar más, les supondrían cambios de coloración, por palidez o rubor. Pero todas esas clases, castas, clanes, tribus o lo que sean, como mucho, muestran algún tic nervioso de párpados, labios, dedos, piernas…, pero casi nunca rubor. Será porque tienen tan poca vergüenza como ganas y capacidad para trabajar en lo que deberían, supongo yo.  Pero esas son otras historias para “alucinar en colores”.

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Caballitos azulitos

Posted by Pele Camacho en 18 abril, 2011

No sé a quién se le ocurrió el apelativo castellano de “caballitos del diablo” para la suborden Zygoptera o Zigoptera, del orden Odonata u Odonatos, pero me parece un nombre poco afortunado en su referencia “diabólica”  porque, si hasta la Iglesia niega ya su existencia,  ¿quién había visto al diablo, si no fue en algún dibujo con exceso de imaginación?.

Los angloparlantes y francoparlantes casi coinciden en sus denominaciones de “damselflies” y “demoiselles” que vienen a significar lo mismo –“damiselas” o “señoritas”- probablemente, por una asociación de ideas que refleja la esbeltez de su anatomía de zigópteros, comparada con la robustez de tórax y abdomen de sus parientes anisópteros. En promedio, las dimensiones de los zigópteros son menores que aquellas de los anisópteros, pero como toda regla tiene excepciones, hay algunos zigópteros –pocos, desde luego más largos que algunos anisópteros y no todos los zigópteros reposan con las alas plegadas contra su cuerpo, como significa ese nombre de la suborden, pues hay algunos que lo hacen como la mayoría de los anisópteros, con las alas casi perpendiculares al cuerpo.

Vista dorsal de un macho adulto de Enallagma cyathigerum (Charpentier, 1840)

En cuanto a colores, al igual que los anisópteros, tienen representantes con casi todos los colores del arco iris, en una amplia gama de tonos claros, oscuros, con brillo metálico, con manchas o bandas, etc., etc.  Los azulitos, de los que en esta entrada se presenta a la especie Enallagma cyathigerum (Charpentier, 1840)  son un ejemplo de lo fácil que puede ser equivocarse por una primera impresión de sus colores: es cierto que los machos adultos son azules, con un azul intenso y franjas negras que a los más futboleros les recordaría la camiseta “neroazurra” del Inter de Milán, pero…

Vista de perfil de un macho adulto de Enallagma cyathigerum (Charpentier, 1840)

Pero ese aspecto se presenta en varias especies más y, dadas las semejanzas entre ellas en colores y tamaños, es conveniente tener fotos con el ángulo apropiado para ver detalles que permitan identificarlos con suficientes garantías. A veces, una foto de perfil puede servir de complemento a otra de planta dorsal o cenital, para hacer una identificación correcta, porque la forma de las manchas o bandas negras son casi la única clave para diferenciar especies por detalles que, desde luego, son inapreciables a simple vista.  Cyathigerum, por ejemplo, hace referencia a la mancha negra con forma de copa que los ejemplares de esta especie tienen en el dorso del segundo segmento del abdomen. Es una de las claves con las que mejor se diferencian los azulitos.

Macho muy joven de Enallagma cyathigerum (Charpentier, 1840), lejos aún de su color azul característico

Por si fuera poco, las variaciones de color que se observan en sus cortas vidas no siguen más lógica o regla que la que llevan en sus genes y la identificación de los individuos jóvenes por comparación a sus congéneres adultos es poco menos que imposible… ¿Quién diría que ese pequeño bisho de color acaramelado dentro de un par de semanas va a cambiarse de camiseta y a ponerse la “neroazurra”?

Los Enallagma -que significa “confundible”- como las especies de Coenagrion  con las que frecuentemente se confunden, son de las primeras especies en aparecer, en primavera.  Los ejemplares de las fotos fueron fotografiados en varias charcas de la provincia de Málaga, donde tienen una amplia distribución.

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Rojos y verdes

Posted by Pele Camacho en 7 marzo, 2011

En los Erythromma viridulum (Charpentier, 1840), el color que más destaca es el rojo de los ojos de los machos, resaltando frente al resto de su cuerpo recubierto de azules y detalles negros que, por sus forma , algunos dicen que son como “puntas de flecha”; quizás también por su vuelo rápido y directo, como flechas, sin ondulaciones, aunque a veces permanecen como quietos, en cortos intervalos de vuelo estático.

Macho de Erythromma viridulum (Charpentier, 1840),  en su hábitat preferido

Erythromma es el nombre de un género de odonatos que rezuma su origen griego: está compuesto por el prefijo “eritro”, que se refiere al color rojo de sus ojos, los “omma”, sufijo aquí, pero parte relevante del nombre de los ojos elementales, los omatidios, que integran los ojos compuestos de multitud de insectos.  Dentro de ese género hay tres especies en Europa: viridulum, lindenii y najas, aunque de esta última apenas existen colonias en la península ibérica.

Pareja de Erythromma viridulum, mostrando los colores relevantes de su nombre

Preferentemente, habitan cerca de aguas estancadas donde existen plantas acuáticas superficiales o flotantes, sobre las que suelen descansar de sus vuelos y acrobacias aéreas, manteniendo las alas agrupadas y pegadas al cuerpo, como la mayoría de los zigópteros.

Hembra de Erythromma viridulum, descansando en la punta de una hoja de adelfa

La segunda parte del nombre, viridulum, tiene que ver con las hembras de la especie: sus ojos son verdes, como la parte inferior de su abdomen. El único color que comparten con los machos es el azul del tórax, algo más pálido y menos extenso en ellas que en ellos. La longitud de los individuos de esta especie oscila entre 25-30 mm, siendo algo más grandes las hembras que los machos.

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Rojo y gualdas

Posted by Pele Camacho en 19 febrero, 2011

El rojo es un color que abunda en los odonatos.  Hay varias especies cuyos machos tienen un intenso color rojo que les hace destacar entre los colores del entorno donde se mueven. De todos ellos, quizás, el más notable es el macho de Crocothemis erythraea (Brullé, 1832) que, con un abdomen ancho y una envergadura que se acerca a los 45mm, luce un rojo intenso y vivo, extenso “de cabo a rabo”, es decir, de cabeza a patas y cercoides anales.  Como si fueran conscientes de su tamaño, suelen tener un vuelo “suficiente”, agresivo, rápido… como muy seguro de sus capacidades. Para darles un toque aún más atractivo, en la parte posterior de sus ojos resalta una fina línea azul clarita, que contrasta agradablemente con los rojos circundantes, y en la base de sus alas hialinas tienen unas transparencias azafranadas no muy extensas, pero suficientes para ser visibles a simple vista y para darles nombre: “crocus” es el nombre latino del azafrán que, en griego latinizado, fue “crocos”; lo de “themis”, como en las otras especies de odonatos con ese mismo sufijo que ya comenté, es la evocación del equilibrio en el aire de las libélulas, del signo Libra, de la balanza de dos brazos símbolo de una diosa de la Justicia… en fin, un animal precioso hasta en el nombre.  Los angloparlantes les llaman “scarlet”, escarlata, un nombre bien puesto, tan bello como su color.

Rojo a tope,  un macho maduro de Crocothemis erythraea  (Brullé, 1832)

Como en otras especies de odonatos, las hembras de Crocothemis tienen colores más discretos, marcando diferencia con sus machos en un dimorfismo sexual que sería casi increíble si no lo demostraran con sus rápidos tándems amorosos, que ejecutan en vuelo con una maestría asombrosa y que, en su combinación de colores, recuerdan los ”rojo y gualda de la enseña nacional”.  Si yo tuviera que ponerles un nombre vernáculo y celtibérico, posiblemente, les llamaría “españolas”, por evocación y porque sí.

“Gualdas” en evolución, amarillos en una hembra adulta de de Crocothemis erythraea

Lo de “gualda” es un color que, mayormente, los hispanos asociamos al amarillo de nuestra bandera, pero antes que el de la bandera,  “gualda” era, como-todo-el-mundo-sabe, el nombre vernáculo de la Reseda luteola, una planta silvestre de la que, al parecer, se sacaban tintes amarillos antes de que la síntesis química arrasara las costumbres ancestrales… De suyo, luteola, como el adjetivo lúteo, viene del latín “luteus”, que significaba amarillo, y es una raíz latina que se aplica a muchas palabras y conceptos relacionados al amarillo, por ejemplo, la “mácula lútea” que aloja la fóvea con la que distinguimos los colores.  El amarillo de nuestra bandera, sin tonos ni detalles, se definió allá por tiempos de Carlos III, a finales del siglo XVIII, pero en lo de “gualda” me “pieldo”, o sea, que no sé a quién se le ocurrió…

“Gualdas pálidos”,  en una hembra jovencita de Crocothemis erythraea

Pero, sabido es, el color de los odonatos es algo cambiante, normalmente, más en ellos que en ellas, que también.  Los “gualdas” de las hembras de Crocothemis son unos amarillos que, de jovencitas, como en tantas otras libélulas, son pálidos, unos tonos marfileños que,  poco a poco, evolucionan a medida que sus cutículas se tintan con los pigmentos que generan en su hipodermis y van oscureciéndose, de forma que, cuando pasan a ser Crocothemis muy maduras y veteranas, cuando en castizo se dice que “saben latín”, parece que aumentara su belleza;  sus colores son más intensos, sus ojos más azules, y después de tanto sol veraniego parecen haberse bronceado y su color cuticular pasa a ser un amarillo tostado, un color indefinido que habría que identificar por alguna referencia del catálogo Pantone, para no confundir.

La culminación de los “gualdas”, amarillos oscuros en una hembra veterana de Crocothemis erythraea

De manera inconfundible, a simple vista, lo que desde jovencitas permite identificar a cualquier hembra de Crocothemis y distinguirlas de otra hembra de libélula que pudiera parecérsele, es su prominente lámina o apéndice vulvar, casi perpendicular al segmento S9 donde acaban.  En castizo, se podría decir también que las hembras de Crocothemis, son unas hembras “de bandera”.

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