Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Posts Tagged ‘pruina’

Ponerse coloradas

Posted by Pele Camacho en 26 septiembre, 2016

Hace pocas semanas, mientras miraba y enfocaba algunos bishos que muestro más abajo, recordé una cancioncilla pegadiza y marchosona que, hace ya unos pocos años, con cimbreos y acordes andalusíes, media docena de danzarinas requeterepetían en la tele:

“…aunque parezca mentira 
me pongo colorada cuando me miras
me pongo colorada cuando me miras
me pongo coloraaaaada”

(puedes requeteescuchar la cancioncilla si requetepicas →“aquí” )

Ponerse colorao  como un tomate”, ruborizarse, es algo que pasa a personas vergonzosas, pero el colorao desaparece pronto, como si fuera mentira, y poco después de parecer un piel roja vuelven a tener el rostro pálido. Todo lo contrario pasa en algunas libélulas que “se ponen coloradas” de manera permanente porque, marchosas ellas y amantes del sol, consiguen cambios de color por la pruina que generan sus cuerpos con la calor, como una capa protectora que progresa adecuadamente y les dura hasta el fin de sus días. De la pruina trataba la entrada  “Pruina y pruinosos”picar para ver– que ahí se enlaza por si fuera de interés.

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Macho recental de Trithemis kirbyi- Selys 1891, con pálida cutícula sin mancha de rojo alguno

La mayoría de los odonatos emergen de su fase de ninfas con una cutícula de un lustroso color marfileño y algo reluciente, como el que muestra la foto de ese recental de Trithemis kirbyi – Selys 1891 .  A las pocas semanas de eclosionar rompiendo la cutícula de sus larvas,  según la especie y el sexo, evolucionan hacia unos colores céreos que varían en tono e intensidad, según su edad y el tiempo que han pasado al sol.

Generalmente, con su continuo “patrulleo” en busca de comida y pareja, los machos están al sol mucho más tiempo que las hembras y, en consecuencia, necesitan una mayor protección solar que ellas. A lo largo de millones de años, la evolución les ha dotado de un mecanismo de autogeneración de la pruina, una capa polivalente que actúa como filtro solar con el factor de protección adecuado. El color de la pruina varía de unas especies a otras, pero en esta entrada elegí como fundamental el rojo-colorado, para ser coherente con la canción y el título.

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Un adulto colorado de Trithemis kirbyi – Selys 1891: un color conseguido con mucha calor

Para ver lo que supone “ponerse colorada”, se pueden comparar las fases de adulto y recental de un macho de la libélula Trithemis kirbyi – Selys 1891: lo único que casi no ha cambiado de una etapa a la siguiente es el color casi negro de los pterostigmas, la forma de las celdillas de sus alas y las posiciones de las manchas ambarinas de las bases alares que, junto con las venas frontales, también han evolucionado hacia colorados más intensos.

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Macho recental de Crocothemis erythraea – Brullé 1832, con muy pocos días de vuelo

Quizás el enrojecimiento más brutal en la familia Libellulidae o de los libelúlidos, es el que se observa en los machos de Crocothemis erythraea – Brullé 1832.  Sus recentales, a los que no es fácil ver ni distinguir de las hembras jóvenes por el color,  son también de tonos marfileños que se van poniendo acaramelados a los pocos días de vuelo, pero se ponen rojos hasta los ojos al completar la fase de adulto, como muestra la foto de abajo. Parece que mientras son jóvenes suelen estar lejos de los adultos: no se les ve cerca de las charcas donde revolotean los veteranos.

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Macho adulto de Crocothemis erythraea – Brullé 1832, un veterano con muchas horas de vuelo

Entre las hembras de los odonatos no hay muchas que se “pruinicen” poniéndose coloradas, pero siempre hay excepciones, por ejemplo, en algunas especies de zigópteros  -caballitos- hay hembras que tienen trazos de algún color que les hace parecerse a los machos de su especie y, por eso, se las denomina andromorfas, es decir, con aspecto de machos. En relación a formas, colores y comportamientos, entre las hembras de Homo sapiens con rostro pálido también hay excepciones: algunas nunca se ponen coloradas como dice la cancioncilla ut supra, ni aunque a veces se “pongan de rojo” con chaqueta, falda, bolso… posiblemente, porque no son vergonzosas y, por eso, como no tienen vergüenza, el rubor no va con ellas. Son criaturas excepcionales en muchas cosas y casos.

Como en el orden de los odonatos los hay de muchos colores, también hay especies que de jovencitos son casi blancos y de adultos se ponen verdes. Un ejemplo está en el caballito Lestes viridis – Vander Linden 1825, quizás uno de los caballitos más grandes dentro de ese suborden con reminiscencias hípicas poco justificadas.

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Hembra jovencísima de Lestes viridis – Vander Linden 1825, apenas una hora después de eclosionar su ninfa-madre

La pruina es de tonos céreos en muchas especies, pero también hay ejemplos suficientes en los que muestran un brillo metálico que -no me extrañaría- puede suponer una reflexión de la luz y la calor solar que los ilumina, abrillanta y acalora. Desconozco si hay estudios que hayan analizado cómo puede disminuir la temperatura de tejidos anatómicos subyacentes, recubiertos por una pruina metalizada o por otra cérea de igual espesor y densidad. Yo los hubiera hecho, desde luego, pero dejando aparte tendencias científicas frustradas, en la foto siguiente se muestra una hembra madura de Lestes viridis, con su impresionante y resplandeciente verde metalizado. Por cierto, es otro ejemplo más, como aquellos de la reciente entrada “Una de caballitos”, donde se puede ver que muchos zigópteros posan con las alas separadas del cuerpo, pero casi siempre juntitas. Excepciones aparte, claro.

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Hembra madura de  Lestes viridis – Vander Linden ,1832,  vestida de verde y oro, con finura y elegancia torera

Recordando otros ambientes y colores, me viene a la memoria cierta clase -que algunas tribus llaman “casta”- de la especie Homo sapiens, que suelen pasar la mayor parte de su tiempo remunerado en “poner verdes” a otros de su clase y condición, citando operaciones que van desde el “blanqueo” hasta otras que suponen operar en o con algo “black” -o sea, negro – referencias, en fin, que a la mayoría de los “paganos” que les remuneran para parlotear menos y trabajar más, les supondrían cambios de coloración, por palidez o rubor. Pero todas esas clases, castas, clanes, tribus o lo que sean, como mucho, muestran algún tic nervioso de párpados, labios, dedos, piernas…, pero casi nunca rubor. Será porque tienen tan poca vergüenza como ganas y capacidad para trabajar en lo que deberían, supongo yo.  Pero esas son otras historias para “alucinar en colores”.

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Angelitos negros

Posted by Pele Camacho en 21 septiembre, 2014

… Pintor de santos de alcoba 

siempre que pintas iglesias

pintas angelitos bellos

pero nunca te acordaste

de pintar un ángel negro

                                                        (De “Angelitos negros”,  Antonio Machin, 1903-1977)

En el tema de los ángeles hay algo de confusión. Parece que hubo “angeólogos” que estudiaron “la naturaleza y ordenación de los ángeles”, pero no dejaron claro el aspecto o los colores de los ¿nueve? órdenes, grados o coros angélicos; de ahí, posiblemente, la polémica entre artistas del pincel y de la música. Entre los órdenes angélicos, los angeólogos establecieron que los máximos niveles jerárquicos corresponden a querubines y serafines, que yo imaginaba rubitos y pequeñines -no sé por qué, quizás por la rima- , mientras que los niveles más bajos eran los de ángeles y arcángeles, que en ciertas representaciones son suficientemente corpulentos como para blandir espadas e imponer su autoridad angelical a los humanos o a otros ángeles malos  -también llamados “ángeles caídos”- que algunos artistas representan en color negro o rojo y, a veces, con alas de murciélago, cuernos, tridente y cola acabada en punta de flecha, de donde, quizás, sale ese dicho de “cuando el demonio no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo” …y como mis conocimientos de Angeología son, prácticamente, nulos, dejo aquí  esta introducción al título de esta entrada.

IMGP1956_1200_1007KNEl Orthetrum trinacria, casi negro, se dejó caer como un ángel exterminador y devoró la mosca en apenas un minuto

En algunas épocas y culturas, también las libélulas han soportado el estigma de animales malignos o demoníacos y, aunque parezcan creencias superadas, algunos restos de ellas deben quedar en los subsconscientes, si no ¿por qué se me ha ocurrido este título?…quizás porque tienen alas y porque algunas especies son negras o casi…y, tal vez, porque tienen un vuelo “diabólico”, en su sentido o acepción figurada de complejo, difícil, inimitable…mezclado con el concepto más estricto y relativo al “diablo”, el ángel caído y negro por excelencia, “achuscarrado” de estar en los infiernos por maligno… aunque ya no sé, tampoco, si esa idea del maligno terrorífico es aún mantenida por los herederos de aquellos que la crearon.

IMGP1467_1200_1131KNNegro por excelencia, un macho de Diplacodes lefebvrei, el angelito más negro de todos, en su medio preferido de hierbas acuáticas

Las Diplacodes lefebvrei (Rambur, 1842) son pequeñitas, unos 25 mm. de longitud y “negras como un zapato”, expresión cuyo origen desconozco.  El nombre genérico Diplacodes significa “con dos láminas”, en referencia a la forma de sus apéndices genitales, difícilmente apreciables en las fotos que se dejan hacer en vivo y en directo, porque parece que tuvieran sobredimensionado su aparato volador en relación al peso y dimensiones del cuerpo: su vuelo es rápido, imprevisible y, aparentemente, inagotable, como si fueran incapaces de permanecer quietas durante unos pocos segundos; me refiero a los machos, porque de las hembras apenas puedo decir que creo haber visto un par de ellas, aunque de lejos. El nombre específico “lefebvrei” es en honor del entomólogo francés Alexander Lefebvre (1797-1868).

IMGP1980_1200_1037KNDiplacodes lefebvrei jovencito, con restos de colores recentales

Otros “angelitos negros” son los machos adultos de Selysiothemis nigra (Vander Linden, 1825), pertenecientes a un género monoespecífico nombrado en honor del barón Edmond Selys de Longchamp (1813-1900), entomólogo belga que desarrolló una enorme actividad en el orden de Odonatos. El nombre especifico, nigra, justifica por sí solo parte del título de esta entrada. Es una especie atípica, al menos, en su distribución geográfica, pues está ausente en zonas próximas de características, supuestamente, muy similares a las de aquellas zonas donde se las suele ver. También cabe decir que, aparentemente, desaparece de algunas zonas por periodos de decenas de años, sin que haya hechos o circunstancias que pudieran explicar el fenómeno.

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 La hermosa cabezota, los ojazos, de un macho adulto de Selysiothemis nigra

Parecidas, de lejos, a las Diplacodes lefebvrei, las Selysiothemis son también pequeñitas, entre 25 y 30 mm. pero tienen una característica particular: su gran cabezota, es decir, sus enormes ojos de un color granate oscuro, muy grandes en relación a su delgado cuerpo de un color azul oscuro por efecto de la pruína que suele recubrirlos, que en las hembras se queda en unos tonos pardos que solo se aprecian en días de mucha suerte fotográfica.

IMGP1851_1200_742KNMacho de Selysiothemis nigra, sobre un brote de adelfa Nerium oleander, un arbusto maligno por su toxicidad

Para terminar con algo relacionado al inicio de esta entrada, citaré un episodio que presencié, personalmente, en una pescadería  de un mercado, donde se mostraban unas magníficas japutas, un pescado sabroso de aspecto negruzco, que suscitó el interés de dos monjas que pasaban por allí y mantuvieron con el pescadero el diálogo que sigue:

  • Pónganos dos “angelitos negros”,  dijo una de ellas mientras señalaba con el dedo a las japutas
  • ¿Dos de estos? ,  dijo el pescadero con una sonrisa que no sabría calificar
  • Sí, sí… dos de esos,  afirmó la monja

Y el pescadero les vendió las dos japutas.

En fin, que el concepto de “angelitos negros” es muy amplio, incluso en ámbitos “angelicales” que yo imaginaría más exclusivos.

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Serranillas y serranas

Posted by Pele Camacho en 12 mayo, 2014

Hace unos días intenté ver de nuevo las eclosiones de ninfas que presencié hace unos años, pero llegué unos días tarde y solo conseguí ver unos cuantos machitos jóvenes de Orthetrum cancellatum (Linnaeus, 1758), retozones ellos y rebosantes de la energía primaveral típica de estos ejemplares.  Conté, quizás, con unas hormigas como aliadas para poder hacer la foto de uno de aquellos machos jovencitos, distraído -aparentemente- con el displicente bulle-bulle de unas hormigas que parecían ignorar el peligro potencial de las mandíbulas amenazadoras o, tal vez, conscientes de que su ácido fórmico no las hace formar parte de una dieta fácil para los odonatos.

IMGP8531_1200_1361KNMachito joven de Orthetrum cancellatum, aún con trozos amarillos de cutícula sin pruína.

Apenas había media docena de jovencitos en la charca y, de vez en cuando, aparecía un Anax imperator patrullante que espantaba cualquier posible individuo en actitud o intención de descanso: aquello era como una exhibición de vuelo acrobático y un buen momento para practicar la fotografía de libes en vuelo.

IMGP8539_1200_968KNInstinto de protección:  la reacción frecuente al detectar a un fotógrafo

Así las criaturas y circunstancias, poco después volvía con más despecho que fotos y pensando en donde recalar para compensar los intentos fallidos.  Y entonces apareció ella, una hermosa “serrana” que me hizo recordar unos versos que inmortalizaron otros intentos fallidos, pero de amores no correspondidos.

IMGP7582_1200_1062KNHembra jovencita de Orthetrum cancellatum: alas impecables y cuerpo aún esbelto

Creo que recuerdo desde la primera vez que los leí aquellos versos de “Moça tan fermosa…”, una de esas poesías medievales conocidas como “serranillas”, diminutivo en honor de unas “serranas” que debieron ser, más bien, unas “moçarronas”, dicho en aumentativo macarrónico para describir algo mejor a unas señoras -supuestamente-  “de pelo en pecho” o “de armas tomar”, “dispuestas a todo” para poder cumplir con sus tareas de cobradoras del peaje -dicho en términos modernos- que se estilaba en aquellas vías o senderos que atravesaban las sierras medievales de nuestra geografía. Una de aquellas vías fue la “del Calatraveño a Santa María”, que aún andan los investigadores elucubrando por dónde pasaba, famosa desde que el Marqués de Santillana hiciera referencia a ella y a sus cuitas con la “fermosa de la Finojosa”… ¿recuerdan vuesas mercedes?

Moça tan fermosa

non vi en la frontera

com´una vaquera

 de la Finojosa.

Faciendo la vía

del Calatraveño

a Santa María,

vençido del sueño,

por tierra fragosa

perdí la carrera,

do vi la vaquera

de la Finojosa…

 

una rima sencilla y rítmica, como escrita con vaivenes a lomos de un caballo cansado ya de la agotadora vía fragosa…

IMGP7614_1200_991KNUna serena “serrana”,  posando como una fermosa dama

El camino “do vi a la fermosa” era un carril serrano que, si no llegaba a la categoría de “tierra fragosa”, no carecía de pedruscos y matojos para andar con tiento y no doblar tobillos. Pero la “serrana”, hermosota y tranquila, posó en plan vedette, como si quisiera detenerme y cobrar el peaje de aquel carril.

IMGP7623_1200_1035KNBien como riendo, dixo: «Bien vengades; que ya bien entiendo lo que demandades…”   Marqués de Santillana

Fueron las fotos de un buen día de safari fotográfico, fundamentalmente,  por la cooperación de la “serrana”.  Sin embargo, al  Marqués de Santillana parece que no le cuajó tan bien, si fue firme aquello de “… non es deseosa de amar, nin lo espera, aquessa vaquera de la Finojosa”, con que terminó la “serranilla”.

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Con pocos vuelos

Posted by Pele Camacho en 2 junio, 2011

La Trithemis annulata  (Palisot de Beauvois, 1807) es una especie multivoltina: tiene varias generaciones en el mismo año, siendo una de las primeras especies en aparecer por los paisajes malagueños y, también, una de las que más tardan en desaparecer. El hecho de ser multivoltina permite que algunos días del verano se puedan contemplar ejemplares muy veteranos, con claros signos de haber tenido una vida intensa, al tiempo que se pueden observar individuos muy jóvenes -“recentales” o “tenerales“- recién emergidos, que posan lánguidamente mientras sus alas adquieren la consistencia que les permitirá ejercer sus acrobacias.

 Hembra recién emergida de Trithemis anulata, en el proceso de estiramiento de sus alas, sobre una rama de granado

Quizás, por ser multivoltinas, parece lógico que ambos sexos aparezcan en escena simultáneamente, frente a los casos de protandria y protoginia -aparición de machos antes que hembras o viceversa- que se observan en algunas especies, aunque éstas sean una minoría cuyo comportamiento y maduración sexual encaja perfectamente con esos retrasos de un sexo respecto al otro; en la Naturaleza las cosas no pasan porque sí, o parafraseando a Einstein, “La Madre Naturaleza no juega a los dados”.

Macho de Trithemis annulata con pocas horas de vuelo, descansando casi agotado en un brote de coscoja

Al principio de la temporada -que puede tener variaciones de más de un mes por causa de la climatología- cuando aparecen las primeras generaciones se encuentran ejemplares de ambos sexos con coloraciones casi idénticas que, a veces, apenas recuerdan a la de los individuos adultos, especialmente en los machos que son los que suelen tener variaciones de aspecto más acusadas por los recubrimientos de pruina que afectan a muchos de ellos. Cuando ese recubrimiento no se ha producido aún, la coloración de machos y hembras puede ser tan parecida que podría dar pie a errores de identificación si no se atendiera a otros detalles de su anatomía.

 De las hojas del granado al capullo de granada recién abierto, con casi la misma vida que ella

Los detalles que permiten una diferenciación más fácil de ambos sexos son, lógicamente, los relacionados directamente a sus genitalias: la forma de los apéndices abdominales superiores, los cercoides, relativamente cortos, paralelos y laterales en las hembras de Trithemis, cuyo abdomen carece de la protuberante genitalia secundaria observable en los jóvenes machos -según el ángulo de observación, claro- , o los cercoides más largos y la lámina supraanal que utilizarán con maestría casi increíble para agarrar con precisión el cogote de sus parejas.

Solo se ven sus cercoides alargados, pero las venas doradas de sus alas son una marca inconfundible

No obstante, los ángulos de observación y la incidencia de la luz en sus anatomías ponen de manifiesto otros detalles que también serían suficientes para diferenciar sexos: los jovencísimos machos de Trithemis, cuando apenas tienen unas horas de vida y sus cortos vuelos delatan su inexperiencia, ya muestran un precioso tono dorado en las principales venas de sus alas recién estiradas, como anticipo del color cobrizo del que empezarán a presumir pocos días más tarde, toda una exhibición de brillos metálicos alares que no abundan en el orden de los Odonatos.

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Inmaduros madurando

Posted by Pele Camacho en 18 mayo, 2011

¿Cuánto viven los bishos, si ninguna incidencia rompe, más o menos bruscamente, el progresivo declive natural hacia el fin de sus vidas?

En el caso de los odonatos, desde su emergencia, más o menos primaveral, hasta su muerte, menos o más otoñal, pueden transcurrir varios meses, aunque haya especies que tienen procesos más largos que se inician, por ejemplo, en el verano y evolucionan lentamente, pasando el invierno como “inmaduros” y haciéndose adultos en la siguiente primavera, cuando alcanzan su madurez sexual.  Otros apenas viven más allá de dos o tres meses y, en consecuencia, su proceso de maduración se alcanza en un periodo breve, apenas una semana, adquiriendo muy pronto la capacidad reproductora que les acredita como adultos.

Macho infantil de Orthetrum cancellatum, con pocos minutos de vuelo  (30-04-2010)

Una de las primeras especies en aparecer y hacer patente su ser por el Sur peninsular es la Orthetrum cancellatum (Linnaeus, 1758).  Un día del año pasado tuve la suerte -que no se repite todos los años- de presenciar varias emergencias de ellas y obtener algunas fotos para el recuerdo. Con esas compuse la entrada que titulé “Eclosión de una ninfa”

Hembra jovencita de Orthetrum cancellatum,  con uno o dos días de edad   (04-05-2011)

Este año llegué uno o dos días tarde y me perdí las eclosiones y los vuelos iniciáticos; cuando vi las primeras ya volaban con cierta soltura, aunque se notaba su impericia, su bisoñez y su juventud, marcada por los colores de sus cutículas quitinosas, brillantes en las hembras y libres de pruina en los machos, aunque ya apuntaba el peculiar recubrimiento celeste de algunos de ellos.

Macho jovencito, al inicio de su pubertad,  quiero decir,  pruinosidad  (8-05-2011)

Pocos días después, ya era claramente visible el recubrimiento azul pruinoso de algunos machos y el ennegrecido extremo de su abdomen, aunque aún se veían muchos de los amarillos que fueron el color inicial de su cutícula, cuando para diferenciar machos de hembras era casi necesario mirar la forma de sus apéndices anales o cercoides.


Precoz parejita del paraje, mostrando su juvenil energía y su sorprendente madurez   (08-05-2011)

La sorpresa de aquel día fue ver que, los que aún parecían inmaduros adolescentes, a efectos prácticos y reproductivos, se comportaban plenamente como adultos y que, con pleno dominio del vuelo y de las acrobacias de enganches que les caracterizan, ellos eran ya capaces de enganchar los cogotes de ellas que, para no ser menos, sabían ya flexionar su abdomen con maestría y enganchar su espina vulvar a la genitalia secundaria de ellos. No habían transcurrido ni diez días desde que dejaron las exuvias vacías y… ya habían madurado, ya eran adultos y, al menos, en esas artes del enganche, ya lo parecían.

Joven macho, ya con “muescas” en su pruina, como marcas de adulto experto  (14-05-2011)

Una semana después fui de nuevo al mismo paraje y, como en años anteriores, las hembras habían desaparecido, ni una se dejaba ver, mientras los machos azulones, pruinosos y negrotes, con ligeros restos de manchas amarillas sin pruinar, volaban nerviosos, sobrados de fuerza y de potencia, quizás buscando a las adultas ausentes y esquivando con estilo los ataques de unos cuantos Anax imperator que, como siempre, ejercían su papel dominante de Terminator, dejando claro quién mandaba en la charca.

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Primeras de primavera

Posted by Pele Camacho en 5 mayo, 2011

Según el calendario y a la vista del tiempo atmosférico reciente -salvo en sábados, domingos y festivos- se puede decir que estamos en mitad de la primavera de 2011. Hace un año, semana más o menos, había visto unas cuantas eclosiones de ninfas o emergencias de libélulas, pero este año la cosa va rara, rara, rara… retrasada, retrasada, retrasada… porque las borrascas atlánticas parecen mantener agazapados a muchos bishos vivientes y futuros.

Pero parece que las contracciones y la presión de la hemolinfa de algunas ninfas –náyades, dicen también por ahí- incapaces de aguantar más, terminaron dejando que algún bisho saliera a la tímida luz que hubo entre chaparrón y chaparrón, quizá ilusionado como aquellos penitentes que anhelaban procesionar con sus picudos capirotes.  Fue el caso de esta hembra de Libellula depressa (Linnaeus, 1758), que emergió resuelta y potente por las estribaciones del PN de Despeñaperros, como si el clima no le importara lo más mínimo y quisiera ver procesiones, el pasado 21 de Abril de 2011. La vi en un juncal, ella sola, pues por más que miré y remiré no pude encontrar ninguna otra, ni en aquel juncal ni en otros cercanos, nada de nada, ni emergencias ni restos de exuvias, como si ella hubiera sido la primera de esta húmeda primavera.

 Libellula depressa hembra, goteando aún la hemolinfa que le hizo emerger apenas dos horas antes…

En el entorno del mundo libelulero, las hembras de Libellula depressa son unas criaturas bellas y hermosotas, con un amarillo-verde limón y un porte o tamaño que sería suficiente para diferenciarlas de cualquier otra libélula, aunque se las podría confundir con algún joven machito de su especie si no se puede ver bien la forma del extremo de su abdomen -los cercoides- más cortitos en ellas que en ellos, quizás porque ellos los necesitarán para realizar esos alucinantes “enganches” de cogotes con los que llevan a cabo sus tareas reproductoras. Como se podía ver en una entrada reciente que titulé “Ojos de caramelo”, los abdómenes de ellos se “pruínan” y resultan azulones, mientras que los de ellas se mantienen amarillentos, aunque con su vejez tienden a recubrirse parcialmente de tonos pardos.

Mientras sus alas adquieren consistencia para volar, sus patas se agarran a la exuvia de la ninfa capaz de nadar…

Los expertos en odonatos -tengo la suerte de conocer a algunos- son capaces de distinguir las especies viendo las exuvias, a las que miran y admiran con tanta o más atención que si fueran adultos. Los detalles de los cercoides ya se dejan ver en el extremo de las exuvias, el último “traje” de la ninfa o larva que, después de varias mudas, abandonan cuando pasan del mundo acuático al aéreo: en las exuvias de los machos se pueden apreciar las fundas, como si fueran moldes de los agudos apéndices -como diminutos capirotes- próximos y relativamente largos, que no se ven de forma tan patente en las exuvias de las hembras. De momento, no puedo decir que me parezcan bellas las exuvias, pero no dejo de admirar y sorprenderme con los recursos de la naturaleza, que después de 250 millones de años de evolución -año más o menos- es capaz de liberar un ingenio volador tan impresionante de un ingenio nadador tan poco agraciado estéticamente, diría yo…

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La evolución en colores

Posted by Pele Camacho en 15 noviembre, 2010

Cuando las libélulas se liberan de las estrecheces de sus exuvias -los exoesqueletos que las protegían en su fase de ninfas o larvas en el medio acuático-, es difícil determinar si son hembras o machos mirando solo el color de sus cuerpos, pero pocos días después de la emergencia, machos y hembras empiezan a diferenciarse de manera vistosa, simplemente, por sus colores.

La cutícula del exoesqueleto de las libélulas consiste de varias láminas quitinosas generadas sucesivamente por secreciones de las células de la hipodermis, la capa viva más externa. Las coloraciones de las capas cuticulares son inicialmente claras, casi transparentes;  pero, en poco tiempo, las capas más externas evolucionan a un color más tostado, de amarillento a pardo, mientras adquieren una fina rugosidad en la que se abren diminutos poros. En las capas quitinosas quedan incrustadas partículas a las que se denomina “gránulos pigmentados”, generados en capas ectodérmicas en contacto con la cutícula y con los poros que transportan los pigmentos a las capas externas de la cutícula, donde permanecen incluso después de la muerte del animal por estar aislados de la hipodermis y del exterior. Suelen ser colores negros o pardos que se pueden considerar permanentes, aunque con el tiempo pueden debilitarse. En las mismas capas externas, cuando los gránulos se agrupan de manera específica,  puede ocurrir una mezcla de interferencias, absorciones y reflexiones selectivas de componentes del espectro de la luz blanca, dando lugar a los colores metálicos de ciertas especies.  Tanto a unos como a otros se les denomina colores cuticulares permanentes.

 Hembra madura de Orthetrum chrysostigma, mostrando sus colores cuticulares

Existen otros colores vivos y brillantes, sin aspecto metálico, debidos a pigmentos generados también en la hipodermis, pero que permanecen en ella o justo sobre ella, debajo de la cutícula. Son colores que se alteran al degradarse la hipodermis con la muerte de la libélula, a menos que se actúe para preservarlos de algún modo.  A éstos se les denomina colores subcuticulares o hipodérmicos.

Finalmente, los colores pruinosos, o de la pruina, son causados por pigmentos de secreción interna que se expulsan a través de los poros de la cutícula, quedando como capas externas que causan una coloración supracuticular  que puede eliminarse o rayarse fácilmente, como comentaba en la entrada “Pruina y pruinosos”, allá por Mayo (*). La acumulación de pruina evoluciona lentamente y puede observarse su variación en el tiempo.  Su aparición se asocia a la maduración sexual de los individuos, sobre todo en machos, pues su recubrimiento pruinoso se inicia en los segmentos abdominales dos y nueve  -donde se sitúan las genitalias-, extendiéndose desde ellos al resto del individuo y mezclándose con otros pigmentos para dar evoluciones y colores diferentes según la especie.

Macho inmaduro de Orthetrum chrysostigma, mostrando los inicios de su recubrimiento pruinoso

A veces, el recubrimiento pruinoso es tan intenso que oculta detalles típicos en la identificación de algunas especies, por ejemplo,  las famosas charreteras que son la base del nombre popular  –Epaulet–  que le dan en Gran Bretaña a las chrysostigmas, y que a más de uno habrá confundido porque… ¿Qué parte de la anatomía de esta libélula crees tú que puede asociarse a una charretera?


 Macho maduro de Orthetrum chrysostigma, con un recubrimiento casi completo de pruina supracuticular

Las charreteras, nombre no muy utilizado en la jerga habitual del mundo castellano-hablante, son esa especie de plataformas que suelen llevar sobre el hombro los uniformes militares y donde, según la categoría o graduación del uniformado, van más o menos estrellas, espadas, laureles, tiras doradas o multicolores, etc. etc. y, a veces, hasta penden flecos de ellas para que el conjunto resulte todavía más llamativo y ostentoso de lo que ya es con todo lo que suelen llevar bordado, prendido o colgado.
La primera vez que leí lo de “epaulet” -que también ha sido la única y sólo por mi afición a las libélulas-,  fui al diccionario para buscar lo que significaba y, al mirar la foto de la chrysostigma, supuse que las correspondientes charreteras serían esas dos prominencias casi ovaladas que se ven al final del tórax, inmediatamente antes de las musculaturas que mueven las versátiles alas; pero no, porque esas “crestas ante-alares”, que así se llaman, las tienen muchas libélulas y, por tanto, no son identificativas de las chrysostigmas.

 
Macho inmaduro de Orthetrum chrysostigma, mostrando las”charreteras” y las crestas ante-alares

Las charreteras de las chrysostigmas, según los anglosajones, son esas ostentosas tiras blancas que hembras y machos tienen y muestran en los laterales del tórax cuando son jovencitos, porque cuando son machos maduros y pruinosos a tope, las charreteras pueden ser inapreciables, a menos que se sepa donde están y se las busque, si la pose deja verlas.  En fin, que los machos chrysostigmas solo pueden presumir  de charreteras cuando su graduación y sus méritos son menores y no tienen nada encima, o sea, lo repito, cuando son jovencitos. Paradojas del mundo natural.

(*)  https://bishoverde.wordpress.com/2010/05/14/pruina-y-pruinosos/

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Rojos con Morse

Posted by Pele Camacho en 20 septiembre, 2010

Cómo son
En este post no están todos los que son, porque son una familia numerosa con bastantes géneros; pero son todos los que están: todos son Sympetrums, odonatos todos ellos con unas características, tamaño, colores, etc. que permiten identificar con relativa facilidad su pertenencia a la familia, pero no tanto al preguntarse de qué especie son, pues según la época en que se les ve, es decir, el momento de su desarrollo, tienen colores muy similares y sutiles diferencias entre ellos que pueden llevar a errores de identificación.  Recuerdo a los abueletes del pueblo que, a veces, preguntaban a los críos que les incordiaban con un “¿De quién eres tú?”, muy aplicable también a los Sympetrums.

Después de las emergencias, en sus fases juveniles, no solo se parecen bastante algunas especies, sino que incluso también hay parecido entre los sexos y las identificaciones se hacen difíciles si las observaciones de los individuos recentales o tenerales -en el argot anglofilo generalmente aceptado- no permiten ver con claridad las genitalias. Luego, a medida que evolucionan, la diferencia de color es suficiente para distinguir machos adultos, cuando éstos adquieren un color rojo predominante, más o menos intenso,  por la pruina que recubre progresivamente el color marfileño de la cutícula del exoesqueleto, que apenas sufre un ligero oscurecimiento. Son Sympetrums y son machos, pero ¿de qué especie?.

El problema y la alternativa
La identificación de especies más fiable, tanto de machos como de hembras, es la que se deduce al examinar sus genitalias pero, aunque de forma inconsciente por su parte, en la fotografía de campo no suelen dejar  ver el detalle de sus partes.  Entonces, dado que los colores de ojos, cuerpos y extremidades pueden confundir, imaginé la posibilidad alternativa de buscar caracteres secundarios acromáticos que proporcionen información “aproximada” de la especie que es. Entre tales detalles acromáticos podríamos decir  -imaginar, más bien-  que los individuos maduros llevan encima una especie de mensajes Morse de rayas y puntos que “podrían” ayudar a su identificación como si fueran “códigos de barras”.  Lo importante no es el “mensaje”,  que varía con la imaginación que se eche  en la lectura del supuesto “código”, sino la presencia o ausencia en él de ciertas rayas o puntos. Veamos algunos ejemplos que, por supuesto, varían ligeramente con la edad de los rojillos y la capacidad discriminante del examinador.

Sympetrum sinaiticum. Rayas negras laterales en S2 y S3,  raya negra en S8 y punto al comienzo de S9

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

En el Sympetrum sinaiticum, que tantos años costó nominar, se observan dos rayitas laterales en los segmentos S2 y S3 del abdomen. Eso en Morse es la “m”. Luego, también lateral en el segmento S8 se ve otra rayita aislada, que sería la “t” Morse, pero si se fuerza un poco el examen, se podría decir que al principio de S9 hay un punto. En ese caso, podría decirse que sobre S8 y S9 hay una “n”.

Sympetrum meridionale.  Raya negra en S3 y puntos negros en S4, S5, S6 y S7

El Sympetrum meridionale tiene una rayita aislada en S3. Una “t”. Luego, de S4 a S7 hay cuatro puntitos, uno en cada segmento, que podrían interpretarse como  cuatro “e” o, si los imaginamos como un grupo de cuatro puntos, darían una “h”.


Sympetrum striolatum. Rayas negras laterales en S7 y S8, punto gordo en S9. Rayas dorsales en S8 y S9

El Sympetrum striolatum no porta ningún mensaje en S2-S3, solo lleva rayitas en S7 y S8, a veces muy tenues, seguidas de una mancha  -o punto gordo- en S9. Esos hacen una “g”.  Pero, además, en la parte dorsal de S8 y S9 lleva dos rayitas, una “m” dorsal, que no llevan los sinaiticum ni los meridionale.

Sympetrum fonscolombii. Rayas negras laterales en S6, S7, S8 y S9.  Rayas negras dorsales en S8 y S9

Finalmente, Sympetrum fonscolombii porta las rayitas dorsales en S8-S9, igual que  el striolatum, pero además lleva una serie de dos, tres y hasta cuatro rayas laterales que empiezan en S9. Para el ejemplar de la foto de esta especie he elegido uno de cuatro rayas, la “ch”, un código que, como la “ñ”, solo se usaba en Morse español, donde esas letras son imprescindibles en algunas palabras de uso frecuente y castizo.

Breve apunte histórico

Samuel Morse (1791-1872), considerado inventor del telégrafo, no era un científico, ni mucho menos, pero supo aprovechar las ideas de alguno como Joseph Henry (1797-1878),  que en 1835 había tenido, demostrado y perfeccionado la idea del telégrafo, pero que no tuvo la de patentarlo.  Morse, que aunque no fuera científico debía de ser muy listo, aplicó su famoso código de puntos y rayas a unos cachivaches eléctricos de los que sabía poco, desarrollados por Henry, uno de los padres del electromagnetismo y los electroimanes, es decir, las bobinas eléctricas que fueron el soporte físico de los primeros telégrafos. Henry, aunque no fuera tan listo como Morse, fue un científico muy trabajador y muy inteligente, con un prestigio mundialmente reconocido. Precisamente, en su honor se llama “henrio” o “henry” a las unidades físicas que indican la inductancia de las bobinas.   La idea de los puntos y las rayas es tan antigua que no se sabe qué  homosapiens fueron los primeros en utilizarla; se sabe, por ejemplo, que en la antigua Grecia utilizaron escudos con superficie pulida para reflejar el sol y enviar mensajes a larga distancia. Se puede decir que fueron los primeros “heliógrafos”.  Y también unos contemporáneos de Morse y Henry, los “pieles rojas” de las pelis del oeste, transmitían señales de humo largas y cortas, con una fogata  y una manta.  A saber si no fueron ellos los que dieron a Morse la idea de los puntos y las rayas…

Pero Morse fue quien hizo la patente, la número 1647 de USA, en Junio de 1840. Y como era muy listo,  se forró con la explotación de la misma. El telégrafo clásico se usó durante más de cien años, siendo reemplazado con los teletipos y la red de “telex”, hace unos cincuenta años.  Pero eso ya es otra historia.

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Pruina y pruinosos

Posted by Pele Camacho en 14 mayo, 2010

Dice el Diccionario de la RAE:

Pruina: Tenue recubrimiento céreo que presentan las hojas, tallos o frutos de algunos vegetales.
Pruinoso: Recubierto de pruina.

Quizás la imagen-recuerdo que pueda resultar más familiar de esa pruina es la capa blanquecina-azulada que recubre a las ciruelas, las endrinas y a otros frutos de algunos árboles del genero Prunus de donde, posiblemente, derive el nombre de “pruina”. En inglés usan “pruiniscence” y “pruinosity”, que invitan a traducirlas literalmente a palabras como “pruiniscencia” y “pruinosidad” inexistentes en castellano. Así que, deberíamos manejar sólo pruina y pruinoso, pero yo me voy a permitir el uso del verbo “pruinar” y sus tiempos.

Robin J. Tillyard (1881-1937), famoso entomólogo y uno de los primeros estudiosos de las libélulas, dice en su libro “The biology of dragonflies” que la “pruiniscence” es una pigmentación exudada de origen mesodérmico, más propia de los machos que de las hembras y resultado de una maduración sexual que afecta a las células hipodérmicas que segregan el pigmento a través de la cutícula del exoesqueleto.

Macho joven de Orthetrum cancellatum que aún deja ver el color de su cutícula bajo la ligera capa de pruina

El concepto de pruina-vegetal se ha extendido al mundo de los insectos y, particularmente, al del Orden de Odonatos o libélulas que suelen recubrir su tórax y abdomen con una capa de brillo céreo que varía de espesor y color según las especies y la edad de los individuos, una especie de barniz mate que se ralla y descascarilla. Cuando emergen de sus ninfas, el exoesqueleto de las libélulas suele tener tonos marfileños, casi translúcidos, que pronto evolucionan hacia los colores característicos de cada especie, variables según el sexo y la edad.

Macho maduro de Orthetrum cancellatum.  Sin apenas transparencia en la capa de pruina abdominal

Como en la Madre Naturaleza todo tiene una razón de ser, probablemente la pruina es resultado de la evolución de las libélulas durante más de 250 millones de años para facilitar su existencia y comportamiento. La pruina refleja la luz ultravioleta (UV) y se sospecha que el sistema visual de los odonatos, entre otras muchas capacidades, tiene la de distinguir esos reflejos, diferenciando los niveles de madurez en los individuos pruinosos o “pruinados”. Como consecuencia de esa especie de filtración solar, la pruina actúa como termorregulador y, tal vez por ello, la pruina es más intensa en aquellas partes del cuerpo de los odonatos que están más expuestas al sol. Se piensa que ésta puede ser la razón por la que los machos “aguantan” más al sol, disputándose los territorios mientras que las hembras, menos pruinosas, se quedan a la sombrita y salen lo justo.

Macho veterano de  Orthetrum cancellatum con capa pruinosa intensa y oscurecida

Es precisamente en los machos donde suele ser más gruesa la capa de pruina, y en sus abdómenes se puede apreciar claramente el rayado que provocan, entre otras causas, el agarre de las patas de las hembras en la cópula, con sus “enganches” únicos en el mundo animal.

Hembra veterana de  Orthetrum cancellatum con capa pruinosa intensa y oscurecida

Si bien las hembras no suelen ser pruinosas, parece que en algunas especies se “pruinan” rápidamente cuando envejecen, y acaban pareciéndose a los machos en su coloración final. Las hembras de Orthetrum cancellatum son algunas de las libélulas en las que se aprecia ese fenómeno en las últimas etapas de sus intensas vidas de apenas un par de meses.

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