Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Posts Tagged ‘Trithemis kirbyi’

Ponerse coloradas

Posted by Pele Camacho en 26 septiembre, 2016

Hace pocas semanas, mientras miraba y enfocaba algunos bishos que muestro más abajo, recordé una cancioncilla pegadiza y marchosona que, hace ya unos pocos años, con cimbreos y acordes andalusíes, media docena de danzarinas requeterepetían en la tele:

“…aunque parezca mentira 
me pongo colorada cuando me miras
me pongo colorada cuando me miras
me pongo coloraaaaada”

(puedes requeteescuchar la cancioncilla si requetepicas →“aquí” )

Ponerse colorao  como un tomate”, ruborizarse, es algo que pasa a personas vergonzosas, pero el colorao desaparece pronto, como si fuera mentira, y poco después de parecer un piel roja vuelven a tener el rostro pálido. Todo lo contrario pasa en algunas libélulas que “se ponen coloradas” de manera permanente porque, marchosas ellas y amantes del sol, consiguen cambios de color por la pruina que generan sus cuerpos con la calor, como una capa protectora que progresa adecuadamente y les dura hasta el fin de sus días. De la pruina trataba la entrada  “Pruina y pruinosos”picar para ver– que ahí se enlaza por si fuera de interés.

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Macho recental de Trithemis kirbyi- Selys 1891, con pálida cutícula sin mancha de rojo alguno

La mayoría de los odonatos emergen de su fase de ninfas con una cutícula de un lustroso color marfileño y algo reluciente, como el que muestra la foto de ese recental de Trithemis kirbyi – Selys 1891 .  A las pocas semanas de eclosionar rompiendo la cutícula de sus larvas,  según la especie y el sexo, evolucionan hacia unos colores céreos que varían en tono e intensidad, según su edad y el tiempo que han pasado al sol.

Generalmente, con su continuo “patrulleo” en busca de comida y pareja, los machos están al sol mucho más tiempo que las hembras y, en consecuencia, necesitan una mayor protección solar que ellas. A lo largo de millones de años, la evolución les ha dotado de un mecanismo de autogeneración de la pruina, una capa polivalente que actúa como filtro solar con el factor de protección adecuado. El color de la pruina varía de unas especies a otras, pero en esta entrada elegí como fundamental el rojo-colorado, para ser coherente con la canción y el título.

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Un adulto colorado de Trithemis kirbyi – Selys 1891: un color conseguido con mucha calor

Para ver lo que supone “ponerse colorada”, se pueden comparar las fases de adulto y recental de un macho de la libélula Trithemis kirbyi – Selys 1891: lo único que casi no ha cambiado de una etapa a la siguiente es el color casi negro de los pterostigmas, la forma de las celdillas de sus alas y las posiciones de las manchas ambarinas de las bases alares que, junto con las venas frontales, también han evolucionado hacia colorados más intensos.

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Macho recental de Crocothemis erythraea – Brullé 1832, con muy pocos días de vuelo

Quizás el enrojecimiento más brutal en la familia Libellulidae o de los libelúlidos, es el que se observa en los machos de Crocothemis erythraea – Brullé 1832.  Sus recentales, a los que no es fácil ver ni distinguir de las hembras jóvenes por el color,  son también de tonos marfileños que se van poniendo acaramelados a los pocos días de vuelo, pero se ponen rojos hasta los ojos al completar la fase de adulto, como muestra la foto de abajo. Parece que mientras son jóvenes suelen estar lejos de los adultos: no se les ve cerca de las charcas donde revolotean los veteranos.

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Macho adulto de Crocothemis erythraea – Brullé 1832, un veterano con muchas horas de vuelo

Entre las hembras de los odonatos no hay muchas que se “pruinicen” poniéndose coloradas, pero siempre hay excepciones, por ejemplo, en algunas especies de zigópteros  -caballitos- hay hembras que tienen trazos de algún color que les hace parecerse a los machos de su especie y, por eso, se las denomina andromorfas, es decir, con aspecto de machos. En relación a formas, colores y comportamientos, entre las hembras de Homo sapiens con rostro pálido también hay excepciones: algunas nunca se ponen coloradas como dice la cancioncilla ut supra, ni aunque a veces se “pongan de rojo” con chaqueta, falda, bolso… posiblemente, porque no son vergonzosas y, por eso, como no tienen vergüenza, el rubor no va con ellas. Son criaturas excepcionales en muchas cosas y casos.

Como en el orden de los odonatos los hay de muchos colores, también hay especies que de jovencitos son casi blancos y de adultos se ponen verdes. Un ejemplo está en el caballito Lestes viridis – Vander Linden 1825, quizás uno de los caballitos más grandes dentro de ese suborden con reminiscencias hípicas poco justificadas.

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Hembra jovencísima de Lestes viridis – Vander Linden 1825, apenas una hora después de eclosionar su ninfa-madre

La pruina es de tonos céreos en muchas especies, pero también hay ejemplos suficientes en los que muestran un brillo metálico que -no me extrañaría- puede suponer una reflexión de la luz y la calor solar que los ilumina, abrillanta y acalora. Desconozco si hay estudios que hayan analizado cómo puede disminuir la temperatura de tejidos anatómicos subyacentes, recubiertos por una pruina metalizada o por otra cérea de igual espesor y densidad. Yo los hubiera hecho, desde luego, pero dejando aparte tendencias científicas frustradas, en la foto siguiente se muestra una hembra madura de Lestes viridis, con su impresionante y resplandeciente verde metalizado. Por cierto, es otro ejemplo más, como aquellos de la reciente entrada “Una de caballitos”, donde se puede ver que muchos zigópteros posan con las alas separadas del cuerpo, pero casi siempre juntitas. Excepciones aparte, claro.

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Hembra madura de  Lestes viridis – Vander Linden ,1832,  vestida de verde y oro, con finura y elegancia torera

Recordando otros ambientes y colores, me viene a la memoria cierta clase -que algunas tribus llaman “casta”- de la especie Homo sapiens, que suelen pasar la mayor parte de su tiempo remunerado en “poner verdes” a otros de su clase y condición, citando operaciones que van desde el “blanqueo” hasta otras que suponen operar en o con algo “black” -o sea, negro – referencias, en fin, que a la mayoría de los “paganos” que les remuneran para parlotear menos y trabajar más, les supondrían cambios de coloración, por palidez o rubor. Pero todas esas clases, castas, clanes, tribus o lo que sean, como mucho, muestran algún tic nervioso de párpados, labios, dedos, piernas…, pero casi nunca rubor. Será porque tienen tan poca vergüenza como ganas y capacidad para trabajar en lo que deberían, supongo yo.  Pero esas son otras historias para “alucinar en colores”.

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De belleza sin par

Posted by Pele Camacho en 27 marzo, 2014

Eso dice un famoso pasodoble de las Islas Canarias:  Vergel de belleza sin par y es bastante verdad, por múltiples razones, personas y cosas. No hace mucho estuve por allí y disfruté con la compañía, con el paisaje y con algunos de sus protagonistas que me permitieron –no sin esfuerzo, todo sea dicho- memorizarlas en mi cámara. Pero el esfuerzo mereció la pena, porque para los que disfrutamos viendo bishos, la Trithemis arteriosa (Burmeister, 1839) es una libélula, también, de belleza sin par.

ImagenEsbeltez y estilo: digna para un desfile de modelos 

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Tienen un tamaño intermedio entre aquellos de sus parientes peninsulares, las Trithemis annulata, algo más grandes y las Trithemis kirbyi, un poquito más pequeñas. Todas ellas tienen componentes o tintes rojos característicos y específicos, que en el caso de las protagonistas de esta entrada con tinte canarión es un rojo vivo, fuerte, de pura-sangre… que quizás fuera la razón para que Don Germán –como le llamaron sus amigos de Argentina- decidiera ponerles ese nombre de sangre recién oxigenada. Don Germán se llamaba Karl Hermann Konrad Burmeister (1807- 1892), pero  en 1857 visitó Argentina y debió parecerle, también, una tierra de belleza sin par, porque allí tuvo familia y amigos -echó raíces, que se dice- se nacionalizó argentino y allí disfrutó su segunda media vida.

ImagenFestival de rojos pura-sangre 

En los machos destaca el contraste nítido entre sus manchas negras y los rojos predominantes en su coloración, pero no es menos llamativo el color rojo vivo de las venas de sus alas, como si llevaran sangre arterial o, tal vez, porque su hemolinfa tenga ese color pero, sea la razón que fuere, ver el brillo rojo de sus alas a la luz del sol es un espectáculo impactante que no estoy seguro de haber captado plenamente con mis fotos .

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Como la “fermosa vaquera de La Finojosa”:  “Non era deseosa de amar…”

Las hembras de arteriosas, como en muchas otras especies de libélulas, tienen colores menos llamativos que los machos, pero mantienen ese fuerte contraste entre sus tonos marfileños y las manchas negras que recuerdan a las de sus machos y a las de sus congéneres Trithemis peninsulares, a las que se parecen también en su “timidez” o “prevención”, asociando comportamientos humanos semejantes que podrían suponerse ante la escasa presencia de ellas en los lugares donde ellos pululan. La protagonista de la foto parecía rechazar a sus pretendientes y, para desesperación de fotógrafos, no levantaba vuelo del suelo… “aquesta arteriosa” me recordó a la “fermosa vaquera de La Finojosa” de la que el Marqués de Santillana decía aquello de “non es deseosa de amar…

Sabido es que los colores libeluleros, generalmente, varían a lo largo de la corta vida de estas artistas del vuelo acrobático, pero mi corta estancia no me permitió comparar si sus colores cambian con su edad y con los suaves cambios en el clima anual de las Islas Afortunadas. Tal vez, en otra ocasión y en otros periodos, porque la benignidad del clima parece permitir que, en algunas islas y parajes, vuelen durante todo el año. Las de esta entrada volaban cerca de Las Palmas de Gran Canaria a mediados de Marzo 2014.

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Bioindicadores libeluleros

Posted by Pele Camacho en 29 octubre, 2012

No ha sido un buen año libelulero por aquí abajo… los ”recortes” de aguas naturales -quiero decir las sequías- han provocado una situación rara que se ha plasmado en una escasez de libélulas, al menos en los sitios donde solía ir a buscarlas en campañas anteriores. Sin embargo, una de las que no ha faltado fue la rojilla kirbyi de alas ambarinas, de reciente incorporación al elenco libelulero peninsular.

Un macho adulto de Trithemis kirbyi, visto desde abajo por el fotógrafo

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Y es que, como dicen por ahí, “No se le pueden poner puertas al campo”, lo que en un contexto libelulero se puede interpretar casi al pie de la letra, es decir, las especies se mueven por razones que, en muchos casos, se desconocen y hacen perder el significado de especies autóctonas y especies alóctonas: las especies son de donde están, que vaya usté a saber -sin necesidad de saber mucho- si no están, simplemente, más que por aquello de “La oveja no es de donde nace, sino de donde pace”, que vale tanto para las ovejas como para las libélulas y, desde la noche de los tiempos, hasta para los Homo sapiens de todas las etnias y coloraciones.

 Un macho adulto de Trithemis kirbyi, viendo a un fotógrafo desde arriba

En nuestro entorno peninsular, al que algunos llaman “encrucijada de culturas” con cierta rimbombancia cursilona, también se le podría llamar, simplemente, zona de paso entre continentes separados por distancias que, a estos efectos, poco indica referirlas en unidades de longitud, porque, más bien, es una cuestión de tiempo, del tiempo necesario para cruzar con éxito de un lado a otro, lo que está en función de los medios y las reservas energéticas disponibles para hacerlo.

Hembra adulta de Trithemis kirbyi,  alejada de sus acosadores machos

El género de las Trithemis es para los peninsulares celtibéricos un género migratorio al que estamos viendo avanzar de forma rápida: la Trithemis annulata  -la violeta escarlata– fue avistada por primera vez allá por 1980 en el río Guadalmellato y, hasta donde yo he leído, ha llegado ya por el sur de Francia: si se hace una media sale un avance de apenas 40 Kilómetros por año y… ¿qué es eso para una libélula?

Hembra adulta de Trithemis kirbyi, descansando en un gamonito seco de Septiembre tardío

La Trithemis kirbyi,  nuestra rojilla de alas ambarinas, ha sido avistada ya, al menos, en toda Andalucía, Sur de Extremadura y el Levante español. El primer avistamiento hispano de ella fue en el río Manilva, en Málaga, allá por 2007, según citaban Chelmick y Pickess en 2008. Mes más o mes menos, por la Italia insular se presumía de ser el primer sitio de Europa donde se la había visto: Trithemis kirbyi, una specie NordAfricana ed Indiana, è stata segnalata per la prima volta in Europa, in Sardegna. Un esemplare machio è stato raccolto presso il torrente Oridda (Comune Villacidro, provincia del medio Campidano). La scoperta è stata pubblicata da Holusa (2008), según cita la Società italiana per lo studio e la conservazione delle libellule.

 Macho joven de Trithemis kirbyi, aprendiendo a vivir en otoño

Todas las que aparecen en esta entrada, macho jovencito incluido, revoloteaban felices el pasado 22 de Septiembre en los alrededores de Málaga, lo que parece indicar que los tiempos más frescos del otoño no son ningún obstáculo para su permanencia y aclimatación por estos pagos y que “aquí están porque han venido” y si no lo habían hecho antes era porque… ¿por qué no lo habían hecho antes?

Macho joven de Trithemis kirbyi, a escasos colores y días para ser adulto

Quizás, porque antes no había tantos cruces de los estrechos, ni tantos ferrys, ni tantas pateras… o, quizás, porque ese cambio climático, calentamiento global o como se le quiera llamar, no había permitido o empujado a las especies a emigrar hacía lugares donde se encuentren mejor o menos mal: en contextos medioambientales se habla de bioindicadores, de seres vivos que informan de parámetros del medio donde viven. Las libélulas son, probablemente, buenos bioindicadores. La Trithemis arteriosa, -la roja y negra de nuestras Islas afortunadas– otra de la familia, merodea ya por países del Magreb; viendo la historia reciente de sus parientas annulata y kirbyi, no parece arriesgado suponer que, cualquier verano, con un buen viento de popa, da un saltito por sus propios medios en vía aérea o, simplemente, coge un ferry o una patera y se aclimata en un plis-plas. Y, si no, al tiempo…

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La Roja, los rojillos y otros importantes

Posted by Pele Camacho en 3 julio, 2012

No hace mucho, un presi dijo “…vamos a superar a Alemania e Italia…”, y añadió “en renta per cápita” y se pasó de optimista, claro, porque si hubiera dicho “con la Roja” habría hecho un pleno, pues parece que la Roja es casi lo único capaz de dar alegrías colectivas a este país pluriengañado y pluscuamrecortado. Sí, hacía tiempo que este país no disfrutaba un alegrón colectivo como el del domingo con la Roja; casi desde los mundiales de Sudafrica, diría yo… que apenas soy futbolero, porque en aquellos tiempos de burbujas sin reventar, la euforia rebosó con los rojillos y hasta los odonatos subieron de tono en una entrada que titulé ”La Roja y una roja -pica para verla-”.

El día de la final de la Eurocopa 2012, la emoción y los nervios también estaban en rojo, subiendo un punto más cuando a los 13 minutos Silva marcó el primero de los rojillos, de un cabezazo, como si fuera un Ceriagrion tenellum que, mirando a derecha e izquierda, hubiera visto como el balón le venía de Cesc y donde tenía que ponerlo. Y lo hizo. El primero: 1-0.

Ceriagrion tenellumSilva, minuto 13, de cabeza, ¡1-0!

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

El segundo se retrasó hasta los 41 minutos, con un pase magistral de Xavi a Jordi Alba, una centella que hizo un sprint por la zurda, superó al defensa italiano y se coló en picado ante el portero “azzurro”, como si fuera un Sympetrum sinaiticum. Imparable de velocidad y puntería. ¡Hala, al descanso con un 2-0 en la mochila!

Sympetrum sinaiticum: Jordi Alba, minuto 41, como una imparable centella roja   ¡¡ 2-0 !!

Los azzurros salieron peleones al segundo tiempo y San Iker  tuvo que revalidar su prestigio. Empezaron los cambios para mantener el impulso y el niño Torres entró cuando apenas quedaban 15 minutos de partido. El “niño” va sobrado de eso que en Física se conoce como “cantidad de movimiento”, el producto de la masa por la velocidad: es como un Crocothemis erythraea, grandote y con reprise; Xavi le pasó un torpedo y  Torres se puso “a bola de pichichi” de la Eurocopa con el 3-0.  Quedaban menos de 10 minutos y aquello estaba cantao: las gradas rojas berreaban de gustirrinin.

Crocothemis erythraea: niño Torres, minuto 83, su tercero es el  ¡¡¡ 3-0 !!!

Y entró Mata cuando apenas quedaban 5 minutos; parecía que era una entrada “testimonial”, pero le puso empeño y el niño Torres, con un toque mágico de tobillo, le pasó un regalo redondo a pocos metros. Y Mata remata dos minutos después de entrar al campo, Torres cede su pichichi y la roja consigue el 4-0. Es la guinda del partido, roja como un Pyrrhosoma nymphula.

Pyrrhosoma nymphula: Mata remata, minuto 87, la guinda del  ¡¡¡¡ 4-0 !!!!

La UEFA, organizadora del evento, proclamó ayer a Iniesta como el mejor jugador de la Eurocopa, ¡qué mostruo, el Andresito! como la Trithemis kirbyi, que en apenas cinco años ha conquistado media peninsula. 

Trithemis kirbyi: Andrés Iniesta, el mejor de la Eurocopa según la UEFA

¡Ah! pero no todos eran rojillos: alguien tenía que llevar el gualda de la enseña nacional y ese era Casillas, San Iker, que parecía un Sympetrum sinaiticum jovencito, de amarillo casi dorado. No se le puede negar que -penalties portugueses aparte- suyo es el mérito de los 0’s -ceros- conseguidos por los contendientes. Una suerte contar con él.

Sympetrum sinaiticum jovencito: Casillas, rápido como un relámpago. Portero de grana y oro.

Y no voy a cerrar esta entrada sin citar a Don Vicente del Bosque, tranquilo él, maestro de rojillos y, en buena parte, responsable de los éxitos de la Roja desde que el Madrid no le renovara por considerar sus “métodos obsoletos”.  Como el Mister en el campo suele vestir de gris oscuro, casi negro, la única libe que medio puede representarlo es el macho de Diplacodes lefebvrei, así que  ¡va por usted, maestro!

Diplacodes lefebvrei: Don Vicente del Bosque, el Mister, el Man for President

Dice hoy un “medio” que el Nobel de Economía Paul Krugman ha felicitado a España por la victoria y, también, que la “felicidad” que siente la población con un acontecimiento de este tipo puede ayudar a que se gaste un poco más y se experimente mayor “autoconfianza”. Sería el mejor remate: la Roja, el brote verde verdadero que necesitaba el país para romper la racha del “cuesta abajo y sin frenos”. 

Y en este contexto, le diría yo al Mister: “Don Vicente ¿por qué no se presenta a presidente?… no, por favor, no me diga que es hombre de pocas palabras, porque eso, como poco, indicaría que oiríamos menos mentiras de las que últimamente estamos oyendo, aunque ya no nos engañen, porque no es igual mentir que engañar… preséntese, señor, que votos no le faltarán, sacaría más votos que los “profesionales” de la mentira y, total, las cosas importantes que tendría que decidir en su mandato, las van a ordenar desde Bruselas o Berlín…” Menos mal que ganamos la Eurocopa, porque en lo demás, vamos apañaos…

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Vuelos y libélulas

Posted by Pele Camacho en 16 noviembre, 2011

Como es bien conocido en el mundillo del motor, las siglas 4WD -abreviatura de 4 Wheel Drive– indican “tracción a las cuatro ruedas” en vehículos con un solo motor, pero pensando en libélulas, me gusta imaginar que significa 4 Wing Drive para referirme al sistema de “tracción directa a las cuatro alas” que tienen los odonatos: cuatro alas con conexión directa a cuatro “motores” independientes. Parece obvio que un sistema así pueda hacer juegos malabares con el cuerpo que lo soporta, es decir, que la libélula pueda hacer maravillas a la hora de volar, porque en ese sistema de “motores” independientes radica la potencia, la técnica, la variedad… la gracia, en suma, del vuelo pluscuamperfecto de las libélulas. A ese sistema motriz me refería al final de la entrada anterior, cuando decía que hay algo más que alas…

Los “motores” alares de un macho jovencito de Trithemis kirbyi

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Cuando se observan desde cerca los “motores”, es decir, el sistema muscular que acciona las alas de una libélula, lamentablemente, apenas se ve nada más allá de unos mazacotes musculares con cubierta quitinosa, pero sí se ve que cada ala tiene el suyo propio en la misma base del ala, un conjunto de “transmisiones directas independientes” que, lógicamente, serán muy efectivas y eficientes a la hora de hacer ese malabarismo volador que caracteriza a las libélulas: son capaces de despegar bruscamente, de volar con rapidez y potencia en cualquier sentido, de cambiar de dirección de manera casi instantánea, de quedarse “quietas” como si estuvieran suspendidas en el aire, de aterrizar suavemente… ¿qué más se puede pedir a un sistema volador?

Los “motores” alares de un macho de Trithemis annulata

Lo que no se ve sin hacer una disección anatómica es la forma en que los músculos alares accionan las alas, ni cuántos músculos son. Sería prolijo entrar en detalles anatómicos más allá del conocimiento del que escribe, y aunque haya ocho músculos -algunos cuentan nueve- actuando sobre cada ala, puede imaginarse que cada “motor” tiene dos músculos principales que actúan de forma opuesta: cuando un músculo tira o se contrae, el otro se estira o cede -para no decir “empuja”- y así, el ala se mueve como resultado de los tirones y empujones. El maestro R.J. Tillyard, en su libro “The biology of dragonflies”,  hizo un sencillo dibujo para describir, clarísimamente, el funcionamiento del conjunto de un ala y sus dos músculos alares principales.

Esquema de Tillyard para el “motor” de un ala de libélula

Los músculos actúan por contracción, es decir, tirando. El ala “w” está apoyada en una axila “ax” o punto de apoyo donde el ala pivota, mientras los dos músculos, “el” y “dp” tiran en el sentido de las flechas, pero no simultáneamente: cuando la libélula quiere elevar el ala “w”, el músculo elevador “el” tira y el músculo depresor “dp” cede; cuando desea bajar el ala, el músculo depresor tira en el sentido de su flecha, mientras el músculo elevador cede: facilísimo, casi vemos moverse el ala, flap, flap, flap

Una vez se sabe cómo se mueve un ala, falta saber cómo se mueven las cuatro alas: pues, mire usté, depende, sí, depende de lo que el odonato quiera hacer, porque no es lo mismo el esfuerzo para volar tranquilamente que el necesario para despegar rápidamente de un posadero al que, por ejemplo, se acerca demasiado un molesto fotógrafo que quiere hacer una foto supermacro de los “motores” alares.

La sensacional fuerza del despegue de un macho de Calopteryx virgo

En este caso, el odonato asustado acciona sus cuatro “motores” para que todos tiren de él a la vez y le hagan despegar como si de un helicóptero se tratara: todas las alas actúan de forma síncrona y simétrica, el par delantero y el par trasero suben y bajan sus alas a la vez, y la fuerza del despegue es tanto más grande cuanto más lo sea la velocidad o batido de las alas: es normal oír un “chuuuummm…”, un zumbido de alas batientes, mientras la criatura se aleja rápidamente del fotógrafo, después de hacer un esfuerzo máximo con sus cuatro alas.

Sin embargo, cuando las libélulas desarrollan un vuelo tranquilo -que no lento- como aquellos de las Anax imperator patrullantes, por ejemplo, -mientras el fotógrafo las mira y desespera de esperar a que se paren- o como el de cualquier pareja de aquellas a las que gusta multiplicarse enganchadas, sin prisas -mientras hacen rítmicos descensos de contacto con la superficie de una charca, casi imposibles de seguir y enfocar- entonces, sus formas de mover las alas son muy diferentes de las que tienen en un despegue, porque como conscientes de la importancia de ahorrar energía y reducir esfuerzos, las libélulas vuelan con relativa lentitud, en una especie de “ralentí”: mueven las alas de manera desfasada, en contrafase, cuando un par sube el otro par baja; la razón ha sido analizada teóricamente y, también, de forma práctica, con cachivaches aerodinámicos simulando a las libélulas, para concluir que el efecto del desfase es un aumento en la fuerza de sustentación, porque la turbulencia que crean las alas delanteras al bajar provoca sustentación suplementaria en las alas traseras de la libélula… pero mejor no entrar en más detalles que solo entienden los expertos en aerodinámica.

Un tándem ovipositante de Sympetrum sinaiticum  -y sus reflejos- batiendo alas en contrafase

Si prefieren algo más explicativo e impactante que unas palabras, aquí tienen un video sobre “Vuelos de libélulas” de Mr. Attenborough, todo un maestro de documentales de naturaleza: observen el cambio de fase en el movimiento de las alas y las curvaturas que adquieren según el tipo de vuelo que realizan.

Y queda el proceso de parada o aterrizaje, con referencia conocida: cuando un avión baja su velocidad, por las leyes de la aerodinámica se reduce la fuerza de sustentación y empieza a perder altura, efecto al que coopera cualquier freno aerodinámico que actúe, por ejemplo, sacando hacia abajo los flaps que hay en el borde trasero del ala, pues de esa forma se frena la aeronave y se aumenta el perfil alar y la sustentación, para que el avión aterrice como si fuera planeando, suavemente, sin entrar  “en pérdida” y sin caer “a plomo”.

Un machito de Trithemis kirbyi recién aterrizado, con las alas en planos verticales

Las libélulas aterrizan sin flaps, pues ni los tienen ni los necesitan con sus versátiles sistemas alares: cuando se acercan al posadero, como muestra la parte final del video de Mr. Attenborough, por la acción de algunos de esos seis músculos que no hemos comentado alabean más sus alas y las ponen casi verticales -como si fueran flaps- para frenar su velocidad de acercamiento al sitio donde van a aterrizar, disminuyen la frecuencia de su aleteo, sacan su tren de aterrizaje estirando las patitas para agarrarse y… ¡pluscuamperfecto!.

Señoras y señores, hemos llegado al fin de este vuelo.  Gracias por volar con “bishoverde”.

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Afortunadas

Posted by Pele Camacho en 3 octubre, 2011

Las islas. Y las isleñas. Y afortunados los isleños que pueden fotografiar algunas insulares que no es posible ver en tierras peninsulares.

En este caso libelulero, el afortunado isleño es mi hermano, “canarión” de adopción y aficionado a bishos y yerbas, de los que allí hay bastantes que envidia dan a los que habitan en tierras de celtíberos, godos y vikingos. Más amigo él de los “clicks” de su cámara que de los del teclado, no le ha importado que suba a sus afortunadas paisanas al aire de estas nubes internáuticas, honor fotográfico del que me siento afortunado, pero cediéndome todos las obligaciones de la prosa que las acompañe.  Vale, hermano…

La arteriosa, un macho híbrido de rojos, negros y violetas, con la marca de  las Trithemis

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

La primera del par es la Trithemis arteriosa (Burmeister, 1839), una especie de amplia distribución en todo el continente africano e incluso en parte del Oriente Medio. No es extraño, por tanto, que su estatus haya sido incluido en el Libro rojo de especies amenazadas de la UICN con la categoría ”LC”, de Least Concern, es decir, que se las apaña bien y sobrevive sin problemas, como sus primas de por aquí, la Trithemis annulata y la Trithemis kirbyi, todas ellas con un extraordinario parecido.

    El macho de Arteriosa, con las venas tan rojas como sus primas celtibéricas

¿Cabe esperar que dentro de unos años vuelen por la península? Pues viendo el historial de distribución geográfica de sus primas, yo diría que probablemente sí: a la Trithemis annulata se la vió por primera vez en España en 1978  y en 1994 ya había subido a Francia y la Trithemis kirbyi fue vista por primera vez en Málaga en 2007, siendo notable su capacidad de difusión y adaptación a nuevos territorios, pues ya se la ve en provincias limítrofes y en algunas más allá. Todo dependerá, supongo, de los vientos que soplen y de otros flujos migratorios contra vientos y mareas…

  Ischnura sahariensis, macho, con su específico torax verdoso y vientre amarillento

El segundo par corresponde a la Ischnura sahariensis (Aguesse, 1958) que, por las fechas de su ficha, fue un descubrimiento relativamente reciente, un zigóptero parecidísimo a las especies más conocidas en la península, las Ischnura graellsii, elegans y pumilio,  pero con matices suficientes para diferenciar a este endemismo de Sahara y las Islas afortunadas donde, al parecer, es la única especie del suborden de zigópteros. Si ya tenemos tres especies en la península, no me extrañaría que algún día se tenga también por aquí a esta prima “canariona”, pero vista su escasa distribución, cabe pensar que es algo delicada y poco propensa a mudanzas.

Macho de sahariensis, con toda la esbeltez y dificultad fotográfica del género Ischnura

Las Ischnuras requieren un especial sobreesfuerzo de búsqueda: son especies difíciles de ver por su pequeño tamaño y por la discreción de su vuelo silencioso y suave, y no menos difíciles de fotografiar, pues suelen buscar casi la sombra, en zonas encharcadas, lo que en muchos casos lleva a aquello de “el que quiera peces, que se moje…”, pues más o menos lo mismo, empezando por las botas y los pantalones.

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La del alba sería…

Posted by Pele Camacho en 12 mayo, 2011

“La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.”
                                                                                                    “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”    Capítulo IV

La del alba sería -gracias, Don Miguel- cuando las primeras libélulas empezaron a salir contentas, gallardas y alborozadas por verse ya libres, gozosas después de reventar el caparazón quitinoso de sus ninfas y dejar sus exuvias vacías. Precisamente, una de las primeras trazas libeluleras que he visto este año por aquí han sido las gigantescas exuvias de las Anax imperator, mientras ellas me veían a mi intentando hacerles alguna foto al vuelo.


Una exuvia de Anax imperator, casi 5 cm de camisa quitinosa

Es curioso -o a mi me lo parece- el sincronismo que creo observar en la aparición de los individuos de algunas especies, como si fueran la consecuencia lógica de una evolución perfectamente temporizada a lo largo de uno o, tal vez, dos años de una metamorfosis que inició algún día una de esas hembras a las que se ve volar y poner huevecillos rítmicamente, unas veces solas y otras “acogotadas” por algún macho preocupado de que fueran sus genes los que se propagaran en las futuras generaciones. Así, después de las pasadas lluvias de Abril y los primeros soles de Mayo, algunos días he visto esa rápida evolución de “recentales” de algunas libélulas -me resisto a escribir “teneral”- y parecía como si en algunos de aquellos días fuera cuando “tocaba” salir a una nueva especie: las primeras que vi fueron las Orthetrum cancellatum, que estaban casi solas, aunque las Anax imperator ya las marcaban de cerca; días después he visto las primeras Trithemis kirbyi, temblorosas y lentas, precisamente ellas, que pocos días después huyen nerviosas cuando uno se les aproxima a poco más de tres metros… y, finalmente, en el último safari fotero, el pasado 8 de Mayo pude ver como empezaba el baile de las Trithemis annulata, con su leeeentoooo abandono de la exuvia…


Exuvia de Trithemis annulata, recién abandonada por una bella “recental”

En algún caso me pudo la impaciencia y, cuando ya estaba claramente fuera de la exuvia, cogí a la libe suavemente y la observé de cerca mientras posaba en mis dedos, pero ni siquiera me dejó hacerle una foto: pocos segundos después inició su primer vuelo a una hierba cercana.


Recental de Trithemis annulata, una bella hembrita descansando después de su primer vuelo

Una vez perdido el miedo, el segundo vuelo es, en muchos casos, casi inmediato: basta con aproximarse a algunas de ellas o mover ligeramente la rama que las soporta para que su instinto las impulse a volar hacia algún lugar aparentemente más seguro… ¡Suerte, criatura!

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A propósito de obeliscos

Posted by Pele Camacho en 30 agosto, 2010

Un obelisco “de los de antes” era un bloque pétreo, alto y esbelto; un monumento por el que tenían debilidad los antiguos faraones que querían pasar a la historia contando las suyas con jeroglíficos grabados en las cuatro caras del supermonolito.  Los antiguos egipcios tallaban los bloques en las mismas canteras de donde salían, pero el transporte horizontal y la colocación vertical del obelisco tenían tanto o más mérito que la talla, porque entonces no había autovías, ni grúas, ni multinacionales que pusieran obeliscos verticales, lo que debía tener su morbo, pues cualquier inclinación-torre de Pisa podía terminar con el obelisco en el suelo. Esa verticalidad conlleva que todos los obeliscos proyecten una sombra en el suelo que cambia a lo largo de las horas y los días, como sabía el homosapiens desde aquellos tiempos de los egipcios, por lo menos, y las libélulas, desde mucho antes.

Las libélulas, con eso de estar casi todo el día al sol, necesitan algo que, de vez en cuando, reduzca las calorinas que tienen que soportar. Lo mejor que podrían hacer sería ponerse a la sombra, cosa que suelen hacer las hembras, listas ellas, pero si los machos hicieran lo mismo perderían dominio de territorio de caza y “pesca”, así que, puestos a sufrir, lo que hacen es levantar su abdomen apuntando al sol, como poniendo el culete respingón, para minimizar la incidencia de radiaciones en sus cuerpos, haciendo que los rayos solares les pasen paralelos o casi, y que su abdomen quede en una especie de “sol y sombra”.

Trithemis kirbyi, macho maduro, con pose de “obelisco” en un brote de adelfa – Nerium oleander

Cuando algunas libélulas adoptan esa curiosa postura, que recuerda un poco aquello de “hacer el pino”, se dice que están haciendo el “obelisco”, una expresión conceptualmente incorrecta y que induce a una confusión de cómo es esa postura inteligente, porque los obeliscos de piedra no apuntan al sol, sino que siempre lo hacen al cenit del lugar donde están empinados y, por eso, dan una sombra móvil, como la varilla de los relojes de sol.

Trithemis annulata, macho maduro, “haciendo el pino”, o en postura “obelisco”

Las libélulas que posan con esa intención termoreductora, permiten ver que la sombra que proyecta su cuerpo en el posadero es mínima, casi del mismo tamaño que la sección de su tórax, sin que su largo abdomen proyecte sombra alguna fuera del tórax por estar alineado con él y apuntando al sol, esté donde esté en ese momento, sin que el cenit del lugar tenga nada que ver en el apuntamiento.

Vista ventral de otro macho maduro de Trithemis annulata, minimizando sombras

La postura “obelisco”, a ciertas horas, permite ver fácilmente la parte ventral de las libélulas y observar su particular anatomía que, aunque no tenga la belleza simple de la zona dorso-abdominal, muestra mejor las estructuras ventrales y la disposición de las genitalias, que quedan relativamente ocultas en otras poses.

Vista ventral de un macho maduro de Crocothemis erythraea, con abdomen respingón

Este recurso de “hacer el pino” inteligentemente no es utilizado por todas las libélulas pero, en aquellos géneros que lo practican, mayormente los libelúlidos o Libellulidae, suelen hacerlo tanto los machos como las hembras, cuando éstas salen a tomar el sol.

Crocothemis erythraea,  hembra inmadura, en una vista ventral de aspecto extraño.

Aunque no tenga punto de comparación con las flexiones de sus proezas copulativas, la postura “obelisco” es algo forzada e implica una curvatura del abdomen respecto al tórax al que da sombra, perdiendo el alineamiento normal de las poses típicas. A veces adoptan posturas con una orientación casi cenital, pero la cabeza parece levantarse algo respecto al tórax, para mantener una mirada más horizontal que no mantendría si estuviese alineada con el tórax colocado casi vertical.

Trithemis kirbyi, macho maduro, con abdomen respingón, proyectando sombra impropia de obelisco típico

En esa postura “forzada” no siempre se apunta al sol y, a veces, se puede ver que el abdomen proyecta sombra, o sea, que el sol le está dando “de plano”. ¿Por qué curvan el cuerpo, si no es para reducir la radiación recibida?  Pues igual es para que alguna ligera brisilla les refresque por aumento de la convección del calor, como los homosapiens que se ponen a “tomar el fresco” o se abanican… pero de eso no hago apuestas.

Entonces, si lo de “obelisco” no es correcto ¿Cómo debería decirse?. Pues mire usté, desde antiguo se sabe del heliotropismo de los girasoles, por ejemplo, pero aunque el nombre de postura “girasol” fuera bonito, las libélulas con esta pose recuerdan más a un obelisco que a un girasol, o sea, que se seguirá diciendo lo de obelisco.

Los obeliscos modernos son huecos, se construyen in situ con grúas, hierro y hormigón. Son otra cosa, aunque algunos parezcan obeliscos altos, pero no esbeltos, como Obélix

Cuando hice las fotos de estas libes, volaban y retozaban felices por zonas cercanas a la Costa del Sol malagueña.  Sus poses en obelisco estuvieron, sin duda, muy justificadas.

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La Roja y una roja

Posted by Pele Camacho en 12 julio, 2010

Después de casi un mes de emociones fuertes, nuestros paisanos de “la Roja” consiguieron ayer que la selección se trajese de Sudáfrica la copa de Campeones del mundo.  Han conseguido ilusionar a muchos millones de españoles, futboleros y no futboleros, con un sentimiento común algo infrecuente en la sociedad moderna. Un sentimiento hermoso y muy, muy gratificante, que a muchos le arrancó lágrimas.  Gracias, rojillos, gracias por dar a tanta gente esa alegría de lágrimas. Ojalá seáis el ejemplo para otros con altas responsabilidades en metas más importantes.

Casi mes y medio después de haber visto ejemplares inmaduros de Trithemis kirbyi, con mucho menos mérito que los paisanos de “la Roja”, anteayer conseguí hacer las primeras fotos de un macho adulto de esta especie,  que ha sido vista tan lejos como en Namibia, cerca de Sudáfrica.  Ayer, domingo 11 de Julio de 2010, fui a repetir faena y conseguí hacer una segunda serie de esta pequeña roja.  Fue una ilusión para el fotógrafo, más libelulero que futbolero, que sintió como un aviso de que iba ganar “La Roja” a “la naranja”.  Y lo hizo.

Vista lateral de un macho adulto de Trithemis kirbyi  – Vista cerca de Málaga, el 10-07-2010

La primera vez que vi a una roja de estas fue el 19-6-2010.  Me castigó con el látigo de su indiferencia desde lejos, sin dejar que me acercara a menos de 3 o 4 metros, mientras ella volaba y yo saltaba de risco en risco por el cauce seco de un río.  Ayer y anteayer empezó con la misma táctica, pero yo la seguía y la volvía a seguir porque esta vez no tenía el terreno tan en contra, pues me movía en el borde de una charca sin rocas en su orilla.  No sé si se acostumbró a la persecución y fue perdiendo miedo  -o que supe ganarme su confianza- y terminó dejándome hacerle unas cuantas con el cogote del zoom estirado a tope de sus 300mm.

Vista cenital de un macho adulto de Trithemis kirbyi, cerca de Málaga, el 11-07-2010

La cosa siguió y pude incluso hacerle algunas tomas cenitales, con el zoom recogido al mínimo de sus 190mm, y así  me dejo ver su roja espalda y la base ambarina de sus alas, como manchadas de ese azafrán manchego, de la tierra de Andrés Iniesta, que ayer dejó con ronquera a más de uno después de gritar  un ¡¡¡Gooooo…oool !!! desbocado y contenido durante casi dos horas.

Pose en “obelisco”,  para reducir la incidencia del sol en su cuerpo – Cerca de Málaga 10-07-2010

Y como hacía un calorcito de mediados de Julio y eran las 13:46, tuvo a bien hacer una pose de obelisco, esa posturita tan exclusiva de algunos odonatos que levantan “la popa”, según dicen los odonatólogos para ofrecer menos superficie a las radiaciones solares que los calientan a tope.  Verla así de cerca fue casi tan emocionante como algunas jugadas de “La Roja”.
Parece que la especie, como otras inmigrantes africanas, tiene probabilidad de extender pronto sus colonias en España. Sus primeras citas en la península son de 2007 y ya se ha detectado su presencia en puntos distantes más de 100 Km. Sus larvas, según he podido saber del Profesor Miguel A. Conesa, uno de los primeros que han estudiado su distribución en Andalucía, muestran una gran agresividad que emplean para atacar incluso a otras larvas de odonatos.

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Kirbyi azafranada y Colours

Posted by Pele Camacho en 21 junio, 2010

Los colores que observamos en el cuerpo o las alas de los insectos son debidos, en la mayoría de los casos, a pigmentos elaborados por las células ectodérmicas, es decir, las más superficiales de la zona coloreada. Esos colores cuticulares suelen ser permanentes, aunque pueden sufrir alteraciones con el tiempo o por efecto del medio ambiente. El color azafranado que tienen determinadas zonas de las alas de algunos odonatos son, por ejemplo, colores cuticulares causados en algún momento del desarrollo por pigmentos que afloran a la superficie, o visibles a través de una finísima capa protectora superficial en esas zonas coloreadas.

Trithemis kirbyi,  hembra madura,  mostrando las manchas azafranadas de sus alas (1)

Yellow is the colour of my true love’s hair,
In the morning, when we rise, In the morning, when we rise.
That’s the time, that’s the time,
I love the best.(*)

En la mayoría de los odonatos, las alas presentan un aspecto hialino, es decir, diáfano o transparente a la luz solar que las atraviesa sin dar sensación de color. Sin embargo, los colores que se aprecian en sus alas, a veces no son debidos a pigmentos sino el resultado de fenómenos de interferencia de la luz reflejada entre las capas transparentes que tiene el ala, pues las alas de los odonatos tienen, al menos, dos capas de grosor variable según las zonas, y cada una de esas capas tiene un índice de refracción diferente. Esto causa una combinación de efectos de refracción y reflexión de la luz que incide en ellas, que se acentúa para aquella radiación cuya longitud onda “resuena” en una de las capas cuyo espesor es un múltiplo de tal longitud de onda. Es un fenómeno físico perfectamente conocido que da lugar, por ejemplo, a esas coloraciones variables, o iridiscencias, que se aprecian en un suelo húmedo donde ha caído una capa fina de aceite o gasolina que, a medida que se van evaporando o disolviendo, provocan cambios en los colores de la irisación.  Algo parecido ocurre en la emergencia de los odonatos, cuando empiezan a estirar las alas se observan irisaciones variables causadas por una capa liquida que recubre las alas que se va evaporando progresivamente, mientras se funden las capas que darán la consistencia y aspecto hialino definitivo de las alas.

Sympetrum sinaiticum, hembra recental, mostrando irisaciones en sus alas (2)

Green’s the colour of the sparklin’ corn,
In the morning, when we rise, In the morning, when we rise.
That’s the time, that’s the time,
I love the best.
Mellow is the feeling that I get,
When I see her, m-hmm, When I see her, oh yeah.
That’s the time, that’s the time,
I love the best. (*)

Sin embargo, cuando las condiciones de luz son escasas y el ángulo de incidencia de la luz con el plano de las alas está dentro de un cierto rango, se pueden producir fenómenos ópticos sorprendentes por efecto de la refracción de la luz en las zonas hialinas entre las nerviaciones de las alas.

Anax imperator, macho maduro, al contraluz en un clarooscuro del bosque (3)

Blue’s the colour of the sky-y,
In the morning, when we rise, In the morning, when we rise.
That’s the time, that’s the time,
I love the best. (*)

(*) Letra de una preciosa canción titulada “Colours”, de un cantante escocés de los 70’s, llamado Donovan. 

Puedes escucharla aquí: www.youtube_Donovan_Colours

(1) Junio 2010 – P.N. Los Alcornocales – Cádiz
(2) Junio 2009 – P.N. Montes de Málaga – Málaga
(3) Agosto 2009 – P.N. Despeñaperros – Santa Elena – Jaén

 

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