Sorpresas y paisajes

Fotografías de lo que veo por esos campos…

Posts Tagged ‘pterostigma’

Una de caballitos

Posted by Pele Camacho en 12 septiembre, 2016

Caballitos del diablo, un apelativo cuyo origen no he sabido o podido encontrar. Debió ser idea -imagino yo-  de un personaje medieval, quizás un fraile aficionado a los bishos y con cierto temor al “más allá” donde diablos con cuernos y cola puntiaguda aguardan a mortales pecadores.

Podría haber titulado “Una de zigópteros”, nombre que acuñó Selys de Longchamp en 1854 para el suborden de los odonatos que posan “con las alas juntas”, pero las modelos de esta entrada no posan así, aunque son “zigópteros” por otras razones. Y tampoco me pareció apropiado traducir los vocablos “damselflies” o “demoiselles” que usan angloparlantes y francoparlantes para referirse a las especies del suborden citado, porque “Una de señoritas” podría tener interpretaciones sesgadas. Y así quedó el título en “caballitos”, sin ese diablo inventado por algunos antecesores de los que hoy dicen que el maligno no existe.

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Pareja de Lestes dryas en equilibrio digital

A la vista del tamaño y esbeltez de la pareja que se muestra en el soporte “digital” de la foto anterior, no me parecen desafortunados los apelativos ingleses y franceses: no se puede negar la elegancia y fino talle de las protagonistas, capaces de contorsionarse en una postura que solo podrían emular practicantes de gimnasias olímpicas.

La especie Lestes dryasKirby 1890 no es muy frecuente por debajo de los Pirineos, y menos aún por debajo de Despeñaperros, donde el pasado Julio fueron avistadas las que se muestran en esta entrada. Son escasas las citas de la especie por aquí abajo, pero haberlas, haylas.

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Macho de Lestes dryas entre juncos

Como en otras muchas especies de odonatos, los machos de Lestes dryas son más espectaculares y llamativos que las hembras: sus ojos azules resaltan en las zonas umbrosas donde suelen volar y posarse sigilosamente entre hierbas bajas y juncos de ribera, retando al fotógrafo a enfoques, ajustes y contorsiones que hubieran sido más fáciles al sol.

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Hembra de Lestes dryas  haciendo ejercicio de barra en junco

Si las hembras de Lestes no son más escasas que los machos lo aparentan, porque están ocultas y dan la impresión de que solo se levantan con la presencias de machos o fotógrafos inoportunos. No tienen rasgos identificadores que permita diferenciarlas a simple vista de las hembras de otras especies de Léstidos de tamaño similar;  o quizás sea la falta de experiencia de algún fotógrafo por la escasez de encuentros con ellas.

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Hembra de Lestes barbarus

No es raro que después de un safari fotero, al intentar separar y clasificar las fotos nos cuelen algún gol por las escasas diferencias que comentaba antes. Cuando aparece una especie que era minoritaria donde otras fueron las protagonistas, es fácil llevarla a la misma carpeta y, casualmente, encontrarla por algún rasgo que resalta en la pantalla del ordenata y que apenas era observable entre hierbas y sombras. En este caso, el aviso lo dieron los pterostigmas, esas “manchas alares” situadas casi en las puntas de las alas. Observen las diferencias entre los pterostigmas de la Lestes barbarus con las de las Lestes dryas.

Los pterostigmas, según concluyen algunos investigadores, tienen una función estabilizadora del vuelo en determinadas condiciones: son celdillas que, aparte del color, tienen un espesor y peso diferente de otras celdillas del ala. Parece que actúan como contrapesos estabilizadores y, aunque sea difícil de imaginar, ayuda ver ejemplos como las pastillas de plomo que se fijan en las llantas de los coches para evitar vibraciones a cierta velocidad. Otro ejemplo menos conocido son los contrapesos de uranio empobrecido que llevaban -no sé si aún los llevan- en algunas partes móviles de las alas y colas de aviones como el Jumbo 747, o para evitar vibraciones de flaps, slats o alerones a las velocidades de vuelo de esas fortalezas voladoras. Se supo de esos trozos de Uranio 238 -70% más denso que el plomo- al encontrarlos  entre los restos de varios accidentes de Jumbos. Pero esas son otras historias.

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Con bajos rojos

Posted by Pele Camacho en 6 febrero, 2011

La etimología del nombre Calopteryx (Leach, 1815) hace referencia a la belleza de las alas de un género del que solo existen tres especies en España. Comparadas con las de otras libélulas, tanto zigópteras como anisópteras, sus alas son relativamente grandes con respecto al cuerpo,  algo ovaladas y presentan bandas anchas con coloraciones intensas que, en algún caso, llegan a cubrir toda la extensión de las alas.  El nombre popular transpirenaico es “demoiselles”, “señoritas“, todo un honor a su estilo y belleza.  Les faltó añadir lo de “beautiful”

Macho maduro de  Calopteryx haemorrhoidalis,  con sus largas y pinchosas patitas

La  Calopteryx haemorrhoidalis (Vander Linden, 1825) es una especie con marcado dimorfismo sexual: los machos tienen una coloración casi negra, con tonos verdosos metálicos y granates que se clarifican de forma destacable en la parte ventral de los segmentos S8 a S10, al final de su abdomen. Como en otras Calopteryx, las alas de los machos carecen de pterostigmas, presentan una densa venación y, en esta especie, una coloración bastante oscura de tono achocolatado, salvo una pequeña zona hialina clara en la base, que se observa también en la zona apical de las alas de los individuos jóvenes.  Las hembras son bastante más claras, con zonas verdosas y cobrizas en la parte dorsal  del abdomen y pardo-claras en tórax y zona ventral abdomen; las alas tienen aspecto hialino de tono ahumado, con una franja  de tono más intenso en los extremos de las alas, donde se observan unos pseudoterostigmas blanquecinos, al borde de la zona apical donde acaba la franja oscura.

Hembra de Calopteryx haemorrhoidalis, con tonos cobrizos y patitas tan pinchosas como en los machos

Pierre Léonard Vander Linden (1797-1831) – no Van  der, separado-, entomólogo belga, de cuya corta vida no he podido saber mucho más,  debió considerar -a saber por qué-  que lo más destacable del aspecto de esta especie era el color rojizo que los machos maduros tienen en la parte ventral de los segmentos abdominales S8 a S10, donde se encuentra la región anal, es decir, lo que algunos castizos suelen llamar “los bajos“.   A partir de ahí, la asociación de ideas era facilona, para darles un nombre muy poco estético con matices hemorrágicos y hemoglobínicos, impropios de  los hemolínficos que, por naturaleza, le corresponden.  El nombre popular que le pusieron a la especie fue “Copper demoiselles”, por los reflejos cobrizos que se observan en sus hembras, más que por los rojizos de los machos, como se ha dicho y es patente.

Macho maduro de Calopteryx haemorrhoidalis,  en una pose típica con alas semiabiertas

Al igual que otras especies de Calopteryx, parece como si fueran conscientes de la belleza de sus alas y gustaran presumir de ellas, tanto en su vuelo característico, casi “mariposil”, con sensaciones estroboscópicas, como en sus poses, donde suelen levantar y separar sus dos pares de alas. Al parecer, es parte de sus ceremoniales de cortejo y atracción del sexo opuesto. Les gustan las aguas limpias y corrientes, típicas de arroyos donde la contaminación aún es escasa.  Por unos arroyos del norte de la provincia de Málaga estaban estas cobrizas, allá por el mes de Junio.

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Paquito

Posted by Pele Camacho en 24 enero, 2011

La clasificación taxonómica para identificar y denominar algunas especies recorre, a veces,  caminos largos y tortuosos; parece como si un perfeccionismo etiquetador pretendiera alcanzar un grado de precisión cuestionable, intentando diferenciar especies que, si no son la misma, se parecen muy mucho, quizás mucho más de lo que se parecen, por ejemplo,  un galgo y un podenco, que no dejan por ello de ser específicamente perros.

 Macho joven de Brachythemis leucosticta

La Brachythemis leucosticta (Burmeister, 1839), así bautizada por Don Germán,   de quien ya hice algún comentario en la entrada  Doña Chrysostigma,  es una especie de gran belleza, con un marcado dimorfismo sexual y evolución de aspecto a medida que sus machos van alcanzando la madurez. Es de origen africano y, consecuentemente, en ese continente se encuentra ampliamente distribuida.  Los vientos, las aguas y las gentes  -a saber cómo, cuáles y en qué momento-  ayudaron a que algunas de ellas cruzaran las cortas distancias que separan África de Sicilia, Cerdeña y Andalucía, y aquí las tenemos, como muchas otras especies,  aclimatadas, felices y sin causar daño, aunque en un delicado equilibrio que, de vez en cuando, las miasmas de alguna multinacional química rompen por el lado más débil, es decir, el de ellas. A veces, cuando se habla de especies autóctonas y alóctonas, sin decir cuando algunas de ellas cambiaron de adjetivo, parecen mezclarse conceptos “positivos”, propios de lo autóctono, y “negativos”, asociados a lo alóctono.  La península ibérica, paso entre mares y continentes, desde la noche de los tiempos ha sido y será lugar de cruce de especies y culturas que terminaron, o terminarán, naturalizándose como lo hicieron las patatas en Europa y los caballos en América.  Dicho en castizo: “No se pueden poner puertas al campo”, aunque algunos lo intenten.

Macho joven de  Brachythemis leucosticta, balanceándose en una pose de observación de posibles presas

Volviendo al asunto nominativo, lo de “brachy” les viene por el tamaño de su abdomen relativamente corto y lo de “themis”, del nombre de  aquella diosa de la Justicia que mantenía una balanza de dos platos en equilibrio horizontal. De ahí, al parecer, les viene el nombre a todas ellas: balanza, en latin, era libra –nombre y dibujo mantenidos en la constelación zodiacal de La Balanza- y sus diminutivos “libella” y “libellula” se asociaron a esas fascinantes escenas de las libes que permanecen como quietas en el aire; un ejemplo de esa cultura popular que puso nombres a las cosas muchos siglos antes de que la ciencia se preocupara de ponerle esos nombres latinos, tan complejos, rimbombantes y difíciles de recordar.

La denominación de la especie “leucosticta” se refiere al color lechoso de sus pterostigmas y, por tanto, es un identificador cromático que parecía idóneo, aunque no lo suficiente, pues  Dijkstra y Matushkina, dijeron en 2009 que, en vez de una especie, son dos, la “leucosticta” y la “impartita”, porque vieron en algunos machos adultos diferencias suficientes para preparar un documentado artículo científico que soporta su propuesta. En las hembras, sin embargo, aún no habían encontrado las correspondientes diferencias, o sea, que son indistinguibles y parece que a ellas les da igual hacer tandems y “corazoncitos” con “leucostictos” o con “impartitos”.  Dentro de esa supuesta nueva especie, la “impartita”,  están incluidas las que cruzaron el Mediterráneo tiempo ha, y aquí estamos, esperando que algún día una autoridad odonatológica de orden superior se decante y ponga a cada uno y a cada una en su sitio o sitios.

 

Macho de  Brachythemis leucosticta, con sus colores de ejemplar adulto y maduro

Mientras tanto, quizás por su menor base latina, los angloparlantes que fueron a África a ver y estudiar libélulas  les llamaron  “banded groundling”, uno de esos nombres populares que siempre tienen algo de cierto, pues aunque no se basen en profundos estudios, se apoyan en algo fácilmente observable: las bandas alares que se empiezan a apreciar en los machos jóvenes y que resaltan de forma llamativa en los maduros, y por sus vuelos bajos, cerca del suelo, el “ground”,  por donde patrullean esperando que algún bichejo más pequeño levante vuelo para cazarlo sobre la marcha.

Los castellanoparlantes han prestado poca atención a eso de los nombre populares, y hasta parece que haya escaso apego a los asuntos de “bishos y yerbas” si no hay algún interés más allá del económico o, coyunturalmente, del científico.  Pero, de vez en cuando,  con el calor del verano la imaginación se nos desmanda y, por ejemplo,  ese color pardo-achocolatado de sus manchas alares y del cuerpo de sus machos veteranos, nos trae gratos recuerdos de algo castizo y verbenero que -digo yo-  justificaría un nombre alegre y marchoso, como el de aquel pasodoble “Paquito, el chocolatero”, que aunque tenga poco de científico, tiene sabor, olor, color y… hasta el calor de personas y sitios inolvidables.  Quizás así, también por aquí, leucostictas o impartitas tendrían un nombre popular, sabrosón  y fácilmente recordable.

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Azuleante, pero con matices

Posted by Pele Camacho en 29 noviembre, 2010

La especie Orthetrum coerulescens (Fabricius, 1798) fue una de las primeras libélulas catalogadas y, además, le cabe el honor de haberlo sido por Johan Christian Fabricius (1745-1808), el discípulo de Carlos Linneo que fijó las bases para la clasificación de insectos y acuñó el término de la orden Odonata, separándola de la Neuroptera donde había estado previamente.

En aquellos tiempos, cuando casi “todo estaba por hacer” en Odonatología, podemos imaginar que los primeros nombres de especies que se asignaron lo fueron por alguna razón de anatomía, comportamiento, origen, etc., etc.; más tarde, posiblemente, cuando muchos de esos aspectos y nombres estaban ya asignados, se acudió a nombres mitólogicos, topónimos y asociaciones de ideas de origen múltiple que, en el mundillo de las libélulas, ha generado nombres tan peculiares como imperator, haemorhoidalis, torridus, sinaiticum, etc., etc.

El apelativo coerulescens, como los caerulescens y caeruleum también utilizados, derivan del vocablo latino caeruleus, relativo al color azul cielo –caelum– del que surgieron en castellano las palabras cielo, celeste y cerúleo, entre otras. Coerulescens podría tentar a una traducción macarrónica como “cerulescente” o “azulescente”, inadmisibles en el castellano actual, aunque se parezcan a luminiscente, fluorescente y algún otro adjetivo similar que suponga una emisión de luz que no viene al caso; nuestros vecinos franceses la llaman bleuissant, algo así como azuleante, que azulea o se vuelve azul, como ocurre a los machos que, poco a poco, se van recubriendo de la pruina que les da veteranía. Podría ser una denominación vernácula gramaticalmente aceptable, pero ya se ha visto en otras entradas que, más o menos, todos los machos de Orthetrum azulean, así que ya vale que se confundan en el aspecto y mejor no confundirlas también por el nombre de un azul indeterminado, o por cualquiera de los cientos de azules que se encuentran en cualquier diccionario de colores.

Macho joven de Orthetrum coerulescens, huso Rspl sin celdas dobles y pterostigmas anchos y claros

Independientemente del nombre y sus raíces, la especie coerulescens es bastante parecida a la brunneum y, a menudo, se confunden, pero menos si se observan juntas, porque la brunneum es suficientemente más grande que la coerulescens, un detalle relativo no evidente en una foto; sin embargo, si el ángulo de la foto lo permite, se puede apreciar que el tamaño del pterostigma en relación al del ala es más ancho en la coerulescens y de un tono amarillento-anaranjado, más claro siempre que el pardo del brunneum que, tal vez, por eso tiene ese nombre.

Macho joven de Orthetrum coerulescens, con dos celdas dobles sobre Rspl y bandas antehumerales

Aunque haya una cierta controversia en el asunto, parece que en los coerulescens ibéricos, al menos, el huso comprendido entre la vena Rspl -radial suplementaria- y la IR3 -interradial 3- contiene celdillas que suelen ser simples o, como mucho, dos o tres dobles, mientras que en la mayoría de las brunneum suele haber de 5 a 9 celdillas dobles, como mostraba la entrada anterior. En la parte dorsal del tórax de los machos jóvenes se pueden apreciar dos bandas antehumerales blanquecinas que suelen desaparecer en los veteranos por el recubrimiento de pruina. Esas bandas no existen en los brunneum.

Macho veterano de Orthetrum coerulescens, con ojos y morrete en azul más oscuro

Otro rasgo diferenciador, si está visible en la foto, es el morrete o zona frontal que en los coerulescens es pardo verdoso, mientras que en los brunneum es siempre de un azul clarito. También se puede apreciar un oscurecimiento pardo en los ojos de los brunneum veteranos, mientras que en los coerulescens permanecen azules, aunque de tono más oscuro que en los ojos juveniles.

Finalmente, aunque no tenga ningún valor identificador, parece que a los coerulescens de estas fotos les gustaba posar en “juncos churreros”, aquellos de ensartar las “roscas de churros” para llevar, una costumbre castiza, colorista y en desuso, tal vez, perdida en aras de la higiene alimentaria, supongo yo…

Los coerulescens de esta entrada convivían en buena armonía con sus parientes brunneum de la entrada anterior, entre juncos y charcas del PN Despeñaperros, Santa Elena, Jaén, en Agosto 2010

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Morena clara

Posted by Pele Camacho en 22 noviembre, 2010

Por nuestras latitudes ibéricas, casi todas las libélulas de color azul suelen ser machos de alguna especie del género  Orthetrum, nombre que hace referencia a su abdomen recto, tieso…  según se mire y si están en condiciones de reposo porque, como libélulos que son, primero lo arquean para recargar la genitalia secundaria con el esperma generado en la primaria, y después, para agarrar a sus parejas de tándem por el cogote, o por la nuca, si se asocia la anatomía de la libélula a la humana.

Tándem de Orthetrum brunneum

Una de esas especies de machos azules es la Orthetrum brunneum (Fonscolombe, 1837), con un nombre que viene a indicar una morenez cuya posición, tono y origen no están claras. No he podido encontrar ningún documento que dijera de forma explícita por qué uno de los primeros libeluleros que en el mundo han sido, Monsieur  Etienne Laurent Joseph Hippolyte Boyer de Fonscolombe (1772-1853), le puso tan oscuro nombre a la criatura.  Otros libeluleros posteriores, merecidamente y en su honor, nominaron fonscolombii a una SympetrumBoyeria al género de una irene que, al menos,  muchos conocemos.

Macho joven de Boyeria irene

Los machos de Orthetrum brunneum, al contrario de lo que dice su nombre, son los que llegan a tener un azul más pálido; parece como si la pruina exterior de sus exoesqueletos, además de llegar a recubrirlos casi por completo, venas alares incluidas, perdiese coloración a medida que alcanzan su etapa de machos veteranos.

Macho veterano de Orthetrum brunneum

Detrás de su morrete azul muy claro, casi blanco, los ojos seniles pierden los tonos azulados juveniles  y adquieren una coloración oscura, achocolatada, quizás lo único que deviene moreno en sus anatomías, donde el contraste de tonos parece darles un empaque y belleza sobresalientes, como las de aquella “Morena clara” que puedes oír en:

Morena clara… Plácidamente

Para la caracterización e identificación de las libélulas se recurre frecuentemente a la estructura de sus venas alares,  y en muchos glosarios y documentos de Odonatología suelen incluir a las Rspl, unas venas que, a veces, permiten identificar diferencias entre especies parecidas.  La abreviatura Rspl corresponde a Radial suplementaria, una denominación que me recuerda a esas autopistas radiales de peaje, a cuyas concesionarias, de manera solidaria, parece que vamos a tener que pagarles entre todos un “peaje suplementario”,  por el arte de la mala gestión y la gracia de la buena ingeniería financiera.   En la familia de los libelúlidos hay cuatro venas Rspl, una en cada ala, a las que podríamos llamar R2, R3, R4 y R5, como las cuatro autopistas radiales de los madriles, aunque no son ésas las únicas suplementarias de concesionarias deficitarias, pues aún hay más dislates viarios y dispendios innecesarios que, salvo milagros o remilgos eurocomunitarios, puede que acabemos pagando usuarios y no-usuarios, víctimas propiciatorias de avaricias bancarias y especulatorias .

Estructura alar de los géneros  Libellulidae

Macho adulto de Orthetrum brunneum, mostrando ostentosamente todas sus venas alares, Rspl incluidas

Saliendo de las autovías y volviendo a las alas de los odonatos, las venas Rspl subtienden  -verbo rarillo-, es decir, abarcan o rodean por abajo a unos conjuntos de celdillas alares que en algunas especies son dobles o múltiples, por ejemplo, en el centro del tercio extremo de cada ala de las Orthetrum brunneum,  cada Rspl forma una especie de huso  cuyo vértice final parece apuntar al comienzo del pterostigma del ala.  Dentro de tal huso, limitado arriba por la vena interradial 3 -abreviada IR3-, se puede apreciar una sucesión de celdillas dobles, en número variable entre 5 y 9, que en los extremos del huso vuelven a ser celdillas simples. Aunque hay discrepancias, parece que las celdillas dobles son un identificador de la especie cuando se puede observar el plano de sus alas, cuyos pterostigmas son algo más oscuros -morenos-  y también algo más pequeños que los anaranjados de sus primos Orthetrum coerulescens, con los que frecuentemente se confunden.  Tal vez, de aquellos pterostigmas surgiera lo de brunneum, pero no apuesto nada en el supuesto. Otro identificador en una vista dorsal, es el ensanchamiento-aplastamiento de los segmentos centrales de su abdomen, ausente en los coerulescens.

Las Orthetrum brunneum de esta entrada fueron vistas por algún paraje de Despeñaperros, en Santa Elena, Jaén, donde suelen ser fruta de agosto en los escasos arroyos y charcos que quedan a esas alturas del verano.

Salud y cálido disfrute de los tiempos fríos.

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Doña Chrysostigma

Posted by Pele Camacho en 9 noviembre, 2010

La última entrada  –Jugando con el espectro– presentó en perspectiva a un Sr. Chrysostigma que se prestó a mis intentos fotográficos de captar algún secreto de los sorprendentes ojos de las libélulas, cuyos colores cambian tanto como los de sus cuerpos serranos.   En esta entrada vamos a mostrar a la Sra. Chrysostigma, su guapísima y estilizada compañera, aunque no tenga la estrecha cinturita que caracteriza a los machos de esta especie.

Lo de “chrysostigma” es, como poco, bien-sonante y, además, en esta especie se podría decir que está justificado ese nombre, una composición de “chryso”, -oro, en griego clásico- y “stigma” -mancha-, haciendo referencia a los pterostigmas anaranjados que muestran los dos sexos.  Hay cierta confusión en el origen de las “manchas doradas”: en algunas prestigiosas referencias se dice que están en la base de las alas posteriores, aunque tales manchas apenas son visibles cuando las tienen, mientras las referencias que miró Don Germán, a quién citamos más abajo, los dorados pterostigmas, siempre son bien visibles.
  

Orthetrum chrysostigma, hembra adulta, mostrando su estilizado cuerpo y dorados colores

La palabra “chrysos” se ha utilizado para muchos apelativos relacionados con el dorado metal, por ejemplo, unas esculturas recubiertas de oro y marfil a las que se llamó crisoelefantinas.  Las primeras fueron griegas  -se dice que hubo una crisoelefantina Atenea Parthenope, sí, sí, como la sirenita de Nápoles y una brujita Anax-, pero en tiempos modernos se han hecho muchas más.  También se cita a un San Juan Crisóstomo, “boca de oro”, porque debía dar gusto oírle hablar… frente a los especímenes más parlantes de los tiempos actuales, donde yo diría que hay más “estigmas” que “chrysos”, pero… mejor seguir comentando cosas de libélulas, por ejemplo, ¿a quién se le ocurrió lo de “chrysostigma”?  Pues a Hermann Burmeister, Don Germán.

Hermann Burmeister  (1807-1892) fue una de esas personas cuya biografía sorprende por la enorme actividad que debió desarrollar a lo largo de su vida. Nació en Alemania, donde fue médico, naturalista, profesor universitario y…  hasta diputado. Publicó en 1832 un famoso estudio, Handbuch der Entomologie, en cuyo volumen  II, publicado en 1839, describe el significado de muchos nombres científicos de libélulas. Murió en Argentina, donde trabajó desde 1857, dejando un buen legado científico, muchos discípulos y un buen recuerdo de Don Germán, como allí se le llamó.   Él fue quien se fijó en los pterostigmas y quien le puso el nombre que la especie lleva hoy junto a su apellido: Orthetrum chrysostigma (Burmeister, 1839).

Hembra adulta de Orthetrum chrysostigma, mostrando sus dorados colores anaranjados 

La especie “chrysostigma” pertenece al género Orthetrum  -los de abdomen recto, tieso- un grupo de odonatos en el que las hembras suelen tener vistosos y brillantes colores amarillos, anaranjados, ocres, con líneas marrones o negras… mientras los machos adultos suelen tener colores azules pruinosos, con tonalidades que van desde el azul-casi blanco de los “brunneum” muy maduros, al azul-casi negro de los “trinacria”. Pero en todo hay excepciones, y en los machos azules de libélulas también. Eso será otro día.

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Poker de negras

Posted by Pele Camacho en 21 octubre, 2010

Entre mis buenos recuerdos madrileros se cuentan los cafelitos que me jugué al dominó y al poker de dados con los mejores amigos que tuve en aquellos años estudiantiles  -que no todo iba a ser estudiar- en un chiringuito que había junto al Puente de los Franceses, en la esquina opuesta al Parque del Oeste. Había una salita apartada, con una docena de mesas, donde se podía hablar y reír en voz alta y hacer ruido con las fichas del dominó o los dados del cubilete mientras jugábamos al mentiroso, intentando pasar un puro -una jugada difícilmente superable- al siguiente de la ronda. Pasar, por ejemplo, un poker de negras “pelón” podía ser un farol… o no, porque  si había, por ejemplo, tres negras a la vista  y dos dados ocultos bajo el cubilete ¿te atreverías a levantar?, pero si es falso y no levantas  ¿qué jugada más alta -y creíble- le pasas al siguiente?  Como si lo estuviera viendo…

Bien, pues aquí va un poker de negras, y no te vayas a creer que no me costó conseguirlo, porque las Selysiothemis nigra no se veían por Málaga desde hacía muchos años  o, por lo menos, nadie dijo que las hubiera visto recientemente.  Primero vi a los machitos, a los que confundí con otra todavía más negra, la Diplacodes lefebvrii, hasta que mirando sus alas con más atención descubrí sus pterostigmas marfileños bordeados de una línea negra, como si hubiese un signo “=” en cada pterostigma…

Macho de Selysiothemis nigra, mostrando la delicada elegancia de sus alas y sus ojazos

Después del inesperado “descubrimiento” delante de la pantalla del ordenata, el primer día que tuve libre fui a buscar más y, en efecto, allí seguían ellos, que no ellas, ocultas en vaya usté a saber qué sombra, mientras sus machitos seguían volando y esperando que alguna saliera a refrescarse en la charca, o a lo que fuera, para intentar la propagación de la especie.  Ellos volaban pero, a diferencia de las brujas Anax, de vez en cuando posaban y se dejaban fotografiar.
 

Otro macho de Selysiothemis nigra, mostrando un detalle de anillos claros en sus segmentos

Como se suele decir, a la de tres fue la vencida, y por fin aparecieron las damas de Selysiothemis. En los dados de poker las damas son negras también, con la “Q” de Queen, porque parece que el poker también lo inventaron los anglosajones y sus símbolos no se han traducido ni siquiera en las barajas de poker de Heraclio Fournier.  Las damas de Selysiothemis tienen la misma cara, o mejor dicho, la misma cabezota y los mismos ojazos que sus parejas, además de las mismas alas de sutiles y escasas nerviaciones, casi inapreciables si se compara con las que tienen otras especies de alas más ostentosas.

Dama de negras, hembra de Selysiothemis nigra, posando en piedras calientes

Volví a verlas más días, una vez que observé que no le tienen miedo al calor, más bien diría lo contrario, pues parecían “calentarse” con la temperatura medioambiental, al tiempo que noté que parecía gustarles el ambientillo tóxico de las adelfas -Nerium oleander- que había por allí cerca, por aquello de lo malo abunda.  Las damas de Selysiothemis no abundan, todo lo contrario, escasean y es difícil hacer un poker de negras con ellas porque, entre otras cosas, ellas no son muy negras, sino más bien pardas, así que…
 

Dama negra de Selysiothemis nigra, sobre fruto de adelfa

Supongo, amigo lector, que a estas alturas de la lectura y del poker (*) te habrás dado cuenta de que he intentado colarte un farol y, según se mire, en lugar de poker de negras, te he pasado unas dobles parejas de negras-pardas… Tú verás cómo te las apañarías para superar el pase, si te pasó. Chungo lo tendrías…

(*) En castellano lo correcto sería decir póquer pero, aunque suene igual, escrito así tiene un aspecto raro, de falso, de farol… hay cosas que mejor no traducir y dejar como estaban en el original. Que digo yo…

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Calopteryx virgo: una especie brillante

Posted by Pele Camacho en 4 julio, 2010

Hace unos días estuve en un lugar casi idílico, un bosque de esos con perfumes y silencios que solo se encuentran en sitios apartados. Algunos de los bichejos que por allí se pueden ver son también de avistamiento poco habitual fuera de esos parajes, quizás porque buena parte de ellos son exigentes de una calidad de vida que no se encuentra en cualquier sitio, porque la especie Homo sapiens los fue reduciendo poco a poco, quizás también, sin darse cuenta de lo que se está cargando en sus procesos de civilización del medioambiente.

Calopteryx virgo, macho maduro, en su pose típica con las alas juntas

Los Calopteryx virgo, probablemente unos de los animales con más bellos y atractivos colores, parecen ser de esos bichejos que, como diría Fray Luis,  “huyen del mundanal ruido y se van por las escondidas sendas  -en su caso arroyos-  a donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido…” y, como algunos otros odonatos de “alto standing”, quiero decir difíciles de encontrar, ver y fotografiar en sitios normales,  viven su corta vida de apenas cinco semanas, en el caso de los machos,  un poco más ocultos que los otros odonatos.
Los colores de tonos metálicos verdes y azules de los machos adultos les hacen llamativos en reposo y aun más cuando se les ve volar con un estilo diferente a la mayoría de odonatos pues, quizás por el tamaño y forma de sus espectaculares alas, recuerda más el vuelo de las mariposas que el de las libélulas. Los machos jóvenes, o inmaduros, suelen vivir aparte su periodo de maduración sexual que se alcanza a la  ¿temprana?  edad de nueve o diez días. Tienen coloraciones que parecen más de hembras que de machos, algo relativamente frecuente entre los odonatos.

Calopteryx virgo, hembra adulta, con sus colores y pose más típicos

Las hembras adultas tienen, al parecer, una vida algo más corta que los machos y unos colores bastante diferentes de los de aquellos.  Destacan en ellas, no solo por el tamaño sino también por el color, las alas de tono acaramelado que parecen hacer juego con el color superior de sus ojos bicolores, mientras la vena del borde de sus alas, la costal,  de color verde claro, contrasta con el tono ambarino que tinta sus alas, donde se aprecian unos pteroestigmas blancos, ausentes en los machos, otra rareza en las alas de este género de odonatos.
Las Calopteryx virgo  -de cuyo significativo nombre no he conseguido saber nada acerca de su origen-  como todas las especies, intentan perpetuar la suya a su manera y…  ¿qué mejor manera de llamar la atención de sus posibles parejas que aireando esas alas de las que casi cualquier animal volador, o sin alas, sentiría admiración?  Porque si con las alas cerradas ya son de una belleza suma, cuando posando las despliegan, casi un parpadeo alar de apenas un par de segundos, los reflejos que dejan ver casi hipnotizan.

Macho de Calopteryx virgo, mostrando sus alas abiertas en una pose poco habitual

Al parecer, esta belleza de sus alas no solo atrae a las hembras de su especie sino que también lo hace con hembras de otra especie similar, la Calopteryx splendens, que no vuela por las latitudes ibéricas -una autentica pena- y lo hace más allá de los montes Pirineos que nos separan de Francia, donde también lo hace la C. virgo. Hay publicaciones recientes que afirman la existencia de una apreciable hibridación entre las especies de Calopteryx, particularmente entre la C. splendens y la C. virgo.  La hibridación es principalmente atribuida a las hembras, como sexo que elige pareja y cuya cooperación es necesaria para una cópula exitosa, pero también depende de la disposición o decisión de los machos para realizarla o forzarla. En este aspecto, los investigadores afirman que en un estudio de siete casos, con un ratio de cinco a dos, los machos de C. splendens son menos restrictivos que los machos de C. virgo, o sea, más propensos a hibridar, algo que parece ser coherente con los que K. Dijkstra dice en su famoso libro “Field guide to the Dragonflies of Europe”, acerca de las numerosas variaciones conocidas de la C.  splendens.  No obstante, parece que una de las causas de hibridación es una reducida capacidad de reconocimiento por parte de ambos cooperantes a la hora de distinguir entre individuos conespecíficos, o sea, de la misma especie, y heteroespecíficos, es decir, de la especie a la que confunden con la suya.  Y como el que suscribe no es una especialista, sino un simple observador o lector sorprendido, el asunto de la hibridación queda así, como una sorpresa más en algún paisaje de los que cada día hay menos…

Estas preciosas criaturas fueron vistas el 26 de Junio de 2010, en un bosque en los confines de la provincia de Málaga.

 

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Sympetrum sinaiticum: un nombre inseguro

Posted by Pele Camacho en 28 junio, 2010

Cuando se observan las fechas en que los entomólogos dieron nombre o distinguieron a una especie de otras, se aprecia que se iniciaron allá por 1758 con Linnaeus y se ampliaron enormemente a mediados del siglo XIX, siendo escasas las nominaciones en el siglo XX y más bien concentradas a sus primeras décadas.  Sorprende,  por tanto,  que haya un salto de más de un siglo en la fecha de identificación de algunas especies, por ejemplo, la Sympetrum sinaiticum  (Dumont, 1977)  y una pariente lejana rusa, la S. haritonovi (Borisov, 1983), hasta donde yo sé, las anisópteras “euro-afro-asiáticas” etiquetadas con fecha más tardía.

Describir la evolución de nombres y fechas relativas a esta especie daría un relato largo y farragoso, para explicar que el retraso fue debido a una apreciación más o menos simplista de los colores cuticulares que, como se muestra en las fotos adjuntas, presentan una gran variación a lo largo de su proceso evolutivo, similar a la que se puede observar en muchas otras libélulas. Una de las denominaciones que primero se utilizaron para ella fue la de Sympetrum vulgatum (Linnaeus, 1758) y de ella surgió la Sympetrum vulgatum decoloratum (Selys,1884)  que, de hecho, Dijkstra mantiene en su libro editado en 2006. Luego surgieron una serie de errores al intentar identificar especies procedentes de Turquía, Libia y el Sinaí, que dieron lugar a una mezcla de “especies” con diferencias mínimas y denominaciones diferentes de las vulgatum, entre ellas flavum, arenicolor, sinaiticum y decoloratum sinaiticum.  Para terminar con el embrollo, se dijo que la Sympetrum sinaiticum era una especie “politípica” (Jödicke, 1994), con especie nominal en el norte de África y tres subespecies: en España, la tarraconense, en Asia Menor, la deserti y en Asia Central, la arenicolor.  Pero un estudio posterior más científico, incluyendo largas series de adultos de todas las “subespecies”, concluyó que la sinaiticum y la tarraconense eran idénticas y otro tanto sucedía con la deserti y la arenicolor, quedando solo las especies sinaiticum y arenicolor (Jödicke, 2000).  No obstante, en un reciente artículo de Enero 2009, el mismo Jödicke dice que “arenicolor y sinaiticum son extremadamente parecidas… Solo unos pocos odonatólogos han visto alguna vez la arenicolor en el campo y, por ello, su biología es apenas conocida…”, lo que induce a pensar que no sería raro que cualquier día algún odonatólogo-científico nos diga que las dos son la misma, que hay claras y oscuras, o rubias y morenas o, simplemente, más o menos pruinosas según el lugar donde recibieron una radiación solar más o menos intensa…

Sympetrum sinaiticum macho, pocas horas después de su emergencia

Sympetrum sinaiticum hembra, pocas horas después de emerger

Dejando a un lado esos “problemillas” de identificación, podemos decir que la “subespecie” española es una de las procedentes del norte de África, con expansión dispersa por la cuenca mediterránea y citas aisladas, tal vez insuficientes para considerarla como especie autóctona en muchas zonas. Los individuos recién emergidos tienen un color marfileño casi uniforme, donde se aprecian ya en los segmentos S2 y S3 las líneas oscuras laterales que los diferencian del resto de especies del género Sympetrum. Presentan también unos pterostigmas relativamente largos y de un color ceniza claro, que de adultos pasan a ser rojizos. Llama la atención la delgadez de su abdomen en comparación con el grosor del tórax y la cabeza.  Al cabo de cuatro o cinco horas, sin haber alcanzado todavía el estiramiento y la consistencia definitiva de sus alas, inician unos vuelos cortos y algo torpes, como si estuviesen probando su capacidad para empezar a vivir.

Sympetrum sinaiticum hembra, inmadura, pocos días después de la eclosión de la ninfa

Sympetrum sinaiticum macho, inmaduro, pocos días después de su emergencia

En apenas una semana, el delgado abdomen del individuo recién emergido adquiere un grosor casi igual que el del individuo adulto y los tonos marfileños pasan a ser más amarillentos, con marcas negras más intensas, pero sin mostrar aún trazas de los tonos rojos presentes en los individuos adultos, tanto machos como hembras, aunque en ellas predominan los tonos pardos sobre los rojos.

Sympetrum sinaiticum, macho adulto, después de su periodo de estivación

Simpetrum sinaiticum, hembra adulta, después del periodo de estivación

Su tamaño adulto es algo menor que el de la popular Sympetrum fonscolombii  y los individuos maduros presentan un marcado dimorfismo sexual, como casi todas las libélulas, con notables diferencias morfológicas y de coloración.
A principios de Julio desaparecen, perdiéndose en el bosque en uno de esos procesos de estivación que parecen elegir para madurar sexualmente y, tal vez, para ponerse a salvo de los rigores caniculares de los meses de Julio y Agosto.

Cópula de Sympetrum sinaiticum, sobre una charca de agua estancada

A finales de Septiembre, e incluso en Octubre, se las puede ver casi solas o acompañadas de sus parientes Sympetrum striolatum, conocidas también por su proceso de estivación. Es en esa época del año cuando desarrollan su actividad reproductora y tras un periodo de un par de semanas desaparecen definitivamente de sus escenarios acuáticos.

Todos los individuos de esta entrada fueron localizados en la provincia de Málaga.

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