Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Archive for the ‘Himenópteros’ Category

Silvestres anónimas

Posted by Pele Camacho en 14 marzo, 2013

En Abril de 2008, el “New York Times” publicaba el artículo “Honey Bees: A History”, referenciando un Acta del Congreso de los EEUU de 1922. Los congresistas, alarmados por los daños que algunos parásitos estaban produciendo en las abejas melíferas europeas, intentaban proteger a las americanas; sin embargo -indicaba el mismo artículo- los apicultores americanos perdieron entre un 50-80% de sus colmenas en la década de los 80. El problema no era solo la pérdida de producción de miel, sino también la baja polinización de muchas especies vegetales cuya productividad depende de los insectos polinizadores, que unas veces son melliferas, y otras, ni siquiera son abejas

IMGP6011_1200_1350KNApis mellifera (Linnaeus, 1758),  produciendo miel de azahar y, posiblemente, una naranja

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

Hace un par de semanas, “El País” comentaba un resumen de la investigación dirigida por L. Garibaldi, del CONICET Comahue -Argentina-, sobre los insectos silvestres que polinizan las especies más importantes para la alimentación mundial. El estudio -publicado el pasado Febrero en la prestigiosa revista “Science” (*)- analizó la presencia de insectos en 600 campos de 41 regiones del mundo con diferentes cultivos, concluyendo que la Apis mellifera mejoró la producción en sólo seis de esas 41 regiones, mientras que los insectos silvestres fueron polinizadores mucho más efectivos, pues mejoraron la producción en todas las regiones.

IMGP5647_1200_1544KNDasyscolia ciliata (Fabricius, 1787), una avispa silvestre con aspecto de abeja, polinizando una inflorescencia silvestre

En esa anónima denominación de insectos polinizadores entran miles de insectos que, en el desarrollo de sus cortas vidas, alargan las nuestras con su constante revoloteo de flor en flor, polinizando especies que, si no fuera por ellos, pasarían por la naturaleza sin dejar recuerdo ni producto alguno para los homosapiens. Se atribuye a Einstein la frase: “Si la abeja desapareciera de la superficie del globo, al hombre solo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres“; cierta o no la cita, posiblemente fuera más cierta si, en lugar de “abejas”, hubiera dicho “insectos polinizadores”.

IMGP4013_1200_1484KNAmegilla quadrifasciata (Villers, 1789), un pequeño himenóptero de la tribu Anthophorini, con vuelo de zumbido agudo

Probablemente, entre los himenópteros, llamados así por sus alas con aspecto de membrana, se encuentran los polinizadores más eficientes de nuestros campos: hay miles de especies, algunas de ellas oligolécticas que polinizan una especie o un género vegetal concreto, lo que podría ser un riesgo si el animal desapareciera por cualquier circunstancia; pero hay muchas más especies polilécticas, que cambian de una flor a otra, polinizando a troche y moche sin buscar un aroma ni un color específico, por ejemplo, la Anthophora plumipes (Pallas, 1772). El género Anthophora (Latreille, 1803) y el género Amegilla (Friese, 1897) se integran en la tribu Anthophorini, formada por algo más de 700 especies de abejas llamadas solitarias, porque forman nidos independientes en el suelo o paredes en talud, por lo que también se las llama abejas cavadoras. Hasta no hace mucho, la tribu se consideró como la familia Anthophoridae. Cosas de los homosapiens…

IMGP4879_1200_1407KNMacho de Anthophora plumipes  (Pallas, 1772), una abeja pelijosilla y poliléctica

Dentro de la superfamilia Apoidea, la familia Megachilidae (Latreille, 1802), con más de 4000 especies de megaquílidos, son abejas dotadas de una lengua larga -la glosa– que les permite libar sin posarse sobre las flores; es una de las familias con mayor eficiencia polinizadora, porque su vuelo oscilante agita las estructuras reproductoras de los estambres que contienen el polen, esparciéndolo de manera efectiva sobre los estigmas de las flores que visitan; por el contrario, su proceso recolector de polen es poco eficiente: cargan un receptáculo ventral llamado escopa, provisto de una pilosidad pegajosa donde queda adherido el polen que levantan con los remolinos de sus vuelos. Para cargar la escopa se estima que necesitan bailotear sobre 10 o 12 veces más flores de las que necesitan visitar las especies polinizadoras que recogen polen por contacto directo con las flores, lo que unas harán porque les gusta así y otras, porque su corta lengua les obliga a ello.

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Pareja de Megachilidae, aprovechando el tiempo mientras libaban con su glosa larga en las profundas flores de lavanda

Solo en las subfamilias de las abejas -dicen los expertos- hay unas 20.000 especies conocidas y, quizás, otras tantas en espera de que algún entomólogo les ponga nombre… lo que no significa, ni mucho menos, que sea fácil identificar a muchas de las, supuestamente, conocidas: las diferencias entre especies son tan sutiles que, a veces, la identificación requiere el uso de un microscopio, después de haberlas atrapado con una red o uno de esos cucuruchos llamados “cazamariposas”; poder distinguir a qué subfamilia o género pertenecen es, frecuentemente, lo más que se puede saber sin ser un experto con recursos ópticos apropiados.

¡ Buena gente, excelentes bishejos, esos silvestres personajes anónimos…!

(*) “Wild Pollinators Enhance Fruit Set of Crops Regardless of Honey Bee Abundance”, http://www.sciencemag.org, Feb. 28th., 2013.

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Picotazos y mordiscos

Posted by Pele Camacho en 2 julio, 2012

En la madre naturaleza hay tantos bishos que, lógicamente, podemos encontrar una enorme pluralidad de formas de atacar, defender o, simplemente, vivir cada especie a su modo y manera con los elementos que la naturaleza y la evolución les han dado. Ante tal cúmulo de posibilidades, es normal que los lenguajes de los homosapiens se queden cortos para expresar claramente la forma en que algunos bishos pueden actuar.

En nuestra cultura, quizás por costumbres poco refinadas o meditadas, se suele hablar de morder o picar, sin entrar en más matices, y así, un bisho que en un sitio “muerde”, en otros sitios “pica”, en el supuesto que no sea de los capaces de dar tanto picotazos como mordiscos, “con uñas y dientes”, pues parece que morder se asocia a dientes o mandíbulas y picar a elementos puntiagudos como uñas, aguijones u otros apéndices punzantes. Hay quien propone que morder se asocie con acciones relacionadas a elementos en la zona de la cabeza, pero ese concepto –pienso yo- llevaría a decir que muerden tanto los ofidios con sus colmillos punzantes, como los mosquitos con su probóscide chupadora o las arañas con las uñas punzantes de sus quelíceros… mientras que picar quedaría relegado con acciones de “popa”, con aguijones como aquellos de abejas, escorpiones o similares y, por tanto, dejarían de picar las aves con su pico.  El mordisco -según la RAE- se asocia a “pedazo que se saca de algo mordiéndolo” y, entonces, los ofidios no morderían, pero si algunos homosapiens, bichos que, también según la RAE, “sacan beneficio de algo a lo que dan el mordisco”  ¿Le suenan de algo esos “mordiscos”, amigas y amigos lectores?… allende los mares se habla también de “mordidas”, con un significado parecido a lo que aquende pasó con algunos que no han pasado del banco al “banquillo” por cosas de la justicia y “presunciones de inocencia”, pero esas son otras historias…

Doña Megascolia maculata flavifrons, mostrando su lengua y sus mandíbulas abiertas

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Buscando animales más nobles, podríamos encontrar una hermosa hembra de Megascolia maculata flavifrons (Fabricius, 1775), con su porte de casi 5cm de avispa, impresionantes tanto en pose como en vuelo. Cuando mira al fotógrafo de frente -aunque consciente de sus armas puede estar, simplemente, ignorándolo- es posible observar que delante de su boca dispone de dos impresionantes garras puntiagudas que recuerdan las de cualquier rapaz o felino: son sus mandíbulas y detrás de ellas puede verse su glosa o lengua de himenóptero.

Mandíbulas cerradas y glosa retraida

Según el medio donde se mueve, puede verse como cierra y abre esas mandíbulas-garras, como si buscara algo que pinchar o trinchar para comerlo después. Mis conocimientos de himenópteros no llegan lejos y no sé si en esas garras hay algún canal conectado a cualquier glándula cargada de ponzoña paralizante, aunque supongo que un simple pellizco, agarrón, mordisco, pinchazo… con esos dos garfios, aunque no saque el pedazo, debe ser, como poco, doloroso y, tal vez, para ir a urgencias, por si acaso…

Glosando entre los huecos de la manta de hierbas acuáticas

Las hembras de Megascolia maculata flavifrons tienen dos antenas negras y más bien cortas, casi la mitad de largas que aquellas de sus machos cornilargos que mostré en una entrada anterior titulada ”Megabishos -pica para verla-”. Sin embargo, las hembras tienen una especie de aguijón del que carecen los machos y que utilizan con “fines reproductivos” de particular crueldad: con él pican e inyectan sus huevecillos en el vientre de larvas de escarabajos Oryctes nasicornis, de modo que, al culminar su proceso de metamorfosis, las larvas de Megascolia que emergen de los huevos devoran internamente a las larvas de los Oryctes donde eclosionaron.

Parece que las hembras utilizan ese aguijón, u otro similar en su región de “popa” o “papo”, para atacar o defenderse de cualquier otro bisho que las moleste. Dicen que el picotazo a los homosapiens no es peor o más peligroso que el de una avispa común de nuestras latitudes pero, probablemente, el susto será mucho mayor, supongo yo…

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Lobos solitarios

Posted by Pele Camacho en 24 enero, 2012

La influencia del lobo se extiende ampliamente en el filo de los artrópodos, al menos en la clase Arachnida con las arañas lobo y en la clase Insecta, donde el orden Lepidoptera tiene familias, géneros y especies con referencia directa a los lobos. No es extraño que en el orden Hymenoptera, con casi 200.000 especies entre abejas, avispas y hormigas, haya apelativos que recuerden al Canis lupus, con su fama de bisho malo que vive su vida unas veces en manadas, con una cierta jerarquía social y otras veces de manera solitaria, “por libre”, a su aire…

Dentro de los himenópteros, en la familia vespidae, o de los véspidos, se subdivide a sus integrantes -las avispas- de una manera algo simplista en grupos eusociales y solitarios: los primeros viven en colonias con una cierta organización, similar a las abejas, mientras los segundos van más “por libre”, sin reinas ni panales, reproduciéndose y viviendo de forma individual; es el subgrupo más numeroso, lo que parece lógico, si se piensa en lo difícil que es organizar cualquier sociedad dentro del mundo animal y los frustrantes resultados que se observan en alguna especie donde se supone un nivel de ¿inteligencia? superior…

Avispa lobo Philanthus triangulum -el lobo de las abejas- transportando a una abeja Apis mellifera

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Un ejemplo de esos “lobos solitarios” es el Philanthus triangulum  (Fabricius, 1775), una especie de la familia crabronidae , o de los crabrónidos, en la que se incluyen varios miles de especies. Son avispas solitarias predadoras y sus presas son las Apis mellifera, las abejas, de ahí el nombre común que se les ha colgado: el lobo de abejas. El modus operandi de sus hembras consiste en apresar a las abejas esperándolas por las flores donde liban, abrazándolas para clavarles su aguijón en el abdomen, paralizarlas e inocularles un huevo del que saldrá una larva que se alimentará en su estado inicial de la abeja que paralizó su solitaria madre. No haría falta decir que es una especie odiada por los apicultores.

Pero no todas las avispas -que son muchas- actúan de manera tan odiosa, sino más bien en sentido contrario porque su carácter predador es algo bueno o malo según interese o no al homosapiens. Muchos de los insectos que son considerados plaga en alguna parte del planeta, suelen tener algún predador que actúa como especie de control en algún eslabón de la cadena trófica, manteniendo el equilibrio ecológico del ecosistema. En ese aspecto, algunas avispas solitarias juegan un papel fundamental al utilizar a otras especies como alimento propio o como anfitrión de las larvas parasitarias que emergerán y se nutrirán de ellas. Ni que decir tiene que esas avispas solitarias, como insecticida ecológico y selectivo, son seres queridos y cuidados por algunos agricultores, que llegan a “cultivar” a ciertas avispas solitarias para proteger y sacar adelante sus cosechas. A esas especies solitarias, claro está, no se les llama lobos.

Hembra de Dasyscolia ciliata, con su característica vellosidad anaranjada

Otra avispa solitaria es la Dasyscolia ciliata (Fabricius, 1787) un himenóptero de la familia scoliidae, o de los escólidos, cuyas hembras suelen ser parasitoides idiobiontes, es decir, que en el momento de realizar la puesta, la hembra parasitoide paraliza con el veneno de su aguijón el desarrollo del individuo hospedador donde se desarrollará la larva, o sea, casi igual que las hembras de Philanthus triangulum. Mientras las hembras de esas avispas solitarias realizan individualmente todas las tareas de caza, puesta y ocultación de la presa parasitada, algunos machos realizan labores un tanto sorprendentes e inesperadas que, afortunadamente, sirven para la multiplicación de otras especies que, desde un punto de vista taxonómico, nada tienen que ver con la suya.

Grupo de Ophrys speculum, el espejo de Venus, la belleza del labelo azul

Los machos de la Dasyscolia ciliata, por ejemplo, son atraídos por el aroma de las flores de la orquídea ibérica Ophrys speculum, el espejo de Venus, una de las flores más bellas de la primavera. Su labelo azul, rodeado de cilios rojizos que recuerdan la pilosidad del abdomen de las hembras de Dasyscolia ciliata o, tal vez, la fragancia de la orquídea que parece recordar las feromonas a las que son sensibles, provocan la feliz coincidencia que permite la polinización de la orquídea, cuyos polinios difícilmente caerían en la cavidad estigmática si no fuera porque algún bisho como el macho de Dasyscolia los transportara al sitio apropiado, mientras cree fecundar a una hembra de su especie.

Ophrys speculum mostrando  sus dos polinios  bajo el sépalo dorsal

La mayoría de las orquídeas del género Ophrys y algunas orquídeas entomófilas de otros géneros, como el Orchis, tienen una avispa concreta cuyos machos son sexualmente atraídos hacia sus bellas flores e inducidos a un acoplamiento sobre el labelo (pseudocópula). Aunque la forma y disposición de los polinios sea similar en todas las Ophrys y muchas orquídeas sean polinizadas por varias especies, algunas de ellas lo son solamente por un único insecto polinizador de talla precisa, que se adapta a la forma y características de la orquídea, como ocurre en la pareja Ophrys speculum y Dasyscolia ciliata.

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Felicidades con agallas

Posted by Pele Camacho en 15 diciembre, 2011

¡Felicidades!, lectoras y lectores de estas páginas, amigas y amigos de los bishos multicolores y de sus entornos… ¡Felicidades! en estos días finales de 2011, con el deseo de un 2012 mucho mejor que el 2011, aunque  persistan plagas y parásitos que puedan incordiar…

Estaba pensando en cómo felicitar, sin Chrismas, Papás Noeles o Santas Klaus de otras culturas, ni tampoco nacimientos con figuritas de barro y raíces locales, porque en ninguno de ellos veo sustancia de la naturaleza que asoma en este blog. Solo quedaba un arbolito -virtual, claro- donde pudiera colgar algo de bishos, con aspecto alegórico de lo que cuelga de esos abetos sintéticos -o naturales, que es peor- que se suelen levantar por doquier en estas fechas. Y así, pensando en arbolitos y en los colores rojos que se estilan estos días, me acordé de algo natural que siempre me impresionó: las agallas, pero ¿qué agallas?, porque el diccionario de la RAE contiene 11 acepciones diferentes para esa palabra… pues las que tienen algo que ver con bishos pequeños, las agallas o cecidias que algunos insectos provocan en ciertos árboles y arbustos: el arbolito virtual tendrá algunas bolitas naturales, más o menos rojas, y también, una especie de “espumillón”, echando algo de imaginación al asunto.

Para los que observamos la naturaleza como aficionados, las agallas son algo fascinante y enigmático donde se muestra una reacción violenta de un vegetal que, agredido por un animal, responde con una defensa que resulta defender, también, el interés del animal. Como en tantos otros casos, cuando hay excesos alguien o algo sale perdiendo, y en el caso de las agallas, los excesos pueden suponer la existencia de una plaga de bishos que dañe a una especie vegetal. No está claro el proceso biológico que desencadena la formación de muchas agallas, estructuras vegetales “anormales” y variables, pero inducidas, en muchos casos, por la picadura de un insecto que deposita o inyecta en el vegetal los huevecillos de los que saldrán los individuos de la siguiente generación; es como una especie de “embarazo de invertebrados” dentro del vegetal que contiene en su seno -en la agalla- alguna o algunas de las fases de la metamorfosis del insecto que terminará emergiendo de ella… ¿cuándo?,  pues como dijo el insigne Don Miguel, por boca de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”:

Los sucesos lo dirán Sancho -respondió Don Quijote- ; que el tiempo, descubridor de todas las cosas no se deja ninguna que no la saque a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra” ( Cap. XXV, 2ª Parte)

(Frase aplicable tanto a las agallas como a ciertos homosapiens, organizaciones y plagas por ellos creadas. Pero esas son otras historias…)

Agalla de Andricus quercustozae en una rama de quejigo Quercus faginea

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La agalla más popular es, quizás, la del quejigo Quercus faginea, que empieza como una bola verde con vetas rojas y una textura interna esponjosa y blanca que recuerda a las “nubes” o “marshmallows”. Después se vuelve rojiza y termina siendo una bola liviana de color marrón y engañosa apariencia de fruta de otoño medio seca, con textura maciza y porosa, agujereada con cámaras y conductos donde evolucionan los Andricus quercustozae, (Bosc, 1792), pequeños himenópteros que saldrán de ellas para originar la siguiente generación de agallas.

Agallas de Plagiotrochus quercusilicis (Fabricius, 1798) en hojas de coscoja Quercus coccifera

Con tantas posibles parejas de animal y vegetal, parece obvio que haya cientos de agallas y que sea relativamente fácil encontrar agallas rojas para el arbolito, como las que destacan entre el verde claro de las hojas de coscojas Quercus coccifera que empiezan a dar color a la primavera, allá por el mes de Abril.  El Plagiotrochus quercusilicis (Fabricius, 1798) que provoca estas agallas o cecidias es otro diminuto himenóptero, y su efecto en las hojas es una hipertrofia que las recubre casi al completo, convirtiéndolas en espectaculares abombamientos rojos en los que solo sobresalen las espinas perimetrales de las que iban a ser hojas.

Agalla  fusifex de Plagiotrochus quercusilicis (Fabricius, 1798) en amentos de coscoja Quercus coccifera

El mismo himenóptero puede ovipositar en los amentos o inflorescencias masculinas de la coscoja que, al tener texturas y formas muy diferentes de las hojas, producen unas agallas alargadas, también rojas, en las que asoman las puntas secas de las inflorescencias que quedan absorbidas en la cecidia, en una variedad denominada fusifex, por su aspecto fusiforme.

Agalla  de Synophrus politus (Hartig, 1843) junto a una bellota de alcornoque Quercus suber

A pesar de su aspecto áspero y monumental, el alcornoque Quercus suber de nuestros bosques también está sujeto a los picotazos de otro minúsculo bichejo, el Synophrus politus (Hartig, 1843), otro himenóptero que termina provocando en sus ramas tiernas unas hermosas agallas esféricas de las que emergen como pueden las ramitas que soportaron el picotazo.

Corte de la agalla anterior, mostrando la larva de Synophrus politus 

Por aquello de “a tal señor, tal honor”, en el alcornoque donde vi la primera agalla encontré otras cuantas más, y me animé a realizar la “cirugía vegetal” que mostrara lo que había dentro de una de ellas. Tiré de bisturí y ¡qué sorpresa!: lo que parecía que pudiera ser una esfera blanda y porosa como las agallas del quejigo Quercus faginea, tenía una corteza de apenas un par de milímetros que envolvía una esfera de dura madera de alcornoque, que me costó un buen rato ir cortando poco a poco -casi tres centímetros de diámetro- para llegar a su centro y encontrar allí la cámara donde crecía la larva, que se agitaba inquieta al recibir impactos de luz y aire para los que no estaba preparada.

Agalla  de Diplolepis rosae (Linnaeus, 1758)  en tallo de rosal silvestre Rosa canina

Y para poner un poco de “espumillón” en el arbolito, terminaré con unas agallas de rosal silvestre Rosa canina,  provocada por otro pequeño himenóptero de apenas 5mm de longitud, el Diplolepis rosae (Linnaeus, 1758), difícil de ver y aún más de fotografiar en vivo, a menos que se le espere hasta que “el tiempo… la saque a la luz del sol…”. Este espumillón es una especie de bola de hebras enredadas, con colores del rojo al amarillo y aspecto pinchoso, como si llevara la firma del rosal, recubriendo una bola maciza de pocos centímetros que contiene un conjunto de cámaras donde se desarrollan las larvas de una pequeña avispa, de abdomen rojo y tórax negro, que solo he visto en la interné.

Agalla de Diplolepis rosae (Linnaeus, 1758)  en hojas de rosal silvestre Rosa canina

Podía haber partido la agalla, pero… ¿para qué? ¿para ver un gusanito, hacerle una foto y dejarlo allí tirado…?.  Aquel día no tenía ese instinto y me limité a hacerle una serie de fotos sin miedo a que ningún bisho se fuera volando. Me dio pena cargarme el espumillón y, de paso, también algunos posibles espumillones del año que viene; no creo que sean plaga y prefiero dejar abierta la opción de verlos de nuevo allá por Agosto, que fue cuando vi a éstos. Que ustedes también puedan verlos, que se vean libres de plagas en el 2012  y que  sean muy felices.

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El abejorro del vuelo

Posted by Pele Camacho en 23 noviembre, 2011

En nuestras latitudes hay, al menos, dos abejorros de aspecto parecido: uno es el abejorro común, Bombus terrestris (Linnaeus, 1758), muy peludo, con bandas amarillas y blancas en tórax y abdomen, y unas alas no muy grandes, con tonos ambarinos casi transparentes; el otro es el abejorro carpintero, Xylocopa violacea (Linnaeus, 1758), menos peludo y casi totalmente negro, salvo sus alas de reflejos azulados o violáceos y el dorso de su lomo, a veces, amarillo por el polen que lleva después de rebozarse en centenares de flores… ambos tienen un tamaño similar, vuelan con la misma habilidad y son magníficos polinizadores, algo digno de agradecer.

El abejorro común, el peludo Bombus terrestris (Linnaeus, 1758)

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Al observar el fantástico vuelo de las libélulas, parafraseando un dicho castizo alguien podría decir que “con buenas alas bien se vuela“… probablemente sí, pero no es menos cierto que con alas “algo peores” no se vuela peor, y si no, que se lo pregunten a tantos como se han maravillado con el vuelo de los abejorros, tanto o más que con el vuelo de las libélulas, como dice esa malentendida paradoja etiquetada como mito de el vuelo del abejorro, un vuelo cuya rapidez y zumbidos imitan con virtuosismo los intérpretes de una famosa melodía que alguien mal-tradujo como “El vuelo del moscardón”, colando a un bisho con mucha menos gracia y mucho más malaje que el abejorro.

 El abejorro carpintero, el violáceo y menos peludo Xylocopa violacea(Linnaeus, 1758)

Parece que el origen del famoso mito surgió porque el abejorro vuela tan bien, tan bien, que un sesudo profesor alemán, allá por 1930, tuvo la ocurrencia de aplicarle los conocimientos de la aerodinámica de entonces, y viendo que no le salían las cuentas, remató el intento en una frase con retintín que decía, más o menos, “… según los principios de la aerodinámica, el abejorro no podría volar…”.  Pero el asunto no quedó así, porque la comunidad científica entendió el reto del profesor -recogió el guante- y reintentó durante muchos años, aunque sin éxito, encontrar una explicación con base científica que justificara ese vuelo incomprensible, como broma chusca de un bishejo que, desconociendo las leyes de la aerodinámica, pero conociendo instintivamente algo que los homosapiens desconocen, vuela de forma maravillosa.

Una vista poco aerodinámica del abejorro Xylocopa violacea

Cuando se observan sus “frágiles” alas delanteras -casi el doble de grandes que las traseras- frecuentemente desgarradas de tanto batir, la impresión que dan es que su vuelo dará poco de sí al intentar tirar de ese cuerpo, desproporcionadamente gordo, con las cortas alas que le ha dado la naturaleza, y además, los abejorros son peludos, rechonchos, cabezoncetes… en fin, tienen una pinta poco atlética o acrobática, si se asocian esos conceptos a las pintas de homosapiens con objetivos de velocidad en sus vidas, probablemente con piel lisa, a veces, depilada o afeitada, enjutos o enjutas, de aspecto consumido, casi canijos o canijas… para correr y competir por ahí con pocos contravientos; pero con los abejorros no cuentan esos detalles y van zumbando “a pelo”.

Un abejorro volando y polinizando flores de un cardo de arzolla Carduncellus monspelliensium 

Entonces, ¿cuál es la clave del vuelo de los abejorros…?  Pues, como apunté brevemente en la entrada anterior, la cosa tiene enjundia y hubo que esperar hasta el siglo XXI para que, de forma incomprensible para inexpertos en aerodinámica, unos investigadores americanos resumieran el “comecocos” aerodinámico diciendo que la gracia está en los remolinos o turbulencias que las pequeñas alas crean con su movimiento veloz, acompasado y complejo, batiendo a velocidades del orden de 150 movimientos por segundo, accionadas de forma indirecta por unos conjuntos de músculos longitudinales y transversales cuya función no consiste en mover las alas, sino en contraer y dilatar el tórax que soporta las alas… algo difícil de imaginar y, mucho más, de entender. Pero vuelan, ¡vaya que sí vuelan!

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Megabishos

Posted by Pele Camacho en 29 octubre, 2011

Las avispas son unos insectos fascinantes, con llamativos colores, cinturas espectaculares y temidos aguijones que no suelen utilizar si no se las molesta, porque las avispas no están en el mundo para “picar”, aunque muchos homosapiens parecen creerlo así: se asustan, las asustan y, finalmente, les pican. A mí me encanta ver a las avispas que en verano se acercan “a comer contigo” y el manoteo que provocan en la mayoría de comensales…

La denominación avispa abarca un amplio grupo de insectos himenópteros, “de alas membranosas”, algo pequeñas en relación al tamaño y peso de sus cuerpos, haciendo que la explicación de sus vuelos fuera un misterio hasta el año 2001, cuando un “avispado” investigador (*) acabó con aquel reto científico que, poco más o menos, se resumía en “… según las leyes de la Física, los himenópteros no pueden volar…”.  Parece que ya está claro qué leyes se desconocían o se aplicaban mal, porque lo que se dice “volar”, los himenópteros vuelan de maravilla.

(*)  Michael Dickinson,  “Solving the Mystery of Insect Flight” ,    Scientific American,  June 17, 2001

 Un vuelo impresionante, despegando sin carreras y sin problemas

(Picar -sin aguijón- en las imágenes para verlas con más resolución)

Dentro de ese vasto grupo de avispas está la superfamilia Vespoidea, o de los véspidos, y dentro de ella está la familia Scoliidae, o de los escólidos, compuesta por unas 300 especies, algunas de ellas agrupadas en el género Megascolia al que los angloparlantes llaman de las mammoth wasp o avispas mamut nombres que ya dan una idea de “qué número calzan”, o sea, que también hay “megas” en el mundo de las avispas, que hay “mega-avispas”, vamos…

Cinco centímetros de avispa: hembra de Megascolia maculata flavifrons

Por aquí abajo, al menos, hay dos especies muy parecidas: Megascolia maculata flavifrons (Drury, 1773) y Megascolia bidens (Linnaeus, 1767).  La más abundante es la maculata flavifrons, la que suele asustar por nuestras latitudes: si ya se tiene un cierto respeto por la avispa tradicional, la Polistes dominula, con una modesta envergadura de 2 cm, cuando se ve aparecer “OVNIs” de casi 5 cm. pues, a veces, merodean en grupos de tres o cuatro individuos, no es de extrañar que algunos vecinos llamen alarmados al primer servicio de Seguridad que se les ocurre.  Sin embargo, son tan pacíficas como cualquier otra avispa, y en caso de “picar”, por lo que dicen, no es más dolorosa que las normales, en femenino, porque las que pican son las hembras, las que tienen máscara amarilla y “cuernos” negros y cortos.

Antenas largas y negras: macho de Megascolia maculata flavifrons

Es fácil identificar a las maculata flavifrons: tienen antenas negras, más largas en los machos que en las hembras, más guapetonas y hermosotas, aunque gastan una máscara amarilla que les da aspecto feroz, si es que no lo tiene la cabeza negra con largos “cuernos” de los machos, que no pican, pero que muerden con sus enormes mandíbulas capaces de “arrancar el cacho”. Pero esa tampoco es su costumbre.

  Antenas anaranjadas y cortas: hembra de Magascolia bidens

También es fácil identificar a la Megascolia bidens por sus antenas anaranjadas, pues en lo demás es bastante parecida a su parienta maculata, en tamaño y costumbres: ambas especies son avispas solitarias, es decir, no hacen panales como sus pequeñas parientas Polistes. Su costumbre de cría es peculiar: las hembras inyectan sus huevos fecundados en las “mega-larvas” de los “mega-escarabajos” Oryctes nasicornis (Linnaeus, 1758), el escarabajo rinoceronte, larvas que las Megascolias buscan con avidez porque es la forma de asegurar que las pequeñas larvas de “mega-avispas” tengan sustento cuando eclosionen dentro del cuerpo de la mega-larva “huésped”.

El escarabajo rinoceronte, Oryctes nasicornis

La larva del escarabajo suele superar los ocho centímetros de longitud y su instinto de conservación la hace encogerse intentando proteger las partes ventrales de su cuerpo, pero de poco le sirve el intento, pues la primera faena de la avispa es paralizarla con su aguijón, pocos segundos antes de inyectar el huevo fecundado del que eclosionará la larva de una futura Megascolia.  Mega-espeluznante…

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Vespa crabro

Posted by Pele Camacho en 22 marzo, 2010

Durante bastantes años, para mí una Vespa solo fue una moto. Luego supe que era un himenóptero e imaginé de donde salió el nombre de aquellas Vespas cuya forma recordaba bastante el abdomen de una avispa. Las Vespas de ahora me parecen más feas que aquellas motillos panzoncetas…

En Agosto, las avispas también pasan calor…

(Picar en las imágenes para verlas con más resolución)

La Vespa crabro es una Super Vespa; unos 3cm de avispa roja y gualda, hermosa y con un vuelo impresionante, por su perfección y por el zumbido que se oye cuando te pasa cerca. Parece peleona, quizás porque su tamaño le da un complejo de superioridad sobre otros animalejos de su entorno: vi como una pillaba una mosca y la trituraba; también vi a otra entrando y saliendo con maestría de un matorral, hasta que consiguió sacar una araña tan grande y peleona como ella, con la que quedó “en tablas”.

Con ésta, cerca de Despeñaperros, aproveché que el mes de Agosto debe afectarle como a todo bicho viviente y la pillé reponiendo líquidos.

Apurando el néctar de los cascabitos de bellotas

Unos meses más tarde, en Octubre, en el PN Montes de Málaga encontré unas cuantas que, con su carácter dominante, parecían decir que las encinas era suyas y no dejaban tranquilo a ningún bichejo que estuviera cerca.  Les encantaba meterse dentro de los cascabitos vacíos, que permiten estimar su tamaño, más o menos, largas como una bellota.

Vespas haciendo el Yin y el Yang 

En algún caso vi dos Vespas en el mismo cascabito, no sé si por “amistad” o por la calidad o abundancia de lo que hubiera allí dentro. Y la curiosidad me pudo: Cogí una bellota a punto de desprenderse del cascabito, la saqué de él y metí  la lengua para saborear  el “néctar” y…  no me supo a nada. Es posible que rezume horas después de desprenderse la bellota, pero hasta ahí no llegué en mis “pruebas”.

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