Sorpresas y paisajes

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Sílfides y sírfidos

Posted by Pele Camacho en 12 enero, 2015

En las culturas primitivas, el aire fue uno de los cuatro elementos considerados para explicar el origen del Universo y la humanidad. Esas ideas perduraron hasta que los alquimistas del siglo XVI fueron descomponiendo partes del cuarto elemento -la tierra- con la ayuda del tercero -el fuego-, contaminando suavemente a los primeros, es decir, al agua y  al aire, mientras buscaban su piedra filosofal.  Y así, entre mitos, magias y humos físicos, de los humos mentales de aquellos alquimistas medievales surgieron las sílfides, unas criaturas etéreas, casi vaporosas, unos espíritus femeninos asociados al aire que algunos homosapiens imaginaron según sus ideas artísticas, musicales por ejemplo, tal como usted puede ver y escuchar si pica en este enlace→ Las sílfides de Chopin .

Los japoneses, que no disponen del sonido “ele” en su fonética, al pronunciar palabras foráneas como “sílfide” usan una especie de “ere” suave que las transforma en “sírfides”, recordando a los sírfidos, unos dípteros de vuelo casi mágico que algún fotógrafo asocia con el  cadencioso e imaginario vuelo de las sílfides.

IMGP4425_1200_798KNScaeva mecogramma (Bigot, 1860),  en la mágica quietud de un rápido batir de alas

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Aunque solo disponen de dos alas  y, casi ocultos bajo ellas, un par de balancines cuya función apenas se conoce,  una característica de muchos sírfidos es su impresionante capacidad para volar velozmente en cualquier dirección y sentido, o para quedar como suspendidas en el aire, lo que les ha merecido el calificativo de “moscas cernidoras”.

IMGP2600_1200_1041KNEristalinus taeniops (Wiedemann, 1818), con unos ojos a rayas que facilitan su identificación

La familia Syrphidae (Latreille, 1802), o de los sírfidos, según la ordenación taxonómica actual, contiene varias subfamilias que integran a unos 200 géneros donde hay más de 5000 especies. No es fácil identificar algunas especies sin observar sus detalles al microscopio, en el supuesto de que se tienen conocimientos para hacerlo. Pero también es cierto que hay aspectos morfológicos como tamaño, colores y otros detalles espectaculares de su anatomía que permiten identificar algunas especies que, de vez en cuando, se dejan ver en nuestro entorno.

IMGP6374_1200_1048KNXanthogramma marginale (Loew, 1854),  camuflada de avispa

Los sírfidos son un ejemplo de mimetismo batesiano, un fenómeno que se observa en muchas especies y, particularmente, en algunos dípteros inofensivos cuyo aspecto recuerda al de himenópteros más agresivos, mayormente avispas, que disponen de un aguijón con el que atacan o se defienden de otros depredadores. Ese mimetismo, posiblemente, sea el resultado de la evolución de algunas especies para evitar así el ataque fácil de otras, temerosas de las consecuencias letales de un aguijonazo defensivo. 

IMGP7211_1200_873KNMyathropa florea (Linnaeus, 1758),  una visitante de flores en plena faena libadora

Es frecuente ver a los sirfidos libando entre las flores y, por eso, se las conoce también como “moscas de las flores”;  su importancia como polinizadores complementa la de otros insectos libadores mucho más famosos, sobre todo en áreas donde la escasez de flores no atrae a esas famosas melosas que buscan una mayor productividad en sus procesos extractivos.

IMGP6369_1200_839KNEristalis similis (Fallén, 1817), mostrando su probóscide chupadora

Aunque no producen miel como las abejas Apis mellifera, los sírfidos necesitan néctar para reponer sus reservas de la energía que necesitan para volar y vivir; además, las hembras necesitan polen para el proceso metabólico que consigue la maduración de los huevos de los que saldrá la siguiente generación. A diferencia de la glosa o lengua de aspecto triangular de muchos himenópteros, muchos dípteros disponen de una especie de trompa o probóscide chupadora, fácilmente observable en la mosca doméstica que, aunque díptero, no es sírfido, sino múscido

Los chinos, que no disponen del sonido “ere” en su fonética, al pronunciar sírfidos, los transforman en unos  “sílfidos” que pueden inducir a confusión, porque el masculino de sílfide no es sílfido, sino silfo, como ya matizó alguno de aquellos imaginativos alquimistas medievales. Pero esas son otras historias…

Disfrute usted de un feliz 2015, y que dípteros, himenópteros y otros bishos inofensivos le ayuden a pasar ratos agradables sin acordarse de peligrosos bichos bípedos, de manos largas y guantes blancos.

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Néctares de bellotas

Posted by Pele Camacho en 26 febrero, 2011

Aunque la bellota sea un fruto de sobra conocido, posiblemente, no lo son tanto algunas de las definiciones que en Botánica se dan acerca de ella, por ejemplo, que es un fruto denominado “glande o aquenio policarpelar de gran tamaño y pericarpio coriáceo…”; otro tanto ocurre con esa especie de copa áspera en la que está como encajada mientras crece y que forma parte casi inseparable de la imagen que se recuerda de cualquier bellota, aunque su nombre cambia con la geografía, pues los paisanos la llaman cascabito, cascabullo, cascabillo… siendo su nombre botánico “cúpula acrescente”, porque crece con la bellota a la que nutre y protege mientras madura. La cúpula es el resultado de la evolución del cáliz o corola de la miniflor de la que nace la bellota, y ambas están unidas hasta que el proceso de maduración culmina con el cascabito vacío por el desprendimiento de la bellota.  Había un acertijo o adivinanza de aquellas que acuñaban en la cultura de antaño, que decía así:

“No me mires, que te entiendo.
De lo que me pides, tengo.
Pídele a otra que no tenga,
que cuando yo no tenga, te daré”

¿Adivinas quién decía y quién miraba?  Al final de esta entrada, te daré la solución.

Bellota de coscoja –Quercus coccifera-, madurando encajada en su cascabito o cúpula acrescente

Los árboles que producen bellotas, los Quercus, ya parecen anunciar que sus frutos no van a ser muy jugosos: el tamaño y aspecto leñoso de encinas, quejigos y alcornoques o las hojas pinchosas de chaparros y coscojas no son, precisamente, para hacerse ilusiones; en efecto, a simple vista, cuando se observa la bellota no parece que allí haya mucho que chupar, pero ya se sabe que “A buen hambre no hay pan duro” y, cuando en el campo quedan pocas flores, los bichejos saben encontrar recursos alternativos, quizás, incluso, manjares deleitosos para ellos.  En tiempos pasados, a falta de almendras, parece que con bellotas y miel se hizo una especie de turrón y, por supuesto, moliendo bellotas se obtuvo una harina para hacer panecillos o una pulpa para hacer gachas.

El pericarpio coriáceo de la bellota, o sea, la cáscara de aspecto brillante e impermeable que envuelve a la semilla, en el extremo cubierto por el cascabito tiene un círculo poroso por el que entran los líquidos que hacen crecer la bellota y que manarán sin freno ni destino si durante el proceso de crecimiento se desprende la bellota del cascabito, provocando una especie de “saviorragia”, un flujo de líquido nutritivo, un imprevisto manantial como de néctar, una delicia en entornos de escasez…

Hipparchia fidia, (Linnaeus, 1767) libando a tope en un manantial como de néctar de bellota

¿Cómo detectó la Hipparchia fidia, (Linnaeus, 1767) de la foto aquel incitante chorro de néctar nutritivo?  No lo sé, pero la vi venir de lejos y precipitarse directa hacía el manantial, sin revoloteos, como si lo conociera de antes, lo que me hizo pensar en la posible memoria de las mariposas para recordar lugares y eventos, porque si las mariposas tienen cerebro, seguramente, también tendrán memoria. En cuanto al cascabito, lenta debió ser la cicatrización de su herida y severa fue, sin duda, la pérdida del líquido nutriente que, aunque no fuera néctar, a la Hipparchia debió de resultarle parecido, a tenor del embeleso que mostró mientras lo libaba con fruición; una semana después de hacer la foto pasé por allí y observé que la rama que soportaba el cascabito estaba medio seca en unos 15cm.

A la vista de todo ese jugo dispuesto por el árbol para convertirse en bellota, con el “metabolismo” vegetal que corresponda y las pérdidas que tenga el proceso, parece lógico pensar que la porosidad del cascabito leñoso sea una de las vías por las que resude parte del líquido nutriente para mantener el grado de frescura que requiere el tallo que alimenta la bellota y, también, de forma directa e indirecta, mantener a algún que otro bichejo: de esos jugos se nutren algunos pulgones, huéspedes habituales de los Quercus.

Neozephyrus quercus ibericus, (Staudinger, 1901), libando sobre un cascabito de encina –Quercus ilex-

Las Neozephyrus quercus (Linnaeus, 1758), antes Quercusia quercus, suelen nutrirse de las secreciones de los pulgones que parasitan a sus plantas nutricias, y lo mismo hace la subespecie Neozephyrus quercus ibericus (Staudinger, 1901), más pálida que la especie nominal. Se afanan y liban en los recovecos de los cascabitos que dejan los pulgones que les regalan un manjar casi invisible e inimaginable a los humanos que no observen como se busca la vida una pequeña mariposa, que apenas se aleja del alcornoque o encina donde nació porque allí tiene todo lo que necesita en su corta vida.

Apuntando a la solución del acertijo:  Sus scrofa,  tres rayones, aunque alguno ya apunta a bermejo

Hay escenas que apuntan al otoño y, algunas de ellas, apuntan a bellotas. Parece como si las bellotas tuvieran un encanto especial que no acierto a describir; tal vez, su extraña perfección geométrica, su ocurrencia como si fueran frutos fuera de temporada, el recuerdo de escapadas al campo con amiguetes de la infancia, sacudiendo pedradas a alguna encina que echaba las bellotas mejores, bellotas asadas en las ascuas de la chimenea de mis abuelos… una mezcla enmarañada de gratos recuerdos lejanos, con sabores casi de “pata negra”.

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