Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

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Imaginando conocimientos

Posted by Pele Camacho en 5 diciembre, 2014

“La imaginación es más importante que el conocimiento”, dijo Albert Einstein en una extensa entrevista que le hicieron en 1929. El sentido de la frase tiene que ver con hipótesis científicas pendientes de demostrarse con hechos, pero que pueden establecer bases para el avance del conocimiento en áreas donde solo es posible hacer conjeturas.  Einstein publicó su famosa Teoría de la relatividad en 1915 y algunos consideraron entonces que era una hipótesis con riesgo de ser errónea. Fue galardonado con el premio Nobel de Física en 1921, pero no por su Teoría de la relatividad, sino por sus aportaciones científicas sobre la luz, los fotones y  la fotoelectricidad.  La luz es el estímulo funcional de los sistemas de visión biológica y, también, de los modernos sistemas de visión artificial y de energía fotovoltaica, que no son poca cosa…

Entre los sistemas de visión biológica, algunos destacan por su sensibilidad, otros por su agudeza o su capacidad adaptativa  y otros, simplemente, por su llamativa estructura, como aquella de los ojos compuestos de muchos insectos y, particularmente, los espectaculares ojos de los odonatos, pero… ¿cómo ven o qué ven los odonatos?  Esas son preguntas de muy difícil respuesta aún después de muchos estudios, pero cabe hacer hipótesis.

IMGP0903_1200_811KNVista superior de los ojos, vertex y ocelos de una hembra de Trithemis annulata

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Además de los enormes ojos compuestos, los odonatos disponen de tres ocelos mucho más pequeños que delimitan una especie de triángulo frontal prominente conocido como vertex; dos ocelos están en los extremos laterales del vertex, como mirando hacia los lados, mientras un ocelo frontal, anterior o algo más adelantado, apunta hacia delante; parece como si la prominencia del vertex -o el relativo hundimiento de los ocelos- sirviera para evitar luces de zonas fuera del área de visión del ocelo respectivo. Desde hace más de un siglo, el estudio de los ocelos reveló que tienen, básicamente, una especie de lente corneal y una retina formada por células visuales que conectan con un nervio óptico ocelar. Las características de esas lentes corneales y las distancias a sus retinas indican que los objetos visibles por los ocelos deben estar muy próximos, apenas un par de centímetros. Sin embargo, hay disparidad de opiniones -hipótesis- acerca de cuál es la función o funciones que tienen los ocelos en la vida de los odonatos.

IMGP2026_1200_1056KNOjo compuesto de Anax parthenope, con casi 30.000 omatidios

En la entrada “Ojo, que la vista engaña”picar para ver– presenté una descripción simple de la estructura de los omatidios y su disposición o apilamiento en un ojo compuesto.  Los omatidios no tienen una estructura muscular que permita ensanchar o contraer los conos ópticos -equivalentes a los cristalinos– que contienen; puede decirse que cada omatidio tiene una lente con distancia focal fija, sin ninguna capacidad de acomodación; supondría una complejidad enorme acomodar elementos con focales variables en los más de 25.000 omatidios que, como promedio aproximado, tienen los ojos de las libélulas y, además, sería una función casi inútil por el rápido cambio de posición y distancias a objetos durante el vuelo.

IMGP1837_1200_840KNVista frontal de los ojos y ocelos de un macho adulto de Trithemis annulata

La percepción de movimientos lejanos parece ser la principal función de los ojos compuestos. Se ha comprobado que algunas libélulas se espantan al agitar objetos distantes más de diez metros. Sin embargo, las mismas especies tienden a permanecer quietas si se hace una aproximación hacia ellas -mejor por detrás- sin movimientos bruscos, lo que indica que su forma de visión es más sensible o detecta mejor el movimiento que las formas. Estos conceptos de detección, percepción y reacción solapan las funciones del sistema óptico y las del cerebro: las libélulas, como la mayoría de los animales, reaccionan por instintos de defensa o ataque cuyos mecanismos de disparo se desconocen. El funcionamiento del cerebro sigue siendo la gran incógnita del reino animal, con muchas más hipótesis que conocimientos.

IMGP3093_1200_937KNVista lateral del ojo compuesto de un macho inmaduro de Sympetrum fonscolombii

Los fotorreceptores retinales convierten la luz en impulsos eléctricos que se envían al cerebro a través de los nervios ópticos. La conversión se realiza por un proceso químico que se inicia en las opsinas, unas macromoléculas fotosensibles a distintas longitudes de las ondas luminosas: parece que en el ojo humano hay opsinas sensibles a la gama de radiaciones azules, verdes y rojas, es decir, a las “radiaciones visibles”; sin embargo, algunos investigadores concluyeron -vía hipótesis- que los ojos compuestos de algunos odonatos tienen zonas sensibles a radiaciones ultravioletas e, incluso, sensibilidad a la polarización de la luz, una propiedad de la luz y concepto físico evidente cuando se usan gafas polarizadas, por ejemplo. Pero no está claro qué utilidad tiene o puede tener esa detección de la polarización de la luz en la vida de los odonatos.  Parece más claro, sin embargo, al observar las diferencias en el aspecto de las facetas y zonas de un ojo compuesto que, probablemente, cada zona tenga una capacidad de visión especial, es decir, que sea responsable de una particular función visual con un propósito específico.IMGP2776_1200_887KNNFacetas superiores del ojo compuesto de un macho joven de Trithemis annulata

En cuanto a la forma de visión del ojo compuesto existen dos teorías fundamentales: una es la de Visión en mosaico, que supone que la parte fotosensible del omatidio está solamente en su extremo final, donde proyecta lo que el cono óptico ve en el estrecho campo visual frente a él. Esto supone que la visión del ojo compuesto proyecta la escena que observa en una especie de mosaico con tantos puntos sensibles como omatidios integran el ojo compuesto. Con esta teoría de “aposición”, la imagen que se llevaría al cerebro recuerda al mosaico de píxeles de una cámara fotográfica y, sin entrar en detalles complejos de percepción, se adapta bien a experiencias para detección de movimientos rápidos. La otra teoría, conocida como Visión dióptrica, supone que el omatidio es sensible en toda su longitud posterior a la lente corneal y que, como consecuencia, recoge luz con un ángulo de visión más ancho que el supuesto en la teoría del mosaico y hace “superposición” de los campos visuales de omatidios adyacentes, creando en la retina una imagen continua, sin el efecto de imagen pixelada que implica la teoría del mosaico, aunque algo menos nítida por efecto de la superposición.

IMGP0164_1200_1147KNVista lateral del ojo compuesto de una hembra joven de Orthetrum cancellatum

¿Qué teoría sobre la visión con ojos compuestos es más verosímil?  Para dar respuesta coherente, posiblemente, hay que echar imaginación para buscar y conseguir un conocimiento mucho más ancho y profundo de la estructura funcional de los omatidios y de su conexión al cerebro…

Largos trabajos de investigación suelen preceder a los planteamientos de las hipótesis que dan lugar a los nuevos conocimientos: se puede creer o confiar en la intuición y la inspiración -como también decía Einstein- pero no es fácil que solo con ellas surjan ideas útiles.   Algunos ministros y ministras irresponsables pasan de estos asuntos con poca intuición y menos imaginación… ¡qué error y qué coste!

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Serranillas y serranas

Posted by Pele Camacho en 12 mayo, 2014

Hace unos días intenté ver de nuevo las eclosiones de ninfas que presencié hace unos años, pero llegué unos días tarde y solo conseguí ver unos cuantos machitos jóvenes de Orthetrum cancellatum (Linnaeus, 1758), retozones ellos y rebosantes de la energía primaveral típica de estos ejemplares.  Conté, quizás, con unas hormigas como aliadas para poder hacer la foto de uno de aquellos machos jovencitos, distraído -aparentemente- con el displicente bulle-bulle de unas hormigas que parecían ignorar el peligro potencial de las mandíbulas amenazadoras o, tal vez, conscientes de que su ácido fórmico no las hace formar parte de una dieta fácil para los odonatos.

IMGP8531_1200_1361KNMachito joven de Orthetrum cancellatum, aún con trozos amarillos de cutícula sin pruína.

Apenas había media docena de jovencitos en la charca y, de vez en cuando, aparecía un Anax imperator patrullante que espantaba cualquier posible individuo en actitud o intención de descanso: aquello era como una exhibición de vuelo acrobático y un buen momento para practicar la fotografía de libes en vuelo.

IMGP8539_1200_968KNInstinto de protección:  la reacción frecuente al detectar a un fotógrafo

Así las criaturas y circunstancias, poco después volvía con más despecho que fotos y pensando en donde recalar para compensar los intentos fallidos.  Y entonces apareció ella, una hermosa “serrana” que me hizo recordar unos versos que inmortalizaron otros intentos fallidos, pero de amores no correspondidos.

IMGP7582_1200_1062KNHembra jovencita de Orthetrum cancellatum: alas impecables y cuerpo aún esbelto

Creo que recuerdo desde la primera vez que los leí aquellos versos de “Moça tan fermosa…”, una de esas poesías medievales conocidas como “serranillas”, diminutivo en honor de unas “serranas” que debieron ser, más bien, unas “moçarronas”, dicho en aumentativo macarrónico para describir algo mejor a unas señoras -supuestamente-  “de pelo en pecho” o “de armas tomar”, “dispuestas a todo” para poder cumplir con sus tareas de cobradoras del peaje -dicho en términos modernos- que se estilaba en aquellas vías o senderos que atravesaban las sierras medievales de nuestra geografía. Una de aquellas vías fue la “del Calatraveño a Santa María”, que aún andan los investigadores elucubrando por dónde pasaba, famosa desde que el Marqués de Santillana hiciera referencia a ella y a sus cuitas con la “fermosa de la Finojosa”… ¿recuerdan vuesas mercedes?

Moça tan fermosa

non vi en la frontera

com´una vaquera

 de la Finojosa.

Faciendo la vía

del Calatraveño

a Santa María,

vençido del sueño,

por tierra fragosa

perdí la carrera,

do vi la vaquera

de la Finojosa…

 

una rima sencilla y rítmica, como escrita con vaivenes a lomos de un caballo cansado ya de la agotadora vía fragosa…

IMGP7614_1200_991KNUna serena “serrana”,  posando como una fermosa dama

El camino “do vi a la fermosa” era un carril serrano que, si no llegaba a la categoría de “tierra fragosa”, no carecía de pedruscos y matojos para andar con tiento y no doblar tobillos. Pero la “serrana”, hermosota y tranquila, posó en plan vedette, como si quisiera detenerme y cobrar el peaje de aquel carril.

IMGP7623_1200_1035KNBien como riendo, dixo: «Bien vengades; que ya bien entiendo lo que demandades…”   Marqués de Santillana

Fueron las fotos de un buen día de safari fotográfico, fundamentalmente,  por la cooperación de la “serrana”.  Sin embargo, al  Marqués de Santillana parece que no le cuajó tan bien, si fue firme aquello de “… non es deseosa de amar, nin lo espera, aquessa vaquera de la Finojosa”, con que terminó la “serranilla”.

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La del alba sería…

Posted by Pele Camacho en 12 mayo, 2011

“La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.”
                                                                                                    “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”    Capítulo IV

La del alba sería -gracias, Don Miguel- cuando las primeras libélulas empezaron a salir contentas, gallardas y alborozadas por verse ya libres, gozosas después de reventar el caparazón quitinoso de sus ninfas y dejar sus exuvias vacías. Precisamente, una de las primeras trazas libeluleras que he visto este año por aquí han sido las gigantescas exuvias de las Anax imperator, mientras ellas me veían a mi intentando hacerles alguna foto al vuelo.


Una exuvia de Anax imperator, casi 5 cm de camisa quitinosa

Es curioso -o a mi me lo parece- el sincronismo que creo observar en la aparición de los individuos de algunas especies, como si fueran la consecuencia lógica de una evolución perfectamente temporizada a lo largo de uno o, tal vez, dos años de una metamorfosis que inició algún día una de esas hembras a las que se ve volar y poner huevecillos rítmicamente, unas veces solas y otras “acogotadas” por algún macho preocupado de que fueran sus genes los que se propagaran en las futuras generaciones. Así, después de las pasadas lluvias de Abril y los primeros soles de Mayo, algunos días he visto esa rápida evolución de “recentales” de algunas libélulas -me resisto a escribir “teneral”- y parecía como si en algunos de aquellos días fuera cuando “tocaba” salir a una nueva especie: las primeras que vi fueron las Orthetrum cancellatum, que estaban casi solas, aunque las Anax imperator ya las marcaban de cerca; días después he visto las primeras Trithemis kirbyi, temblorosas y lentas, precisamente ellas, que pocos días después huyen nerviosas cuando uno se les aproxima a poco más de tres metros… y, finalmente, en el último safari fotero, el pasado 8 de Mayo pude ver como empezaba el baile de las Trithemis annulata, con su leeeentoooo abandono de la exuvia…


Exuvia de Trithemis annulata, recién abandonada por una bella “recental”

En algún caso me pudo la impaciencia y, cuando ya estaba claramente fuera de la exuvia, cogí a la libe suavemente y la observé de cerca mientras posaba en mis dedos, pero ni siquiera me dejó hacerle una foto: pocos segundos después inició su primer vuelo a una hierba cercana.


Recental de Trithemis annulata, una bella hembrita descansando después de su primer vuelo

Una vez perdido el miedo, el segundo vuelo es, en muchos casos, casi inmediato: basta con aproximarse a algunas de ellas o mover ligeramente la rama que las soporta para que su instinto las impulse a volar hacia algún lugar aparentemente más seguro… ¡Suerte, criatura!

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¿Por qué “Odonatos”?

Posted by Pele Camacho en 6 junio, 2010

Robin J. Tillyard (1881-1937), en su libro “ The biology of Dragonflies”, un clásico en la bibliografía de Odonatos, publicado en 1918, hace una introducción histórica de la clasificación de estas criaturas dentro de los insectos.  Así inicia su libro:

“En la subdivisión de la Clase Insecta, Linnaeus colocó a todas las libélulas que conocía dentro de un único género Libellula, formando la familia Libellulidae dentro del heterogéneo Orden Neuroptera. Fue Fabricius, un alumno suyo, quien reordenando los Órdenes de Insecta por su estructura bucal, constituyó un Orden nuevo bajo el nombre de Odonata, por la forma de sus mandíbulas”.

El nombre deriva de la palabra griega “odon”, de “diente”,  de la que se deriva también todo lo relacionado con la Odontología.  Parece que  Johan C. Fabricius (1745-1808), famoso entomólogo danés, los consideró “provistos de dientes”, o “dentados”, y aunque lo correcto hubiera sido llamarles “Odontata”, como cita Tillyard en pie de página, debió sonarle mejor “Odonata”, y así quedó y fue aceptado por todos los entomólogos que posteriormente fueron revisando estos conceptos y clasificaciones.  Los estudios de morfología y filogenia que se hicieron reafirmaron que los odonatos son un orden diferenciado del resto de insectos. Y así sigue hasta ahora.

Al citar las características de este Orden, en primer lugar, Tillyard dice que son carnívoros en todas sus etapas, es decir, desde que la ninfa sale del huevo, alimentándose de bichejos en el medio acuático donde vive y, cuando pasa a imago, utilizando “las partes mordedoras de su boca y sus mandíbulas gruesas y con fuertes dientes”. Los dientes, o las mandíbulas, les dan su nombre y su “personalidad”.

En su libro “A Biology of dragonflies” publicado en 1962, dice Philip S. Corbet (1929-2008), el gran experto en libélulas:
“Se alimentan en vuelo utilizando sus patas para capturar a las presas y transferirlas a las mandíbulas…  algunas especies  detectan a sus presas con la parte superior de sus ojos, donde sus omatidios o facetas están especialmente preparados para captar el movimiento y luego,  atacan a la presa “desde abajo”… pero también algunas especies se especializan en detectar a sus presas “desde arriba”, con los omatidios de la parte inferior de los ojos, más sensibles a la forma que al movimiento… después de la captura pueden posarse para devorar a la presa, particularmente si es grande pero, en muchos casos, siguen en vuelo mientras la consumen…”.

Orthetrum trinacria, macho adulto, devorando a una hembra de Sympetrum fonscolombii

Es impresionante ver cómo devoran y engullen a sus víctimas, tanto más cuanto mayor es el tamaño de la especie, pero hay especies con fama o etiqueta de “agresivas”, como las Orthetrum trinacria, cuyo aspecto oscuro y afilado parece darles un carácter aún más “terrible”, quizás acrecentado por elegir frecuentemente como víctimas a otras libélulas que, a veces, en el silencio del lugar donde se las observa, hasta se puede percibir cómo crujen sus cutículas trituradas.

Orthetrum cancellatum, hembra madura, devorando a una mosca cogida en vuelo

La presencia cercana del que las observa cuando están alimentándose parece ponerlas en guardia y contener algo sus movimientos masticadores. Su concentración en retener la presa es, al parecer, su prioridad mayor en esos momentos, como si el instinto de conservación que les hace huir en circunstancias normales quedara en un segundo plano, pero para el observador son una más de esas escenas en silencio y quietud casi inolvidables con las que, a menudo, nos sorprenden las criaturas en su entorno natural..

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Pruina y pruinosos

Posted by Pele Camacho en 14 mayo, 2010

Dice el Diccionario de la RAE:

Pruina: Tenue recubrimiento céreo que presentan las hojas, tallos o frutos de algunos vegetales.
Pruinoso: Recubierto de pruina.

Quizás la imagen-recuerdo que pueda resultar más familiar de esa pruina es la capa blanquecina-azulada que recubre a las ciruelas, las endrinas y a otros frutos de algunos árboles del genero Prunus de donde, posiblemente, derive el nombre de “pruina”. En inglés usan “pruiniscence” y “pruinosity”, que invitan a traducirlas literalmente a palabras como “pruiniscencia” y “pruinosidad” inexistentes en castellano. Así que, deberíamos manejar sólo pruina y pruinoso, pero yo me voy a permitir el uso del verbo “pruinar” y sus tiempos.

Robin J. Tillyard (1881-1937), famoso entomólogo y uno de los primeros estudiosos de las libélulas, dice en su libro “The biology of dragonflies” que la “pruiniscence” es una pigmentación exudada de origen mesodérmico, más propia de los machos que de las hembras y resultado de una maduración sexual que afecta a las células hipodérmicas que segregan el pigmento a través de la cutícula del exoesqueleto.

Macho joven de Orthetrum cancellatum que aún deja ver el color de su cutícula bajo la ligera capa de pruina

El concepto de pruina-vegetal se ha extendido al mundo de los insectos y, particularmente, al del Orden de Odonatos o libélulas que suelen recubrir su tórax y abdomen con una capa de brillo céreo que varía de espesor y color según las especies y la edad de los individuos, una especie de barniz mate que se ralla y descascarilla. Cuando emergen de sus ninfas, el exoesqueleto de las libélulas suele tener tonos marfileños, casi translúcidos, que pronto evolucionan hacia los colores característicos de cada especie, variables según el sexo y la edad.

Macho maduro de Orthetrum cancellatum.  Sin apenas transparencia en la capa de pruina abdominal

Como en la Madre Naturaleza todo tiene una razón de ser, probablemente la pruina es resultado de la evolución de las libélulas durante más de 250 millones de años para facilitar su existencia y comportamiento. La pruina refleja la luz ultravioleta (UV) y se sospecha que el sistema visual de los odonatos, entre otras muchas capacidades, tiene la de distinguir esos reflejos, diferenciando los niveles de madurez en los individuos pruinosos o “pruinados”. Como consecuencia de esa especie de filtración solar, la pruina actúa como termorregulador y, tal vez por ello, la pruina es más intensa en aquellas partes del cuerpo de los odonatos que están más expuestas al sol. Se piensa que ésta puede ser la razón por la que los machos “aguantan” más al sol, disputándose los territorios mientras que las hembras, menos pruinosas, se quedan a la sombrita y salen lo justo.

Macho veterano de  Orthetrum cancellatum con capa pruinosa intensa y oscurecida

Es precisamente en los machos donde suele ser más gruesa la capa de pruina, y en sus abdómenes se puede apreciar claramente el rayado que provocan, entre otras causas, el agarre de las patas de las hembras en la cópula, con sus “enganches” únicos en el mundo animal.

Hembra veterana de  Orthetrum cancellatum con capa pruinosa intensa y oscurecida

Si bien las hembras no suelen ser pruinosas, parece que en algunas especies se “pruinan” rápidamente cuando envejecen, y acaban pareciéndose a los machos en su coloración final. Las hembras de Orthetrum cancellatum son algunas de las libélulas en las que se aprecia ese fenómeno en las últimas etapas de sus intensas vidas de apenas un par de meses.

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Percances de estiramiento

Posted by Pele Camacho en 9 mayo, 2010

Por sus colores de juventud, a primera vista podía parecer una hembrita de su especie pero cuando el macro permite ver la esbeltez de su abdomen, con su genitalia secundaria -o “paquete”- y sus cercoides, no quedan dudas: es un joven machito de Orthetrum cancellatum dispuesto a iniciar su vuelo inaugural.

Cerca de la charca donde su madre debió hacer la puesta había algunos cardos y sospecho que, fuera por la sombra de sus hojas,  algún aroma de sus flores, o vaya usté a saber qué,  varias ninfas se fueron al cardo para hacer allí el “alumbramiento”. Y creo que no fue una buena idea, pues me pareció que más de un recental como el que se ve algo difuso en primer plano, se dañó con los pinchos del cardo durante sus procesos de estiramiento y quedó malparado. El mismo pibe de la foto, aunque quede la duda de si el estiramiento estaba terminado, mostraba un ala “diferente”.

La naturaleza es dura con las criaturas. El estiramiento de las alas de los odonatos es clave fundamental para conseguir la autonomía que les permite alimentarse y vivir;  sin embargo, cualquier enganchón u obstáculo para ese desarrollo alar termina por dejar a la criatura en un estado en el que, probablemente, no sea capaz de sobrevivir por mucho tiempo.

De las que nacieron en cardos próximos a la charca, encontré a éste cuyas alas eran un auténtico gurruño, una penosa muestra de lo que pudo ser y no fue.  Observándolo a él no me fijé en la otra criatura a la que parecía estar mirando: una hembra de Lixus angustatus, con su característica trompa negra. Tampoco sé si la fuerza de las jóvenes mandíbulas de odonato serían capaces de quebrar los élitros del gorgojo, pero no creo que su voracidad predadora tuviera muchas más oportunidades alimenticias en el cardo.

Del mismo día también, las escenas siguientes fueron, quizás, las más espeluznantes y trágicas: la criatura estaba dando tirones violentos, con balanceos bruscos, como si le costara desprenderse de la exuvia; pero el problema eran dos o tres hormigas que le pellizcaban o, como poco, le hacían cosquillas con sus mandíbulas.

Conseguí espantar a las hormigas con una brizna de hierba, pero cuando reanudé la sesión de fotos observé esa “sangrante” gota verde de hemolinfa, cerca de sus morros y sus ojos verdes, y me acorde de la “Barbi superstar” de Joaquín Sabina:  “Tenía los pies diminutos y unos ojos color verde marihuana…” y, a cambio de aquello de “… pezón de fresa, lengua de caramelo, corazón de bromuro…”, con menos arte que Sabina, a esta se le podía cantar algo como “…labios de menta, patas pinchosas, sangre de pipermint…”

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Eclosión de una ninfa

Posted by Pele Camacho en 3 mayo, 2010

Todo empezó cuando aquella serpiente, me trajo una manzana y dijo ¡¡¡Prueba!!! …
Así cantaba Joaquín Sabina el “pecado original” que desencadenó el castigo bíblico, el “Parirás con dolor” que, por lo que se ve, no es exclusivo de la especie humana; hay variantes según el caso o el bisho y las maldiciones van desde aquella para la madre hasta un ”nacerás con dolor” para los hijos, mezcladas en un porcentaje difícil de evaluar. El caso de las libélulas es uno más, tan fascinante y asombroso como cualquier nacimiento, con toda la dureza y el aparente dolor que los bishos vivientes parecen llevar en su currículum por aquel pecado de “morder una manzana” a destiempo.

El episodio final, la última fase de la metamorfosis hemimetábola propia de las libélulas, comienza con la salida de la ninfa del medio acuático donde se ha desarrollado tras varias mudas o ecdisis de su exoesqueleto rígido. Las ninfas de libélulas, a pesar de sus mudas y en contra de lo que cabía esperar de su nombre mitológico, tienen un aspecto más bien feo que en nada recuerda a la gracia y belleza de las ninfas que pintores y escultores imaginaron; son bichejos parduzcos, de apenas un par de centímetros, que al salir del agua se mueven lentos y torpes. Algunas se alejan pocos centímetros de la superficie del agua de la charca donde vivían y allí se quedan quietas, a tiro de cualquier rana hambrienta que ponga fin al proceso evolutivo cuando menos se espera. Otras, no sé por qué, más andarinas ellas, se aventuran por tierra firme y se las ve vagar, impregnadas de arena, hacía algún sitio que no sé si sabrán como debe ser antes de que eclosionen.

Los casos supuestamente favorables muestran la emergencia, sin prisa y con pausas, del cuerpo de la libélula que empieza a mostrar su cabeza y tórax de bellos colores, saliendo de la espalda rota de la ninfa parduzca. Es como el comienzo del “parto” de la libélula que, por lo que se puede ver en la naturaleza, en un porcentaje apreciable no tiene un final feliz, como si faltara la asistencia de una madre con experiencia que ayudara al trance de la eclosión de un ser débil e inexperto que surge de otro que se extingue.

El nuevo individuo se esfuerza en salir, da empujones hacia fuera y, con descansos o paradas intermedias termina por emerger y se agarra a los restos de la exuvia, el “traje protector” de la ninfa en el agua que, enganchado a la pared que escaló, queda vacio y seco mientras la libélula comienza una serie de estiramientos de alas y abdomen, donde ya se puede apreciar el sexo de la criatura, por la presencia o no de la genitalia secundaria característica de las libélulas y la forma de sus cercoides o pinzas en el extremo del abdomen.

En los siguientes 30-45 minutos tiene un proceso de adaptación al medio aéreo en el que, ahora sí, se moverá con la gracia y maestría que cabría imaginar en una ninfa mitológica, pero la protagonista ha dejado de ser y llamarse ninfa, y como por arte de magia o de imaginación, de “imagia”, tal vez, se ha hecho un imago. Aunque sea un recental –teneral, en palabra inglesa frecuentemente usada en castellano- ya se aprecian los colores del individuo adulto y se la puede identificar: es una hembra de Orthetrum cancellatum. Poco después de ese momento en que estira totalmente sus alas y su exoesqueleto adquiere la consistencia y los colores del individuo joven, empezará a volar.

Sus primeros vuelos son torpes, lentos y sin la fuerza que todavía no tienen los recién estrenados “turbos” de su tórax; unos cuantos metros y un “aterriza como puedas” en algún arbusto cercano donde, como esos paneles solares de los satélites que posiblemente ideó algún observador de libélulas, con sus alas extendidas, parecen acumular la energía que recogen del sol. Tienen apenas un par de meses por delante para preparar las promesas de la siguiente generación. ¡Suerte, superninfas!

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