Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

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Imaginando conocimientos

Posted by Pele Camacho en 5 diciembre, 2014

“La imaginación es más importante que el conocimiento”, dijo Albert Einstein en una extensa entrevista que le hicieron en 1929. El sentido de la frase tiene que ver con hipótesis científicas pendientes de demostrarse con hechos, pero que pueden establecer bases para el avance del conocimiento en áreas donde solo es posible hacer conjeturas.  Einstein publicó su famosa Teoría de la relatividad en 1915 y algunos consideraron entonces que era una hipótesis con riesgo de ser errónea. Fue galardonado con el premio Nobel de Física en 1921, pero no por su Teoría de la relatividad, sino por sus aportaciones científicas sobre la luz, los fotones y  la fotoelectricidad.  La luz es el estímulo funcional de los sistemas de visión biológica y, también, de los modernos sistemas de visión artificial y de energía fotovoltaica, que no son poca cosa…

Entre los sistemas de visión biológica, algunos destacan por su sensibilidad, otros por su agudeza o su capacidad adaptativa  y otros, simplemente, por su llamativa estructura, como aquella de los ojos compuestos de muchos insectos y, particularmente, los espectaculares ojos de los odonatos, pero… ¿cómo ven o qué ven los odonatos?  Esas son preguntas de muy difícil respuesta aún después de muchos estudios, pero cabe hacer hipótesis.

IMGP0903_1200_811KNVista superior de los ojos, vertex y ocelos de una hembra de Trithemis annulata

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Además de los enormes ojos compuestos, los odonatos disponen de tres ocelos mucho más pequeños que delimitan una especie de triángulo frontal prominente conocido como vertex; dos ocelos están en los extremos laterales del vertex, como mirando hacia los lados, mientras un ocelo frontal, anterior o algo más adelantado, apunta hacia delante; parece como si la prominencia del vertex -o el relativo hundimiento de los ocelos- sirviera para evitar luces de zonas fuera del área de visión del ocelo respectivo. Desde hace más de un siglo, el estudio de los ocelos reveló que tienen, básicamente, una especie de lente corneal y una retina formada por células visuales que conectan con un nervio óptico ocelar. Las características de esas lentes corneales y las distancias a sus retinas indican que los objetos visibles por los ocelos deben estar muy próximos, apenas un par de centímetros. Sin embargo, hay disparidad de opiniones -hipótesis- acerca de cuál es la función o funciones que tienen los ocelos en la vida de los odonatos.

IMGP2026_1200_1056KNOjo compuesto de Anax parthenope, con casi 30.000 omatidios

En la entrada “Ojo, que la vista engaña”picar para ver– presenté una descripción simple de la estructura de los omatidios y su disposición o apilamiento en un ojo compuesto.  Los omatidios no tienen una estructura muscular que permita ensanchar o contraer los conos ópticos -equivalentes a los cristalinos– que contienen; puede decirse que cada omatidio tiene una lente con distancia focal fija, sin ninguna capacidad de acomodación; supondría una complejidad enorme acomodar elementos con focales variables en los más de 25.000 omatidios que, como promedio aproximado, tienen los ojos de las libélulas y, además, sería una función casi inútil por el rápido cambio de posición y distancias a objetos durante el vuelo.

IMGP1837_1200_840KNVista frontal de los ojos y ocelos de un macho adulto de Trithemis annulata

La percepción de movimientos lejanos parece ser la principal función de los ojos compuestos. Se ha comprobado que algunas libélulas se espantan al agitar objetos distantes más de diez metros. Sin embargo, las mismas especies tienden a permanecer quietas si se hace una aproximación hacia ellas -mejor por detrás- sin movimientos bruscos, lo que indica que su forma de visión es más sensible o detecta mejor el movimiento que las formas. Estos conceptos de detección, percepción y reacción solapan las funciones del sistema óptico y las del cerebro: las libélulas, como la mayoría de los animales, reaccionan por instintos de defensa o ataque cuyos mecanismos de disparo se desconocen. El funcionamiento del cerebro sigue siendo la gran incógnita del reino animal, con muchas más hipótesis que conocimientos.

IMGP3093_1200_937KNVista lateral del ojo compuesto de un macho inmaduro de Sympetrum fonscolombii

Los fotorreceptores retinales convierten la luz en impulsos eléctricos que se envían al cerebro a través de los nervios ópticos. La conversión se realiza por un proceso químico que se inicia en las opsinas, unas macromoléculas fotosensibles a distintas longitudes de las ondas luminosas: parece que en el ojo humano hay opsinas sensibles a la gama de radiaciones azules, verdes y rojas, es decir, a las “radiaciones visibles”; sin embargo, algunos investigadores concluyeron -vía hipótesis- que los ojos compuestos de algunos odonatos tienen zonas sensibles a radiaciones ultravioletas e, incluso, sensibilidad a la polarización de la luz, una propiedad de la luz y concepto físico evidente cuando se usan gafas polarizadas, por ejemplo. Pero no está claro qué utilidad tiene o puede tener esa detección de la polarización de la luz en la vida de los odonatos.  Parece más claro, sin embargo, al observar las diferencias en el aspecto de las facetas y zonas de un ojo compuesto que, probablemente, cada zona tenga una capacidad de visión especial, es decir, que sea responsable de una particular función visual con un propósito específico.IMGP2776_1200_887KNNFacetas superiores del ojo compuesto de un macho joven de Trithemis annulata

En cuanto a la forma de visión del ojo compuesto existen dos teorías fundamentales: una es la de Visión en mosaico, que supone que la parte fotosensible del omatidio está solamente en su extremo final, donde proyecta lo que el cono óptico ve en el estrecho campo visual frente a él. Esto supone que la visión del ojo compuesto proyecta la escena que observa en una especie de mosaico con tantos puntos sensibles como omatidios integran el ojo compuesto. Con esta teoría de “aposición”, la imagen que se llevaría al cerebro recuerda al mosaico de píxeles de una cámara fotográfica y, sin entrar en detalles complejos de percepción, se adapta bien a experiencias para detección de movimientos rápidos. La otra teoría, conocida como Visión dióptrica, supone que el omatidio es sensible en toda su longitud posterior a la lente corneal y que, como consecuencia, recoge luz con un ángulo de visión más ancho que el supuesto en la teoría del mosaico y hace “superposición” de los campos visuales de omatidios adyacentes, creando en la retina una imagen continua, sin el efecto de imagen pixelada que implica la teoría del mosaico, aunque algo menos nítida por efecto de la superposición.

IMGP0164_1200_1147KNVista lateral del ojo compuesto de una hembra joven de Orthetrum cancellatum

¿Qué teoría sobre la visión con ojos compuestos es más verosímil?  Para dar respuesta coherente, posiblemente, hay que echar imaginación para buscar y conseguir un conocimiento mucho más ancho y profundo de la estructura funcional de los omatidios y de su conexión al cerebro…

Largos trabajos de investigación suelen preceder a los planteamientos de las hipótesis que dan lugar a los nuevos conocimientos: se puede creer o confiar en la intuición y la inspiración -como también decía Einstein- pero no es fácil que solo con ellas surjan ideas útiles.   Algunos ministros y ministras irresponsables pasan de estos asuntos con poca intuición y menos imaginación… ¡qué error y qué coste!

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Protocolos de mojaculos

Posted by Pele Camacho en 14 octubre, 2014

Odonata es el nombre científico acuñado por Johan Christian Fabricius (1745-1808) al final del siglo XVIII para el “orden” que, dentro de la “clase” Insecta, engloba a libélulas y caballitos, nombres vernáculos ampliamente aceptados que surgieron por asociaciones de ideas con raíces muy antiguas. Aún así, es posible que haya sitios cercanos donde no sepan qué es “un caballito” ni, tal vez, qué es “una libélula”, pero tendrán otros nombres vernáculos para referirse a esos llamativos animalejos que son acuáticos en la mayor parte de sus vidas: frente a  las pocas semanas -pocos meses, como mucho- que dura su vida aérea como adultos o imagos, las primeras etapas de sus vidas son acuáticas y comienzan con la puesta de huevos u oviposición que, salvo escasas excepciones, las hembras de los odonatos llevan a cabo en medio acuático o muy cerca de él (*).

IMGP3867_1200_877KNUna pareja de Platycnemis acutipennis, iniciando una nueva generación

Frente a los nombres científicos de la nomenclatura binomial, utilizados en la ordenación o clasificación biológica de las especies, algunos nombres vernáculos son apelativos de rango corto y su significado suele perderse poco más allá de la zona donde surgieron. Son nombres antiguos, casi motes o apodos, transmitidos “localmente” de generación en generación y, solamente aquellos “mejor puestos”, los que casi no necesitan explicación, llegan a sobrepasar los límites geográficos del lugar donde surgieron. Este es el caso de “mojaculos”, un nombre poco científico que quizás usted conozca y, probablemente, bastante más antiguo que el de Odonata, además de ser mucho más comprensible y comunicativo.

IMGP3791_1200_1223KNUna pareja de Sympetrum fonscolombii, mostrando la presa inicial del protocolo reproductor

En el reino Animalia, término que acuñó Carlos Linneo (1707-1778) -maestro de Fabricius- para englobar a todos los animales, no hay ningún orden con especies dotadas de genitalias secundarias como las que tienen y usan los machos de odonatos. Como consecuencia de ello, el protocolo reproductor de los odonatos es único en la naturaleza y se desconoce completamente su evolución; es un “completo misterio”, como decía R.J. Tillyard , el gran experto en odonatos, en su obra “The Biology of Dragonflies”.

IMGP0967_1200_1219KNEl “tándem” exclusivo del Orden Odonata, mostrado con una pareja de Sympetrum fonscolombii

Pero, aunque todos los odonatos hacen ese peculiar “tándem copulativo”, no es única la forma de llevar a cabo las puestas de huevos: unas son endofíticas, es decir, los huevos se insertan en el tejido vegetal de algunas plantas, otras son epifíticas, y ponen los huevos en la superficie de plantas acuáticas y, finalmente, las exofíticas depositan los huevos en la tierra o el agua.

IMGP2011_1200_1398KNRefracción y reflexión de la luz, con una pareja de Anax parthenope, haciendo una puesta con presa

Las puestas más vistosas y espectaculares son, sin duda, las acuáticas: en algunas especies, el macho suele sujetar a la hembra hasta que deposita los huevos fecundados, evitando que otro macho haga tándem con ella y anule la fecundación anterior. Hay especies que hacen puestas en estado de reposo que, todo sea dicho, favorece la tarea de apunte y enfoque fotográfico…

IMGP2553_1200_802KNPareja de Sympetrum fonscolombii, mojando el final del abdomen con ritmo marchoso…

Otras veces, la puesta es dinámica y la pareja vuela dando una exhibición de ritmo y una precisión con la que intentan competir algunos aficionados a la fotografía de naturaleza viva…

IMGP1370_1200_1265KNHembra de Anax imperator, haciendo una puesta tranquila

En algunas especies, la hembra sigue ovipositando después de verse libre de la presa del macho, sumergiendo su ovipositor que está pocos milímetros más arriba que su apertura anal… pero eso es un detalle accidental, aunque sea el que les da ese nombre vernáculo de “mojaculos”, bien puesto donde los haya…

(*) Después de la oviposición, en algunas especies se inicia una diapausa o retraso del desarrollo embrionario que puede durar hasta cinco meses, para adaptarse a las estaciones y a una climatología favorable. En otras especies la maduración del embrión se inicia de modo inmediato, con una duración variable de 1 a 8 semanas que determina el inicio de la fase larvaria, cuando surge la prolarva al eclosionar el huevo.  Las prolarvas de aquellas especies que hacen puestas fuera del agua, buscan inmediatamente el medio acuático para desarrollarse como larvas y evolucionar en estadios sucesivos, con más de 10 mudas de cutículas o ecdisis que permiten el crecimiento de las larvas, en periodos que van desde 1 año hasta 3 en regiones frías, con excepciones de especies polivoltinas en zonas cálidas, donde puede haber más de una generación al año.

 

 

 

 

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Pinzas

Posted by Pele Camacho en 10 octubre, 2011

El sistema reproductor de los machos de odonatos es tan exclusivo que no existe nada parecido en el reino animal: aunque la ubicación de la genitalia primaria al final del abdomen es similar al de la mayoría de insectos,  la situación casi al principio del abdomen de la genitalia secundaria  -la operativa en el acoplamiento- hace que el tándem tan característico de los odonatos  sea también exclusivo y sorprendente.

  Macho de Trithemis annulata mostrando sus atributos

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Tras unos orígenes que se remontan a 250 millones de años, no se conoce un proceso evolutivo de los odonatos que explique ese extraordinario detalle anatómico de la genitalia secundaria y las consecuencias de su función en los acoplamientos, realizados con la ayuda de otros elementos de su anatomía que no son parte activa en la reproducción: los apéndices anales o pinzas con las que los machos sujetan la cabeza de las hembras de libélulas o el protórax de las hembras de caballitos.  Es de suponer que las formas de los apéndices son también resultados de ese desconocido proceso evolutivo de las especies originales en las que, al no haber genitalia secundaria, tampoco habría unos apéndices adaptados a la función que desarrollan en las especies que conocemos.

    Macho de Anax ephippiger,  ejercitando sus apéndices anales

En los machos de anisópteros, o libélulas, existen dos apéndices anales superiores o cercoides y uno inferior, cerco o lámina supraanal, situado detrás del poro genital que corresponde a la genitalia primaria, situada en el segmento 9, anterior al segmento 10 del que salen los apéndices anales. La forma de los apéndices es casi específica:  Selys, el padre de la Odonatología moderna, describe en su libro “Monographie des libellulides d’Europe” que los apéndices pueden ser  “ lanceolés, pointus, arrondis, cylindriques, coniques, contournés, filiformes, tuberculés, dentelés, fourchus, ciliés, hérissés, glabres, courts, allongés , semi-circulaires, etc.”  Tillyard,  en su magnífico libro “The biology of dragonflies”, sin entrar en más detalles, dice que la diversidad de formas es inmensa y que, salvo en un par de excepciones genéricas, las especies pueden ser identificadas de manera inconfundible por la forma de los apéndices que, además, al servir como elementos de acoplamiento preciso en la precópula, hacen que la hibridación sea muy rara entre diferentes especies de odonatos.

Apéndices superiores presionando en el occipucio de una hembra de Sympetrum fonscolombii

La forma en que los machos sujetan la cabeza de las hembras es casi inimaginable por la precisión que implica un evento que, normalmente, se realiza en pleno vuelo de los dos protagonistas. Considerando la probable dificultad o incapacidad del macho para dirigir visualmente la acción de los apéndices, hay que admitir como cierto que son las hembras las que, después de aceptar al macho, acercan sus ojos y su cabeza a los apéndices que van a sujetarla: los dos apéndices superiores o cercoides se sitúan detrás de la cabeza, en el occipucio, y presionan hacia delante en la hendidura que tiene la cabeza sobre el cuello que la une al tórax.

Vista trasera de la cabeza de una hembra de Sympetrum fonscolombii

La pinza se completa con el apéndice inferior, o cerco, que se sitúa por la parte delantera, entre los ojos, presionando hacia atrás en sentido opuesto a como lo hacen los apéndices superiores, al tiempo que los segmentos finales del abdomen del macho, aprovechando su carácter invertebrado,  se curvan casi 180º de manera inverosímil, causando una aprensión casi dolorosa en cualquier vertebrado homosapiens que observe el ejercicio…

El apéndice inferior del macho, presionando entre los ojos de un hembra de Anax ephippiger

Imagino que no es fácil hacer una estadística de los ojos de hembras que pueden resultar dañados en el intento, pero en eso, supongo, reside el éxito del supuesto proceso evolutivo y, además, los ojos compuestos de las libélulas, quizás, se pueden permitir el dispendio de perder la visión de una pequeña fracción de sus omatidios, como refería Philip Corbet, otro gurú de la Odonatología moderna, en su libro “A biology of dragonflies”, en un dibujo ilustrativo que copié en la entrada que titulé “La pequeña sirena”.

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Morena clara

Posted by Pele Camacho en 22 noviembre, 2010

Por nuestras latitudes ibéricas, casi todas las libélulas de color azul suelen ser machos de alguna especie del género  Orthetrum, nombre que hace referencia a su abdomen recto, tieso…  según se mire y si están en condiciones de reposo porque, como libélulos que son, primero lo arquean para recargar la genitalia secundaria con el esperma generado en la primaria, y después, para agarrar a sus parejas de tándem por el cogote, o por la nuca, si se asocia la anatomía de la libélula a la humana.

Tándem de Orthetrum brunneum

Una de esas especies de machos azules es la Orthetrum brunneum (Fonscolombe, 1837), con un nombre que viene a indicar una morenez cuya posición, tono y origen no están claras. No he podido encontrar ningún documento que dijera de forma explícita por qué uno de los primeros libeluleros que en el mundo han sido, Monsieur  Etienne Laurent Joseph Hippolyte Boyer de Fonscolombe (1772-1853), le puso tan oscuro nombre a la criatura.  Otros libeluleros posteriores, merecidamente y en su honor, nominaron fonscolombii a una SympetrumBoyeria al género de una irene que, al menos,  muchos conocemos.

Macho joven de Boyeria irene

Los machos de Orthetrum brunneum, al contrario de lo que dice su nombre, son los que llegan a tener un azul más pálido; parece como si la pruina exterior de sus exoesqueletos, además de llegar a recubrirlos casi por completo, venas alares incluidas, perdiese coloración a medida que alcanzan su etapa de machos veteranos.

Macho veterano de Orthetrum brunneum

Detrás de su morrete azul muy claro, casi blanco, los ojos seniles pierden los tonos azulados juveniles  y adquieren una coloración oscura, achocolatada, quizás lo único que deviene moreno en sus anatomías, donde el contraste de tonos parece darles un empaque y belleza sobresalientes, como las de aquella “Morena clara” que puedes oír en:

Morena clara… Plácidamente

Para la caracterización e identificación de las libélulas se recurre frecuentemente a la estructura de sus venas alares,  y en muchos glosarios y documentos de Odonatología suelen incluir a las Rspl, unas venas que, a veces, permiten identificar diferencias entre especies parecidas.  La abreviatura Rspl corresponde a Radial suplementaria, una denominación que me recuerda a esas autopistas radiales de peaje, a cuyas concesionarias, de manera solidaria, parece que vamos a tener que pagarles entre todos un “peaje suplementario”,  por el arte de la mala gestión y la gracia de la buena ingeniería financiera.   En la familia de los libelúlidos hay cuatro venas Rspl, una en cada ala, a las que podríamos llamar R2, R3, R4 y R5, como las cuatro autopistas radiales de los madriles, aunque no son ésas las únicas suplementarias de concesionarias deficitarias, pues aún hay más dislates viarios y dispendios innecesarios que, salvo milagros o remilgos eurocomunitarios, puede que acabemos pagando usuarios y no-usuarios, víctimas propiciatorias de avaricias bancarias y especulatorias .

Estructura alar de los géneros  Libellulidae

Macho adulto de Orthetrum brunneum, mostrando ostentosamente todas sus venas alares, Rspl incluidas

Saliendo de las autovías y volviendo a las alas de los odonatos, las venas Rspl subtienden  -verbo rarillo-, es decir, abarcan o rodean por abajo a unos conjuntos de celdillas alares que en algunas especies son dobles o múltiples, por ejemplo, en el centro del tercio extremo de cada ala de las Orthetrum brunneum,  cada Rspl forma una especie de huso  cuyo vértice final parece apuntar al comienzo del pterostigma del ala.  Dentro de tal huso, limitado arriba por la vena interradial 3 -abreviada IR3-, se puede apreciar una sucesión de celdillas dobles, en número variable entre 5 y 9, que en los extremos del huso vuelven a ser celdillas simples. Aunque hay discrepancias, parece que las celdillas dobles son un identificador de la especie cuando se puede observar el plano de sus alas, cuyos pterostigmas son algo más oscuros -morenos-  y también algo más pequeños que los anaranjados de sus primos Orthetrum coerulescens, con los que frecuentemente se confunden.  Tal vez, de aquellos pterostigmas surgiera lo de brunneum, pero no apuesto nada en el supuesto. Otro identificador en una vista dorsal, es el ensanchamiento-aplastamiento de los segmentos centrales de su abdomen, ausente en los coerulescens.

Las Orthetrum brunneum de esta entrada fueron vistas por algún paraje de Despeñaperros, en Santa Elena, Jaén, donde suelen ser fruta de agosto en los escasos arroyos y charcos que quedan a esas alturas del verano.

Salud y cálido disfrute de los tiempos fríos.

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La bruja Anax

Posted by Pele Camacho en 12 octubre, 2010

Es la más grande y la más impresionante de esas brujitas que parecen haber perdido sus caperuzas mientras vuelan con las patorras encogidas, como agarradas a los palos multicolores de sus escobas… Ésta es la “emperatriz” de todas las brujitas ibéricas: la bruja Anax imperator, tan grande como bella.

Va y viene sin parar, apenas la puedes seguir para apuntarle, la pierdes de vista, pero vuelve una y otra vez y tú aprietas el disparador con más fuerza que fe, intentas hacerle fotos pero…

Anax imparator, macho, patrullando como acostumbran

¿Qué puedes hacer cuando la bruja patrullea sin parar? En esas condiciones parece que tu visión de observador medio mareado, la rotación de la Tierra y todas las demás cosas que están por ahí dando vueltas influyen en las fotos y eso es lo que hay.

Cansado de intentarlo, dejas de apuntarle para admirar su acrobacia, su dominio del aire; la ves patrullar incansable, rítmica, como en un rápido movimiento perpetuo que me recuerda a este, de apenas 3 minutos:

Genio y figura de un maestro de leyenda: www.youtube_ Movimiento perpetuo

Y, de pronto…, de pronto hace un quiebro raro, empieza a volar distinto y se posa… ¡¡¡ se posa !!!, lejos, donde apenas la puedes ver, te acercas como puedes y… y ves que no está sola, que lleva agarrada una tierna y temblona Sympetrum fonscolombii, un “cucuruchito”, como dice el amigo Iñaki, al que le va cantidá el gore libelulero.

El “emperador de las brujas” y su “cucuruchito”: ha enganchado, al vuelo, una hembrita de Sympetrum fonscolombii

Como el cucuruchito era grande y el posadero incómodo, se cambió un par de veces y, con eso de “el que la sigue la consigue”, le hice varias fotos pero en ninguna me dejó ver mejor su “cucuruchito” y, aunque en alguna se viera más, no se veían mejor los azules turquesa del emperador de las brujas sin caperuza, algo muy especial que, difícilmente, se deja fotografiar muy pocos días.

En una pose más cómoda, para ella y para el fotógrafo, el “emperador” prosigue en su almuerzo

Las fotos fueron hechas cerca de unas charcas malagueñas, el 2 de Octubre de 2010, con la buena compañía del amigo Manuel, al que le gusta ver libélulas y otras brujitas malagueñas.

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Rojos con Morse

Posted by Pele Camacho en 20 septiembre, 2010

Cómo son
En este post no están todos los que son, porque son una familia numerosa con bastantes géneros; pero son todos los que están: todos son Sympetrums, odonatos todos ellos con unas características, tamaño, colores, etc. que permiten identificar con relativa facilidad su pertenencia a la familia, pero no tanto al preguntarse de qué especie son, pues según la época en que se les ve, es decir, el momento de su desarrollo, tienen colores muy similares y sutiles diferencias entre ellos que pueden llevar a errores de identificación.  Recuerdo a los abueletes del pueblo que, a veces, preguntaban a los críos que les incordiaban con un “¿De quién eres tú?”, muy aplicable también a los Sympetrums.

Después de las emergencias, en sus fases juveniles, no solo se parecen bastante algunas especies, sino que incluso también hay parecido entre los sexos y las identificaciones se hacen difíciles si las observaciones de los individuos recentales o tenerales -en el argot anglofilo generalmente aceptado- no permiten ver con claridad las genitalias. Luego, a medida que evolucionan, la diferencia de color es suficiente para distinguir machos adultos, cuando éstos adquieren un color rojo predominante, más o menos intenso,  por la pruina que recubre progresivamente el color marfileño de la cutícula del exoesqueleto, que apenas sufre un ligero oscurecimiento. Son Sympetrums y son machos, pero ¿de qué especie?.

El problema y la alternativa
La identificación de especies más fiable, tanto de machos como de hembras, es la que se deduce al examinar sus genitalias pero, aunque de forma inconsciente por su parte, en la fotografía de campo no suelen dejar  ver el detalle de sus partes.  Entonces, dado que los colores de ojos, cuerpos y extremidades pueden confundir, imaginé la posibilidad alternativa de buscar caracteres secundarios acromáticos que proporcionen información “aproximada” de la especie que es. Entre tales detalles acromáticos podríamos decir  -imaginar, más bien-  que los individuos maduros llevan encima una especie de mensajes Morse de rayas y puntos que “podrían” ayudar a su identificación como si fueran “códigos de barras”.  Lo importante no es el “mensaje”,  que varía con la imaginación que se eche  en la lectura del supuesto “código”, sino la presencia o ausencia en él de ciertas rayas o puntos. Veamos algunos ejemplos que, por supuesto, varían ligeramente con la edad de los rojillos y la capacidad discriminante del examinador.

Sympetrum sinaiticum. Rayas negras laterales en S2 y S3,  raya negra en S8 y punto al comienzo de S9

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

En el Sympetrum sinaiticum, que tantos años costó nominar, se observan dos rayitas laterales en los segmentos S2 y S3 del abdomen. Eso en Morse es la “m”. Luego, también lateral en el segmento S8 se ve otra rayita aislada, que sería la “t” Morse, pero si se fuerza un poco el examen, se podría decir que al principio de S9 hay un punto. En ese caso, podría decirse que sobre S8 y S9 hay una “n”.

Sympetrum meridionale.  Raya negra en S3 y puntos negros en S4, S5, S6 y S7

El Sympetrum meridionale tiene una rayita aislada en S3. Una “t”. Luego, de S4 a S7 hay cuatro puntitos, uno en cada segmento, que podrían interpretarse como  cuatro “e” o, si los imaginamos como un grupo de cuatro puntos, darían una “h”.


Sympetrum striolatum. Rayas negras laterales en S7 y S8, punto gordo en S9. Rayas dorsales en S8 y S9

El Sympetrum striolatum no porta ningún mensaje en S2-S3, solo lleva rayitas en S7 y S8, a veces muy tenues, seguidas de una mancha  -o punto gordo- en S9. Esos hacen una “g”.  Pero, además, en la parte dorsal de S8 y S9 lleva dos rayitas, una “m” dorsal, que no llevan los sinaiticum ni los meridionale.

Sympetrum fonscolombii. Rayas negras laterales en S6, S7, S8 y S9.  Rayas negras dorsales en S8 y S9

Finalmente, Sympetrum fonscolombii porta las rayitas dorsales en S8-S9, igual que  el striolatum, pero además lleva una serie de dos, tres y hasta cuatro rayas laterales que empiezan en S9. Para el ejemplar de la foto de esta especie he elegido uno de cuatro rayas, la “ch”, un código que, como la “ñ”, solo se usaba en Morse español, donde esas letras son imprescindibles en algunas palabras de uso frecuente y castizo.

Breve apunte histórico

Samuel Morse (1791-1872), considerado inventor del telégrafo, no era un científico, ni mucho menos, pero supo aprovechar las ideas de alguno como Joseph Henry (1797-1878),  que en 1835 había tenido, demostrado y perfeccionado la idea del telégrafo, pero que no tuvo la de patentarlo.  Morse, que aunque no fuera científico debía de ser muy listo, aplicó su famoso código de puntos y rayas a unos cachivaches eléctricos de los que sabía poco, desarrollados por Henry, uno de los padres del electromagnetismo y los electroimanes, es decir, las bobinas eléctricas que fueron el soporte físico de los primeros telégrafos. Henry, aunque no fuera tan listo como Morse, fue un científico muy trabajador y muy inteligente, con un prestigio mundialmente reconocido. Precisamente, en su honor se llama “henrio” o “henry” a las unidades físicas que indican la inductancia de las bobinas.   La idea de los puntos y las rayas es tan antigua que no se sabe qué  homosapiens fueron los primeros en utilizarla; se sabe, por ejemplo, que en la antigua Grecia utilizaron escudos con superficie pulida para reflejar el sol y enviar mensajes a larga distancia. Se puede decir que fueron los primeros “heliógrafos”.  Y también unos contemporáneos de Morse y Henry, los “pieles rojas” de las pelis del oeste, transmitían señales de humo largas y cortas, con una fogata  y una manta.  A saber si no fueron ellos los que dieron a Morse la idea de los puntos y las rayas…

Pero Morse fue quien hizo la patente, la número 1647 de USA, en Junio de 1840. Y como era muy listo,  se forró con la explotación de la misma. El telégrafo clásico se usó durante más de cien años, siendo reemplazado con los teletipos y la red de “telex”, hace unos cincuenta años.  Pero eso ya es otra historia.

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Sympetrum sinaiticum: un nombre inseguro

Posted by Pele Camacho en 28 junio, 2010

Cuando se observan las fechas en que los entomólogos dieron nombre o distinguieron a una especie de otras, se aprecia que se iniciaron allá por 1758 con Linnaeus y se ampliaron enormemente a mediados del siglo XIX, siendo escasas las nominaciones en el siglo XX y más bien concentradas a sus primeras décadas.  Sorprende,  por tanto,  que haya un salto de más de un siglo en la fecha de identificación de algunas especies, por ejemplo, la Sympetrum sinaiticum  (Dumont, 1977)  y una pariente lejana rusa, la S. haritonovi (Borisov, 1983), hasta donde yo sé, las anisópteras “euro-afro-asiáticas” etiquetadas con fecha más tardía.

Describir la evolución de nombres y fechas relativas a esta especie daría un relato largo y farragoso, para explicar que el retraso fue debido a una apreciación más o menos simplista de los colores cuticulares que, como se muestra en las fotos adjuntas, presentan una gran variación a lo largo de su proceso evolutivo, similar a la que se puede observar en muchas otras libélulas. Una de las denominaciones que primero se utilizaron para ella fue la de Sympetrum vulgatum (Linnaeus, 1758) y de ella surgió la Sympetrum vulgatum decoloratum (Selys,1884)  que, de hecho, Dijkstra mantiene en su libro editado en 2006. Luego surgieron una serie de errores al intentar identificar especies procedentes de Turquía, Libia y el Sinaí, que dieron lugar a una mezcla de “especies” con diferencias mínimas y denominaciones diferentes de las vulgatum, entre ellas flavum, arenicolor, sinaiticum y decoloratum sinaiticum.  Para terminar con el embrollo, se dijo que la Sympetrum sinaiticum era una especie “politípica” (Jödicke, 1994), con especie nominal en el norte de África y tres subespecies: en España, la tarraconense, en Asia Menor, la deserti y en Asia Central, la arenicolor.  Pero un estudio posterior más científico, incluyendo largas series de adultos de todas las “subespecies”, concluyó que la sinaiticum y la tarraconense eran idénticas y otro tanto sucedía con la deserti y la arenicolor, quedando solo las especies sinaiticum y arenicolor (Jödicke, 2000).  No obstante, en un reciente artículo de Enero 2009, el mismo Jödicke dice que “arenicolor y sinaiticum son extremadamente parecidas… Solo unos pocos odonatólogos han visto alguna vez la arenicolor en el campo y, por ello, su biología es apenas conocida…”, lo que induce a pensar que no sería raro que cualquier día algún odonatólogo-científico nos diga que las dos son la misma, que hay claras y oscuras, o rubias y morenas o, simplemente, más o menos pruinosas según el lugar donde recibieron una radiación solar más o menos intensa…

Sympetrum sinaiticum macho, pocas horas después de su emergencia

Sympetrum sinaiticum hembra, pocas horas después de emerger

Dejando a un lado esos “problemillas” de identificación, podemos decir que la “subespecie” española es una de las procedentes del norte de África, con expansión dispersa por la cuenca mediterránea y citas aisladas, tal vez insuficientes para considerarla como especie autóctona en muchas zonas. Los individuos recién emergidos tienen un color marfileño casi uniforme, donde se aprecian ya en los segmentos S2 y S3 las líneas oscuras laterales que los diferencian del resto de especies del género Sympetrum. Presentan también unos pterostigmas relativamente largos y de un color ceniza claro, que de adultos pasan a ser rojizos. Llama la atención la delgadez de su abdomen en comparación con el grosor del tórax y la cabeza.  Al cabo de cuatro o cinco horas, sin haber alcanzado todavía el estiramiento y la consistencia definitiva de sus alas, inician unos vuelos cortos y algo torpes, como si estuviesen probando su capacidad para empezar a vivir.

Sympetrum sinaiticum hembra, inmadura, pocos días después de la eclosión de la ninfa

Sympetrum sinaiticum macho, inmaduro, pocos días después de su emergencia

En apenas una semana, el delgado abdomen del individuo recién emergido adquiere un grosor casi igual que el del individuo adulto y los tonos marfileños pasan a ser más amarillentos, con marcas negras más intensas, pero sin mostrar aún trazas de los tonos rojos presentes en los individuos adultos, tanto machos como hembras, aunque en ellas predominan los tonos pardos sobre los rojos.

Sympetrum sinaiticum, macho adulto, después de su periodo de estivación

Simpetrum sinaiticum, hembra adulta, después del periodo de estivación

Su tamaño adulto es algo menor que el de la popular Sympetrum fonscolombii  y los individuos maduros presentan un marcado dimorfismo sexual, como casi todas las libélulas, con notables diferencias morfológicas y de coloración.
A principios de Julio desaparecen, perdiéndose en el bosque en uno de esos procesos de estivación que parecen elegir para madurar sexualmente y, tal vez, para ponerse a salvo de los rigores caniculares de los meses de Julio y Agosto.

Cópula de Sympetrum sinaiticum, sobre una charca de agua estancada

A finales de Septiembre, e incluso en Octubre, se las puede ver casi solas o acompañadas de sus parientes Sympetrum striolatum, conocidas también por su proceso de estivación. Es en esa época del año cuando desarrollan su actividad reproductora y tras un periodo de un par de semanas desaparecen definitivamente de sus escenarios acuáticos.

Todos los individuos de esta entrada fueron localizados en la provincia de Málaga.

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¿Por qué “Odonatos”?

Posted by Pele Camacho en 6 junio, 2010

Robin J. Tillyard (1881-1937), en su libro “ The biology of Dragonflies”, un clásico en la bibliografía de Odonatos, publicado en 1918, hace una introducción histórica de la clasificación de estas criaturas dentro de los insectos.  Así inicia su libro:

“En la subdivisión de la Clase Insecta, Linnaeus colocó a todas las libélulas que conocía dentro de un único género Libellula, formando la familia Libellulidae dentro del heterogéneo Orden Neuroptera. Fue Fabricius, un alumno suyo, quien reordenando los Órdenes de Insecta por su estructura bucal, constituyó un Orden nuevo bajo el nombre de Odonata, por la forma de sus mandíbulas”.

El nombre deriva de la palabra griega “odon”, de “diente”,  de la que se deriva también todo lo relacionado con la Odontología.  Parece que  Johan C. Fabricius (1745-1808), famoso entomólogo danés, los consideró “provistos de dientes”, o “dentados”, y aunque lo correcto hubiera sido llamarles “Odontata”, como cita Tillyard en pie de página, debió sonarle mejor “Odonata”, y así quedó y fue aceptado por todos los entomólogos que posteriormente fueron revisando estos conceptos y clasificaciones.  Los estudios de morfología y filogenia que se hicieron reafirmaron que los odonatos son un orden diferenciado del resto de insectos. Y así sigue hasta ahora.

Al citar las características de este Orden, en primer lugar, Tillyard dice que son carnívoros en todas sus etapas, es decir, desde que la ninfa sale del huevo, alimentándose de bichejos en el medio acuático donde vive y, cuando pasa a imago, utilizando “las partes mordedoras de su boca y sus mandíbulas gruesas y con fuertes dientes”. Los dientes, o las mandíbulas, les dan su nombre y su “personalidad”.

En su libro “A Biology of dragonflies” publicado en 1962, dice Philip S. Corbet (1929-2008), el gran experto en libélulas:
“Se alimentan en vuelo utilizando sus patas para capturar a las presas y transferirlas a las mandíbulas…  algunas especies  detectan a sus presas con la parte superior de sus ojos, donde sus omatidios o facetas están especialmente preparados para captar el movimiento y luego,  atacan a la presa “desde abajo”… pero también algunas especies se especializan en detectar a sus presas “desde arriba”, con los omatidios de la parte inferior de los ojos, más sensibles a la forma que al movimiento… después de la captura pueden posarse para devorar a la presa, particularmente si es grande pero, en muchos casos, siguen en vuelo mientras la consumen…”.

Orthetrum trinacria, macho adulto, devorando a una hembra de Sympetrum fonscolombii

Es impresionante ver cómo devoran y engullen a sus víctimas, tanto más cuanto mayor es el tamaño de la especie, pero hay especies con fama o etiqueta de “agresivas”, como las Orthetrum trinacria, cuyo aspecto oscuro y afilado parece darles un carácter aún más “terrible”, quizás acrecentado por elegir frecuentemente como víctimas a otras libélulas que, a veces, en el silencio del lugar donde se las observa, hasta se puede percibir cómo crujen sus cutículas trituradas.

Orthetrum cancellatum, hembra madura, devorando a una mosca cogida en vuelo

La presencia cercana del que las observa cuando están alimentándose parece ponerlas en guardia y contener algo sus movimientos masticadores. Su concentración en retener la presa es, al parecer, su prioridad mayor en esos momentos, como si el instinto de conservación que les hace huir en circunstancias normales quedara en un segundo plano, pero para el observador son una más de esas escenas en silencio y quietud casi inolvidables con las que, a menudo, nos sorprenden las criaturas en su entorno natural..

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