Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Archive for 31 mayo 2010

Doña Trithemis kirbyi y una prima

Posted by Pele Camacho en 31 mayo, 2010

En dibujo técnico, para representar una pieza se usan las vistas conocidas como alzado, planta y perfil. En dibujo artístico eso no aplica y, en la fotografía, que también tiene un toque artístico, pasa lo mismo. Como consecuencia de esa falta de vistas complementarias, en muchas fotos de naturaleza siempre parece que falta o se echa de menos algún detalle. Las libélulas no son una excepción y en cualquier foto de ellas, por muy artística que sea, se puede decir que no se ve bien esto o aquello que, desde un punto de vista anatómico, puede buscarse para identificar o estudiar a la criatura: Si se las fotografía lateralmente, digamos que de perfil, se pierden los “turbos” dorsales y las alas que estos mueven, que hasta incluso pueden tapar parte del tórax, de las pinchosas patorras, la peculiar genitalia de sus espectaculares cópulas, etc., etc.; pero si buscando la foto o vista de su planta se las fotografía de forma traicionera, o sea, por la espalda, aunque en la foto premien los “turbos” y el cogote, se pierden todos los laterales de tórax y abdomen que, en algunos casos, son importantes referencias identificativas… Y en cualquiera de las anteriores, si falta la vista frontal, el alzado, se pierde el gesto, el morrete, los ocelos y… ¡los ojos!, los siempre fascinantes detalles de los ojos de una libélula…

Como la modelo fue paciente, en esta especie de alzado -sobre todo, el abdomen- aquí se la ve de frente, mirándonos cara a cara, como gente de bien, con los ojos bien abiertos, sin miedo, hasta parece que sonriendo…

Y en la vista siguiente, vista de perfil, como de “eslora” en jerga marinera,  deja ver mejor los detalles de su abdomen que las limitaciones y leyes de la óptica no dejaban ver en la otra foto.  Con los detalles que se aprecian en las dos fotos -y un poco de imaginación-, a partir de las escasas referencias gráficas que hay de esta especie y en este estadio de ejemplar inmaduro, se aventura el fotógrafo a identificarla: es una hembra joven o inmadura de Trithemis kirbyi,  una especie casi anecdótica en España, de la que apenas hay algunas referencias, muy recientes, en la provincia de Málaga, donde ésta fue vista el 29-05-2010 de forma aislada y casual.

Y como en este caso, por voluntad de la modelo, no pudo ser la vista de planta, merece la pena comparar las vistas anteriores con una vista dorsal, también de una hembra inmadura, pero de la Trithemis annulata, una especie muy afín, taxonómicamente hablando, como un familiar cercano visto el mismo día y en el mismo paraje, que graciosamente posó con una especie de mohín de sus “caderas” o segmentos abdominales .

Comparando las tres fotos se observan detalles importantes para distinguir ambas especies: el color de los pterostigmas, negros en la kirbyi y grises en la annulata, la mancha ambarina presente en la base de las alas de la kirbyi y ausente en la annulata, y casi nada más, pues los colores que aquí muestran son pasajeros, temporales, ya que en poco más de una semana las dos primas habrán cambiado de forma tal que, para ojos no habituados a verlas, posiblemente parecieran ser especies diferentes de las que aquí se dicen, pero igual de bellas, quizás más…

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Trithemis kirbyi malagueña

Posted by Pele Camacho en 24 mayo, 2010

La libélula Trithemis kirbyi (Selys, 1891) es originaria de zonas áridas de África. Se la ha visto en lugares tan distantes como Namibia, Egipto, Arabia y hasta incluso en India.  El nombre que tiene se le asignó en honor de William Kirby, (1759-1850), un humilde clérigo inglés al que se considera como el fundador de la Entomología moderna. Su principal trabajo fue Monographia Apum Angliae, un estudio sobre las abejas en Inglaterra, escrito con una orientación científico-religiosa, que le introdujo en el mundo científico relacionado con los insectos. Es igualmente famosa su “Elementary Text-book on Entomology”, una excelente colección de más de 650 dibujos de insectos, entre los que apenas hay libélulas, publicada en 1885, así como “An introduction to Entomology”, un libro de 555 páginas, publicado en 1818.

Al parecer, es la última libélula que se ha incorporado a la lista de las 78 especies del orden Odonatos de la península ibérica. Hasta no hace mucho su presencia era casi desconocida y apenas existían referencias de ella en España, donde se la cita por primera vez en 2007. Posteriormente, los entomólogos españoles Cano Villegas y Conesa García, en 2009, en el número 44 del Boletin de la SEA, publican un artículo sobre la Expansión de la Trithemis kirbyi en la provincia de Málaga.  Cabe decir que, consecuentemente, apenas hay fotografías de la especie tomadas en nuestro país.

Los machos adultos tienen su tórax y abdomen de un color rojo intenso que recuerda al del macho de la Crocothemis erythraea, aunque son algo más pequeños y más esbeltos que los machos de ésta última especie. Sus elementos diferenciadores más significativos son las amplias manchas ambarinas en la base de sus cuatro alas, mayores en los machos que en las hembras, y los pterostigmas relativamente pequeños y de color negro.
Como cabía esperar, la evolución del color de su cutícula depende de la edad y del espesor del recubrimiento de pruina.  En las fotos adjuntas de un macho inmaduro, se puede apreciar que pasan por un color anaranjado que, en un par de semanas, llegará a ser de un rojo vivo. Las fotos  fueron tomadas cerca de Málaga, el 22 de Mayo de 2010, a las 11:50 horas.  No se vieron más individuos de esta especie en un tiempo de exploración de casi dos horas.

Fue el baron Michel Edmond de Sélys Longchamps (1813-1900), un rico aristócrata nacido en París, pero de nacionalidad belga, quien asignó el nombre científico de la Trithemis kirbyi en 1891 en honor a William Kirby.
Sélys fue considerado el principal experto en libélulas de su tiempo, siendo el autor, entre otras obras, de Monographie des Libellulidées d’Europe (1840) y Revue des Odonates d’Europe,(1850). Fue uno de los creadores de la Sociedad belga de Entomología en 1856, viajero incansable por Europa y miembro de honor de muchas sociedades entomológicas de su tiempo. Tuvo una enorme colección de Neurópteros y Ortópteros y asignó nombre científico a más de 1000 especies, lo que posteriormente causó confusión porque los criterios de aquel tiempo no tenían la corrección que se ha conseguido con estudios posteriores.
Llegó a ser presidente del senado belga en el periodo 1880-1884.  Es admirable la capacidad que tienen algunas personas para organizar y aprovechar su tiempo y hacer tantas cosas en su vida…

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Más crisomélidos

Posted by Pele Camacho en 19 mayo, 2010

Los crisomélidos son una de las familias más numerosas dentro del orden de los coleópteros, con 37.000 especies descritas y unas 10.000 más por describir. Sus tamaños van desde 1 a 20 mm y la forma del cuerpo es muy variable, desde alargada a oval. Con frecuencia son glabros y provistos de coloración muy variable, en muchos casos con brillo metálico.

Exosoma lusitanica

La pilosidad, cuando se presenta, es corta y escasa. Por lo general,  son especies diurnas con capacidad de vuelo, pero esta capacidad no está muy desarrollada ni pueden emplearla durante mucho tiempo.

Lachnaia pubescens, supuestamente

La clasificación de los crisomélidos es dificultosa, por no existir claves para todos los grupos y especies que, a veces, se diferencian por ligeros detalles en las antenas, la pilosidad, variaciones en la forma, disposición y forma de las manchas en sus élitros, etc., y a menudo, se procede a extraer la genitalia para realizar su correcta determinación, como detallan en:

www.biol.uni.wroc.pl

Cryptocephalus obliteatifer

Los adultos se alimentan de hojas, flores, frutos y polen. Las larvas tienen hábitos variables: la mayoría come hojas externamente, otras son perforadoras de raíces, perforadoras de tallos, roedores de tallos, comedores de semillas y ciertos grupos sus larvas viven en hormigueros y probablemente predan sus huevos. Algunos grupos de crisomélidos poseen preferencias por determinados grupos de plantas, como las Convolvulaceae y Solanaceae. Debido a la multiplicidad de especies vegetales que comen, numerosas especies son importantes plagas de agricultura, en montes y cultivos, del que es ejemplo el escarabajo de la patata.

Lachnaia variolosa

Entre sus capacidades expansivas, cabe recordar la velocidad de sus ciclos, que permiten a algunas especies dar hasta cuatro generaciones en un año, o la tasa de reproducción elevada, acompañada de longevidad en los de generación única.

Cópula de Lachnaia variolosa

A menudo, la acción de las larvas y de los adultos se produce al mismo tiempo por lo que el árbol o planta puede estar atacado tanto en su zona subterránea como aérea con todo lo que ello implica, favorecido porque los adultos suelen vivir un año e incluso dos. La hembra deposita los huevos en la planta hospedadora o en sus cercanías, raramente en el suelo. El número de huevos de la puesta oscila entre algunas docenas y varios miles.
Sus posibilidades de expansión son notables por su capacidad de adaptación a nuevos espacios de clima similar al de sus entornos originarios. El hombre ha servido así de transportador de uno a otro continente de especies de esa familia, a veces inconscientemente, y en otras ocasiones, al utilizarlo como frenador de la expansión de «malas hierbas» en territorios vacíos, por ejemplo, en Australia.

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Pruina y pruinosos

Posted by Pele Camacho en 14 mayo, 2010

Dice el Diccionario de la RAE:

Pruina: Tenue recubrimiento céreo que presentan las hojas, tallos o frutos de algunos vegetales.
Pruinoso: Recubierto de pruina.

Quizás la imagen-recuerdo que pueda resultar más familiar de esa pruina es la capa blanquecina-azulada que recubre a las ciruelas, las endrinas y a otros frutos de algunos árboles del genero Prunus de donde, posiblemente, derive el nombre de “pruina”. En inglés usan “pruiniscence” y “pruinosity”, que invitan a traducirlas literalmente a palabras como “pruiniscencia” y “pruinosidad” inexistentes en castellano. Así que, deberíamos manejar sólo pruina y pruinoso, pero yo me voy a permitir el uso del verbo “pruinar” y sus tiempos.

Robin J. Tillyard (1881-1937), famoso entomólogo y uno de los primeros estudiosos de las libélulas, dice en su libro “The biology of dragonflies” que la “pruiniscence” es una pigmentación exudada de origen mesodérmico, más propia de los machos que de las hembras y resultado de una maduración sexual que afecta a las células hipodérmicas que segregan el pigmento a través de la cutícula del exoesqueleto.

Macho joven de Orthetrum cancellatum que aún deja ver el color de su cutícula bajo la ligera capa de pruina

El concepto de pruina-vegetal se ha extendido al mundo de los insectos y, particularmente, al del Orden de Odonatos o libélulas que suelen recubrir su tórax y abdomen con una capa de brillo céreo que varía de espesor y color según las especies y la edad de los individuos, una especie de barniz mate que se ralla y descascarilla. Cuando emergen de sus ninfas, el exoesqueleto de las libélulas suele tener tonos marfileños, casi translúcidos, que pronto evolucionan hacia los colores característicos de cada especie, variables según el sexo y la edad.

Macho maduro de Orthetrum cancellatum.  Sin apenas transparencia en la capa de pruina abdominal

Como en la Madre Naturaleza todo tiene una razón de ser, probablemente la pruina es resultado de la evolución de las libélulas durante más de 250 millones de años para facilitar su existencia y comportamiento. La pruina refleja la luz ultravioleta (UV) y se sospecha que el sistema visual de los odonatos, entre otras muchas capacidades, tiene la de distinguir esos reflejos, diferenciando los niveles de madurez en los individuos pruinosos o “pruinados”. Como consecuencia de esa especie de filtración solar, la pruina actúa como termorregulador y, tal vez por ello, la pruina es más intensa en aquellas partes del cuerpo de los odonatos que están más expuestas al sol. Se piensa que ésta puede ser la razón por la que los machos “aguantan” más al sol, disputándose los territorios mientras que las hembras, menos pruinosas, se quedan a la sombrita y salen lo justo.

Macho veterano de  Orthetrum cancellatum con capa pruinosa intensa y oscurecida

Es precisamente en los machos donde suele ser más gruesa la capa de pruina, y en sus abdómenes se puede apreciar claramente el rayado que provocan, entre otras causas, el agarre de las patas de las hembras en la cópula, con sus “enganches” únicos en el mundo animal.

Hembra veterana de  Orthetrum cancellatum con capa pruinosa intensa y oscurecida

Si bien las hembras no suelen ser pruinosas, parece que en algunas especies se “pruinan” rápidamente cuando envejecen, y acaban pareciéndose a los machos en su coloración final. Las hembras de Orthetrum cancellatum son algunas de las libélulas en las que se aprecia ese fenómeno en las últimas etapas de sus intensas vidas de apenas un par de meses.

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Percances de estiramiento

Posted by Pele Camacho en 9 mayo, 2010

Por sus colores de juventud, a primera vista podía parecer una hembrita de su especie pero cuando el macro permite ver la esbeltez de su abdomen, con su genitalia secundaria -o “paquete”- y sus cercoides, no quedan dudas: es un joven machito de Orthetrum cancellatum dispuesto a iniciar su vuelo inaugural.

Cerca de la charca donde su madre debió hacer la puesta había algunos cardos y sospecho que, fuera por la sombra de sus hojas,  algún aroma de sus flores, o vaya usté a saber qué,  varias ninfas se fueron al cardo para hacer allí el “alumbramiento”. Y creo que no fue una buena idea, pues me pareció que más de un recental como el que se ve algo difuso en primer plano, se dañó con los pinchos del cardo durante sus procesos de estiramiento y quedó malparado. El mismo pibe de la foto, aunque quede la duda de si el estiramiento estaba terminado, mostraba un ala “diferente”.

La naturaleza es dura con las criaturas. El estiramiento de las alas de los odonatos es clave fundamental para conseguir la autonomía que les permite alimentarse y vivir;  sin embargo, cualquier enganchón u obstáculo para ese desarrollo alar termina por dejar a la criatura en un estado en el que, probablemente, no sea capaz de sobrevivir por mucho tiempo.

De las que nacieron en cardos próximos a la charca, encontré a éste cuyas alas eran un auténtico gurruño, una penosa muestra de lo que pudo ser y no fue.  Observándolo a él no me fijé en la otra criatura a la que parecía estar mirando: una hembra de Lixus angustatus, con su característica trompa negra. Tampoco sé si la fuerza de las jóvenes mandíbulas de odonato serían capaces de quebrar los élitros del gorgojo, pero no creo que su voracidad predadora tuviera muchas más oportunidades alimenticias en el cardo.

Del mismo día también, las escenas siguientes fueron, quizás, las más espeluznantes y trágicas: la criatura estaba dando tirones violentos, con balanceos bruscos, como si le costara desprenderse de la exuvia; pero el problema eran dos o tres hormigas que le pellizcaban o, como poco, le hacían cosquillas con sus mandíbulas.

Conseguí espantar a las hormigas con una brizna de hierba, pero cuando reanudé la sesión de fotos observé esa “sangrante” gota verde de hemolinfa, cerca de sus morros y sus ojos verdes, y me acorde de la “Barbi superstar” de Joaquín Sabina:  “Tenía los pies diminutos y unos ojos color verde marihuana…” y, a cambio de aquello de “… pezón de fresa, lengua de caramelo, corazón de bromuro…”, con menos arte que Sabina, a esta se le podía cantar algo como “…labios de menta, patas pinchosas, sangre de pipermint…”

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Eclosión de una ninfa

Posted by Pele Camacho en 3 mayo, 2010

Todo empezó cuando aquella serpiente, me trajo una manzana y dijo ¡¡¡Prueba!!! …
Así cantaba Joaquín Sabina el “pecado original” que desencadenó el castigo bíblico, el “Parirás con dolor” que, por lo que se ve, no es exclusivo de la especie humana; hay variantes según el caso o el bisho y las maldiciones van desde aquella para la madre hasta un ”nacerás con dolor” para los hijos, mezcladas en un porcentaje difícil de evaluar. El caso de las libélulas es uno más, tan fascinante y asombroso como cualquier nacimiento, con toda la dureza y el aparente dolor que los bishos vivientes parecen llevar en su currículum por aquel pecado de “morder una manzana” a destiempo.

El episodio final, la última fase de la metamorfosis hemimetábola propia de las libélulas, comienza con la salida de la ninfa del medio acuático donde se ha desarrollado tras varias mudas o ecdisis de su exoesqueleto rígido. Las ninfas de libélulas, a pesar de sus mudas y en contra de lo que cabía esperar de su nombre mitológico, tienen un aspecto más bien feo que en nada recuerda a la gracia y belleza de las ninfas que pintores y escultores imaginaron; son bichejos parduzcos, de apenas un par de centímetros, que al salir del agua se mueven lentos y torpes. Algunas se alejan pocos centímetros de la superficie del agua de la charca donde vivían y allí se quedan quietas, a tiro de cualquier rana hambrienta que ponga fin al proceso evolutivo cuando menos se espera. Otras, no sé por qué, más andarinas ellas, se aventuran por tierra firme y se las ve vagar, impregnadas de arena, hacía algún sitio que no sé si sabrán como debe ser antes de que eclosionen.

Los casos supuestamente favorables muestran la emergencia, sin prisa y con pausas, del cuerpo de la libélula que empieza a mostrar su cabeza y tórax de bellos colores, saliendo de la espalda rota de la ninfa parduzca. Es como el comienzo del “parto” de la libélula que, por lo que se puede ver en la naturaleza, en un porcentaje apreciable no tiene un final feliz, como si faltara la asistencia de una madre con experiencia que ayudara al trance de la eclosión de un ser débil e inexperto que surge de otro que se extingue.

El nuevo individuo se esfuerza en salir, da empujones hacia fuera y, con descansos o paradas intermedias termina por emerger y se agarra a los restos de la exuvia, el “traje protector” de la ninfa en el agua que, enganchado a la pared que escaló, queda vacio y seco mientras la libélula comienza una serie de estiramientos de alas y abdomen, donde ya se puede apreciar el sexo de la criatura, por la presencia o no de la genitalia secundaria característica de las libélulas y la forma de sus cercoides o pinzas en el extremo del abdomen.

En los siguientes 30-45 minutos tiene un proceso de adaptación al medio aéreo en el que, ahora sí, se moverá con la gracia y maestría que cabría imaginar en una ninfa mitológica, pero la protagonista ha dejado de ser y llamarse ninfa, y como por arte de magia o de imaginación, de “imagia”, tal vez, se ha hecho un imago. Aunque sea un recental –teneral, en palabra inglesa frecuentemente usada en castellano- ya se aprecian los colores del individuo adulto y se la puede identificar: es una hembra de Orthetrum cancellatum. Poco después de ese momento en que estira totalmente sus alas y su exoesqueleto adquiere la consistencia y los colores del individuo joven, empezará a volar.

Sus primeros vuelos son torpes, lentos y sin la fuerza que todavía no tienen los recién estrenados “turbos” de su tórax; unos cuantos metros y un “aterriza como puedas” en algún arbusto cercano donde, como esos paneles solares de los satélites que posiblemente ideó algún observador de libélulas, con sus alas extendidas, parecen acumular la energía que recogen del sol. Tienen apenas un par de meses por delante para preparar las promesas de la siguiente generación. ¡Suerte, superninfas!

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