Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Mirando al Sol

Posted by Pele Camacho en 18 septiembre, 2019

Mirar al Sol puede ser tolerable, molesto, irritante y hasta cegador, según cómo y cuánto se le mire. Quizás la forma más suave de mirarlo es al borde de los crepúsculos, poco después de amanecer o poco antes de atardecer.

Orto, amanecer, alba, aurora son nombres equivalentes pero algo más imprecisos que crepúsculo matutino, definido como el intervalo que transcurre desde que el  Sol está 18º por debajo del horizonte y la claridad acaba con la noche, hasta que el limbo o contorno del disco solar aparece por el horizonte iniciando el día. En el solsticio de verano, el 21 de Junio, el crepúsculo viene a durar casi dos horas, mientras que en el solsticio de invierno, el 21 de Diciembre, dura unos 90 minutos. Además de la hora, el Sol cambia cada día su punto de salida: solamente en los equinoccios -20 de Marzo en primavera y 23 de septiembre en otoño- sale el Sol por el Este, con un azimut de 90º respecto al Norte, pero desde el solsticio de verano en el que empieza a salir con un azimut de unos 58º, hasta el solsticio de invierno en el que sale con un azimut de casi 120º, el Sol sale cada día en un punto diferente de un arco de casi 60º cuyo punto medio está en el Este. Sabiendo cuándo y dónde saldrá el Sol, podremos prepararnos para mirarlo, si las nubes y otros fenómenos no lo impiden.

Amanecer tras las nubes

Cuando la luz del Sol se ve al amanecer a  través de la bruma o la densa niebla gris que algunos días cubre el horizonte marino, los colores que se traslucen por los resquicios de las nubes parecen anunciar que algo fuerte arde por allí detrás.

Amanecer entre nubes

Si las nubes del horizonte no son muy densas actúan como un filtro y dejan ver el disco solar, más o menos amarillo o anaranjado, con un aspecto inocente, como si aquello no fuera un enorme globo de hidrógeno y helio con un diámetro 110 veces mayor que el diámetro de la Tierra y una temperatura que, en la parte exterior del globo gaseoso supera los 5000ºC aunque en el interior del globo supera los 15 millones de grados, como consecuencia de las fusiones termonucleares que ocurren de manera continua fusionando átomos de hidrógeno en átomos de helio: el Sol, dicho de manera muy simplista, es una especie de gigantesca bomba termonuclear en proceso continuo. Aquello está de la Tierra a unos 150 millones de Kilómetros, pero la energía que genera es algo tan descomunal que, después de tardar algo más de ocho minutos en llegar a nosotros, lo hace con la fuerza suficiente para permitir que la vida vegetal y animal se mantengan en la Tierra: si el Sol se apagara de pronto, el frío y el hambre pondrían punto final a todo lo que conocemos, en una larga noche oscura que no sería de muchísimas horas… porque dependemos totalmente del Sol.

Amanecer sin nubes con limbo de Sol

Cuando el horizonte está casi sin nubes, el crepúsculo se rompe bruscamente y un limbo de Sol  casi cegador rompe la línea del horizonte; en pocos segundos el segmento es de un tamaño y con un brillo que la vista no puede soportar, a menos que se busque una pantalla, un obstáculo que oculte aquella tromba de luz. La óptica de las cámaras juega con aquellas luces y las convierte en  estrellas de más o menos rayos, según el diafragma de la lente y otros parámetros con los que se capte la escena.

Estrella en el agujero del peñón

Las cámaras permiten ajustar la luminosidad de la escena, saturando más o menos los destellos del sol y las sombras de los objetos que los semiocultan: en pocos minutos el Sol rebasa los límites de ciertas barreras y las fotos del Sol pasan a ser una especie de todo o nada, jugando con los contraluces.

Las cámaras son capaces de aguantar sin quejarse un cara a cara directo, mirando al Sol con atrevimiento; la foto puede ser más o menos espectacular o tener una claridad que anula los detalles de todo lo que estaba siendo iluminado. En esas escenas conviene recordar aquellos versos sobre “las siete y media” de “La venganza de Don Mendo“,  cuidando los ojos del fotógrafo y la cámara, yendo poco a poco y sin pasarse,  porque:

“… si te pasas, ¡ay si te pasas! … si te pasas es peor…”

Te juegas el sensor y la cámara, también en el ocaso

Y con el ocaso, atardecer, anochecer, arrebol  o crepúsculo vespertino, tenemos algo similar al matutino, con otras cifras y horas casi opuestas que indican cuándo y dónde termina el viaje del carro de Helios, del dios Sol, hermano de Selene -la Luna- y de Eos -la Aurora-, que fue como imaginaron los antiguos griegos estas cosas del firmamento: sin TV, sin internet y sin tantas otras cosas para pasar el tiempo, muchos de ellos lo pasaron imaginando dioses, diosas y descendientes cuyas aventuras terminaron asociando a estrellas y constelaciones con nombres que hoy nos recuerdan aquella cultura tan prolífica.

 Nubes lenticulares con tonos de arrebol

Las fotos de las puestas de Sol son muy similares a las de sus salidas; la hora y la orientación de las escenas no las hace ser muy  diferentes pero, en algunos días, el color rojizo de las nubes que aparecen les da esos tonos de arrebol, palabra de belleza similar a la de alba y aurora, que cada vez se usan menos, vaya usté a saber por qué.

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Si lloras por no ver el Sol…

Posted by Pele Camacho en 7 septiembre, 2019

… la lágrimas no te dejarán ver las estrellas. (Rabindranath Tagore).

Una foto de una escena nocturna podría tener unos árboles iluminados, unas rocas, unas personas… y un cielo de fondo con unas estrellas puntuales y una especie de nube tenue, con poca personalidad aparente, aunque sea el centro galáctico de la Vía Láctea.

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Una escena nocturna sin retoques, con la tetera de Sagitario, Saturno, el aguijón de Escorpión… y algo más 

Es algo difícil hacer buenas fotos de las estrellas y de otros protagonistas del  firmamento. De hecho, casi cualquier foto de estrellas o galaxias es una composición más o menos artística, al gusto del fotógrafo que, posteriormente, retoca con alguna aplicación informática para resaltar los brillos y las sombras de la foto donde apenas destacan los puntos brillantes, muy brillantes, de las decenas de miles de estrellas que se han dejado brillar, porque esas que se ven son las que la sensibilidad de la cámara dejó que se vieran de las muchísimas más que se podrían haber visto. Y aún hay más, centenares de miles más, que con una cámara normal no se pueden ver.

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Marte, los cuernos de Capricornio, la tetera de Sagitario, Saturno, el centro galáctico y Escorpión. Distancia focal 16 mm

El centro galáctico de la Vía Láctea, después de revelar su foto con el sentido artístico del momento, contendría resaltados sus detalles y nebulosas; las estrellas acompañantes, como siempre, son puntos brillantes de los que es imposible sacar poco más que su tonalidad roja, amarilla o azulada. En la foto anterior, a la derecha, descolgada del super radiante Júpiter, se ve una roja importante, Antares, la supergigante más brillante de Escorpión.

La Vía Láctea se deja ver mejor en las noches de Junio a Septiembre, cuando brilla poco la Luna, las nubes y las brumas son escasas y la contaminación lumínica es moderada. Algunas noches, la Vía Láctea más que verse se intuye, sabiendo que el centro galáctico cae a la derecha de la “tetera de Sagitario” y, según los años, más o menos al lado de ciertos elementos más brillantes como Júpiter, Saturno o Marte. La Vía Láctea es algo grande, muy grande, que muchas veces no cabe entera en el encuadre que se elige. Hay que utilizar lentes de gran angular para que se pueda ver la Vía Láctea casi entera. Algunos fotógrafos hacen varias fotos y componen después una panorámica de grandísimo angular. Además de arte, técnica y buenas lentes.

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Vía Láctea con distancia focal 10 mm

Y a partir de eso, hay que jugar con la sensibilidad ISO relativamente alta de la cámara, pero no demasiado para que no aparezca mucho ruido en la foto y con tiempos de exposición lo más largos posibles, pero no más del que permite el movimiento de la Tierra porque las estrellas aparecerían como guiones en lugar de puntos. Hacer unas cuantas fotos de prueba para apuntar, encuadrar, enfocar, ajustar algunos detalles y… paciencia, porque pueden surgir nubes o  aviones con luces intermitentes.

Después, cuando se revela la foto y se ajustan los brillos, las sombras, los blancos y los matices; entonces aparecen los ruidos, las contaminaciones lumínicas, las estelas de algún avión inoportuno… pero también trozos de constelaciones que no se esperaban, estrellas que nunca se han visto a simple vista… es agradable descubrir esos detalles. La siguiente foto muestra algunos de esos detalles de la foto anterior.

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 Detalles apreciables en la foto anterior

A- Antares, la supergigante roja, el corazón de Escorpión

E- Shaula, el aguijón del Escorpión

J- Júpiter, el punto más brillante sin ser una estrella

T- La tetera de Sagitario

S- Saturno

C- Algiedi y Dabih, los cuernos de Capricornio

D- Constelación del Delfín

Q- Sadalsuud y Sadalmelik, los hombros de Acuario

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Relaciones áureas

Posted by Pele Camacho en 3 junio, 2018

El número áureo  -o relación áurea–  es un número irracional, es decir, un número decimal infinito, con infinitos decimales, que no puede expresarse por una fracción entre dos números enteros.  Su valor  (1,618033…), es algo menor que el de otros famosos números irracionales como el número e (2,718281…) o el número π (3,141592…) de amplio uso en el mundo matemático y científico.

El número áureo, también llamado número ɸ o ϕ, -las letras griegas “phi”, mayúscula o minúscula- tiene ese apelativo en honor del escultor Fidias, autor de las estatuas crisoelefantinas  -recubiertas de oro y marfil- de Atenea Partenos y Zeus Olímpico, entre otras no menos famosas que adornaron el Partenón y la Acrópolis ateniense en la época de Perícles.  En lo que queda del Partenón y en la visualización de lo que algunos expertos creen que fue, se han observado varias secciones cuyas dimensiones guardan relaciones áureas. Se considera que la relación áurea es una especie de patrón o formato agradable a la vista, por lo que algunos edificios clásicos mantuvieron o se acercaron en sus dimensiones  a la proporción áurea. Un ejemplo de nuestros tiempos son las dimensiones o relaciones 16:9 o 16:10 de los relativamente modernos displays de TVs, smartphones, etc. que, aunque ahora evolucionan a la relación 18:9, lo hacen más por estrategias de mercadotecnia que por razones estéticas.

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Hipparchia fidia, un ninfálido en honor de un escultor

En el mundo de las mariposas, Fidias, como representante de la belleza de una época gloriosa, es recordado en la mariposa Hipparchia fidia que, como para contrastar más su belleza, en su nombre de género recuerda a Hiparquía, una filósofa de la escuela cínica que llevó una “vida perra”, en contra de todos los convencionalismos de su época, vistiendo harapos con aspecto zarrapastroso. La entrada  “Las cínicas” pretendió dar algo más de información de aquel grupo filosófico.

El número ϕ o relación áurea se asocia a figuras geométricas con proporciones dimensionales de belleza particular, que se encuentran tanto en el mundo vegetal como en el animal.

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Relaciones áureas ϕ = AC/AB = AB/BH = BH/HJ  en pentáculo sobre una flor de Linum bienne

Entre las figuras geométricas con una estrecha relación al número ϕ destacan el pentágono regular y el pentáculo, la estrella de cinco puntas donde se acumulan múltiples simbologías de culturas antiguas. En los lados y diagonales de pentágonos y pentáculos se pueden observar varias relaciones áureas.  Con ese patrón pentagonal  se pueden ver gran cantidad de familias y especies vegetales con flores pentámeras, o de cinco pétalos, de indudable belleza, aunque esto no pase de ser una particularidad más o menos amplia dentro de la enorme variedad vegetal. Para mantener alguna relación con el pentágono áureo, en esta entrada se muestran cinco ejemplos de los muchísimos posibles.

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Rosa silvestre, Rosa canina

La Rosa canina o rosal silvestre muestra un aspecto pentagonal casi perfecto. Crece a su aire, donde las circunstancias la plantaron, quizás cerca de otras plantas silvestres como las jaras -el género Cistus es relativamente amplio- con flores pentámeras de varios colores y tamaños, aunque quizás la más conocida y espectacular es la Cistus ladanifer, la “jara del ládano“, la más grande, la más olorosa y la más pringosa.

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Una alegría primaveral de las sierras, Cistus ladanifer

Otro género con flores pentámeras es el Oxalis, con una gran variedad de especies que, por el aspecto de sus hojas trifoliadas, se pueden confundir con tréboles, hasta que se observan sus flores.

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Grupo de Oxalis debilis

Otras plantas silvestres -aunque también cultivadas- pero con cierta mala fama por ser bastante tóxicas, son las adelfas Nerium oleander, con flores pentámeras de colores rosados, rojos, violáceos, blancos… El nombre del género está asociado a Nereo, dios del mar y padre de las nereidas, las cincuenta ninfas del Mar Mediterráneo que cantaban con voz melodiosa y vestían preciosas túnicas blancas. Su mítica belleza y su ayuda a marineros en apuros fue más que suficiente para que los antiguos griegos les erigieran altares en playas y acantilados de aquel país tan marinero.

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Recordando a las nereidas, la variedad blanca de la adelfa Nerium oleander

Para terminar, la Hoya carnosa, conocida como “flor de la cera” es una especie que casi podría ser el ejemplo floral más aproximado al pentáculo.  Sus inflorescencias son umbelas casi esféricas donde se agrupan decenas de flores individuales cuya belleza cuesta apreciar a simple vista

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Grupo de una umbela de Hoya carnosa, conocida como “flor de la cera”

Mirando hacia otros lados, hacia otros tipos de “relaciones”, la sensación que algunos tenemos es que, a la vista de los “números” que montan, las relaciones no son precisamente “áureas”, que dejan mucho que desear y que tienen muchos temas pendientes en los que deberían mejorar. No sería de mayor importancia si el asunto no tuviera más trascendencia que la simple simpatía -tal vez, antipatía- que despiertan sus protagonistas, pero dejando aparte las empatías, en esas relaciones hay un cierto “efecto mariposa”   que nos afecta a todos, así que… ¡ ojo al parche !  Y también a los que parchean…

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Unas de Libros Rojos

Posted by Pele Camacho en 7 abril, 2017

Por alguna razón que desconozco, parece que cuando se quiere dar publicidad a ciertas cosas se hacen campañas de “colores” con las que se editan libros o se hacen lazos, banderitas… pero como los nombres de los colores van poco más allá de los del arco iris, pues se repiten libros con el mismo color pero sobre temas muy diferentes: el Libro Rojo más famoso fue el “Libro Rojo de Mao” del que -según dicen por ahí- se publicaron en China casi 1000 millones de ejemplares que, supongo yo, causarían la tala de millones de árboles para que cada chino tuviese su librito. Como consecuencia de la supuesta tala masiva, alguna especie vegetal o animal podría haber quedado en peligro de extinción y aparecer más tarde en los Libros Rojos de la UICN  –Unión Internacional  para la Conservación de la Naturaleza–  que recogen aquellas especies extintas o en riesgo de desaparecer, por Mao o por otros.

Las especies vegetales o animales más propensas a desaparecer suelen ser  endemismos, es decir, especies cuya existencia se encuentra limitada a zonas relativamente pequeñas, donde cualquier desastre o cambio ecológico de ámbito local o regional puede extinguirlas para siempre. Los endemismos son ocurrencias naturales, posiblemente derivadas de circunstancias de la evolución del mundo natural, y suelen suscitar a ciertas personas la satisfacción de tener lo que nadie más tiene, pero ese orgullo no se transforma en un interés para preservar esas especies exclusivas de sus zonas locales, que algunos expanden para considerarlos como endemismos regionales, nacionales…, aunque sin hacer nada más que eso.

Con esa facilidad de “extender” la consideración de área del endemismo, es posible que cualquier zona del globo pueda atribuirse esa exclusividad de tener endemismos, pero sin decir a que distancia se encuentran. El más lejano de los que se citan en esta entrada está a menos de 25 Km. del límite de la ciudad de Málaga y los otros dos, casi dentro del área de la ciudad.

Ramas de   Limonium malacitanum – Díez Garretas, 1981

Entre las categorías de riesgo consideradas en la UICN para las especies que aún se pueden ver, la más amenazadora es la CR, que significa en estado o peligro “CRítico”. En 1994, la Junta de Andalucía inició la edición de un “Libro Rojo de la Flora silvestre amenazada- Tomo I, de las especies en peligro de extinción”.  En su página 172 aparece el Limonium malacitanum – Díez Garretas, 1981, indicando el año en que la profesora  Dª Blanca Díez Garretas, de la Universidad de Málaga, publicó una monografía dando a conocer la especie, su distribución y demografía, sus riesgos y propuestas para preservar la especie en peligro de extinción.

Flores de  Limonium malacitanum: apenas 6 o 7 mm. de diámetro de corola

A la vista del estado y situación de algunas poblaciones de la especie en 2017, la cosa no pinta muy prometedora y el futuro no es seguro en esos emplazamientos, invadidos a tope por los homosapiens que “pasan” de los asuntos ecológicos tanto como las autoridades que permitieron llegar al estado que hoy disfrutan los homosapiens y sufren las Limonium malacitanum.

Planta de Limonium malacitanum – Díez Garretas, 1981, en su medio natural

El Limonium malacitanum podría considerarse una especie “masoca”: crece entre grietas de rocas de acantilados marinos, a pleno sol y  en condiciones de humedad y salinidad extrema, pero eso es lo que les gusta y necesitan: el problema llega cuando esos acantilados se invaden para actividades incontroladas de frecuencia diaria, mucho más dañinas que la sal o el sol.

Dando un salto en el espacio y las especies -y parafraseando a Fray Luis– apartadas del mundanal ruido viven las orquídeas ibéricas y, por escondidas sendas, por donde apenas han ido los pocos aficionados que de ellas han sabido, se encuentran los escasos ejemplares de Ophrys atlantica – Munby  1856 que se dejan ver un par de semanas de Marzo-Abril . Es un endemismo íbero-mahgrebi, cuyo nombre tiene origen en la cordillera del Atlas, de donde parece que le viene el nombre asignado en la página 108 del Bulletin de la Société Botanique de France de 1856, citando la nueva especie descubierta por el botánico Giles Munby, tras un estudio de la Flora argelina.  No he podido saber cuándo se tuvo el primer encuentro con en ellas en Málaga, ni si estaban por aquí al mismo tiempo en que Munby las vió en Argelia. Posiblemente, pero…

Vista cenital del labelo de una  Ophrys atlantica – Munby 1856

Su escasez de localizaciones las ha hecho merecedoras del estado VU – “VUlnerable”-  la categoría un paso por debajo de la CR de la UICN.  La Ophrys atlantica figura en  Libro Rojo de la Flora silvestre amenazada de Andalucía, Tomo II, de las especies vulnerables, en su página 252; los detalles de su distribución, demografía, riesgos y escasas medidas preventivas se explican en el apartado dedicado a esta especie,  pocas y difíciles de aplicar, empezando porque sus localizaciones son casi secretas, con el temor de que si un año se conocen, al siguiente puede que hayan desaparecido.

Ophrys atlantica, mostrando el reverso de su labelo y sus polinios

La especie atlantica es inconfundible por el color oscuro, casi negro, de su labelo que, visto lateralmente, recuerda un sillín de bicicleta. Su tamaño suele ser algo mayor que el de otras especies del género Ophrys, uno de los más extendidos entre las orquídeas ibéricas.

Vista lateral de Ophrys atlantica – Munby -1856

Como no hay dos sin tres, salimos de los Libros Rojos de Andalucía y entramos en la Lista Roja de la Flora Vascular Española en su Edición de 2010, que enumera todas las especies con riesgos: en su posición 489 se encuentra la especie  Cytisus malacitanus – Boiss, con la etiqueta o categoría NT de “Near  Threatened” de la UICN . Lo de estar “Casi amenazada”, dentro de lo que cabe, significa que no está muy mal.

Ramas en flor de un Cytisus malacitanus, Boiss

En la página 736 del libro Flora Vascular de Andalucía Oriental, edición 2011, se describe someramente la especie y al final, en letra pequeña y a pie de página, figuran las letras NT. En el inicio de su descripción figura como nombre vulgar “escobón, retama de escobas” que, con el debido respeto al que lo escribió, creo que induce a error: la especie suele ser un planta de porte más bien bajo, pues no llega a los 0,8 m., lo que supone que sus ramas darían unas escobas de poco juego y escasa duración, frente a las que se obtienen con la especie Spartium junceum, de 2m. de altura o más, mucho más abundante, la auténtica y tradicional “Retama de escobas” -al menos, en mi pueblo- con la que se obtienen unos escobones merecedores del superlativo de ese nombre.

Detalle de las flores de una retama Cytisus malacitanus – Boiss

Su ventaja  -¿?- es que, por su escaso porte y su similitud con otras retamas, llama poco la atención a los homosapiens, aunque ya el mismo Edmond Boissier, su descubridor y padrino, cuyo nombre en forma abreviada acompaña al nombre binomial de la especie, en su descripción de la especie dijo “Hab. In monte San Anton, dicto propé Malaga”, y aunque también, en estos tiempos nuestros, periódicos, blogs y otros documentos internáuticos mencionan sin reparos los sitios en que se puede encontrar, no suelen dar detalles que inviten a buscar más a los no-expertos. Menos mal…

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Cosas de lentiscos

Posted by Pele Camacho en 4 marzo, 2017

El lentisco es un arbusto silvestre de porte mediano, un “todoterreno” poco melindroso que se adapta fácilmente a casi cualquier terruño  -aunque prefiere secarrales a humedales- por lo que es frecuente verlo en nuestros campos, aislado o revuelto con chaparros, coscojas, aladiernos, labiérnagos… y todo tipo de matorrales. Dentro de la ordenación taxonómica actual, su nombre botánico es Pistacia lentiscus, del género nombrado en honor al pistacho, o Pistacia vera, aunque su pariente más conocido y parecido es el Pistacia terebinthus, alias terebinto o cornicabra.

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Racimo de drupas de un lentisco a mediados de Septiembre

Su carta de presentación más vistosa es la veraniega, cuando algunas plantas -remarcando el  femenino- muestran sus racimos de pequeñas drupas rojas, que recuerdan a los racimos de bayas de grosellas y más de una persona se pregunta si serán comestibles. Ya en otoño se vuelven tintas, casi negras, y algunas aves se las comen, pero las semillas soportan la agresión de sus procesos digestivos y terminan dispersas muchos kilómetros más allá de donde salieron.

imgp3338_1200_knInflorescencias femeninas de un lentisco, en el inicio de su floración

¿Y de las flores, qué?  Pues poca cosa si hablamos de tamaño, y muchas cosas si lo hacemos de números y colores: el lentisco es una especie dioica, con ejemplares femeninos -los que dan frutos- y masculinos que solo dan polen; cada tipo tiene sus propias inflorescencias, en racimos pequeños a simple vista, pero impresionantes cuando se las mira con algún instrumento que magnifique su observación.

imgp3154_1200_knInflorescencias masculinas de lentisco mostrando el polen

Los meses de Febrero y Marzo, incluso Abril, según la altitud y latitud de la comarca, son los meses ideales para buscar y observar sus flores.

imgp3382_1200_knInflorescencias femeninas de lentisco con dos o tres días de vida

Cuando maduran, las flores masculinas estallan y liberan el polen que contienen, quedando algunas veces las carcasas vacías y secas. El proceso de polinización es mayormente anemófilo, es decir, se lleva a cabo por el viento y, precisamente por esto, cualquier población de lentiscos necesita de pies masculinos y femeninos relativamente cercanos para ser estable en el tiempo. Los racimos femeninos van creciendo y las flores polinizadas evolucionan y crecen hasta convertirse en drupas esféricas de unos 6-8 mm. de diámetro.

imgp3141_1200_knYemas de inflorescencias masculinas de un lentisco y carcasas vacías de la campaña anterior.

Como en los campos abiertos “todo es de todos”, las drupas de los lentiscos alimentan aves y las hojas, a veces, dan cobijo a criaturas diminutas, como  pulgones casi invisibles que encuentran en las hojas de los lentiscos un habitat idóneo para depositar su huevecillos y dejar que evolucionen “a su bola”, dentro de una agalla que crece como una deformación de la hoja, primero verde, después rosada y, finalmente, de tonos granates, hasta que los pulgones de la nueva generación alcanzan el tamaño y la capacidad para abrir un agujerito en la agalla foliar, saliendo a vivir, probablemente, una corta vida.

imgp3127_1200_knAgalla del pulgón Aploneura lentisci, en una hoja de lentisco

También los troncos tienen sus cosas, porque con el tiempo y las circunstancias, los troncos llegan a agrietarse y dejan salir resinas, savias y líquidos para los que siempre hay alguna criatura a la que sus aromas y sabores le molan lo suficiente para llegar al embeleso.

imgp2734_1200_1129knAnverso de una mariposa Nymphalis polychloros, con su espiritrompa aspirando un jugo de lentisco

Cuando bishos que no se dejan fotografiar fácilmente se detienen en un sitio durante un tiempo que “no es normal”, algo le pasa al bisho o algo tiene el sitio, más aún si hay bishos de naturalezas muy distintas que se disputan el emplazamiento para buscar allí algo que los atrajo desde lejos. Ese es el caso en algunos troncos de lentiscos viejos que conozco y que suelo visitar cuando paso por los parajes donde están, con la casi certeza de que encontraré algún premio a la visita.

igp2569_1200_knVespa crabro, un avispón de casi 30 mm, usando sus mandíbulas en una corteza de lentisco

Dicen las crónicas internáuticas que algunas regiones griegas y turcas del oriente mediterráneo, aún siendo vecinos mal avenidos comparten costumbres ancestrales como la de extraer de los lentiscos una resina que, después de secarla convenientemente, mastican a modo de chicle, o sea, que también algunos homosapiens sacan alguna cosa de los lentiscos. Pero esas son otras cosas, otras historias que caen lejos en el tiempo y la distancia.

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Devotos impíos

Posted by Pele Camacho en 19 octubre, 2016

Dentro de la clase Insecta, el orden Mantodea tiene unas características diferenciadoras que parecen evidentes hasta para los profanos: sus poses recuerdan las de algunos devotos creyentes que pliegan sus brazos en posición orante o de plegaria. Pero esa pose es la paciente preparación para un ataque inmisericorde, sin piedad, a muerte, para cualquier bichejo que se ponga al alcance de esas patas con apariencia de pose reverente, pero con intenciones impías.

imgp4505_1200_1075knEn pose sumisa, con patas plegadas y prestas al salto: Una Sphodromantis viridis (Forskal, 1775)

Los miembros de la orden Mantodea son los mantodeos, un nombre que me recuerda a filisteos, saduceos, fariseos… nombres bíblicos que, casi perdidos mis recuerdos, eran un poquito “malos” en aquellos párrafos bíblicos donde se hablaba de ellos. Pero los mantodeos no son malos para los humanos: ni pican, ni muerden, ni son plagas… simplemente, son carnívoros y devoran las piezas que capturan con esas patas delanteras que proyectan como pinzas punzantes con alta velocidad. Otros artrópodos, como algunos arácnidos o himenópteros, paralizan a sus víctimas con un quelícero o un aguijón de efectos químicos inmediatos; los mantodeos paralizan, bruscamente, por los efectos mecánicos de sus pinzas. En la Naturaleza hay miles de alternativas para comer y vivir.

imgp4500_1200_1386knSphodromantis viridis, con su mancha dorsal blanca y sus pinzas artilladas de púas, camuflada entre verdes

Lo de mantodeos les viene de las Mantis, uno de sus géneros más destacados, con representantes archifamosos en nuestro país de profundas raíces religiosas, de las que salieron nombres populares como el de “santateresitas” para la especie Mantis religiosa, en la que hasta los entomólogos -quizás no tan creyentes- cayeron en la comparación casi inevitable a la hora de buscarle un nombre. Mantis, según dicen algunos, viene del griego antiguo -como tantos otros nombres- donde significaba adivino, profeta… en el sentido que se aplica al usar quiromancia, otra palabra con la misma raíz.

imgp2934_1200-_knMantis religiosa -(Linnaeus, 1758),  la que da nombre a un orden

Pero en la familia mantidae, o de los mantidos, hay subfamilias como la amelinae, en la que está clasificado el género Ameles. Como representante de esa subfamilia, en las fervorosas tierras de allende y aquende la mar mediterránea se deja ver la Ameles spallanzania, nominada en honor del naturalista italiano Lazzaro Spallanzani. Las Ameles hembras se caracterizan por tener un abdomen rechoncho y respingón, en el que descansan unas alas muy cortas, inútiles para volar. Pero su cabeza triangular, sus enormes ojazos con “pupila” diminuta y, sobre todo, sus patorras delanteras son de puro mantido.

imgp2980_1200_knHembra de Ameles spallanzania – (Rossi, 1792), en paciente espera

Los machos de Ameles son algo más esbeltos que sus hembras y tienen alas suficientemente largas para un corto y ruidoso revoloteo, pues no destacan apenas por su capacidad de volar. La foto siguiente muestra un ejemplar macho de Ameles picteti, otra especie de la subfamilia.

imgp7160_1200_knMacho de Ameles picteti – (Saussure, 1869), dispuesto a revolotear

Y para terminar esta entrada con referencias o matices religiosos, ahí queda un ejemplar de Iris oratoria, también conocida popularmente como Mantis mediterránea, casi una copia reducida de la Mantis religiosa, en la forma y en el nombre, pues casi tanto da religiosa como oratoria.

imgp9481_1200_knIris oratoria – (Linnaeus, 1758), esperando en pose de apariencia reverente

Y es que parece como si la naturaleza y algunos entomólogos, hubieran puesto a los mantodeos para recordar  a creyentes y agnósticos que, desde tiempo inmemorial, en todas las latitudes hubo dioses que marcaron las vidas presentes de los Homo sapiens con la promesa futura de goces eternos o la amenaza de suplicios sin esperanza: el temor a hechiceros, brujos y santones de muchas santas instituciones, carentes unos y otras de cualquier atisbo de santidad y, a veces, con fanáticos guardianes de verdades eternas,  propiciaron desde suplicios psicológicos hasta guerras santas.  Pero esas son otras historias de triste recuerdo o dolorosa actualidad.

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Aquí no hay playas

Posted by Pele Camacho en 4 octubre, 2016

Cuando llegan los meses en que bichos y yerbas pierden su vigor primaveral o veraniego y se preparan para una nueva campaña, a los aficionados a los campos solo nos quedan las naturalezas muertas que siempre han estado allí, las bases de los paisajes que cambian de color con las lluvias, los vientos y las calores.

En la provincia de Málaga, donde fueron gran parte de los safaris foteros que dieron lugar a muchas de las entradas de este blog, además de la “costa del sol” también hay muchas zonas de montaña, algunas de gran belleza, donde se podría aplicar aquel soniquete de Los Refrescos: “Vaya, vaya, aquí no hay playa”.  El criterio para seleccionar los picos que aquí se muestran ha sido, fundamentalmente, la distancia y facilidad para llegar a los puntos de observación. Por la brevedad conveniente para que esta entrada no sea un resumen de la orografía provincial, nadie se pique porque un pico de su término municipal no aparezca aquí; en otra entrada, tal vez, los protagonistas serán algunos picos que aquí no están.

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La Maroma nevada y sus vecinos

(Picar en las fotos para verlas con algo más de resolución)

Para empezar, una buena referencia es el pico de La Maroma, el más alto de la provincia, con 2.066 m s.n.m. que lo hacen visible desde muchos puntos lejanos a su cumbre. Tiene accesos relativamente fáciles -no para este fotógrafo, desde luego-  y desde allí arriba se pueden hacer unas impresionantes fotos de los paisajes que lo rodean por aquí abajo. Está en la Axarquía, la zona oriental de la provincia de Málaga que comparte con Granada la mitad del Parque Natural de las Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama, un Parque Natural extenso y con muchas cumbres dignas de senderistas profesionales.

La foto anterior muestra en su parte derecha la silueta casi simétrica de una montaña pequeña en la lejanía: es el Raspón de los Moriscos o pico Lucero (1.774m.), con una belleza espectacular por su forma casi geométrica. El Lucero y el Lucerillo, su mellizo menor con 1.687 m s.n.m., se ven en la foto de abajo con un detalle peculiar en la parte derecha de la cresta de El Lucero: los restos de una pared amarillenta casi rectangular.

imgp1680_4830_knLucero  y  Lucerillo

En la cima del pico Lucero, a caballo del límite de las provincias de Granada y Málaga, aún quedan  los restos de las paredes de un puesto de vigilancia de la Guardia Civil, construido para observar los movimientos de los maquis en los años posteriores a la contienda española. No sé si los desafortunados números de la Benemérita que tuvieron que usar aquello tenían que ascender hasta allí con capas, tricornio y mosquetones, porque el camino no es fácil ni para los escaladores profesionales con atuendo al caso. El satélite de Google Earth captó perfectamente los restos del cuartelillo en las coordenadas 36º 52’ 03.12”N  y  3º 53’26.54”O.

imgp4849_4600_2300_knLos Altos de los Tajos del Fraile, Doña Ana y Gómer

Ya en la zona norte de la Axarquía, casi llegando a Alfarnatejo desde Riogordo, se puede disfrutar de la visión de los Altos de los Tajos del Sabar: el de Gómer (1129 m.), el de Doña Ana (1202m. ) y el del Fraile (1229 m. ). La corta distancia a la que se pueden observar los tres picos desde la carretera y sus alturas en relación a sus distancias, hacen de ellos un conjunto de una belleza impresionante.

imgp4809_el-jobo-desde-alfarnatejo_4600_knEl Chamizo de la Sierra del Jobo

Con un perfil algo más continuo que el conjunto de los Tajos, frente a Alfarnatejo se puede ver la descomunal magnitud de El Chamizo (1634 m.) el pico más alto de la Sierra del Jobo que, junto con la Sierra de Camarolos, pone una barrera natural entra la Axarquía y la vega del Guadalhorce que, más allá de las Villanuevas del Rosario y del Trabuco, llanea en la extensión de los Llanos de Antequera y el Valle de Abdalajís.

imgp5944_3600_knLa Peña de los Enamorados

Y para terminar, una peña chiquitita pero no menos bonita: cerca de Antequera está la Peña de los Enamorados (880 m.), mucho más bajita que La Maroma pero con unas leyendas mucho más románticas que no voy a citar, porque ya hay bastantes copias en la web. Es un peñasco llamativo, de los que atraen la mirada cuando se pasa cerca de ellos, porque destaca en la llanura y está cerca de cruces de caminos. A los Homo sapiens nos gustan esos promontorios que destacan sobre lo que les rodea, como esos farallones del Monument Valley que salen en muchas pelis del salvaje Oeste. Parece que los salvajes pieles rojas que vivían por allí antes de que llegaran los civilizados rostros pálidos, consideraban esas zonas lugares sagrados; como en Australia y sus nativos maoríes que adoraban al Kata Tjuta y al peñasco Uluru, al que consideraban el ombligo del mundo. También de la Peña de los Enamorados hay leyendas de ese estilo, pero esas son otras historias

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Ponerse coloradas

Posted by Pele Camacho en 26 septiembre, 2016

Hace pocas semanas, mientras miraba y enfocaba algunos bishos que muestro más abajo, recordé una cancioncilla pegadiza y marchosona que, hace ya unos pocos años, con cimbreos y acordes andalusíes, media docena de danzarinas requeterepetían en la tele:

“…aunque parezca mentira 
me pongo colorada cuando me miras
me pongo colorada cuando me miras
me pongo coloraaaaada”

(puedes requeteescuchar la cancioncilla si requetepicas →“aquí” )

Ponerse colorao  como un tomate”, ruborizarse, es algo que pasa a personas vergonzosas, pero el colorao desaparece pronto, como si fuera mentira, y poco después de parecer un piel roja vuelven a tener el rostro pálido. Todo lo contrario pasa en algunas libélulas que “se ponen coloradas” de manera permanente porque, marchosas ellas y amantes del sol, consiguen cambios de color por la pruina que generan sus cuerpos con la calor, como una capa protectora que progresa adecuadamente y les dura hasta el fin de sus días. De la pruina trataba la entrada  “Pruina y pruinosos”picar para ver– que ahí se enlaza por si fuera de interés.

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Macho recental de Trithemis kirbyi- Selys 1891, con pálida cutícula sin mancha de rojo alguno

La mayoría de los odonatos emergen de su fase de ninfas con una cutícula de un lustroso color marfileño y algo reluciente, como el que muestra la foto de ese recental de Trithemis kirbyi – Selys 1891 .  A las pocas semanas de eclosionar rompiendo la cutícula de sus larvas,  según la especie y el sexo, evolucionan hacia unos colores céreos que varían en tono e intensidad, según su edad y el tiempo que han pasado al sol.

Generalmente, con su continuo “patrulleo” en busca de comida y pareja, los machos están al sol mucho más tiempo que las hembras y, en consecuencia, necesitan una mayor protección solar que ellas. A lo largo de millones de años, la evolución les ha dotado de un mecanismo de autogeneración de la pruina, una capa polivalente que actúa como filtro solar con el factor de protección adecuado. El color de la pruina varía de unas especies a otras, pero en esta entrada elegí como fundamental el rojo-colorado, para ser coherente con la canción y el título.

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Un adulto colorado de Trithemis kirbyi – Selys 1891: un color conseguido con mucha calor

Para ver lo que supone “ponerse colorada”, se pueden comparar las fases de adulto y recental de un macho de la libélula Trithemis kirbyi – Selys 1891: lo único que casi no ha cambiado de una etapa a la siguiente es el color casi negro de los pterostigmas, la forma de las celdillas de sus alas y las posiciones de las manchas ambarinas de las bases alares que, junto con las venas frontales, también han evolucionado hacia colorados más intensos.

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Macho recental de Crocothemis erythraea – Brullé 1832, con muy pocos días de vuelo

Quizás el enrojecimiento más brutal en la familia Libellulidae o de los libelúlidos, es el que se observa en los machos de Crocothemis erythraea – Brullé 1832.  Sus recentales, a los que no es fácil ver ni distinguir de las hembras jóvenes por el color,  son también de tonos marfileños que se van poniendo acaramelados a los pocos días de vuelo, pero se ponen rojos hasta los ojos al completar la fase de adulto, como muestra la foto de abajo. Parece que mientras son jóvenes suelen estar lejos de los adultos: no se les ve cerca de las charcas donde revolotean los veteranos.

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Macho adulto de Crocothemis erythraea – Brullé 1832, un veterano con muchas horas de vuelo

Entre las hembras de los odonatos no hay muchas que se “pruinicen” poniéndose coloradas, pero siempre hay excepciones, por ejemplo, en algunas especies de zigópteros  -caballitos- hay hembras que tienen trazos de algún color que les hace parecerse a los machos de su especie y, por eso, se las denomina andromorfas, es decir, con aspecto de machos. En relación a formas, colores y comportamientos, entre las hembras de Homo sapiens con rostro pálido también hay excepciones: algunas nunca se ponen coloradas como dice la cancioncilla ut supra, ni aunque a veces se “pongan de rojo” con chaqueta, falda, bolso… posiblemente, porque no son vergonzosas y, por eso, como no tienen vergüenza, el rubor no va con ellas. Son criaturas excepcionales en muchas cosas y casos.

Como en el orden de los odonatos los hay de muchos colores, también hay especies que de jovencitos son casi blancos y de adultos se ponen verdes. Un ejemplo está en el caballito Lestes viridis – Vander Linden 1825, quizás uno de los caballitos más grandes dentro de ese suborden con reminiscencias hípicas poco justificadas.

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Hembra jovencísima de Lestes viridis – Vander Linden 1825, apenas una hora después de eclosionar su ninfa-madre

La pruina es de tonos céreos en muchas especies, pero también hay ejemplos suficientes en los que muestran un brillo metálico que -no me extrañaría- puede suponer una reflexión de la luz y la calor solar que los ilumina, abrillanta y acalora. Desconozco si hay estudios que hayan analizado cómo puede disminuir la temperatura de tejidos anatómicos subyacentes, recubiertos por una pruina metalizada o por otra cérea de igual espesor y densidad. Yo los hubiera hecho, desde luego, pero dejando aparte tendencias científicas frustradas, en la foto siguiente se muestra una hembra madura de Lestes viridis, con su impresionante y resplandeciente verde metalizado. Por cierto, es otro ejemplo más, como aquellos de la reciente entrada “Una de caballitos”, donde se puede ver que muchos zigópteros posan con las alas separadas del cuerpo, pero casi siempre juntitas. Excepciones aparte, claro.

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Hembra madura de  Lestes viridis – Vander Linden ,1832,  vestida de verde y oro, con finura y elegancia torera

Recordando otros ambientes y colores, me viene a la memoria cierta clase -que algunas tribus llaman “casta”- de la especie Homo sapiens, que suelen pasar la mayor parte de su tiempo remunerado en “poner verdes” a otros de su clase y condición, citando operaciones que van desde el “blanqueo” hasta otras que suponen operar en o con algo “black” -o sea, negro – referencias, en fin, que a la mayoría de los “paganos” que les remuneran para parlotear menos y trabajar más, les supondrían cambios de coloración, por palidez o rubor. Pero todas esas clases, castas, clanes, tribus o lo que sean, como mucho, muestran algún tic nervioso de párpados, labios, dedos, piernas…, pero casi nunca rubor. Será porque tienen tan poca vergüenza como ganas y capacidad para trabajar en lo que deberían, supongo yo.  Pero esas son otras historias para “alucinar en colores”.

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Casi sin papeles

Posted by Pele Camacho en 19 septiembre, 2016

Podría decirse que la protagonista de hoy, la  Aeshna affinis – Vander Linden, 1820, vuela por ahí casi “como sin papeles”.  El nombre del género Aeshna, puesto en 1775 por el naturalista danés Johan Christian Fabricius (1745-1808), tiene un origen desconocido, como si Fabricius o alguien posterior hubiera “perdido los papeles” descriptores  donde estarían los motivos o razones para ese nombre del género, del que derivaría el de la familia Aeshnidae, o de los ésnidos,  definido por J.P. Rambur en 1842. Quizás el eslabón perdido lo fue por la juventud de Fabricius en 1775, porque se conservan como joyas otros muchos documentos suyos posteriores, como el que definió el orden de los odonatos en 1793.

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Un macho de Aeshna affinis, descansando, por fin…

Algunos investigadores modernos dicen que Aeshna podría derivar de una fusión de dos palabras griegas  –α, prefijo privativo y ισχνós, extenuado, cansado- con el significado final de “incansable”, un adjetivo que encaja perfectamente con su vuelo patrullador y cansa-fotógrafos.

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Macho de Aeshna affinis, patrullando y retando a fotógrafos 

Y con respecto al nombre específico de “affinis”, no puede decirse que Vander Linden estuviese muy inspirado para nominar su Aeshna cuando dijo para ella que era “afín”, o sea, “parecida” a la Aeshna mixta -Latreille, 1805. Si el parecido es en las características comunes, todas las especies de Aeshna serían affinis, pero quizás Vander Linden desconocía en 1820 que había otras Aeshnas identificadas con anterioridad a su affinis  y todas ellas tienen rasgos específicos suficientemente diferentes, o sea, que el “papel” descriptor de affinis, como irrelevante o inútil; miren, si no, la foto siguiente de un macho de Aeshna mixta, en su pose característica como colgando de la ramita que le vino bien.

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Macho adulto de Aeshna mixta-Latreille 1805, en una pose típica de esta especie

Solamente hay cinco Aeshnas celtibéricas, pero con una distribución geográfica muy irregular: únicamente la Aeshna mixta tiene cobertura peninsular; la Aeshna affinis ha sido vista mayormente en la mitad norte, en zonas disjuntas y, ocasionalmente, algún fotógrafo ha tenido la suerte de verla por Despeñaperros el pasado Julio.

Para no entrar en las “afinidades” mixta-affinis,  yo resaltaría una diferencia que pude constatar: los machos de Aeshna affinis retienen a sus parejas de cópula hasta que efectúan la oviposición, mientras que las hembras de otras Aeshnas realizan las puestas aisladamente, según afirman los expertos y observadores, es decir, sus machos se desentienden de ellas después de la fecundación.

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Pareja de Aeshna affinis, en descanso post-fecundación, pendientes de oviposición

En la foto anterior puede verse, con un pequeño esfuerzo, el detalle de la pinza que montan los cercoides del macho para agarrar la cabeza de la hembra: el cercoide central que se observa en la primera foto -llamado lámina supraanal-  se sitúa entre los ojos de la hembra sujetando por delante, mientras los cercoides laterales, también llamados apéndices anales superiores, sujetan por detrás de los ojos haciendo una pinza de precisión que, normalmente, no daña los ojos de la hembra.

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Volando hacia atrás, en un intento de desenganche con más fuerza que éxito

Pero una cosa es que la presa ocular no dañe los ojos -que alguna vez, sí- y otra que sea cómoda para ellas porque, a veces, se ve como ellas intentan desengancharse volando y tirando hacia atrás, doblando el abdomen del macho pero no su voluntad de mantener el tándem. Después de ver la duración de tales agarres “oculo-occipitales” y sus arrastres en vuelos supuestamente sincronizados, no extraña que sea difícil ver hembras a su libre albedrío: posiblemente, se esconden y sólo salen para comer o por el puro instinto de perpetuar la especie, porque en aquel arroyo solo eran visibles machos patrullando o parejas con hembra prisionera.

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Una de caballitos

Posted by Pele Camacho en 12 septiembre, 2016

Caballitos del diablo, un apelativo cuyo origen no he sabido o podido encontrar. Debió ser idea -imagino yo-  de un personaje medieval, quizás un fraile aficionado a los bishos y con cierto temor al “más allá” donde diablos con cuernos y cola puntiaguda aguardan a mortales pecadores.

Podría haber titulado “Una de zigópteros”, nombre que acuñó Selys de Longchamp en 1854 para el suborden de los odonatos que posan “con las alas juntas”, pero las modelos de esta entrada no posan así, aunque son “zigópteros” por otras razones. Y tampoco me pareció apropiado traducir los vocablos “damselflies” o “demoiselles” que usan angloparlantes y francoparlantes para referirse a las especies del suborden citado, porque “Una de señoritas” podría tener interpretaciones sesgadas. Y así quedó el título en “caballitos”, sin ese diablo inventado por algunos antecesores de los que hoy dicen que el maligno no existe.

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Pareja de Lestes dryas en equilibrio digital

A la vista del tamaño y esbeltez de la pareja que se muestra en el soporte “digital” de la foto anterior, no me parecen desafortunados los apelativos ingleses y franceses: no se puede negar la elegancia y fino talle de las protagonistas, capaces de contorsionarse en una postura que solo podrían emular practicantes de gimnasias olímpicas.

La especie Lestes dryasKirby 1890 no es muy frecuente por debajo de los Pirineos, y menos aún por debajo de Despeñaperros, donde el pasado Julio fueron avistadas las que se muestran en esta entrada. Son escasas las citas de la especie por aquí abajo, pero haberlas, haylas.

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Macho de Lestes dryas entre juncos

Como en otras muchas especies de odonatos, los machos de Lestes dryas son más espectaculares y llamativos que las hembras: sus ojos azules resaltan en las zonas umbrosas donde suelen volar y posarse sigilosamente entre hierbas bajas y juncos de ribera, retando al fotógrafo a enfoques, ajustes y contorsiones que hubieran sido más fáciles al sol.

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Hembra de Lestes dryas  haciendo ejercicio de barra en junco

Si las hembras de Lestes no son más escasas que los machos lo aparentan, porque están ocultas y dan la impresión de que solo se levantan con la presencias de machos o fotógrafos inoportunos. No tienen rasgos identificadores que permita diferenciarlas a simple vista de las hembras de otras especies de Léstidos de tamaño similar;  o quizás sea la falta de experiencia de algún fotógrafo por la escasez de encuentros con ellas.

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Hembra de Lestes barbarus

No es raro que después de un safari fotero, al intentar separar y clasificar las fotos nos cuelen algún gol por las escasas diferencias que comentaba antes. Cuando aparece una especie que era minoritaria donde otras fueron las protagonistas, es fácil llevarla a la misma carpeta y, casualmente, encontrarla por algún rasgo que resalta en la pantalla del ordenata y que apenas era observable entre hierbas y sombras. En este caso, el aviso lo dieron los pterostigmas, esas “manchas alares” situadas casi en las puntas de las alas. Observen las diferencias entre los pterostigmas de la Lestes barbarus con las de las Lestes dryas.

Los pterostigmas, según concluyen algunos investigadores, tienen una función estabilizadora del vuelo en determinadas condiciones: son celdillas que, aparte del color, tienen un espesor y peso diferente de otras celdillas del ala. Parece que actúan como contrapesos estabilizadores y, aunque sea difícil de imaginar, ayuda ver ejemplos como las pastillas de plomo que se fijan en las llantas de los coches para evitar vibraciones a cierta velocidad. Otro ejemplo menos conocido son los contrapesos de uranio empobrecido que llevaban -no sé si aún los llevan- en algunas partes móviles de las alas y colas de aviones como el Jumbo 747, o para evitar vibraciones de flaps, slats o alerones a las velocidades de vuelo de esas fortalezas voladoras. Se supo de esos trozos de Uranio 238 -70% más denso que el plomo- al encontrarlos  entre los restos de varios accidentes de Jumbos. Pero esas son otras historias.

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